viernes, 30 de septiembre de 2011

Aulas más humanas o Prométeme que serás delfín



Siempre me he preguntado por qué la palabra "humano" es sinónimo de bondad y de otros términos similares. Si el hombre, a pesar de los filósofos y de todas las teorías que lo niegan, es cruel por naturaleza. Si no es así, que alguien me explique por qué niños de tan solo 8 y 9 años, aparentemente "normales" y felices, insultan alegremente a uno de sus compañeros de clase de toda la vida, desde que no sabían ni leer, hasta obligarle a salir llorando del aula para evitar entrar en cólera y, dada su superioridad física, liarse a bofetones con todos ellos. Encima, probablemente, el castigado hubiera sido él.

No me siento capacitada ni preparada para analizar qué les pasa por la cabeza a esos niños para que actúen así. Pero, al fin y al cabo, son niños y su comportamiento puede deberse a decenas de razones. Creo.

El problema real está en qué les pasa a sus profesores para permitir que eso suceda en las aulas. ¿Qué será? ¿Será estrés? ¿Será dejadez? ¿Será ignorancia? ¿Será incapacidad? ¿Será que no ven? ¿Será que no oyen? ¿Qué es? ¿Será que su obligación es cuidar solo de los niños "normales"? (Y con esto solo quiero decir que, mientras están en el colegio, en efecto, están a su cuidado). ¿Qué les pasa? Porque su humanidad debería servir como motivación suficiente para que, si un profesor viera a un niño con las rodillas desolladas porque se ha caído, como otras tantas mil veces dado que, a pesar de su cuerpo de niño grande, su psicomotricidad es la de un niño de cinco años, como poco le aplicara un poco de Betadine en la herida sangrante. Nada más. Solo Betadine. Y simplemente por humanidad. No por profesionalidad, ni por obligación. Por humanidad. Porque se supone que la humanidad nos lleva a realizar esos gestos de compasión. Y si encima eres profesora de religión, ya ni te cuento. Y lo mismo digo si eres tutor de un niño hiperactivo y observas que sus compañeros se ríen de él. Por humanidad, yo al menos, intentaría ayudarle.

Sé que es fácil ver las cosas desde fuera. Muy fácil. Soy madre. No soy profesora. Y es fácil criticar sin estar dentro de las aulas. Esos niños diferentes por tantas razones, los que sufren situaciones difíciles en sus casas, los que han nacido distintos, los que tienen minusvalías o, simplemente, los que no son como los demás sin saber por qué, dificultan mucho la ya difícil labor del profesor e, incluso, a veces, molestan y perturban a sus compañeros. Es imposible dar clase. Pero yo me pregunto: ¿qué debemos hacer con ellos? ¿Los metemos en un barco y los llevamos a una isla desierta? ¿Los desterramos al país de al lado? ¿Los mandamos a la guerra? ¿Los matamos directamente y santas pascuas?

Al profesor que le toque un alumno de este tipo, todos deberíamos estarle muy agradecidos cuando, gracias a su profesionalidad, a su tesón, a su cariño; gracias a su trabajo duro y a su colaboración con la familia; gracias a su humanidad; el niño diferente consigue poco a poco ir superando los cursos, aprender a controlarse, superarse así mismo. Cuando consigue, gracias a la imprescindible ayuda y a la empatía de su profesor, integrarse en un sistema y en una sociedad que no piensan en él. Que le han abandonado. Pero, por desgracia para todos, de estos profesores hay muy pocos. Millones de gracias, Silvia.

Y para eso, para dar las gracias a profesoras como ella y para tirar de las orejas a otras que no lo son tanto, mi siguiente novela tendrá como protagonista a una niña así, una niña que sufre el Trastorno de Déficit de Atención (TDA), se llama Sofía y va a un colegio público, parecido al de mis hijos. Una niña ficticia de un colegio ficticio en un mundo real. Probablemente tampoco conseguiré publicarla, pero algunas cosas, creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, simplemente se hacen como terapia. Como forma de redención.

