lunes, 19 de septiembre de 2016

Fragmentos: "Ella"


"Decía ser muy espiritual pero siempre encontraba su felicidad en el baile, en la bebida, en las drogas y en el sexo. Por eso, a menudo me parecía que el yoga para ella era tan solo una manta con la que cubrir su propia desnudez. Justo la que me achacaba a mí. Cuando dejamos de ser amigas, no la eché de menos, aunque tampoco me arrepentí del tiempo que había pasado ayudándola y escuchando sus amargas quejas que resultaron, lo supe luego, pura invención. Cuando la volví a encontrar muchos años más tarde, su marido la había dejado, sus hijos no la hablaban, sus fieles amigas --aquellas por las que me traicionó-- habían muerto de sobredosis, de melanomas o hastiadas de la vida; ella había perdido casi todo el pelo y su piel estirada convertía su rostro en un mapamundi de sí misma. Pero lo peor eran sus ojos, los de un animal desvalido al que un ser indeseable, de los muchos que nos acechan, hubiera maltratado hasta dejar sin alma".

Fragmento de "Ella".

jueves, 4 de agosto de 2016

La pintora de estrellas ya está lista para los lectores polacos

"Malarka Gwiazd" es el título en polaco de mi novela "La pintora de estrellas". Me entusiasma que algo que yo escribí pueda llegar a los lectores de otros países, en otros idiomas, y esta será solo la primera parada; a finales de agosto estará ya en las librerías.

La traducción allí ha corrido a cargo de Marzena Chrobak, que ha traducido, entre otros, la novelística completa de Eduardo Mendoza. Y la editorial es Rebis, que publica a autores magníficos, como Joyce Carol Oates. En fin, toda una aventura para Elisa, Diego, Martín y Violeta.

¡Buen viaje y toda la suerte para vosotros!

jueves, 21 de julio de 2016

Opiniones y reseñas de "Prométeme que serás delfín"




Si algo se te queda dentro cuando publicas una novela, es precisamente, la opinión de los lectores. Aquí tenéis unas cuantas:
"En suma, una novela de  trama original y de una terrible actualidad, a través de la que Amelia Noguera destila una prosa ligera, clara y muy mimada desde un punto de vista estilístico."
"Y en eso de transmitir sentimientos, Amelia Noguera es única"
"Me ha gustado mucho la novela, creo que Amelia Noguera es una apuesta segura a la hora de decidir una lectura. Esta es una historia diferente a las que suele escribir, pero en esencia está su huella, tan reconocible y especial."
"Amelia es una autora de personajes, sí, pero es una narradora de realidades, como también lo demuestra con Prómeteme que serás delfín."
"Nunca me alegraré más de haber tomado la decisión de leer un libro"
"En definitiva, es un libro envolvente, que va mejorando el ritmo con el paso de los capítulos. La autora juega con nuestra mente todo el tiempo, haciéndonos que pensemos que cualquiera podría haber sido el asesino. "
"Una pluma llena de sensibilidad y matices, directa y muy cercana"
”Prométeme que serás delfín” es una historia con un toque de misterio e intriga, escrita con la sensibilidad y el mimo que caracterizan a Amelia Noguera… que denuncia y nos acercan a una problemática real: los fallos de un sistema educativo obsoleto, incentivados por los recortes económicos actuales. Una novela que yo he leído con pausa, asimilando situaciones que se me hacían muy cercanas, que he disfrutado mucho y os recomiendo leer."
"Ha sido como mirarme en un espejo."
"Una novela dulce que conjuga ternura, denuncia social y ensalza la amistad como pieza fundamental que refuerza el crecimiento personal desde la infancia.  Una historia que invita a no rendirse jamás ante las situaciones adversas."
"Una novela arriesgada pero la autora la ha vestido de negro, introduciendo los diversos temas que plantea en una historia intrigante, con asesinos y víctimas, policías y sospechosos que logra mantener nuestra atención hasta el final y hacer que devoremos las páginas sin apenas darnos cuenta."
"Tan apasionante como desgarradora. La vida misma. Una historia de amistad, de niños especiales, de acoso escolar, de madres coraje que dan la vida, de un sistema educativo decadente, de profesores entregados y dispuestos a cambiar las cosas mientras chocan una y otra vez con compañeros menos entusiastas, de recortes en ámbitos vitales para una sociedad, de delfines y, como nexo de unión, de asesinatos. Una historia de lealtad y, en cierto modo, de esperanza, que nos abre un poquito los ojos y nos enseña que este mundo necesita más humanidad, más solidaridad y, por supuesto, más delfines."
"Me ha encantado. Me ha gustado mucho su prosa, tan sencilla, tan descriptiva sentimentalmente hablando… tan humana. Me ha gustado como ha estructurado los capítulos dándole mucha más agilidad y tensión.."
"Me ha encantado leer algo totalmente diferente. Una novela escrita con mucha valentía y que trata de temas muy escabrosos que están a la orden del día."
  • En el blog:
"Os voy a ser sincera: no sé si seré capaz de transmitir con palabras lo mucho que me ha gustado esta novela. Es de este tipo de libros que no se conforman con contarte una historia, sino que se abren en canal y exponen sin tapujos temas dolorosos y crudos, pero no por ello menos reales."
"Prométeme que serás delfín es una novela de intriga y social (ya que encontramos temas como la crisis, los recortes y el acoso escolar) que no podrás soltar una vez empieces a leer. Una profesora cruel, un asesinato, una niña con TDAH, una madre desesperada y una lista con innumerables sospechosos son los elementos que forman esta novela, una novela con muchos giros argumentales que concluye con un final sorprendente e inesperado. Yo la he disfrutado mucho y, por eso, ¡te la recomiendo!"
"Es tan incómoda, tan transversal, desacomplejada y a la vez, tan necesaria, que casi creo que debería tratarse de una lectura obligatoria (y soy muy contraria a las lecturas obligatorias, casi casi me parecen un oxímoron).
Jugando con el sarcasmo y la acidez como herramienta para la crítica social y política, la autora ha creado una novela que está entre el género negro y el psicológico, llena de sensibilidad y realismo. No os dejará indiferentes."



