jueves, 27 de enero de 2011

Persépolis, Marian Satrapi



Persépolis es una película que habla en nombre de los miles de iraníes que aún hoy viven alejados de un país que aman, que aún aman y que amarán siempre, y al que la mayoría, al igual que la protagonista, seguramente nunca volverán para quedarse. Aman el lugar donde nacieron, su ciudad, sus montañas, sus desiertos, sus ríos… aman el país que se vieron obligados a abandonar, pero es improbable que puedan volver a vivir en él, porque su idiosincrasia no les permitirá regresar mientras siga gobernado por los ayatolás.
El novedoso formato de la película, que se desarrolla en forma de cómic, igual que la serie de álbumes de historietas homónima en que se basa, consigue expresar mejor que cualquier otro su nostalgia, su tristeza, su impotencia, la desesperanza de estas personas apartadas brutalmente de su entorno natal. Es la suya una resignación exiliada en blanco y negro, colores que se utilizan casi de forma única en las ilustraciones que componen el filme, y que, paradójicamente, se sirve en cambio de la representación del paisaje y del medio geográfico en gran medida como vehículo para expresarse.

Y a quiénes se debe y cuál es su difusión
Persépolis fue dirigida por Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi, quienes también realizaron el guión; se estrenó en 2007 en Francia y Estados Unidos; y su producción corrió a cargo de 2.4.7. Films, France 3 Cinéma. La guionista *es asimismo la autora y protagonista de la obra autobiográfica en la que se fundamenta, que está compuesta por una serie de cuatro álbumes de cómics publicados entre 2000 y 2003. Los libros fueron galardonados con numerosos premios internacionales, entre los que se hallan el Prix du Lion, de Bélgica (2000), o el Premio Harvey a la mejor obra extranjera, de Estados Unidos (2004).
La película a su vez tiene en su haber una candidatura de la Palma de Oro y consiguió el Premio del jurado en el Festival de Cannes de 2007. También obtuvo el Premio especial del jurado en el Festival Internacional de Cine Cinemanila y, en 2008, fue candidata a Mejor película animada en la Entrega de los Oscar.