Y así comienza mi novela:

"India levanta la cabeza y me mira. Sus ojos son dos focos azules que lucen sobre un mar de sombras frías. Sonríe, casi siempre sonríe. Sonríe al día y a la mañana, a la luz y a la oscuridad, a los niños que la rechazan y a su hermano que la protege siempre como su tesoro más preciado. Ella es también mi tesoro y sé que es mágica, lo sé. No puedo explicar cómo, sólo lo sé. Sus ojos insisten en buscar mi alma hasta que la encuentran allí abajo, perdida, desorientada, cansada, angustiada por no haber sabido estar a la altura, a su altura, la que mi hija necesita para seguir adelante, para que sigamos todos. La miro y sé que ella ha visto ya mi interior. Me tranquilizo. Ella es maga.
--Mamá ¿no vas a darme la pastilla hoy? Empiezo a sentir el frío.
Jamás se me olvida, pero hoy ha pasado algo. Su padre se ha ido. No ha aguantado más. Y no soy capaz de sentir resentimiento. Lo busqué. Dejé de oír con él el viento. De sentirme amada, de sentirle a él. Y él se dio cuenta y yo también pero solo pude seguir existiendo en esta vida que dejó de ser mía hace tiempo. Justo ocho años mañana. Tengo que salir sin falta a comprar un regalo; ya no sé qué comprarla, lo tiene todo, se aburre de todo, lo quiere todo.
--Perdóname, cariño, ahora mismo te la traigo. No te levantes de la cama, todavía es temprano, puedes intentar dormir un poco más."

Nota años después
 Y sí, se publicará, en marzo de 2016 estará en las librerías de manos de Random House Mondadori. Todo un lujo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Cómo vivir o una vida con Montaigne


Si algo me maravilla cada día más de vivir la Universidad son los inmensos mundos que abre para ti. De no escaparme para allá todas las tardes de los jueves a mis clases de historia, literatura o lingüística, no creo que hubiera leído nunca este magnífico ensayo de Sarah Bakewell, que ha publicado hace poco la editorial Ariel.

En estos momentos en los que ando megasupercabreada (por ponerlo de la forma más hortera posible para ridiculizar el sentimiento y así aminorar su efecto en mi estado de ánimo, que dicen los psicólogos) con lo que está pasando en la educación (lo demás, los problemas de griegos, alemanes, americanos, indios, keniatas, etc. etc. ya he conseguido castigarlo a pensar en un rincón y allí estará algún tiempo indeterminado en aras de la tranquilidad de mi inquieto y crítico espíritu), leer escritos inteligentes, bien organizados y que te inciten a pensar me hace recuperar la fe en que las personas, cuando queremos o nos dejan, utilizamos la mente para algo útil.

Escuchando el programa de Juanra Lucas esta mañana, y últimamente muchas mañanas puesto que por fin hablan de educación de vez en cuando, pensaba en cómo hemos llegado a esto. El año pasado, cuando nos la colaron con el bilingüismo en la ESO y el Bachillerato, yo le pregunté a una profe amiga mía: "Y ¿cómo admitís esta barbaridad? ¿Por qué no salís a la calle? ¿Por qué no hacéis huelga? ¡Quejaos! Dejad de aceptarlo todo y gritad". Le dio un ataque de risa. Según ella, "como los profesores están divididos entre los güenos y los malos, Esperanza puede hacer lo que le dé la realísima gana con la educación que, mientras no nos toquen los sueldos y el horario...".

Ahora la educación pública de calidad está abocada a desaparecer pero al menos ya podemos quejarnos todos, porque ya sí que nos creen: ¡anda! si ahora resulta que los padres que éramos unos tocapelotas incorregibles porque dábamos la lata a la dire de nuestro colegio sin terminar, sin material, sin profesoras, sin calefacción, para que se quejara al menos, para que nos ayudara y hablara por sus alumnnos ante la disciplente Consejería de Educación; nosotros, los padres coñazo para los profes porque escribíamos cartas y cartas la Dirección de área territorial, a inspección educativa, incluso a la excelentísima Lucía Figar (¡ay! qué ilusas...) exigiendo nuestro derecho a que no jodieran adrede la educación pública para favorecer la privada y con esas quejas poníamos en entredicho su forma de trabajar; resulta que ahora nosotros, los padres conflictivos, teníamos toda la razón y que vaya mierda de sistema que nos están dejando entre unos y otros.

Y entonces, para serenarme, vuelvo a Montaigne. Sí, en libros como este del que os hablo busco últimamente las respuestas. Porque en días como hoy en los que mis dos mochuelos de primaria me vienen a casa con un panfleto que sus profes les han dado en el que, después de seis años de pedirles su ayuda para solucionar los problemas reales de sus alumnos (resumiendo mucho: que la Consejería construyera por fin el edificio de primaria y el gimnasio y dotara de profesores y de material al centro), después de todo ese tiempo, esos mismos profesores que en la reunión con el inspector de área se reían de nosotras las madres porque éramos unas histéricas que no sabíamos valorar lo que teníamos, esos mismos profesores van y me piden como madre mi colaboración para conseguir una educación pública de calidad. Y continúan "no nos movilizamos por bajarnos el sueldo, sino por los despidos y en defensa de la enseñanza pública.".