jueves, 23 de junio de 2016

"Sostiene Pereira": literatura que hay que leer


Pereira es un viejo periodista que siempre está pensando en la muerte y le parece que todo el mundo está muerto o a punto de morirse, como hizo su esposa, con cuyo retrato él habla todos los días. Se encuentra muy solo: ellos no tuvieron hijos porque ella era una mujer débil y enfermiza. A través de esa obsesión con la muerte, al leer una tesis sobre ella escrita por el estudiante de filosofía Monteiro Rossi como conclusión de su carrera, Pereira lo conoce y lo contrata para que le escriba anticipadamente las necrológicas de algunos escritores. Y es sobre todo mediante la relación con este joven y con la chica de la que está enamorada, Marta, cómo el apático periodista comienza a mirar a su alrededor de otra forma hasta sufrir el cambio interior en ese calurosísimo mes de agosto de 1938 que narra la novela.
            Pereira había colaborado antes en un prestigioso diario de Portugal pero ahora es el redactor de la sección de cultura, de una página, en un periódico nuevo y modesto, el Lisboa. Es un hombre reflexivo y sencillo, come tortilla francesa y toma limonada, le gusta la literatura francesa y, como decíamos, está obsesionado con la muerte; en realidad, parece también desearla y vive ya su vida como esperándola; se declara "apolítico" y lo que ocurre a su alrededor, el régimen de Salazar, no le interesa. Pero resulta que tanto Monteiro como su joven amiga Marta son "subversivos" y están implicados en acciones subversivas contra el dictador. Además, la enfermedad de Pereira le lleva a conocer al doctor Cardoso que le expone algunas teorías maravillosas sobre la multiplicidad de almas de los seres humanos, y esto junto con sus charlas con el Padre Antonio, su amigo confesor y otros de los personajes secundarios, hacen que este viejo solitario empiece su transformación. Por otro lado, el joven filósofo, en lugar de escribir las crónicas necrológicas de los autores que le solicitan, le presenta las de otros como García Lorca, en las que subyace siempre una crítica al poder fascista y, finalmente, solicita al periodista ayuda para esconder a su primo que está buscando voluntarios para luchar en la Guerra Civil española. Allí mismo, en casa de Pereira, Monteiro es asesinado por dos miembros de la policía política y ese trance es lo que termina haciendo que Pereira reaccione y escriba el relato de su asesinato, señalando a sus asesinos con nombres y descripciones. Además se las ingenia para que esa necrológica sea publicada en su periódico al hacer pasar al doctor Cardoso por el censor, el mayor Lourenço, ante el impresor. Quizás, además Pereira vea en Monteiro ese hijo que no tuvo y al que echará de menos en su soledad tan aparente, y el final no solo nos muestre su cambio ideológico, sino también una venganza ante el regreso obligado a su soledad. Sin embargo, esto no es lo más relevante de la novela, ni tampoco saber si Pereira consigue finalmente huir a Francia o, como indica el "sostiene Pereira" reiterado en el relato, lo que se nos narra es su declaración ante la policía que lo detiene.
            Así, en esta novela posmoderna —creemos que a su pesar—, lo más relevante es tanto el narrador como su humanidad y su transformación, como explicaremos a continuación. Porque ¿qué es lo que hizo de esta novela una de las más representativas del siglo XX? No es solo la crítica a los fascismos que ejercen muchos de sus personajes ni la transformación que Pereira experimenta que le hace pasar de la apatía a la necesidad de reaccionar en contra de la violencia y la injusticia, no se sabe bien si porque el asesinado bien podría haber sido su único hijo o porque en realidad entre unos y otros le hacen despertar esa conciencia dormida; también la magia de esta novela se basa en el clima de profunda melancolía que despierta su lectura, desde las primeras líneas, y que los continuos "sostiene" y "Pereira" acrecientan por cuanto nos ponen ante nosotros la posibilidad de que esa ficción no sea tal, en un juego literario extraño que al hacer patente su artificio, nos suscita dudas. Así, dudamos de si realmente lo que estamos leyendo sea incluso la declaración del propio espíritu de Pereira, su conciencia, que se rebela hasta el punto de llevarle a intervenir a pesar del riesgo.
            Como se ha mencionado ya, la narración en tercera persona señala que todo el tiempo se cuenta en nombre del protagonista, y esta voz nos persigue, como en el tono de una declaración dicha ante un juez de un policía que habla en nombre del acusado:
"Sostiene Pereira que en aquel momento pensó una vez más en su vida pasada, en los hijos que nunca había tenido, pero sobre este tema no desea efectuar ulteriores declaraciones" (pág. 4).
            La voz nos muestra las pensamientos de Pereira, sus obsesiones, sus acciones, que, si bien a veces resultan demasiado personales para formar parte de una declaración ante la policía por la gravísima acusación que ocasiona el desenlace, cuando podrían empezar a tomar ese cariz se elude conscientemente entrar en una intimidad demasiado evidente, como si en realidad el relato estuviera dando testimonio de lo que Pereira ha vivido a ese otro que ahora nos relata lo ocurrido. Sin embargo, esta narración a la vez intimista y oficial tiene algo que embruja: el estilo que Tabucchi despliega aquí es por eso fabuloso.
            Sin embargo hay algo más que nos llama la atención de esta novela. Tabucchi la publica en 1995, se supone que en el auge de la posmodernidad, cuando la literatura y el arte se han pasado al escepticismo y se han desvinculado en parte de la ideología o la crítica al sistema, pero en Sostiene Pereira sin embargo se hace patente un compromiso político en contra de los fascismos, y no solo en su protagonista sino también en una gran parte del elenco de secundarios: la señora Delgado, judía que huye del nazismo, el doctor Cardoso, el camarero Manuel que le pone ante los ojos lo que ocurre en las calles, el sacerdote, el estudiante, su primo y su novia… Pereira y todos estos otros personajes constituyen claros ejemplos de "terceras figuras" ante la praxis del mal, en la que además de la víctima y el victimario debe existir necesariamente un tercero que contemple y consienta la violencia, la brutalidad y la falta de libertades. En el ejercicio de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX una gran parte de la población asistía impávida como testigo de la actuación de los nuevos poderes y Tabucchi nos pone ante nuestros ojos a muchos de ellos, gente que toleraba los desmanes, que miraba para otro lado mientras se producía, que se conformó con vivir y dejar vivir, pero también gente que, poco a poco, fue dándose cuenta de que, como Pereira, debían intervenir. Algo en ellos les hacía mostrarse disconformes y reaccionar. Así, lo que más nos gusta también de esta novela es ese cambio interior del protagonista, ese paso de vivir alejado de la vida real, apático y sin esperanzas en el que el personaje se nos presenta inicialmente hacia la toma de conciencia de que el régimen todo lo atrapa y su compromiso ideológico para hacer justicia.
            En realidad, nos gustan demasiado los quijotes y quizás esta novela nos llegue tanto por mostrarnos cuál podría haber sido el proceso que muchas de aquellas "terceras figuras" testigos de las crueldades de las dictaduras europeas sufrieron para llegar a romper las construcciones culturales que habían convertido el dolor, la censura, las injusticias, las torturas, la violencia y la arbitrariedad en los ejes del sistema admitido y sostenido imperante. Pereira por eso se nos antoja tan humano, tan entrañable, tan tierno, porque consigue reaccionar y despertar su apática conciencia. Y esto, sorprendentemente, lo hace Tabucchi en un momento en el que la literatura parecía dormida en su vertiente crítica, vestida de posmodernidad descreída de los grandes relatos, de las grandes causas. Pero la causa de Pereira es la de todos los hombres de buena fe, de aquellos que ante el mal terminan reaccionando y oponiéndose a sus perpetradores cada uno en su medida y con sus posibilidades. Quizás el doctor Cardoso tuviera razón y a Pereira solo le ocurriera, sostiene el doctor, que el yo hegemónico de su confederación de almas fuera el capaz de sentir empatía por quienes sufren la tiranía de quienes atacan el alma humana con su iniquidad.
            Como afirma el mismo Tabucchi al final de la novela: " En portugués Pereira significa peral y, como todos los nombres de árboles frutales, es un apellido de origen judío, al igual que en Italia los apellidos de origen judío son nombres de ciudades. Con ello quise rendir homenaje a un pueblo que ha dejado una gran huella en la civilización portuguesa y que ha sufrido las grandes injusticias de la Historia". Creemos que el autor no solo rindió homenaje a los judíos, también a otros muchos que sufrieron grandes injusticias de la Historia, españoles, portugueses, alemanes, franceses, soviéticos que se opusieron de un modo u otro a quienes les sometieron a la sinrazón de los totalitarismos.

Bibliografía
Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi, traducido por Carlos Gumpert y Xavier González Rovira, Anagrama, Barcelona, 1995

 La fotografía es de © Tagi Muhammad 

miércoles, 22 de junio de 2016

Incómoda, transversal, desacomplejada: Prométeme que serás delfín


"Prométeme que serás delfín" fue una novela muy difícil de escribir, la que más. Ni siquiera "La marca de la luna", que tiene casi seiscientas páginas, transcurre a tiro de magia en Jaipur, Praga y Sevilla a principios del siglo XX, y cuya prota es una bruja hindú me costó tanto. En el delfín hay mucho en juego. No es una novela escrita para gustar, es incómoda, ácida, perturbadora, aunque, sí, también es muy emotiva, y está escrita, o así lo intenté, con una gran sensibilidad. Esto opina Marta de ella en su blog de reseñas:
"Me encantó. En serio,me he pasado la semana entusiasmada con esta lectura y con la forma de escribir de Amelia Noguera. Es tan incómoda, tan transversaldesacomplejada y a la vez, tan necesaria, que casi creo que debería tratarse de una lectura obligatoria (y soy muy contraria a las lecturas obligatorias, casi casi me parecen un oxímoron).
Jugando con el sarcasmo y la acidez como herramienta para la crítica social y política, la autora ha creado una novela que está entre el género negro y el psicológico, llena de sensibilidad y realismo. No os dejará indiferentes."
Está sorprendiéndome lo mucho que está gustando esta novela a gente tan joven como Marta, a estudiantes de Magisterio o de Psicología. También a aquellos que saben bien lo que es el TDAH. Los demás se acercan a ella con curiosidad, y solo puedo asegurar de ella que les emocionará.
Aquí puedes leer la opinión completa.

¿Por qué me gusta Jeanette Winterson?

Dirijo un club literario en la Biblioteca Municipal del lugar donde vivo. Es fabuloso compartir lo que lees con otros lectores, cada uno de su padre y de su madre, literariamente hablando y también en sus experiencias y emociones. Está formado sobre todo por mujeres, una amplia mayoría (tan solo un 5% son hombres), lo cual constituye una paradoja si tenemos en cuenta que en los últimos seis meses, de octubre de 2015 a abril de 2016, del estudio de dieciséis sellos editoriales que he realizado para la tesis que defenderé como Trabajo de fin de grado, entre los que se incluyen los de mayor volumen de facturación según el INE y la Federación del Gremio de Editores de España y los que más títulos publican al año, he llegado a la conclusión de que se publica un 66 % de títulos escritos por hombres frente al 33 % restante que han sido escritos por autoras. Nosotras leemos más, al menos ficción, pero ellos publican mayoritariamente. En algunos sellos, además, la diferencia es brutal: Tusquets, por ejemplo, en los últimos seis meses, publica treinta y tres libros escritos por hombres y tan solo tres corresponden a mujeres (y una de ellas es Almudena Grandes) con lo que tiene tan solo un 9% de autoras en su catálogo (véase aquí).  En el lado contrario, destaca Lumen (con un 55,17%).

Así pues, no resulta extraño que la crítica especializada elija mayoritariamente publicaciones de hombres para sus reseñas o que en la Real Academia de la Lengua no haya apenas mujeres, o que solo cuatro hayan recibido el Cervantes: estos datos son de ahora mismo, en la actualidad, no de hace cincuenta años. Por esta razón, en mis lecturas últimamente estoy centrándome más en mujeres: deseo profundizar en su literatura, con la intención de comprobar que este olvido no es azaroso. Siempre tuve entre mis lecturas favoritas a las escritas por mujeres (Matute, Martín Gaite, Grandes, Oates, Ferrante), pero solo en los últimos años estoy descubriendo de forma consciente a otras que me están apasionando (Mazzantini, Poniatwoska, Zambrano, Atwood, Iris Murdoch...). Y hace poco llegué a Winterson y propuse su novela "La pasión" como lectura para el club.

Jeanette Winterson es una autora especial, la crítica la califica como la mejor autora británica contemporánea, digna sucesora de Virginia Wood. Que la crítica afirme esto de ella no significa nada: basta con que, al empezar a publicar, a algún genio del marketing se le ocurra decir que eres la viva imagen literaria de Ana María Matute, para que la imagen fluya. Siempre hay que confirmar lo que otros dicen y eso he hecho yo con Winterson. Posmoderna sí es, sus novelas son fragmentarias, llenas de saltos al pasado y al futuro, de aforismos, símbolos y elementos. Si no la conocéis, os la recomiendo, porque me estoy dando cuenta de algo que se me había pasado desapercibido entre la vida: que me gusta muchísimo la literatura escrita por mujeres, que me gusta ser mujer y escribir con sensibilidad, que no ñoñería, porque esta palabra la han inventado algunos para desprestigiar esa forma de vivir y de sentir que a muchos seres humanos nos caracteriza.

Que paséis un miércoles estupendo. Que esto son instantes.

La fotografía, llena de sensibilidad, es del estupendo fotógrafo Nick Kenrick.

domingo, 22 de mayo de 2016

"En eso de transmitir sentimientos, Amelia Noguera es única"

Pedro Santos es un lector tan lector que lleva leyendo mis novelas desde que empecé publicando "Escrita en tu nombre" en Amazon. De cada una, siempre me da su opinión en forma de una elaboradísima reseña que publica en su blog de crítica literaria. Ahora también ha leído "Prométeme que serás delfín" y afirma que "Y en eso de transmitir sentimientos, Amelia Noguera es única". Es un placer para mí generar esa sensación en lectores como él.

Podéis leer la reseña completa aquí.