Y cuál es su desarrollo
Marjane Satrapi nació y vivió en Irán en la época en la que se desarrolla el filme, y utiliza sus propias vivencias para relatar los acontecimientos que tuvieron lugar en ese país en las tres últimas décadas del siglo XX.
En una primera etapa, una Marji de diez años relata cómo el padre del sha reinante en ese momento instauró, apoyado por los ingleses, una dictadura que con el tiempo consiguió modernizar Irán a costa de venderse a los intereses económicos de las potencias occidentales. Continúa explicando las diferentes corrientes políticas que convivían en esa época en su país así como la oposición existente entre un sector de la sociedad iraní a la política del sha de Persia. y cómo esta resistencia va haciéndose cada vez mayor hasta que el sha huye del país y se hace con el gobierno un nuevo régimen republicano y pro-islámico, encabezado por el ayatolá Jomeini, que ocupa el vacío de poder propiciado por una revuelta proletaria sin dirigentes claros. Para ello, la protagonista utiliza el testimonio y las experiencias de sus familiares y la perspectiva de sus padres, de ideología progresista y partidarios de un islamismo más moderado. Marji es una niña inquieta, inteligente y rebelde, que sueña con convertirse en un nuevo profeta y que deja de creer en dios cuando su tío, de ideología marxista-leninista, es encarcelado y posteriormente asesinado.
Un año después de la huida del sha, estalla la guerra con Irak, que aprovechan los insurgentes para asesinar a los antiguos adversarios del gobierno monárquico, que también podrían serlo de este nuevo por idénticas razones, y para implantar un gobierno fundamentalista y esencialmente represivo. Los varones son obligados a incorporarse a filas al cumplir los 18 años y desde todos los medios se les anima a ello; la sociedad se divide entre partidarios y detractores del nuevo poder instaurado, fieles y opositores al nuevo régimen; y hasta los propios vecinos actúan como espías al servicio de los nuevos dirigentes.
En el transcurso de la guerra, los bombardeos se intensifican y llegan a Teherán. La represión es cada vez mayor y surge el mercado negro que trae las novedades del exterior, ansiadas entre una clase alta que poco tiempo antes disfrutaba de la prosperidad económica y de un modo occidentalizado de vida, de la que forma parte la familia de la protagonista. Los jóvenes que disponen de medios huyen a través de las fronteras arriesgando su vida. Eran niños iraníes de catorce y quince años que, si tuvieron suerte, se refugiaron en países donde rehicieron sus vidas y que en muy pocos casos han regresado a Irán.
La Marji niña crece y con ella su rebeldía, que su juventud e inexperiencia no hacen sino acrecentar debido a la ignorancia de las consecuencias que le puede acarrear, pero sus padres sí son conscientes del peligro. La represión ejercida por el gobierno islámico es brutal y extiende sus redes hasta el punto en que juzgan necesario sacar a la niña díscola que no ve el tremendo riesgo al que sus acciones le exponen.
El ejemplo que se exhibe en la película es palmario: una joven amiga de la familia es encarcelada y asesinada, y dado que la Ley musulmana prohíbe matar a las vírgenes, se soluciona el problema casándola previamente con el que, tras desvirgarla, se convertirá en su verdugo. Este hecho atemoriza a los padres de Marji hasta el punto de que la obligan a instalarse en Viena y a continuar allí sus estudios.
En esta nueva etapa, la joven entra en contacto con los movimientos europeos más revolucionarios, vive el rechazo y la curiosidad que despierta en su nuevo entorno, mientras se convierte en una mujer y, cuando se ve incapaz de soportar la soledad, decide renunciar a la libertad que le brinda Europa y regresa a Irán, donde se vuelve a poner el pañuelo que le oprime la frente y el alma, y que soporta a duras penas. Por ello, llega a sufrir una grave depresión que únicamente consigue superar cuando vuelve a ver a un amigo de la infancia quien, tras haber luchado en la guerra, regresa sentado para siempre en una silla de ruedas. Marji sale entonces de su letargo y estudia Bellas Artes en la Universidad, de forma cercenada dadas las limitaciones impuestas por la aplicación del Islam que impide, por ejemplo, exhibir el cuerpo humano.
Poco tiempo después se casa, asfixiada por la represión que ejerce el gobierno sobre las mujeres pero, tras el accidente que sufre un amigo suyo en una de las fiestas clandestinas que abundan para relacionarse y que termina con su muerte, se siente más oprimida todavía y ello la lleva a divorciarse y a salir de nuevo de su país camino de París, donde se instalará definitivamente.