Así que, en este momento, necesito la lucidez que me proporciona leer a personas inteligentes como Sarah Bakewell y Montaigne que, a cada una de sus preguntas, esgrimía veinte intentos de respuesta. Os lo recomiendo. Simplemente porque volver atrás a veces es útil para seguir adelante. Y a ver si alguna de las profesoras que se reían de mí por pedir una educación pública de calidad hace un par de años se digna a darme al menos una explicación de por qué han esperado tanto para reaccionar. No me hacen falta veinte, con una sola me daría por enormemente satisfecha.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Para informáticos renegados

No he podido resistirme a copiar esta cosa que me he encontrado por ahí, buscando no sé el qué. La he sacado de un sitio que no sé muy bien para qué se usa, pero me he reído tanto al leerlo que he tenido que traérmelo a mi nuevo diario internetiano. El sitio es http://formacion.barrapunto.com. Así, así me sentí yo hace algunos años, antes de decidir dedicar mi vida profesional a otras cosas. Creo que le falta lo bicho raro que me sentía entre algunas de mis compañeras de trabajo de Telefonica de Sistemas que se comunicaban por sus maridos desde el salón vía mail, cada uno en su propio ordenador, claro está. Por cierto, la parte referente a lo de las mujeres espantosas que estudian informática, será en su facultad, en la mía éramos todas bastante más aceptables que los chicos, creo.

"pobrecito hablador nos cuenta:
«Si, me equivoqué, lo reconozco. Es la primera vez que escribo en esta web y lo hago más que nada para desahogarme y para ver si de paso puedo ayudar a alguien para que no cometa los mismo errores que cometí yo. Comenzaré por el principio. Tuve mi primer ordenador a los 13 años (maldito regalo) un Amstrad CPC 128Kb con pantalla monocromo, todo un lujo para la época. Pasaba horas y horas con él, en aquellos tiempos no había internet y todo lo que podía hacer era jugar o programar con el “basic” que traía incorporado en su puñetera memoria ROM
». A continuación el texto -algo largo-. No me extraña que haya tantos desertores de la informática -y tanto teleco o físico metido a informático.
«Pasaron los años y crecí con la maldita máquina que en aquellos tiempos era toda una diversión. Mi curiosidad era extrema, me aprendí de memoria el condenado libro de 500 páginas que traía el aparatito, en donde se enseñaba a programar en “basic”, y poco más. Ni siquiera tenía sistema operativo, el condenado engendro arrancaba con el interprete de “basic”.

» Me preguntaba como algunos juegos que me compraba no estaba escritos en “basic” sino que venían en un extraño fichero ilegible cuyo nombre acababa en exe. Que cosa más extraña. Además esos juegos se ejecutaban más rápido que los programitas que yo hacía con el “basic”. Me compré revistas sobre el tema y...bingo!...eran un fichero ejecutable. Mi curiosidad se disparó, quería un nuevo ordenador más rápido y quería un compilador de lenguaje C. Quería hacer cosas profesionales, convertirme en un verdadero hacker de la informática. A esto ayudaba el montón de películas de hackers adolescentes (como yo en aquella época), que empezaron a salir a la palestra por aquella época. Recuerdo una que me marcó mucho. Se titulaba “Juegos de Guerra”, protagonizada por Mathew Broderik. La peliculita iba de un chaval “hacker” de poco más de 16 años que ponía en jaque al gobierno americano desde el ordenador de su habitación. En aquella época yo quería ser como él. Tenía muchos pájaros en la cabeza.

» Ya con 15 años tuve acceso a un imponente 8086, 640 KB, pantalla color, uff, vaya máquina. Y yo con mi compilador en C que me compré por correo. Me hice todo un experto en C, C++, gracias a los libros que venían con el compilador, que dicho sea de paso me costó una pasta (nadie me lo copió...). Tenía yo 17 años cuando estaba acabando COU (Curso de Orientación Universitaria, para los jovenzuelos que no sepan lo que es), corría el año 1992, las olimpiadas y la Expo de Sevilla. En aquellos tiempos ya era todo un “viciado” de la informática. Y me pregunté ¿Qué voy a hacer?. ¡Quiero estudiar informática! Allí me enseñarán todos los secretos que ahora no se (no había internet), me convertiré en hacker y ganaré mucho dinero. Que equivocado estaba....