Indaga en la parte oscura del ser humano

Dice de esta novela Laurentino Vélez-Pellegrini, un estudioso de la novela negra y escritor:
"Amelia Noguera ambienta con un indiscutible rigor el universo escolar, sus entresijos y el lado opaco del mismo, en el que el abuso de poder y la arbitrariedad para con los menores ocupa un lugar central. Esto sin olvidar la crítica que la novela desprende al encuentro de  las concepciones anticuadas y reaccionarias de la enseñanza y del propio aprendizaje,  así como la denuncia del abandono al que está siendo sometido un sistema educativo público desgarrado entre el inmovilismo  y la renovación. Hay que añadir una brillante ilustración narrativa de la muy actual problemática y socialmente debatida cuestión delbuylling  y el silencio y la  indefensión de la que son objeto los niños  víctimas del mismo. Esto gracias a la actitud pasiva de la comunidad educativa en general y del cuerpo docente en particular. Pero la gran virtud de su novela es sobre todo ahondar en las complicadas relaciones entre el mundo de la infancia y el de los adultos, con el tema de la maternidad de por medio.  

Amelia Noguera penetra en la subjetividad del niño y en su conciencia, sobre todo frente a aquellos que le perciben como un ser amorfo y moldeable. La trama nos revela la identidad de unos menores  capaces de pensar, de discernir por sí solo el bien del mal, pero sobre todo de desprender inteligencia emocional y habilidad deductiva respecto a los hechos de la realidad."

Puedes leer la reseña completa aquí, en el dietario cultural de Vélez-Pelligrini.

martes, 26 de abril de 2016

"Prométeme que serás delfín" en las librerías el 18 de mayo


"Prométeme que serás delfín" es una de mis novelas favoritas. Es un regalo para una buena amiga, madre de un niño con TDAH, el trastorno de déficit de atención e hiperactividad. Si he conocido alguna vez una heroína, ella es la más. La más. Esta novela la escribí para ella y, con ella, para todos los padres de niños que sufren este trastorno. Pero también es mucho más, como dice en su cubierta, es también un estremecedor relato sobre al amor, la inocencia y la amistad. Ya solo quedan tres semanas para que esté disponible en las librerías, y detrás de esta publicación hay un intenso trabajo de muchos profesionales, editores, correctores, maquetadores, diseñadores, publicistas; todos ellos han puesto un poco de sí mismos en esta novela.

Esta es su sinopsis:

Una profesora de Primaria aparece asesinada en su aula, dentro de un armario y con la boca y las muñecas enrolladas en papel celo, el mismo método con el que ella castigó a una de sus alumnas. Un grupo de amigas decide investigar quién es el culpable y así evitar la CATÁSTROFE. ¿Quién querría ver muerta a Adela? La lista es muy larga pero pronto otro hecho terrible la reduce drásticamente. 

A través de su búsqueda, el lector se adentrará en el mundo de los niños, y en especial en el de Sofía, la alumna hiperactiva que más sufría los tratos vejatorios de la profesora. También conocerá a su madre, una doctora desesperada que vive solo para su hija. Sin embargo, lo que descubrirá en este camino será la fina línea que separa la inocencia de la crueldad.

El estilo, los temas y los registros de Amelia Noguera son eclécticos -escribe novela intimista, histórica, literaria, social, de intriga-, y los lectores clasifican sus obras como "literatura de personajes".

Prométeme que serás delfín supone otro giro en su creación y entremezcla con maestría temas de
actualidad como el acoso escolar, la crisis o los recortes, con otros universales como el valor de la amistad y el intenso amor de una madre por su hija, en un texto de una gran fuerza narrativa.


jueves, 31 de marzo de 2016

Dime qué lees



Eso me preguntan muchas veces mis lectores. La respuesta es larga. Leo de todo y a todos. Y nunca imaginé que aquellas lecturas de las pegajosas tardes de verano sin nada que hacer (vivía en un pueblo de Madrid donde solo había renacuajos en las fuentes y en las fuentes nos bañábamos), poblarían luego mis novelas. Ahora es obvio, eres lo que lees, literariamente. Y yo leía los libros más gordos o los que salían antes en versión barata, cuanto más, mejor, para que el viaje a la biblioteca o el dinero que mi madre se gastaba se estirara. Así descubrí a los realistas rusos (aún conservo las obras de Dovstoieski en tapa dura por apenas trescientas pesetas), a Tolstoi, a los franceses más grandes... Pero enseguida llegué a otras lecturas más pequeñas. Mi madre me apagaba la luz cuando ella se iba a la cama y yo esperaba a que se durmiera y entonces volvía a encenderla con Matute, Víctor Hugo, Lucy Moude Montgomery, Jane Austen, Carmen Martín Gaite... También leí, y mucho, a Stephen King, en la universidad lo leía todo el mundo, los ingenieros son así, con la cabeza tan en su sitio que luego necesitan que les hagan imaginar a golpe de fantasía macabra.

    Después, a medida que fue creciendo y dejando atrás aquellas fuentes (las de los renacuajos), y sobre todo desde que empecé a estudiar Humanidades ya de adulta, descubrí los autores que leo sabiendo lo que leo. Han llegado para quedarse. Incluso ahora, Ana María Matute sigue siendo de mis preferidas, cada uno de sus párrafos me gustaría haberlo escrito yo; cuando me pierdo, vuelvo a ella. Pero se le han unido muchas: Elsa Morante, Ángeles Mastretta, Carol Joyce Oates, Jeanette Winterson, Clarice Lispector, Margaret Atwood, Margaret Mazzantini, Simone de Beauvoir. ¿Y por qué ahora me interesan estas mujeres? Del mismo modo que me interesa la vida, porque soy mujer y me doy cuenta de que me acerqué a la escritura porque quiero saber más sobre lo que soy y cómo soy, y todas ellas reflejan ese universo femenino que me encuentro descubriendo cada día. Y a través de lectura avanzas en ese despertar imprescindible.

      También me pregunto por qué no supe de ellas antes. No todas son actuales y muchas eran invisibles. Casi igual que ahora. Resulta patético comprobar cómo las escritoras siguen siendo ninguneadas, apenas citadas, apenas criticadas, apenas valoradas; ¿cuántos libros de escritoras son de lectura obligatoria en el instituto? No es que esté a favor de obligar a un adolescente a leerse El Quijote, pero sorprende que no existan muchos equivalentes femeninos. A pesar de que las lectoras son mayoría (muy interesantes al respecto, por ejemplo, son este estudio o este otro). La respuesta es complejísima, aunque fácil de imaginar.
     
   ¿Me descubres tú también algún autor que te apasione?

jueves, 5 de noviembre de 2015

Las flores de Leibniz

 
 
Cada día pienso más en mi escritura, en las razones que me llevan a enfrascarme en una o en otra novela. Ahora, mientras sigue rodando la maquinaria para la publicación de "Prométeme que serás delfín" en mayo del año que viene, estoy metida de lleno en "Las flores de Leibniz" (título provisional). Pero ¿por qué esa novela y no otra?
 
      Formará parte de una trilogía, pero no de una con continuación narrativa sino ideológica, porque lo que me ronda es la idea de la desigualdad entre hombres y mujeres, la misoginia, el machismo que impregna incluso las sociedades en teoría más avanzadas del mundo.
 
     Pensando sobre sus raíces, creo que perdimos dos trenes de alta velocidad que nos habrían acercado de una forma mucho más rápida a la igualdad real (y no a las tasas impuestas por ley y al discurso políticamente correcto pero socialmente falso). Esos dos trenes que se nos escaparon en el pensamiento serán el eje de mis dos siguientes novelas; la tercera se centrará en la realidad actual y en las consecuencias de aquellas dos oportunidades perdidas. Dicen que soy una autora inclasificable,  me muevo entre géneros distintos (dentro de la novela), y si algo me caracteriza es que jamás vas a saber qué será lo próximo que escriba. Mis novelas no son clones. Pero ¿qué tienen en común "La pintora de estrellas", "La marca de la luna", "Prométeme que serás delfín", "Escrita en tu nombre" o "Las flores de Leibniz"? Su único nexo es el interés por denunciar, intervenir, criticar o dar voz a algún demonio interior.

     La literatura para mí, todavía, tiene el poder de visibilizar aquello que, por obvio, se nos escapa. Y esa es una de las funciones de la mía, una pragmática de la novela que no es su origen pero sí su consecuencia.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Un velo sobre los ojos




¿Qué tienen los escritores que me gustan? Una mirada propia. Un mundo interior rico y una forma de expresarlo diferente. Y si, cuando hablan, esa singularidad no se les ve de algún modo, me resultan impostores. Eso me pasó en Getafe Negro con algunos, sobre todo con tres mujeres. Me dio la sensación de que no debían estar allí, que no eran lo que querían parecer. Su discurso me dio la sensación de simular un simple "postureo" fácilmente desenmascarable.

Pero me resulta muy curioso que eso me pasara justamente con mujeres y no con ningún hombre. Ayer asistí de refilón a una discusión entre Lorenzo Silva, comisario del festival de novela negra que ha concluido hace una semana, y Laura Freixas, escritora, editora, ensayista, etc., en Twitter a propósito de una mesa de las de Getafe Negro en la que uno de los invitados, David Becerra (crítico literario y ensayista), criticaba que no hubiera ninguna mujer en dicha mesa. Yo asistí a muchas de las mesas del festival y puedo confirmar que la presencia de mujeres era amplia, mucho más de lo que suele ser habitual en cualquier otro ámbito profesional o cultural, quizá de un 40% frente a la masculina. Pero todo esto viene a cuento por mi siguiente pregunta: si yo misma vi en ellas mucho más que en ellos esa "impostura", esa falta de preparación ante un tema determinado para el que fueron invitadas a hablar, mientras que ellos me resultaron más brillantes, ¿es que estamos programados para eso? ¿Somos siempre más críticos con las mujeres? ¿Estamos acostumbradas a minusvalorarnos a nosotras mismas? ¿O fue una percepción realista y no quiero aceptarla por el hecho de ser también una mujer? 