Y cuál es su contexto político
El Irán de la década de 1970 estaba gobernado por una dictadura que en 1953 había vuelto a ascender al poder mediante un golpe de estado que derrocó al gobierno democrático de Mohammad Mosaddeq. Esta forma de estado estaba dirigida por el sha de Irán, Mohammad Reza Pahlevi. Con la política denominada "revolución blanca" el sha había intentado modernizar el país utilizando para ello la riqueza derivada del petróleo y la ayuda de potencias extranjeras con intereses en la zona. Irán era en cierto modo un estado laicista donde el oro negro había permitido la aparición de una clase proletaria muy amplia. Pero también se produjeron graves desajustes sociales, la inflación aumentó y se llevaron a cabo ajustes económicos que disminuyeron la expansión industrial, lo que supuso el despido de muchos trabajadores, la rebaja de los salarios y la irrupción de revueltas.
A principios de 1977 se empezaron a escuchas protestas que pedían mayor libertad. El denominado viernes negro, en septiembre de 1978, el ejército asesinó a miles de manifestantes en Teherán. Las huelgas se sucedieron entre los diferentes sectores de la población, con los trabajadores del petróleo a la cabeza: su huelga de treinta días paralizó el país y supuso un grave golpe para la economía. Mientras, la clase dominante preparaba el exilio. La familia del sha saqueó las arcas del estado enviando miles de millones a cuentas del extranjero y huyó a Estados Unidos. Grupos de ciudadanos enfurecidos atacaron las embajadas de Estados Unidos y Gran Bretaña, y quemaron sus banderas. El sha perdió el apoyo de todos los sectores de la sociedad. Su figura se convirtió en el símbolo del régimen y de la represión sangrienta del Savak, su brazo represor.
Finalmente, el ejército se dividió, los soldados iraníes se negaban a disparar contra los manifestantes, y dejó de obedecer ciegamente y sin reparos al sha, quien terminó huyendo a Egipto. La presión del pueblo había acabado con un sistema apoyado en un poderoso ejército que tenía el respaldo de países como Estados Unidos.
En este escenario regresó Jomeini a Irán en febrero de 1979. Aún sin haber participado en el derrocamiento del sha, sólo tuvo que aprovechar el vacío de poder. Consiguió el apoyo de una parte del ejército que quería volver a instaurar el control sobre las masas. Después de aplastar a los partidarios del monarca, Jomeini nombró primer ministro a Bazargan y a partir de ahí comenzó una política que pretendía terminar con los promotores del cambio y reafirmar los cimientos del nuevo estado. Aquellos que se consideraban de izquierdas se pusieron de parte de los mullahs, los miembros del clero chií dirigido por los ayatolás, o del Frente Nacional, el partido del gobierno, pero no se propició una política que colocara a la clase obrera responsable del cambio al mando del poder.
Ello dejó el paso libre a los mullahs y a Jomeini, que aprovecharon la circunstancia y aplastaron con mano de hierro el movimiento independiente de la clase obrera sirviéndose de los estratos más ignorantes y manejables de la sociedad, que colocaron a la cabeza de sus aparatos de represión contra el resto del pueblo y que les ayudaron a afirmar su poder.
Sin embargo, en cuanto la revolución obrera se apaciguó, los clérigos utilizaron todos los medios a su alcance para acabar con el movimiento de masas. Dados los antecedentes, la opresión fue brutal.