» Aprobé, por poco, la selectividad y entré. ¡Estoy dentro! ¡Lo conseguí! No cantes victoria, insensato, eso me diría a mi mismo si pudiera volver al pasado. Pero no puedo. Bueno, comencé el primer año con un entusiasmo desbordante, aprobé todas las asignaturas y creo recordar en una o dos saqué matrícula de honor. Pensaba que esos conocimientos me serían muy útiles. Por aquella época, 1994, ya comenzaba a implantarse internet en la universidad pero a muy baja escala. Casi todos los aprendices de hackers iban cargados de disketes a la universidad para llenarlos de fotos guarras, aprovechando que allí había acceso por internet a algunos foros y news que colgaban dicho material. Si es que...lo primero es lo primero....Al poco tiempo internet comenzó a estar accesible en los hogares con los modems de poquitos baudios a través de la línea telefónica pero pocos se lo podían permitir.

» Lo primero que noté en mi primer año de Ingeniería Técnica Informática (más tarde me pasaría a la superior) fue la total y absoluta ausencia del sexo femenino en mi puñetera facultad. Eso fue muy duro para mi, pero mi vocación era entonces lo más importante. Las clases se hacían eternas, aquello era el servicio militar, ni una mujer, y las pocas que habían no sabias si realmente lo eran o no. Que conste que he conocido a chicas muy guapas durante la carrera pero la mayoría eran trolls disfrazados de veintiañeras. Supongo que para ellas sería el paraíso, pues estaban muy solicitadas, no es de extrañar, con un ejercito de “futuros hackers” con las hormonas a flor de piel. Para mi no fue el paraíso, fue algo muy duro. Menos mal que existía la biblioteca de la universidad y allí si que había material, umm, jeje. Bueno, dejando a parte el tema de las mujeres, volvamos al tema que nos importa ahora. No solo lo pase mal por esta cuestión sino porque me di cuenta, ya debería ir por el tercer año cuando noté esto, que me estaba volviendo muy, muy introvertido.

» Esto lo notaba en que cuando pasaba dos o tres horas delante de la pantalla, si venía alguien a hablar conmigo o yo tenía que hablar con alguien, me notaba muy nervioso. Eso también me pasaba en mi casa, era como que estar con el ordenador me desconectaba del mundo y luego cuando volvía a este me encontraba con que no reaccionaba demasiado bien a las situaciones. Creo que esto lo habréis sentido la mayoría que ha programado alguna vez o que pasa mucho tiempo frente a la pantalla del puñetero ordenador. Otra cosa que no soportaba ya por aquella época era la puta manía que tienen los ordenadores de dar fallos inexplicables, eso me volvía loco, me pasaba horas y horas, incluso durmiendo, pensando en el puto problema de ayer y que podría haber sido, era insoportable. Además tenía la mala costumbre de querer programar por mi cuenta y hacer pequeños proyectos, sobre todo de gráficos y juegos, que me quitaban mucho tiempo y que a veces me volvían loco con su putos errores.

» Ya por aquella época, con 20 años, me gustaba enseñar lo que hacía a mis padres y amigos (los pocos que tenía porque con el tiempo que pasaba frente a la puñetera pantalla no me daba tiempo para tener nada). Con 13 o 14 años también enseñaba los programas que hacía, pero entonces no me daba cuenta de las verdaderas reacciones de los “espectadores”. ¡Me mentían! Me decían que en realidad era muy bonito y que siguiera haciendo cosas. Pero en realidad pensaban: “Vaya forma más tonta de perder el tiempo, anda que yo iba a estar ahí haciendo el gilipollas con la maquinita”. Con 20 años ya había hecho algún que otro programa. Hice uno de un mapa de España que me costó un huevo y parte del otro y cuando se lo enseñé a mi padre descubrí otra cosa nueva sobre la informática, “el trabajo del informático NADIE LO VE”. Daba igual que me hubiera costado dos meses hacer aquel puto mapa de España, a mi padre no se le ocurrió otra cosa que decirme: “y ¿no puedes hacer que salgan también los ríos, las montañas, etc?” Estuve a punto de responderle: “si claro, y también puedo hacer que salgamos nosotros, y los extraterrestes y la puta madre que los pario, ¡no te jode!”. Nada de valorar mi trabajo. Se creería que lo había hecho en unas horas.... Desde entonces aprendí que el trabajo del informático solo es valorado por uno mismo, los demás no tienen ni puta idea de lo que cuesta. Solo un informático puede valorar el trabajo de otro informático, es una verdad como un templo, vaya puta mierda de verdad.