Dice Jenn Díaz hoy en un artículo de Jot Down Magazine que las mujeres que destacan son invisibles. Las sociedad las invisibiliza resaltando siempre su cualidad de madres o cualquier otra que no sea alguna con relevancia en un mundo de hombres. Me resisto a creer que eso sigue siendo así pero me encuentro yo misma juzgando inferiores en su discurso precisamente a algunas mujeres, ¿por qué? ¿Fueron realmente en esas mesas menos lúcidas que los hombres o lo parecieron porque los temas de los que tenían que hablar se circunscribían más al ámbito femenino? No lo sé pero desde hoy estaré más atenta a mis propios prejuicios. Es imprescindible para acabar con esa invisibilidad de la que habla Jenn. 

jueves, 29 de octubre de 2015

La tierra baldía, T. S. Eliot

Ando mal de los nervios esta noche. Sí, mal. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué nunca me hablas? Habla.
En qué estás pensando? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé lo que piensas. Piensa
Pienso que estamos en el corredor de las ratas donde los hombres muertos perdieron su huesos.
O bien:
¿Eres realmente una tonta, le dije.
Bien, si Albert no te deja tranquila, ahí lo tienes,
¿si no quieres tener hijos para qué te casas?

Estos son versos elegidos al azar. Simplemente los uso para intentar demostrar que leer Tierra Baldía es la pura posmodernidad, o lo que le sigue. En su momento, rompió con la tradición poética pero aún hoy esa tradición continúa rota. No ha conseguido pegar sus fragmentos todavía:

En este arruinado agujero entre montañas, 
a la leve luz de la luna, la hierba canta
sobre tumbas caídas, en torno a la capilla
está la capilla desierta, que sólo el viento habita.
No tiene ventanas y la puerta balancea,
los huesos secos no dañan a nadie.
Tan sólo un gallo sobre la viga mayor
qui qui quiriquí qui qui quiriquí
a la luz del relámpago. Luego una ráfaga húmeda
trayendo la lluvia.
¿De verdad este poema ha sido superado por algún otro décadas después? Quizás imitado pero ¿la poesía actual alcanza la genialidad, la mezcla de pasado y de futuro, la intensidad del grito por el hombre y su soledad, o la originalidad que consiguió Eliot en estos versos? Sus estrofas parecen formar un puzle de fragmentos de toda la literatura universal, que el autor dominaba, a modo de mística reflexión sobre la vida, la muerte, la miseria de la decadencia a la que se enfrentaba su mundo, al que también se enfrenta el nuestro (¡de ahí su actualidad!); en forma de piezas sin orden ni concierto. No lo busca, no lo hay. Si lo encuentras, quizá es que lo inventas. Intensamente lírico a veces, payaso otras, doloroso casi siempre, lleno de heridas abiertas, de canciones, de miserias, de contención frente a la adversidad, de "basura pétrea" en forma de conocimiento de "imágenes rotas". Epatado, el lector solo puede seguir leyendo para demostrarse incapaz de conocer o ni de tan siquiera transgredir las reglas de ese universo que Eliot crea para sí mismo y al que nos permite entrar solo como visitantes, cual astronautas en Marte. No reinaremos nunca en él, porque no lo concibió para ello. Y eso que nos perdemos; aunque lo leamos en su idioma original, con la musicalidad con la que fue concebido, seguimos perdidos. Estupefactos, intentamos seguir sus huellas, sin conseguirlo, por supuesto, porque nadie puede rastrear los vestigios de lo etéreo, lo espiritual, lo secreto, lo inalcanzable, lo místico, lo antiguo mezclado con lo más nuevo. 
           Llena de continuos cambios de registro; bandeándose entre mundos distintos, profecías o mitos, la Antigüedad, la sátira; dolorosa casi siempre y desencantada; la poesía de Eliot resulta demasiado oscura para penetrarla, pero de una oscuridad brillante en la luz de su impenetrabilidad: en ello parece radicar su magia. 
         Quizás en busca de nuevos derroteros, Eliot recurre en Tierra baldía a la tradición de Shakespeare, de Dante, de la literatura artúrica, y las reinterpreta todas, extrayendo de ellas lo que le interesa y lo que solo lectores extremadamente versados en sus categorías, casi "neuménicas", en sus símbolos, en sus formas, son capaces de discernir y captar.

El Ganga iba bajo, y las flácidas hojas
Esperaban la lluvia, mientras las nubes negras
Se amontonaban en la distancia, sobre Himavant.
La jungla se agachó, encorvándose en silencio.
Entonces habló el trueno. 
¿No se remonta Himavant a la tradición védica, a la India de la antigüedad? Es la personificación del Himalaya, que aparece en la épica Mahabharata, el padre de la diosa del río Ganges, Ganga, y de Parvati, la esposa de Siva. Pero Eliot lo usa como corolario de su poesía, poco antes de sentarse a la orilla a pescar, con la árida llanura a su espalda, para poner sus tierras en orden y ver cómo se cae el Puente de Londres, "se cae, se cae" e invocar a la golondrina y a aclamar que Jerónimo vuelve a enloquecer. Porque "Abril es el mes más cruel".
        Las cinco partes en que se divide el poema parecen los laterales de una mesa de Ouija ante la que el lector se sienta tomando entre sus manos el puntero que le llevará a través de las letras a ahondar en otros espíritus pasados y aventurarse al futuro. Las referencias culturales son tan ricas y complejas que solo aquellos con ojos avezados en su complejo y fecundo mundo literario, filosófico e intelectual pueden darles caza, identificarlas y desentrañarlas. Llegar a cruzar el lago en la barca conducidos por Caronte. La mayoría, nos quedaremos al otro lado con un palmo de narices intentando tan solo intuir los espíritus. Dicen los entendidos que el mito artúrico reina en el poema, intentando constituir un retrato del ser humano. Por eso, a partir de aquí acudo a estos expertos para descubrirlo y revelar sus claves . La característica más importante del poema sería, según Osorio, su simbología, que sirve como repositorio de donde sacar las imágenes para formar el universo poético de Eliot: la tierra baldía es la tierra del Rey Pescador enfermo. Así, se puede encontrar cierta relación entre este poema y James Joyce por cuanto ambos acudieron al mito: al Ulises uno y a la leyenda artúrica el otro. Son estos los cimientos de su simbología. El Grial, concebido entonces como el símbolo de la búsqueda de respuestas del ser humano, la necesidad de huir de su vacío. Así, el desarraigo y la soledad del hombre de entreguerras, del hombre contemporáneo, se vislumbra en esta tierra poética. Existen, según Osorio, diferentes elementos del mito del Grial en el poema: "la esterilidad del rey, el simbolismo sexual que poseía la leyenda antes de ser incorporada a la tradición cristiana, la infidelidad de la reina Ginebra, el viaje a la Capilla Peligrosa". No esenciales para el poema, porque solo suponen su punto de partida y engrudo que la cohesiona, pero con importantes significados. Es el poema entero una referencia a ese mundo oscuro, en decadencia, en declive. Y esta es la razón última de su tremenda actualidad, por la que aún desgarra la poesía actual: nos sigue describiendo. Todos esos versos que, casi siempre, permanecerán sin descodificar en la mente del lector, todas sus variadas y múltiples referencias, sus significados, sus orígenes que quedarán sin desvelarse más que a los eruditos nos demuestran nuestra pequeñez, al tiempo que nos deslumbran con su grandiosidad. Nos enseñan que somos muchos, entremezclados, en la mística de Oriente y de Occidente. De ahí también los versos en alemán, en italiano y en francés que algunos no entenderán (¿y para qué están entonces si no es para demostrarnos nuestra propia estupidez?) como tampoco sabrán que abundan los versos de autores clásicos (Baudelaire, Dante, Shakespeare, Nerval), junto con los numerosos mitos del antiguo mundo grecolatino (Tiresias, Filomena, Tereo, Diana, Acteón), el misticismo de uno y otro mundo (Sermón del Fuego, San Agustín, los apóstoles) y, a la postre, el ser humano representado aquí en toda su complejidad. Por ejemplo, a través de la figura de Tiresias, que reúne en sí mismo a  hombres y a mujeres, al pasado, al presente y al futuro, aunque se termine confundiendo con otros personajes, en esa amalgama que nos aturulla al tiempo que nos maravilla. Parece que Eliot busque confundirnos, como si de una Torre de Babel en verso se tratara, como si el vacío, la soledad y la incomunicación fueran lo que en realidad le importaran, como si sus versos buscaran respuestas ante el caos y el abandono, ante la soledad y el ocaso, y nos sigan emocionando porque ni siquiera hoy se han hallado.
   
          La estrella cínica, mística, escéptica, irónica, grotesca e iconoclasta del "modern movement" que dinamitó el mohoso mundo victoriano sigue brillando.

Bibliografía
T. S. Eliot, La tierra baldía, trad. Juan Malpartida, Círculo de lectores, Barcelona, 2001
Olga Osorio, Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, disponible en  https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero20/eliot.html, consultado el 12-10-2015
Jordi Llovet y otros, Lecciones de literatura universal, Cátedra, Barcelona, 2012. págs. 997-1007 



miércoles, 28 de octubre de 2015

Arabia y Los muertos

James Joyce nació el 2 de febrero de 1882, en un suburbio de Dublín. Dicen de su obra que a través de ella podría haberse reconstruido la Irlanda de finales del XIX. También dicen que estaba construida de ritos, juegos lingüísticos, religión y que su mundo era rico, a pesar de que fue un niño sin recursos, proveniente de una familia numerosa con un padre divertido e imaginativo pero algo borracho, y su experiencia vital imprimiría en él ese aire naturalista, de "dibujo preciso". Dublineses (Dubliners) fue publicada en 1914. Después, en la revista The Egoist, publicó Retrato del artista adolescente, que vería también la luz en libro en 1916. El Ulysses  se publicó en 1922 y a partir del año siguiente trabajó en Finnegans Wake, que publicó en 1939. Joyce escribió poesía, sin embargo no es innovadora. Su única obra de teatro fue Exiliados, algo más interesante, influida por Ibsen. Los dos cuentos comentados forman parte de la colección Dublineses que recurren de un modo u otro al recurso de la "epifanía" (como revelación) y a un aire naturalista en los que Dublín parece representarse de forma distinta en cada relato. A pesar de que todos son cuentos independientes, pueden leerse como pertenecientes a una obra unitaria, centrada, al igual que su obra maestra, en el viaje de búsqueda, aventura y regreso que se observaba en el Ulises griego y el de infancia, adolescencia, vida pública que se cierra con el último cuento, el comentado Los muertos. La producción literaria de Joyce determinó la literatura posterior, y su influencia se considera de las más importantes y es aún motivo de estudio.
 