Y qué me hace pensar y por qué hablo de Persépolis
Persépolis es la historia de una esperanza truncada. La rebelión del pueblo contra la política del sha, que había derrocado al gobierno democrático hacía más de veinte años y que se mantenía con el apoyo de intereses occidentales, había logrado expulsar del poder al heredero de la dinastía Pahlevi. Pero la masa del proletariado descontento no tenía a la cabeza unos dirigentes destacados que propiciaran el cambio democrático que propugnaban y sus esfuerzos fueron aprovechados por la clase religiosa, que logró instaurar una forma de poder mucho más represivo y fundamentalista de lo que se había vivido hasta el momento.
Cuando el sha Reza Pahlevi huyó a Egipto, dejó el paso libre al ayatolá Jomeini, que aprovechó las circunstancias para ponerse al frente de un gobierno vacío. A partir de entonces se conjugaron varias condiciones que posibilitaron el triunfo del nuevo gobierno: el apoyo de una parte del ejército que pretendía reinstaurar el antiguo orden con nuevos cabecillas, contrario a un movimiento revolucionario que no les gustaba y que se oponía tanto a los partidarios del sha como a los que consiguieron derrocarlo; la falta de liderazgo y de una ideología clara que permitiera a las clases más instruidas del proletariado tomar las riendas del poder; y la religiosidad de un estrato de la sociedad, procedente de las capas más bajas, que seguía a los mullah y que fue utilizado en la represión que se ejercía sobre quienes propiciaron el derrocamiento del monarca exiliado y también sobre sus partidarios, y que fue colocado en puestos estratégicos para controlar a quienes antes se consideraban socialmente superiores.
Además de estos factores, la guerra contra Irak favoreció el afianzamiento del régimen republicano y facilitó la conculcación de los derechos civiles de la población iraní de un modo que la forma de vida desarrollada con el antiguo sha en comparación se podía considerar como casi soberana. Frente a la represión ejercida por el nuevo régimen religioso, los métodos coercitivos de la policía política del sha, la Savak, no parecían tan atroces.
Los esfuerzos por conseguir una sociedad más libre habían sido en balde. Las consecuencias sociales fueron las que se denuncian en la película. Y el trasfondo de todo es el oro negro. La riqueza petrolífera y la abundancia de gas iraní marcaron la historia del país en el siglo XX y lo siguen haciendo en el XXI.
Marjane Satrapi utiliza esta película como vehículo para seguir siendo rebelde. Y lo hace de un modo que favorece la captación de su mensaje. El formato novedoso de la obra es el responsable de que su testimonio cale más hondo. La artista se sigue rebelando contra la imposibilidad de volver a su país. Quiere demostrar al mundo que su historia podía haber sido otra. Desea seguir los consejos de su abuela, que desempeña un papel principal en la película, una mujer instruida e inteligente, liberal, y sobre todo, íntegra. En mi opinión, lo consigue.
La serie de cómics y la película han sido prohibidas en Irán. El gobierno iraní sigue manteniendo la misma actitud que ambas denuncian, al menos en lo que respecta a la situación de las mujeres. En el país de Persépolis, ellas ven conculcados sus derechos sistemáticamente. No pueden ser jueces; en los tribunales, su testimonio no tiene el mismo valor que el de un hombre. Si se divorcian sólo mantienen la custodia de los hijos durante un tiempo. Si desean trabajar, deben pedir permiso a su marido. Matar a una mujer cuesta la mitad que a un hombre, en un país donde se ha de pagar a los familiares del muerto.
Toda esta discriminación la fundamenta el gobierno iraní en el Islam. Según la enciclopedia Wikipedia --que no es un medio muy apropiado donde buscar información verídica y contrastada pero que en este caso acierta y me sirve para el hilo de la argumentación--, “La palabra Islām, de la raíz trilítera s-l-m, deriva del verbo árabe aslama, que significa literalmente, “aceptar, rendirse o someterse”. Así, el Islam representa la aceptación y sometimiento ante Dios y la interpretación que de su dogma hace el gobierno iraní le sirve para seguir perjudicando a la mujer y relegarla a un papel secundario dentro de la sociedad.
Para finalizar, creo que es importante recordar lo que la protagonista no muestra en Persépolis. Por un lado, hubo muchos otros niños que intentaron huir de la guerra. A escondidas, sin despedirse de familiares ni amigos para no despertar sospechas entre quienes ejercían de espías para el nuevo régimen, y con el estómago y el espíritu encogidos, arriesgaron sus vidas para llegar a otros países donde las rehicieron, en el mejor de los casos, cuando el ejército iraní o turco no les sorprendió, y dispusieron de las fuerzas y los recursos.
Pero, por otro lado, además de estos fugitivos que huían de la guerra o de la represión, tuvieran la fortuna o no de llegar a su nuevo destino, hubo otros muchos que, ya fuera porque la propaganda religiosa ejercida para reclutarles como soldados del Islam tuviera éxito o porque carecieran de los medios económicos de los que la protagonista sí disfrutó, no pudieron salir de la trampa. Algunos de ellos son los que forman las estadísticas de muertos de la guerra irano-iraquí y de los miles de asesinatos cometidos entonces y que se siguen cometiendo ahora en Irán. Ellos no tuvieron tanta suerte como Marjie.

Por cierto, muy recomendable para evitar actitudes eurocentristas y aprender a entender al otro el libro El desajuste del mundo, de Amin Malouf.
Un abrazo
(La imagen es de Windows)

