domingo, 13 de marzo de 2011

Fragmento III: 1 Novela

Comió pronto y salió hacia el aeropuerto. No se llevó los calmantes. Sabía que no le harían falta. El viaje no era a Irán sino a Roma, así que consiguió no temblar en el taxi que le transportaba y disfrutar por primera vez desde hacía mucho tiempo del trayecto hasta la terminal. En el camino, sonó su móvil. Era un número oculto. Quizás respondió por culpa de la relajación de su mente, pero al oír la voz, se le revolvió algo que le hizo arrepentirse.
―Omid, soy yo, ¿estás liado?
―No, no te preocupes, voy en un taxi y no tengo nada mejor que hacer, creo. ¿Estás bien? Hacía mucho que no me llamabas.
La conocida voz se disculpó con torpeza desde el otro lado de la línea.
―Sí, bueno, ya sabes que soy imprevisible. Pero me ha parecido que este era un buen momento. Quería decirte que voy a pasarme por Madrid y me apetece mucho verte.
―No sé qué decirte, estaba convencido de que no volveríamos a vernos. Y además en unas horas volaré a Irán, no sé si estarás en Madrid cuando regrese.
No sabía por qué le había mentido, pero se sintió mejor así. El taxista le miraba a través del espejo retrovisor. Apenas tenía pelo en la cabeza, tan solo el que poblaba una coronilla anticuada, pero el de la espalda le asomaba por encima del cuello de la camisa, casi le llegaba a la nuca. Omid veía su cara sonriéndole en el reflejo y se preguntaba por qué.
―Había pensado que podíamos vernos el sábado por la noche. Elige el sitio tú, si quieres. Cualquiera menos el garito de Juan. A él no tengo muchas ganas de verle.
―Lo siento, de verdad, pero ese día aún no habré regresado..., si vuelves otra vez, llámame con más tiempo. Tal vez podríamos hablar.
Colgó y sintió nostalgia y remordimiento. Tenía miedo de que se le impregnaran en la piel y se le quedaran adheridos como en una calcomanía, con la forma de una mancha borrosa y diluida entre las dudas. ¿Por qué le llamaba ahora? ¿Qué querría? Sabía que nunca actuaba sin más y llamarle después de varios meses no podía ser fortuito. El fuerte olor a limón del ambientador le desagradaba, pero estaba acostumbrado: era un olor universal, el de casi todos los taxis que llegaban hasta el aeropuerto de casi todas las ciudades donde había tomado alguno. El conductor subió el volumen de la radio. Comenzó a sonar una canción que hablaba sobre el querer. Se sorprendió pensando en Malena, necesitaba llegar a Roma cuanto antes y volver a verla. Buscó su nombre en la memoria del teléfono y la llamó. Y aunque no se dio cuenta, al colgar, dejó caer al suelo el papel arrugado al que daba vueltas en la mano al ritmo rápido que comenzó a imprimir su corazón cuando ella se alegró de que fuera a verla.
En el aeropuerto la gente rebosaba, se salía por los ventanales y las escaleras mecánicas. O si no, lo parecía. Los avisos de salidas de vuelos parpadeaban en los carteles y en los oídos, si se lo permitían los ruidosos motores de los aviones blasfemos al despegar o aterrizar; y los abrazos se rompían entre sollozos cuando dos corazones se separaban o se reconstruían igualmente entre sollozos cuando volvían a reunirse. Las personas que estaban solas parecían una excepción sin reglas. Él era como ellos, pero iba a encontrarse con Malena. Se paró delante de una tienda. Detrás de los cristales, cientos de anillos, pulseras y brazaletes, collares, colgantes y pendientes, de oro o de plata, adornados con piedras de colores tintineantes y formas aleatorias esperaban una oportunidad. Dentro, varias personas elegían; algunas al azar, otras pensando quizás en alguien especial. Omid miró un collar de cuentas de cristal azul. Refulgía ante sus ojos. Los brillos oscilaban. Entró y se lo pidió al vendedor. Al tomarlo entre los dedos se imaginó junto a ella apartándole el pelo y abrochándoselo en su nuca. Lágrimas de cielo sobre su piel. Algo suyo sobre su piel. Algo que llevara porque él se lo había regalado. ¿Por qué le gustaba tanto esa idea? ¿Qué le había dado que no había tenido antes? Le gustaban sus ojos y sus caderas, le gustaba su risa, le gustaban sus caricias y sus besos; pero no era eso. Tenía que descubrir qué era. Quizás de nuevo el destino. Compró el collar y subió al avión. Por primera vez después de años no se drogó para bloquear los pensamientos, pero sí entornó los ojos mientras el gran efebo metálico se remontaba en busca de su galán de nubes. Sus sentidos vagaron lejos, entrenado como estaba para sumirse en un subconsciente inmune cada vez que volaba para volver.

(Inscrito en el R.T.P.I.)

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