     Y hasta aquí la introducción académica, fría, sosa, repetitiva que podemos encontrar sin rebuscar demasiado en la ingente bibliografía que este transgresor ha suscitado desde su intromisión en la historia de la literatura. Esta está extraída del compendio de Jordi Llovet . Pero qué poco tienen los relatos de Joyce de repetitivos, fríos, sosos o académicos. Aun siendo Arabia un relato con el mismo tema que el de otros tantos sobre el primer amor, Joyce consigue contarlo de una forma única en su universalidad. Esa es su fuerza. En su esencia, recupera la misma sensación que cada uno de nosotros podríamos haber experimentado cuando nos enamoramos por primera vez. ¿No es el primer amor siempre uno no correspondido, platónico, imprevisto? ¿No es insensato, imposible, frustrado, cándido? No hablo de aquel que quizás a veces llega a materializarse, sino de la primera llama que nos hace sentir ese algo desconocido en nosotros que pugna por salir a la luz. Finalmente lo hará pero en ese instante tan solo empieza a intuirse mientras juega con nosotros. Ese "lo imposible" no es en realidad el objeto de nuestro deseo (el amado o amada) sino nuestro propio deseo en sí mismo: aún la naturaleza no ha madurado el fruto lo suficiente como para que pueda abrirse y comerse saboreando la carne jugosa. Arabia es el relato de esa imposibilidad de amar todavía, obstáculo independiente de aquello a lo que amamos, porque ese altísimo muro está dentro de nosotros mismos: aún no hemos aprendido a amar. Algunos, no lo haremos nunca, pero entonces quizá ya no nos importe. Ese descubrimiento íntimo, primario e incipiente en el final de la niñez de nuestra imposibilidad de alcanzar aquello que empezamos a desear de forma débil pero arrolladora se subraya con el estilo intimista y precioso que Joyce usa en el texto y lo convierte, además, en uno de los relatos más entrañables del conjunto.
          
           "Al moverse ella, su vestido bailaba con su cuerpo y echaba a un lado y otro su trenza sedosa", dice el protagonista, de viva voz (en primera persona), que además nos cuenta cómo espía a su amada, con los ojos de un niño que está aprendiendo ya a mirar de otra forma. La sigue, la alcanza en su camino pero nunca se atreve a hablar con ella hasta que es ella la que da el primer paso. Intuimos entonces que quizá es mayor que él y "su imagen lo acompaña hasta los sitios más hostiles al amor" aunque "No sabía si llegaría o no a hablarle y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración". Es él mismo quien se sabe todavía inmaduro para ella, ¿cómo atreverse a confesarle su amor?: "Oh, amor! ¡Oh, amor!". Al final es ella quien se le acerca, aunque también se siente confusa. Él ve extasiado la "blanca curva de su cuello y el pelo iluminado que reposa allí". Ella le pregunta si irá a la feria de la Arabia, y él, entonces, formula su promesa. Desde ese momento, ese juramento (lo es para su voluntad) domina su pensamiento: a través de su cumplimiento sublima su interés. Y así es cuando se aparta de su niñez: "No tenía ninguna paciencia con el lado serio de la vida que ahora se interponía entre mi deseo y yo y me parecía un juego de niños, feo y monótono juego de niños". Ese compromiso con su amada le está convirtiendo en hombre. Y es entonces cuando empieza la frustración: el día preciso, el de la feria, su tío se retrasa, si no llega no podrá salir; espera, se sienta, escucha el tictac del reloj, observa a sus compañeros jugando, pero él ha crecido, ya no tienen para él ese atractivo antiguo, él tiene ahora otro interés: la imagina a ella en su casa, a la vista desde su ventana. Su tío llega entonces por fin y su tía lo comprende, le da el dinero para ir a la feria y sale. Quizás aún llegue a tiempo de encontrar algún puesto abierto para comprarle algo a su amada y cumplir su juramento, conseguir lo que desea. Sin embargo, al verse frente a ese jarrón de loza floreada, se da cuenta de su "vanidad". No está a su alcance pero ¿qué es lo que se le escapa entonces? ¿La porcelana o su amada? Guarda su dinero, se siente manipulado y ridículo. Sí, quizás, ahora la fruta ya está madura: solo cuando se ha sentido la ilusión del primer amor y la imposibilidad de satisfacer ese deseo,  empieza a desvanecerse la niñez.
 
         Con respecto a Los muertos, es también el relato de una frustración, en forma de novela corta y contado esta vez en omnisciente, con un estilo menos intimista en su forma aunque no en su profundidad narrativa, en el que ya se aprecia el juego con el yo interior que dará lugar al flujo de conciencia o al monólogo interior de la obra cumbre del autor. Se entrevé la nueva orientación que propondrá su escritura y marcará un hito en el cambio de paradigma literario. A la vez relato de lo que está dentro y fuera, desde el principio, tengo la sensación de que lo que Joyce me quiere contar no se narra, ni en sus descripciones ni en sus diálogos, que parecen en realidad un juego de espejos en el que lo que se muestra no es lo real, sino lo que está detrás, en lo que los protagonistas saben y nos ocultan. Y, efectivamente, esa es la sensación que permanece cuando llego al final y compruebo que todas esas reflexiones entre los personajes, las tías, la profesora compañera del protagonista Gabriel, el amigo bebedor inoportuno, su prima, nos llevan ante la constatación de una miseria, la del joven sobrino que se percata al observara a su esposa de que él, enamoradísimo de su mujer, solo le ha proporcionado una vida monótona y se impacienta por hacerle el amor, pero su sentimiento hacia ella nunca podrá compararse con el de un muerto que murió por fractura del alma, aquel que podría haber ocupado su lugar en la relación con su esposa.
 
      Así, en la fiesta de Navidad, muchos personajes hacen pocas cosas, y no son sus actos los que los definen sino su físico y, sobre todo, lo que dicen en esa noche fría afuera, de perros, mientras dentro el calor y la diversión les hace sentirse bien, en apariencia. Las tías, anfitrionas de este baile cada año, parecen ser el eje del relato pero enseguida Gabriel adquiere importancia y se muestra a nosotros en su complejidad, duda de sí mismo, no quiere demostrarse superior, es consciente de dónde está y no desea sobresalir, hasta que la narración se centra en el verdadero objetivo de la ficción: su amor por su mujer. Se aviva su deseo por ella, desea resarcirla por esa monotonía que de repente vislumbra en su relación, desea amarla, tener una nueva oportunidad a pesar de que su fracaso, en principio, solo está en su mente, en su interior. Hasta que este se le muestra en toda su grandiosa profundidad: Greeta le relata entonces cómo aquel joven, Michael Furey, murió de amor por ella al postrarse bajo su ventana en aquella noche fría. ¿Cómo igualar ese acto de pasión, cómo superar esa suprema demostración de amor eterno? ¿Qué hay más eterno que la muerte?

      El muerto se interpondrá ya para siempre entre él y ella, vivos pero separados por ese giro inesperado en la narración que nos coloca, con esa revelación, con el recurso de la epifanía, ante la verdadera intención del relato: mostrarnos, quizá, que solo la muerte nos pone a la altura de nuestros ojos la verdadera intensidad de nuestra vida. La del joven Gabriel se nos presenta entonces mísera y oscura, jamás llegará a darle a su esposa lo que aquel muerto representa para ella. Jamás la amará de ese modo ni le regalará su vida.
 
      Esa revelación y el contraste entre el deseo de él y la tristeza de ella es lo más brillante de la narración: Ese "Creo que murió por mí" que le cambia a él para siempre su percepción de ella y de él mismo en un instante. ¿Cómo hacerla olvidar su sentimiento de culpa? Lo amara ella o no, ahora eso resulta diferente, aquel muerto siempre le sacará a Gabriel una ventaja insoslayable.
 
Bibliografía
Jordi Llovet, Lecciones de literatura universal, Cátedra, Barcelona, 2002
James Joyce, Dublineses, trad. Guillermo Cabrera Infante, El País, Clásicos del siglo XX, Madrid, 2002
 
 

lunes, 23 de marzo de 2015

Fragmento de "Escrita en tu nombre"



Capítulo 4 (Fragmento)