viernes, 21 de enero de 2011

Textos varios: Mafalda



1. LA COCINA DE MAFALDA
Para ser una niña-cómic destinada a promocionar a través de mensajes subliminales una gama de electrodomésticos con la que debía compartir la inicial de su nombre, la M de Mansfield, Mafalda ha dado mucho de sí.
Nació en la década de 1960, cuando su autor, Joaquín Salvador Lavado (denominado Quino, para distinguirlo de su tío homónimo), ya lleva más de una década dedicándose profesionalmente a lo que deseó desde pequeño, a dibujar, en un mundo inmerso en infinidad de cambios sociales, políticos y culturales, que afectan a los cimientos de las ideas y las personas; con EE.UU. en plena política intervencionista, Kennedy tiroteado poco tiempo antes y la agitación negra latiendo y a punto de estallar ante el inminente asesinato de Luther King; con América Latina abatida por golpes militares, en la Cuba de Castro y Che Guevara, y con Argentina, país originario de su autor, entrando en un período convulso que culminará la próxima década en el sombrío Proceso de Reorganización Nacional; donde se cuece la Guerra de los Seis Días entre Israel y Egipto; que asistirá en breve al Mayo francés; apenas habiendo puesto el pie en la era espacial y esperando ponerlo sin tardar también en la luna.
Mafalda surge justo en ese momento y es como es precisamente por eso, porque se ve sumergida de lleno en un contexto que su autor cuestionará y criticará a través de ella durante toda su existencia como dibujo, no demasiado larga en realidad aunque infinita en su “subliminalidad”, hasta que diez años después de haberla dado a luz, Quino llega a sentirse incapaz de no repetirse y deja de intentar despertar conciencias, aunque lo siga haciendo cada vez que alguien la reencuentra.
Este personaje creado “nena” de forma expresa porque, en el momento de su nacimiento, los movimientos de liberación femenina estaban en la ebullición de una lucha que aún no ha concluido ni tal vez concluya nunca, odia la sopa, como se odia al autoritarismo de lo que se aguanta por imposición, y tiene amigos chiquitos como Libertad, porque si existe ese autoritarismo que ella tanto odia, la libertad también ha de serlo.
2. MAFALDA ANTE LOS DERECHOS HUMANOS: EL DIBUJO
La caricatura que analizamos es simple. Lo que más impacta inicialmente es la desproporción: la pequeñez de la tierra ante la gigantez de la figura de la protagonista. Ella es descaradamente grande frente a un globo terráqueo que tiene la altura de un niño. Se invierten los papeles: Mafalda actúa de adulto para recriminarle a un mundo que hace de infante que recupere la dignidad que supone respetar al otro y refuerza el mensaje con la postura adulta de reprimenda, con el dedo amenazador que mueve arriba y abajo en un gesto que solo usan los mayores cuando riñen a los pequeños.
Y para reforzar la esencia del dibujo, Quino usa un símil muy eficaz en el texto, que apela a las creencias más profundas. Independientemente de las ideas religiosas de cada uno, todos reconocemos en los Diez mandamientos las normas básicas de la humanidad. Al recriminar que tampoco se cumplen, se refuerza el mensaje. Consigue así Quino una imagen muy efectiva, que llega al receptor a través de varios frentes y que logra sin duda despertar su sensibilidad.
3. EL HUMOR HUMANISTA DE MAFALDA
Mafalda nace para protagonizar anuncios subliminales y termina siendo un icono igualmente subliminal del tipo de humor que interesa a su creador: “sintético, sin texto, directo, con una gran dosis de surrealismo pero, sobre todo, completamente alejado del humor costumbrista … todo esto mezclado con una punzante crítica al militarismo, al poder, al oscurantismo y una profunda sensibilidad social” . Sueña con la paz mundial y el respeto absoluto de los derechos humanos. Solo tiene seis años, puede soñar lo que quiera. Desde su mirada de niña, nos hace también niños y desde su estatura de un metro consigue que nuestros juicios de adultos se cuestionen si la realidad que hemos asumido como normal puede que tal vez no lo sea tanto. Es su visión infantil pero harto irónica y crítica, tanto más cuanto proviene de una niña, la que nos obliga a replantearnos los esquemas idealizados y asimilados. Y ese es el objetivo del dibujo que se comenta: despierta la sensibilidad dormida porque da la vuelta a una visión asumida del mundo.
Mafalda demuestra un espíritu crítico sobre todas las facetas de la condición humana y se pregunta el sentido de la vida. Pero si el personaje no hubiera tenido seis años, su mensaje no habría llegado de forma tan directa; se habría omitido por su obviedad. Al emitirlo un niño, al que los adultos no consideramos igual a nosotros por su inmadurez y por la prepotencia que nos confiere esa supuesta superioridad, se nos coloca un espejo delante que en ese momento comenzamos a ver y, al ser capaces de mirarnos a nosotros mismos, nos preguntamos si no estaremos equivocados. Esa es la genialidad de Quino y el interés de toda la serie de dibujos de Mafalda, que no olvidó nunca su cometido inicial y continuó utilizando su rechoncha percepción para despertar sensibilidades, pero de una forma subliminal: “por debajo del umbral de la conciencia”. No es la crítica política la que nos provoca la sonrisa, sino el humor que practica Quino, profundo, humanista, que nos obliga a exteriorizar una mueca de reflexión.

lunes, 17 de enero de 2011

Reseña de "La carretera", Cormac McCarthy

Edición de Random House Mondadori, Barcelona, 2007, 210 pp.

El Premio Pulitzer de Ficción en 2007, "La carretera", es una impactante novela de ciencia-ficción, que atrae y horroriza desde la primera página: una hecatombe ha arrasado el planeta; ha extinguido casi toda la vida; y ha sumido la Tierra en la sombra, la contaminación y el frío provocados por las cenizas de lo que se quemó, que es casi todo. En menos de diez años, los hombres han involucionado hacia dos tipos: los "buenos", que intentan respetar a los demás; y los "malos", caníbales despiadados. Nadie exhibe un distintivo que lo defina y el encuentro entre los escasos supervivientes está impregnado de la aterradora incertidumbre de la naturaleza de los otros. En este desolador contexto, un hombre enfermo de muerte y su hijo de nueve años, pertrechados con un carro en el que llevan todo lo que tienen, recorren la carretera que conduce a la costa con la esperanza de hallar calor y comida. El argumento se construye a partir de la relación entre ambos; el modo en que el padre intenta trasladar a su hijo lo que le queda de sus valores –arrasados a veces por su instinto de supervivencia--; y la bondad y piedad innatos del niño; en un mundo horrible, en el que su amor es lo que les lleva a mantenerse vivos a pesar del hambre, el miedo, la desolación y el anhelo de lo perdido o de lo no vivido. Para articular el argumento, el autor recrea situaciones límite de ese statu quo: la deshumanización de quienes devoran a sus vástagos descabezados y destripados; la brutalidad premeditada de los que capturan y mantienen prisioneros a los viajeros para ir arrancándoles las partes del cuerpo que se van comiendo; la vuelta a la barbarie de las caravanas de guerreros que esclavizan a hombres y mujeres; o la indolente desesperación de la madre ciega que la lleva a suicidarse y abandonar a su pareja y a su hijo.

En el relato tienen especial relevancia las creencias. Este interés se materializa en el pensamiento del padre que está convencido de que su hijo es el mejor de los hombres en esa Tierra despiadada --una especie de mesías que porta una fe nueva, basada en sus afectos y en los valores humanos, y no en un Dios sobrenatural, cuya muerte se proclama--, quizás por la necesidad de contrarrestar su otro pensamiento reiterado y angustiante que le atormenta y le obliga a reservar una bala de su pistola: ¿debería asesinarle cuando su propia muerte sea inminente o si estuvieran a punto de cazarles? En esta necesidad de esgrimir una razón metafísica, distinta de la meramente visceral que impide dañar a quien se ama, para dejar vivir al niño a pesar de la convicción de que sufrirá trasluce la trama de la novela. Los hijos aprenderán de los padres y transmitirán el fuego: en un sentido literal, la bondad del niño; en un sentido simbólico, quizás la humanidad. Esta necesidad se constata en el encuentro de los protagonistas con el único personaje con nombre, Ely –tal vez en alusión al profeta Elías que anuncia el regreso del Mesías--, un peregrino misterioso con el que el padre mantiene una enigmática charla sobre Dios y la naturaleza del chico.
En la novela se observan dos recursos recurrentes: los contrastes y los símbolos. Un contraste fundamental se produce entre la idea principal sobre la que gira el argumento y su contexto. Al encuadrar la expresión del amor del padre y el hijo en un escenario angustioso, el peor de los posibles, se resalta la expresividad del sentimiento y el resultado es espectacular, equiparable a contemplar un cuadro de Turner en un vertedero. Además, se observa un marcado contraste en diferentes recursos estilísticos, por ejemplo entre la descripción minuciosa de las tareas manuales intrascendentes que realiza el padre, de las imágenes postapocalípticas y de la situación inalterables y reiterativas (frío, hambre, ceniza, miedo, huida, escondite) con la narración minimalista de las acciones; cuanto más truculentas son, menos se describen. Ello produce la sensación de que lo que importa es el momento; de invariabilidad, desolación e impotencia casi permanentes; y de catarsis, especialmente cuando se narran hechos espeluznantes. El uso de frases muy largas separadas mediante la conjunción y, sin signos de puntuación, contrasta con la utilización de frases muy cortas, sin verbos conjugados; con los diálogos simples, asimismo minimalistas y repetitivos; y también con las reflexiones brevísimas e impactantes del padre. Esta oposición transmite de nuevo una impresión de desesperación y angustia, y hace que se experimente el movimiento a través de la carretera, la sensación de recorrer un camino. Los diálogos y las reflexiones minimalistas abren un paréntesis en ese fluir, muy conveniente para la autorreflexión. Por último, el texto se organiza sin capítulos, en párrafos al estilo de estrofas con una fuerte musicalidad y emotividad, y una belleza extraña que confiere al texto un ritmo y un lirismo casi poéticos, que contrasta con el uso de un lenguaje angustioso o antiestético a veces, y con la extremada dureza de lo que se narra. Todo ello confiere a la trama un pulso narrativo trepidante y una expresividad máxima.