MALENA SALÍA PARA ROMA ESA TARDE. Le habría gustado acompañarla. Le había sorprendido encontrarse estos días recordando su sonrisa. Aunque de lo que más se había acordado era de sus caderas, mientras las aferraba con un ansia que no podía controlar, y se excitaba tan solo al imaginarlo. Pero no era eso. En realidad le provocaba una sensación extraña, una necesidad nueva de conocerla que lo aturdía. No era muy brillante en las relaciones con las mujeres. Lo intentaba, intentaba ser capaz de captar las señales de las que le hablaba su madre, con otras palabras, cuando su hermana salía corriendo de la habitación donde él le había dicho algo que le había provocado el llanto y entonces le tomaba de las manos y le explicaba que a las niñas había que hablarles con mimo, porque sus sentimientos eran delicados como el cristal y, si se rompían, derramaban su interior. Él no la entendía, pero debía de llevar razón porque Noor se ponía a llorar a menudo mientras jugaban. Se consolaba porque también solía llorar mientras jugaba con Zia, que ocupaba el segundo lugar en la jerarquía cuando los tres se peleaban entre risas por acomodarse en un sitio en la mesa al lado del padre e intentaban saltarse la prioridad que confería haber nacido antes. Y eso que, por alguna razón que no conocía, ella lo prefería.
     Tenía muchos recuerdos de su niñez. Quizás porque su vida se había truncado de repente y había conseguido congelarlos para mantenerlos intactos. Además, se fortalecían con el tiempo. Se acordaba sobre todo de su familia, pero también de sus amigos y de sus compañeros del colegio. Iban a uno donde además de persa se estudiaba francés; aún sonreía cuando se recordaba intentando pronunciar ese idioma extraño. Odiaba el uniforme azul con franjas blancas en el cuello, pero se lo ponía sin protestar porque no le gustaba ser el único que no lo llevara. Su madre había insistido en inscribirlos allí porque era de verdad laico. Aunque era religiosa, prefería seguir sus propios preceptos, los del minaísmo, su mezcla personal de otros muchos ismos. Una noche, Omid se había sentado en el salón para terminar de hacer los deberes, quedaba poco para las vacaciones y estaba ya cansado de trabajar, pero sabía que había obligaciones que no entendían de voluntades. Mina acababa de traerle un té verde helado con azúcar y menta para ayudarle a mitigar el intenso calor y aún podía escuchar el ventilador de aspas enormes que colgaba del techo zumbando por encima de sus cabezas. Su hermana Noor entró con un velo cubriéndole el pelo y la mayor parte de la cara. Su madre se quedó paralizada mirándola. Omid comenzó a reírse, le hacía gracia verla con el rostro envuelto en un trapo; sus ojos oscuros le resaltaban mucho más rodeados por la tela blanca. Pero Mina le fulminó con la mirada que significaba que debía dejar de hacerlo.
           ―Noor, ven aquí. Quiero hablar contigo un momento.
           La pequeña se acercó despacio, si la hubieran podido ver bajo el velo, habrían descubierto cómo la sonrisa de sus labios se había manchado con un frunce de cejas de recelo.
          ―Cariño, ¿por qué te has puesto este pañuelo? ¿No tienes calor?
          ―No, mamá, estoy bien así, y me gusta mucho, es muy bonito. La mamá de Parisa lo lleva también y me parece que está muy guapa, cuando estuve el otro día jugando en su casa me lo prestó.
          ―¿Y crees que te gustaría llevarlo siempre puesto? ¿Incluso cuando salieras de casa? Imagina las otras niñas, ellas llevarían el pelo suelto, con las trenzas o las coletas, como te gusta peinarte tanto, y a ti no se te vería el tuyo. ¿Crees de verdad que te gustaría bajar a jugar siempre con él?
           Noor se puso seria, no lo había visto de esa manera. En su colegio las niñas que le parecían más guapas tenían largas melenas y se hacían muchos peinados diferentes que ella intentaba imitar ante el espejo de su habitación o sobornando a su abuela con besos.
          ―No sé, mamá…, pero no pasa nada, porque puedo ponérmelo en casa donde no me ve nadie y luego me lo quito ¿verdad?.. Entonces no importa. Cuando me apetezca me lo pondré, para ir a jugar con Parisa, porque en su casa, su madre y sus hermanas mayores lo sacan a veces, aunque lo guardan luego. Después, cuando vuelva, me lo quito y me peinas ¿no?
          ―¿Sabes, mi vida? no es tan fácil. Hace tiempo, cuando la abuela pequeña llevaba un velo como ese, era justo al revés que ahora. Cuando salía de su casa era cuando debía ponérselo, pero no porque quisiera, sino porque no le quedaba más remedio. Así que ten cuidado con lo que deseas.
          Llamaban abuela pequeña a su bisabuela, porque era muy mayor y los años le habían empequeñecido el cuerpo, aunque no la mente. Vivía también con ellos y asentía mientras su nieta hablaba. Sin embargo, Noor no había entendido sus palabras, ni Omid tampoco.
            Él ya estaba acostumbrado a no entender a su madre. Le resultaba muy complicada. Le hablaba de cosas intangibles, que se veían solo con el corazón, y él aún no había aprendido a distinguir en un sitio tan escondido. A veces creía que no llegaría a aprenderlo nunca. Eso podría explicar por qué no conseguía amar lo suficiente a ninguna mujer. Estaba solo, aunque no quería vivir así. Odiaba las noches solo, los días solo. La vida solo. Deseaba compartirla con alguien que le escuchara como había visto que hacía su madre con su padre siempre, porque ya se sentía demasiado apartado en un país que no era el suyo y que le fascinaba pero en el que no podía hacer lo que más necesitaba: disfrutar de su familia. Siempre llevaba la nostalgia aferrada. Encadenada y cautiva.
          A veces se encontraba sentado con un libro entre las manos sin distinguir las letras, intentando ponerle cara a su hermana, y se daba cuenta de que tenía que esforzarse por no mirar las fotografías repartidas por su casa para intentar burlar ese sentimiento de pérdida. Asfixia encaramada, pérfida asfixia. Le dolía tan dentro que se esforzaba por recordarlos y sentirlos más cerca, y no hacía nada más hasta que lo conseguía. Aun después de millones de días, no se había acostumbrado a superar esa congoja enroscada a sus sentidos como una serpiente viscosa, que no lograba desamarrar a veces más que encendiendo el ordenador y hablando con sus sobrinos o con su madre por el Skype. Él era el primogénito. Tenía un año más que Zia y enseguida lo adoptó como su protegido porque era más débil y casi nunca se defendía cuando se peleaba con otros niños. Omid sufría tanto por eso que prefería que le pegaran a él antes que verlo aporreado y dolorido. Y llevaba ocho años a Noor, y también decidió que cuidaría de ella desde el mismo instante en que apareció en su casa envuelta en algo parecido a una toalla y con la cara llena de unos granos blanquecinos. ―No tienen importancia, no le pasará nada―, le dijo su madre. Pero él no la creyó y tres décadas después podía verlos aún en aquel mínimo rostro, que lo miraba todo con la avaricia de fijarlo en su mente inmaculada de recuerdos aún, con mucha más nitidez de la que conseguía ahora al pretender visualizar la imagen de esa misma cara adulta.
         Siempre quiso protegerlos, incluso demasiado. Quizás por eso necesitara a una mujer a quien querer igual y se había esforzado por conseguirlo. Y si seguía solo, tal vez fuera porque aún no había encontrado a la que le estaba destinada o porque no había llegado el momento o porque no se había empeñado lo suficiente. Eso no podía saberlo. Pero desde que conoció a Malena, algo se le removía dentro. La veía tan frágil que quería también cuidar de ella, y a la vez era muy fuerte, irradiaba una vitalidad que lo deslumbraba. No hablaba alto ni recalcaba mucho las palabras, sino que su voz era como una caricia pausada y melodiosa, pero aún así le convencía. Y era afable, parecía pedir permiso para estar, como si sintiera que no tenía el derecho. Eso le hacía sentir más ganas de acercársele, porque lo miraba con dulzura pero con determinación y le atraía hacia ella como un tallo se desenrolla sobre sí mismo y repta a través de las rendijas que le dejan otros más altos a la búsqueda del sol, persiguiendo esa calidez sosegada que ella desprendía y que había visto en todas las mujeres de su familia y añoraba en su vida. Caminos hacia atrás, caminos que quería poder recorrer también de adulto.
         Se entristeció cuando no quiso que la acompañara. Pero pronto decidió que de todos modos se presentaría en su hotel y al menos pasaría con ella el fin de semana. Si no quería verlo, entonces no merecería la pena insistir, pero aun pensando en esa posibilidad compró los billetes y la llamó para avisarle de que llegaría pronto. ¿Por qué iba a rechazarlo? Él necesitaba verla otra vez. Deseaba volver a tenerla, besarle cada centímetro de su piel escudriñando ese olor íntimo de lo femenino que le maravillaba desde que lo descubrió en su primera amante, aunque no supo identificarlo bien hasta que repitió lo suficiente y aprendió a disfrutar de las caricias calmadas y a aplacar su deseo para ralentizar su placer y así aumentarlo. Pero no solo deseaba eso, también quería conocerla, charlar con ella, llegar a entender de dónde procedía esa luminosidad que percibía en sus ojos, en sus palabras, en sus caricias.
           Comió pronto y salió hacia el aeropuerto. No se llevó los calmantes. Sabía que no le harían falta. El viaje no era a Irán sino a Roma, así que consiguió no temblar en el taxi y disfrutar por primera vez desde hacía mucho tiempo del trayecto hasta la terminal. En el camino, sonó su móvil. Era un número oculto. Quizás respondió por culpa de la relajación de su mente, pero al oír la voz, se le revolvió algo que le hizo arrepentirse.
          ―Omid, soy yo, ¿estás liado?
          ―No, no te preocupes, ahora no tengo nada mejor que hacer, creo. ¿Estás bien? Hacía mucho que no me llamabas.
           La conocida voz se disculpó con torpeza desde el otro lado de la línea.
          ―Sí, bueno, ya sabes que soy imprevisible. Pero me ha parecido que este era un buen momento. Quería decirte que voy a pasarme por Madrid y me apetece mucho verte.
           ―No sé qué decirte, estaba convencido de que no volveríamos a vernos. Y además en unas horas volaré a Irán, no sé si estarás en Madrid cuando regrese.
           No sabía por qué le había mentido, pero se sintió mejor así. El taxista lo miraba a través del espejo retrovisor. Apenas tenía pelo en la cabeza, tan solo el que poblaba una coronilla anticuada, pero el de la espalda le asomaba por encima del cuello de la camisa, casi le llegaba a la nuca. Omid veía su cara sonriéndole en el reflejo y se preguntaba por qué.
           ―Había pensado que podíamos vernos el sábado por la noche. Elige el sitio tú, si quieres. Cualquiera menos el garito de Juan. A él no tengo muchas ganas de verlo.
           ―Lo siento, de verdad, pero ese día aún no habré regresado..., si vuelves otra vez, llámame con más tiempo. Tal vez podríamos hablar.
        Colgó y sintió nostalgia y remordimiento. Tenía miedo de que se le impregnaran en la piel y se le quedaran adheridos como en una calcomanía, con la forma de una mancha borrosa y diluida entre las dudas. ¿Por qué lo llamaba ahora? ¿Qué querría? Sabía que nunca actuaba sin más y esa llamada, después de varios meses de silencios, no podía ser fortuita. El fuerte olor a limón del ambientador le desagradaba pero estaba acostumbrado: era un olor universal, el de casi todos los taxis que llegaban hasta el aeropuerto de casi todas las ciudades en las que había tomado alguno. El conductor subió el volumen de la radio. Comenzó a sonar una canción que hablaba sobre el querer. Se sorprendió pensando en Malena, necesitaba llegar a Roma cuanto antes y volver a verla. Buscó su nombre en la memoria del teléfono y la llamó. Y aunque no se dio cuenta, al colgar, dejó caer al suelo el papel arrugado al que daba vueltas en la mano al ritmo rápido que comenzó a imprimir su corazón cuando ella se alegró de que fuera a verla.
        En el aeropuerto la gente rebosaba, se salía por los ventanales y las escaleras mecánicas. O si no, lo parecía. Los avisos de salidas de vuelos parpadeaban en los carteles y en los oídos, si se lo permitían los ruidosos motores de los aviones blasfemos al despegar o aterrizar; y los abrazos se rompían entre sollozos cuando dos corazones se separaban o se reconstruían igualmente entre sollozos cuando volvían a reunirse. Las personas que estaban solas parecían una excepción sin reglas. Él era como ellos, pero iba a encontrarse con Malena. Se paró delante de una tienda. Detrás de los cristales, cientos de anillos, pulseras y brazaletes, collares, colgantes y pendientes, de oro o de plata, adornados con piedras de colores tintineantes y formas aleatorias esperaban una oportunidad. Dentro, varias personas elegían; algunas al azar, otras pensando quizás en alguien especial. Omid miró un collar de cuentas de cristal azul. Refulgía ante sus ojos. Los brillos oscilaban. Entró y se lo pidió al vendedor. Al tomarlo entre los dedos se imaginó junto a ella, le apartaba el pelo y le abrochaba el collar en la nuca. Lágrimas de cielo sobre su piel. Algo suyo sobre su piel. Algo que llevara porque él se lo había regalado. ¿Por qué le gustaba tanto esa idea? ¿Qué le había dado que no había tenido antes? Le gustaban sus ojos y sus caderas, le gustaba su risa, le gustaban sus caricias y sus besos; pero no era eso.
         Tenía que descubrir qué era. Quizás de nuevo el destino. Compró el collar y subió al avión. Por primera vez después de años no se drogó para bloquear los pensamientos, pero sí entornó los ojos mientras el gran efebo metálico se remontaba en busca de su galán de nubes. Sus sentidos vagaron lejos, entrenado como estaba para sumirse en un subconsciente inmune cada vez que volaba para volver a Irán.
         ―Nouri, ven, por favor. Ayúdame un momento con tu hermana.
         Su casa en Teherán estaba pintada de azul. Era el color favorito de su madre, el color que tenía casi todo allí, incluso el jardín, porque desde él miraban siempre el cielo. Su nombre significaba cristal azul y había hecho de él un emblema. Mina era transparente y, si algo suyo podía tener un color, era ese. Sostenía en brazos a Noor, tan solo un bebé de meses, que estaba desnuda y no dejaba de patalear.
        ―Ven, sujétala mientras voy a coger su ropa, puede caerse. Ya se mueve demasiado para dejarla sola encima de la cama.
        A Omid le encantaba su olor. Jabón de lilas mezclado con el aroma de su cuerpecito. Siempre que podía, pedía permiso para cogerla. Su madre le decía que a los bebés había que quererlos mucho para que guardaran muy dentro el cariño que les daban y luego ellos pudieran encontrarlo y dárselo también a sus hijos, así que le dejaba cogerla siempre que quería, pero dormía tanto que era difícil llegar a tiempo. No quería despertarla, le gustaba mirarla en su cuna mientras su pecho minúsculo subía y bajaba deprisa, al ritmo de su exigua pero acelerada respiración. Le parecía perfecta: ojos rasgados, nariz redonda, labios rojos, piel de algodón. A veces intentaba meter los dedos entre sus blandos puños para que Noor se aferrara a ellos como si quisiera colgarse de él. No existía nada más precioso. Pero Omid no se lo decía a nadie, temía que se burlaran. Sus primos, muchos de su misma edad, no miraban siquiera a sus hermanos pequeños; apenas les hacían caso.           Tampoco Zia entendía que pasara tanto tiempo mirándola y se enfadaba cuando dejaba de jugar con él para ir a su cuarto. Pero no podía evitarlo, quería estar cerca, ver cómo crecía, cómo le sonreía al despertar. Incluso se ponía nervioso con su llanto. Era él quien solía ir a buscar a su madre cuando la niña se despertaba y lo miraba tumbada en su cuna con los ojos muy abiertos, los mofletes colorados y una sonrisa cómplice, mientras movía agitada las piernas y los brazos para que alguien la rescatara.
       ―Cógela. No te preocupes, no va a romperse.
       ―Mamá, ya sé que no va a romperse. Pero puede tener frío. Espera.
      Omid fue a buscar la manta de lana virgen que siempre estaba apoyada sobre la cuna. La envolvió con ella y la levantó. Mina rebuscó en los cajones hasta encontrar la ropa que necesitaba. En ese momento, Aref entró desde la calle. Se acercó a ellos y los besó. Noor hacía pompas con la boca, mientras emitía ruiditos como gorjeos. Y sonreía, siempre sonreía.
       ―Se te da fenomenal cuidar de Noor. Mírala, parece encantada de estar contigo.
       En la mano llevaba unas flores. Omid no sabía cuáles eran pero parecían campanillas de seda. El azul se columpiaba entre el verde tintineante de las hojas. Mina se unió a ellos. Recostó a la bebé sobre el colchón y comenzó a vestirla. Aref le dio un beso y se reclinó para achuchar a Noor.
      ―Espera, déjame que termine, va a coger frío.
      Siguió abrochándole los botoncitos de nácar. Cuando acabó, le pasó la niña a Aref. Ella parecía disfrutar con tanto vuelo por el aire y tantos gigantes distintos manoseándola.
      ―Cuando te canses de besarla, dásela a Nouri y que se siente un rato con ella mientras termino de prepararle la papilla ―cogió las campanillas que Aref había dejado sobre la cómoda―. ¡Qué bonitas son! Muchas gracias. A ver si esta vez consigo que broten algunas semillas y puedo plantarlas en el jardín. Me encantan estas flores, seguro que crecerían muy bien al lado del rosal amarillo ―le dio un beso leve en los labios.
     ―El patio de la Universidad está repleto. Son como suspiros, se abren y el mismo día ya desaparecen, pero hay miles. Cubren toda la valla de la entrada. Y se extienden sin que las plante nadie. Ya se ven también en el otro lado del recinto. Son las únicas flores azules que he visto por aquí.
      ―Las flores azules son igual de raras que los buenos amigos o incluso que las buenas personas. Por eso hay que cuidarlas mucho cuando se encuentra alguna.
       Mina miraba a Omid, que tenía recostada a la pequeña encima de sus muslos, con las piernecitas apoyadas sobre su pecho, y jugaba a hacerle dibujos en la tripa. La niña se reía a carcajadas cada vez que él le soplaba encima o le hacía demasiadas cosquillas.
        ―No le digas eso al chico. Tú estás rodeada de gente buena. Hay mucha, más de la que podría parecer. Solo hay que tener paciencia y también saber valorar lo que importa para poder encontrarla.
         Las explicaciones de la azafata le trajeron de vuelta. Quedaba poco para aterrizar. Miró hacia abajo, las casas se veían como pájaros volando en un cielo de nubes verdes y grises, enmarañadas y alargadas, que se entrecruzaban de vez en cuando. Veía su nostalgia suspendida entre ellas, flotaba bajo él, casi podía tocarla. Pero había querido acostumbrarse a eso, a acercárseles a través de sus recuerdos, aunque estuviera lejos. El malestar le duraba poco y luego tan solo quedaba una picadura de resquemor amargo, que se compensaba de sobra por haberse sentido a su lado durante un momento. Al entrar en el hotel no pudo evitar comprar flores. No eran azules, pero valían. Solo por ver la cara de la vendedora, que por fin podría irse a casa, había merecido la pena.


Roma le sorprendió. No había estado nunca, pero le resultaba familiar, tal vez porque se parecía a Madrid. En ambos lugares se había sentido mejor nada más pisar la calle y percibir el aire que impregnaba el ambiente, tibio y cargado de designios y de olores de forasteros como él. Madrid era una ciudad cosmopolita que le cautivaba. En ella no se sentía extranjero y tenía amigos, buenos amigos que aspiraba a conocer más porque se abrían incluso a él, que, al principio, hasta dominar el idioma, solo decía “Bueeeeenaaaaaas” como si supiera seguir hablando en español después de saludar así al incorporarse a los corros que se formaban para charlar. Siempre agradecía que hubiera alguien que estuviera deseando hacerle de intérprete: por alguna extraña razón, pocos dominaban el inglés, pero casi todos lo querían aprender y veían en él una oportunidad de practicarlo.
             Al pisar las aceras por las que callejeaba abrazando fuerte a Malena, se había sentido igual de bienvenido que cuando llegó a la ciudad de los museos más famosos y los escritores más notables. Quizás fuera porque hacía ya mucho que se había acostumbrado a su olor y a su color, tan diferentes de los de Irán; a la anarquía de las construcciones madrileñas; al equilibrio de los paseos que se alineaban con una simetría meditada, que contrastaba con la aleatoriedad de las personas que los transitaban ―cada una de una región, una ciudad o un barrio; vestidas, peinadas y ataviadas de formas diferentes―; a los abundantes bares y restaurantes que esperaban en cada esquina, hasta cuatro en su misma calle, siempre llenos de gente que charlaba con pasión a veces, contando historias y relatando miedos; pero también a sus elegantes barriadas, donde los niños parecían distintos o mayores porque les vestían como de revista de moda, con lazos y volantes que a él le resultaban irrisorios pero que a ellos no les molestaban para rebozarse en los parques del Paseo del Prado o de Velázquez; a sus jardines inmensos, cuajados de historia y de especies autóctonas, como el Retiro que tanto le gustó al descubrirlo y que le había atraído porque podía encontrarse con gente que, como él, parecía perdida pero a salvo en ese mundo pequeño y hermoso de árboles, caminos y fuentes, y visitantes haciendo equilibrio sobre patines o remando en barcas que parecían de juguete o haciendo retumbar los ecos de los tambores con un código de significados que no entendía nadie aparte de sus heterogéneos intérpretes; a sus pueblos recónditos y pequeños, o cercanos y grandes, ciudades dormitorio o residenciales, con una mezcla de formas de vivir y de soñar que a él le reconfortaba porque no sabía aún dónde y cómo encontraría su sitio.
            Esta ciudad se parecía mucho más al Teherán, alegre, hospitalario y familiar ―al menos para un niño que no sabía de idealismos ni de libertades y que vivía protegido y a salvo junto a sus padres― de hacía treinta años que él se esforzaba por desenterrar en sus recuerdos más lejanos, el de antes de la guerra e incluso de la Revolución que lo habían trastocado todo, que al que se encontraba cuando tenía que regresar para reunirse con su familia y le producía un rechazo instintivo que no le quedaba más remedio que vencer si quería volver a verles.
           Puede que también fuera por eso, por esa sensación de hospitalidad con la que se había sentido recibido, por lo que le apeteció contarle que era iraní. El alivio le acariciaba la cara. Era un alivio gris, pero reconfortaba. Pocas veces hablaba de su vida, no le gustaba volver la vista atrás. Se sentía mucho mejor no moldeando con palabras los recuerdos. Aunque hacía mucho que creía haberse reconciliado un poco con ellos, tanto tiempo sin dejarlos aflorar había provocado que se convirtiera en un hombre reservado. Y Malena le parecía a veces ingenua, pero su ingenuidad era espontánea y fresca, y le hacía reír. Sonrió cuando ella se ruborizó al preguntarle si era iraní de Irán.            En realidad su pregunta tenía lógica: había iraníes de casi todas las partes del mundo, de Grecia, de Alemania, de Francia, de Gran Bretaña. Todos los que se habían visto obligados a renegar de su tierra, pero la habían rescatado un poco intentando ponerla a salvo en algún lugar no muy recóndito de su esencia. Él no era de esos. De la ciudad en la que había crecido solo echaba de menos la amabilidad de sus gentes, hospitalarias y espléndidas; y también sus escarpadas cordilleras, sobre todo los montes Elburz, que envolvían Irán de norte a sur, y tanto le recordaban a su padre. Allí muchos los llamaban la Estrella del Norte porque los coronaba la estrella Polar y había que mirar al norte para verlos. Aref amaba esas montañas. Les llevaba de excursión a menudo para intentar subir por su parte menos abrupta cada vez un poco más alto, cada vez un poco más lejos, empeñado en transmitirles su pasión. Pero, por encima de todo, Omid añoraba a sus seres queridos, aunque sabía que jamás volvería a vivir en Irán, ni quería ni podía, y ya se consideraba un iraní de España.