Además, la novela sugiere más de lo que cuenta. Por ejemplo, se observa un interés nulo por proporcionar datos de los personajes, cuya psicología a veces resulta incoherente y su pasado se conoce a través de escasas pinceladas de introspección; y la situación no se detalla: cuál fue el holocausto o por qué se produjo. Incluso resultan inverosímiles muchas escenas, como la imposibilidad de mantener vivos a seres humanos para comérselos porque necesitan comer; el que un hombre famélico sobreviva sin medicamentos con las extremidades arrancadas y cauterizadas; la facilidad con que padre e hijo abandonan un búnker lleno de comida y agua; o que en él no haya armas y sí numerosa munición. Parece que al autor no le interesa dotar de verosimilitud a su relato, ni a sus personajes, ni a las situaciones, ni a su final, sino que ha creado símbolos. Así, La Carretera puede verse como una alegoría, como una parábola. Y en eso demuestra en parte su genialidad porque admite varias lecturas: la de un relato con tintes de ciencia-ficción y también la simbólica. ¿Son anónimos el padre y el hijo porque personifican a todos los padres y a todos los hijos?, ¿es la carretera el camino que recorre el hombre para trasladar su humanidad a sus descendientes a pesar de los caníbales?, ¿no existe futuro para una especie que se coma a sus hijos? Los símbolos pueblan la novela en dos niveles: en lo físico y en lo espiritual, en el estilo y en el argumento. Por ello, a pesar de la contradicción patente en que un hilo argumentativo dominado por el pesimismo concluya con ese final, resulta coherente, porque causa el efecto que el autor parece buscar: obliga a reflexionar y deja vislumbrar una esperanza en el hombre y para el hombre, aunque también un aviso.

Por ello, la obra camina entre contrastes: entre contrastes en lo concreto y lo abstracto; en lo simbólico y lo real, en lo conciso y lo infinito, en lo que revela y lo que sugiere, en lo repulsivo y lo fascinante, en lo horrendo y lo bello, en la supervivencia y la piedad, en el miedo y la confianza, en el amor y el odio, en lo religioso y lo terrenal, en la simplicidad del hombre y en su complejidad. Entre contrastes camina esta novela por el camino, la carretera, que lleva hasta la revelación de una fe diferente, basada en uno mismo, en sus apegos y en sus sentimientos; en que, si Dios ha muerto, quedamos nosotros, nuestros valores y nuestras creencias, las que llevan a amar a otros y a uno mismo, a querer sobrevivir a pesar de... La Carretera es un camino personal, una alegoría iniciática de cada cual. Y es genial. Sí, lo es. Porque provoca pesadillas, pero aún así arrastra a concluirla, y porque quizás enseña a apreciar más la vida, lo que se es y lo que se quiere ser; pero, sobre todo, porque induce a amar más a quien se ama.

También puede interesarte:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...