         Le gustaba acariciarle las manos mientras charlaban, la luz de su piel suave se anclaba a la retina de sus dedos. Las abandonó con remordimiento cuando el camarero le trajo el postre, pero se prometió recuperarlas. Y luego, mientras volvían al hotel, se sintió bien hablando con ella: podía ser sincero, no tenía la necesidad de impresionarla, ni de mentirle, ni de adecuarse a ella para que no le reprochara nada. Le aliviaba abrazarla mientras andaban y sentía que podía contarle cosas de las que no podía hablar con nadie.
          Aquella noche descubrió que Malena también se ruborizaba mientras dormía. Se sonrosaban sus mejillas como manzanas de Blancanieves y sus labios se encarnaban con decoro al separarse para respirar. Se había descubierto espiándola de ese modo ya varias veces. Disfrutaba observando su cuerpo expuesto a su lado, incluso pensó en acariciarlo y si no lo había hecho aún solo había sido porque no la conocía lo suficiente y tenía miedo de que le sorprendiera y no le agradara. Así que se conformaba con observarla como un cándido voyeur mientras esperaba alcanzar con ella ese grado de complicidad que concedía el derecho a tocar al otro sin necesitar más permiso que el de saber que recibiría las caricias sin reparos, incluso con complacencia. Ella arrugaba la nariz cuando parecía que soñaba. Le gustaba verla así, le hacía gracia. Pero más le gustaba al despertar, cuando sus ojos se abrían y parecía extrañarse de que estuviera allí, tan cerca de ella, como si no recordara que la noche anterior se habían acostado en la misma cama, y se le aproximaba para besarla. Pocas mujeres lo habían atraído de ese modo, provocando en él una mezcla de sed de ella y de capricho de protegerla que no podía dominar, ni la una ni el otro, y que le hacían buscarla.
          Las habitaciones del hotel eran muy grandes. Mucho más si las comparaba con su piso, pero él se encontraba muy a gusto allí, rodeado de luz y de plantas. En ocasiones pasaba un rato mirando cómo habían crecido; si sabía observar, siempre veía algo nuevo: una flor recién abierta o un tallo que había crecido demasiado y que había que recortar. Solo tenía esa afición calmada, ni siquiera con el yoga había aprendido a relajarse del todo, pero cuidar de las plantas le transportaba a otro lugar y a otro momento, cuando no era más que un niño y su madre lo llamaba para que la acompañara mientras plantaba algo nuevo en su jardín. Intentaba no estar tan adherido a sus recuerdos, pero era difícil. Cuanto más tiempo pasaba, más fuerte era su apego a ellos. Tenía montones de fotografías expuestas en su casa, como búnkeres indestructibles de su memoria. Había descubierto que al recopilarlas, clasificarlas y mostrarlas, las imágenes se unían unas con otras y se hacían fuertes en su cerebro, tanto, que al mirarlas podía recordar hasta un olor, una canción o unas palabras. Por eso, cuando entraba en una casa que no era la suya, miraba las paredes y los muebles sin darse cuenta, buscando en ellos la historia de sus moradores.
            En su habitación no había fotos; en eso era en lo que más se percibía que no tenía un solo dueño, sino uno o varios cada noche. Pero aún así la encontraba original. Del techo colgaba una lámpara de largos brazos terminados en cristalitos de ámbar que tintineaban al ritmo de las hebras de aire que se colaban bailando desde la calle; el cabecero de la cama era gigantesco, de forja pintada en blanco y matizada con pan de oro de una brillantez inexplicable; las mesillas, de madera clara decapada en marfil, macizas como no se podían encontrar ya, ahora que los muebles se hacían casi todos con contrachapados poco más consistentes que el papel de fumar. Los muros se habían coloreado con un estucado anaranjado en forma de aguas que danzaban y solo los adornaban algunos óleos no muy grandes de paisajes italianos que Omid no sabía identificar. El olor que pululaba en el aire le recordaba el de la hierbabuena con la que su madre le aliñaba los tés.
               Indiscretos ventanales recorrían toda la pared sur. La luz que los atravesaba se había inmiscuido en sus pesadillas, expiándolas, y llevaba un rato esperando que Malena abriera los ojos. Deseaba volver a sentir sus besos. Había tenido que hacer un gran esfuerzo para no despertarla y se asombraba de haber velado con paciencia su sueño: él que era impetuoso e impaciente siempre.                    Cuando por fin se desperezó, sentía avaricia de su cuerpo, pero también el impulso de taparla para que no sintiera frío.
         ―Malena. Eres una dormilona. Llevo un rato esperando a que te despiertes.
Omid recibió su beso. Cálido, leve, minúsculo. Pero él no quería eso. Continuó enrevesándose en sus labios.
         ―Malena... Malena...
Quiso acariciarla como si no hubiera habido ninguna otra, como si sus manos no hubieran sabido antes de ningún cuerpo; y ella recibió esas caricias como si con ellas estuviera descubriendo un mundo nuevo. Pero de repente, dejó de hacerlo.
        ―Ven, quiero enseñarte algo.
Ella tiró de la sábana y se la enrolló sobre su cuerpo. Al abrir las puertas para salir a la terraza, el aire tibio la envolvió también. Se asomó al balcón.
         ―Mira lo que se ve desde aquí. Es alucinante.
         Omid la persiguió de mala gana. No podía imaginar nada más fascinante que su cuerpo recostado sobre el colchón. Ella miraba lejos, estaba absorta. Él la sentía cerca, le pinchaba el deseo. Se aproximó y olió su pelo. Era todavía un olor que no reconocía, pero que le hacía pensar en pan recién hecho. Metió sus manos debajo de la sábana y continuó besándola, comenzando por el cabello. Siguió despacio por la nuca y llegó después a sus pechos. Pero ella le levantó y se besaron entonces muy cerca del cielo. Ese debía de ser el cielo real, el que perseguían todos los que creían en él, pero el pensamiento se vio desalojado por otros que le llevaban a seguir descubriéndola. La tela pulcra cayó al suelo. Y Omid siguió insistiendo hasta que sus senos se endurecieron, su boca se asalvajó y sus manos le buscaron con la misma ansia con que él la había esperado.
       No supo en qué momento pasaron dentro.
       ―Voy a ducharme.
       Pero Malena no le oía, se había metido debajo del edredón. Un arrebujo de piel. Su piel. Omid pensaba en ella mientras el agua de la ducha le caía encima. El sabor de la piel no se olvida, él aún no había olvidado otro sabor diferente. Durante un instante intentó compararlos. Pero no pudo. Solo llegó a la conclusión de que Malena sabía mejor, más dulce. Mientras se secaba el pelo con energía, oyó la música de su móvil. Las palabras atravesando fronteras y muros y sentimientos. "Me he equivocado. No debí irme. Me reprochaste que no te hubiera dicho que te quería. Fui una idiota. Ya he aprendido a decirlo. ¿Me darás otra oportunidad?". La otra piel.
         Tuvo que comprobar el número para cerciorarse de que el mensaje no era un error. No, no lo era. Pero no pensaba creerla. No quería creerla. Cogió una toalla y limpió el espejo lleno de vaho que le impedía verse. Ojalá todos los vapores se despejaran igual. Los de sus sentimientos se impregnaban en un cristal ensartado en las paredes del corazón y no tenía ninguna toalla a mano con que pudiera alcanzar un lugar tan intrincado. O tal vez sí. Se sentó sobre la tapa de la taza del retrete y se puso los zapatos. El vapor se estaba disolviendo sin más. Él también esperaría sin más."

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