» Pero sigamos que aún hay más. No os durmáis. Por aquella época ya me estaba dando cuenta de muchas cosas. Antes parece que vivía en la inopia. Creo que fue porque por aquella época se creía que la informática tendría mucho futuro y ganaríamos una pasta, hablo del año 1995 aproximadamente. Por entonces yo tenía la irreal idea de que al final los ordenadores podría llegar a tener consciencia y yo sería uno de los científicos que sabría descifrar los enigmas del cerebro y de la consciencia. Uff, cuantos pájaros en la cabeza!, que equivocado que estaba!. Los ordenadores nunca tendrán consciencia, si lo dudáis solo teneis que pasaos por una clase de universidad de inteligencia artificial, redes neuronales, etc, os daréis cuenta de la moto que os quieren vender. Bueno, volviendo al tema, con 20 años y un futuro prometedor de ingeniero informático olvidé todos estos problemas y seguí adelante con mi vocación de “hacker adolescente”, pero los años pasaban y la realidad no se parecía a las películas. ¡Las películas son un fraude! ¡Vaya descubrimiento chaval!.

» Llegamos a 1996, me paso de la técnica a la superior, umm, ya soy yo un tío importante, voy a ser ingeniero superior, ¡vaya gilipollez! Seguí estudiando y estudiando como un negro, porque la puta carrera era difícil de cojones, pero lo peor de todo es que las cosas más difíciles de la carrera son las que menos me sirven ahora. Bueno voy a abreviar un poco. Año 2000 acabo la carrera. Vale. Ahora a trabajar. Pero...¿a trabajar de que?. Encontré trabajo y ahora os voy a hablar de mi experiencia laboral.

» Si os tengo que resumir en una palabra el trabajo de programador, esta palabra sería AISLAMIENTO. El trabajo del informático no es un trabajo normal. Es un trabajo muy estresante. Dependes de una maquina la cual puede tener infinitos fallos, que tú debes resolver. Es un trabajo en el que estás solo, repito, solo. Es un trabajo mental que no dura solo las horas de trabajo sino que te lo llevas a casa. El mejor ejemplo que puedo poner de llevarte trabajo a casa es cuando intentas compilar una cosa y el puto compilador te da un error inexplicable que nadie en el mundo sabe lo que significa, esa sensación de impotencia no se la deseo a nadie. No me puedo imaginar un trabajo que pueda provocar esa puta sensación de indefensión frente a la jodida máquina, dan ganas de darle una patada al puto ordenador y mandarlo a tomar por culo. Puedes pasar días con ese puto error (a mi me ha pasado) y nadie en el mundo (ni con internet) sabe lo que pasa, y tu trabajo depende de eso, es desolador, desquiciante, puede acabar con la moral de cualquiera.

» Por no hablar del tipo de jefes y de compañeros que te sueles encontrar. El tipo de jefe suele ser el típico “listo” que ha llegado allí por enchufe, no tiene porque se ingeniero en informática ni nada, todo vale, teleco, matemático, físico, químico, abogado, ¿fontanero?, da lo mismo, programar sabe todo el mundo. Por supuesto el piensa que tu titulo de ingeniero no vale nada, pues el está por encima de ti y además sin estudiar. Demostrar a alguien que no sabe de informática lo bueno que eres es imposible. La valía de un informático no suele importar. Lo que importa es que tragues con todo sin rechistar. Los compañeros suelen ser por lo general otros “pringaos” como tu. Suelen ser buenas personas, serios, introvertidos, como no puede ser de otra manera pues las horas frente al ordenador dejan su marca. Tu estás en el mismo saco que ellos, y tenéis los mismos problemas, a excepción de los trepas, que con esos mejor ni hablar. En mi trabajo pasábamos la mitad del tiempo maldiciendo a los trepas y el puto día que decidimos dedicarnos a la informática. Es de los peores trabajos que puedo imaginar. Después está el sueldo que es una puta miseria y que en los últimos años la cosa va a peor. Todo son becarios, contratos de practicas, y si no te gusta pues a la calle, que ya vendrá otro de fp a hacer tu trabajo.

» Trabajar de programador es un trabajo que mina la moral de cualquiera. Es un trabajo en el que nunca puedes dejar de estudiar cosas intrascendentes y que a nadie, es decir, a nadie en el puto mundo, con dos dedos de frente, se le ocurriría estudiarlas. Cada dos por tres aparecen nuevas putas APIs (Application Programming Interface, para los que no saben lo que significa) que vete tu a saber quien coño las habrá programado para hacerlas tan enrevesadas, nuevos leguajes que aparecen cada dos meses salidos de no se sabe donde, ni para que. Esto no era la informática que yo me había imaginado de pequeño, esto es un puto infierno. Pero hablemos un poco más de los compañeros. Lo peor es dar con el “friki” de turno viciado hasta la muerte con la informática, que sabe todas las pijadas, la tarjeta gráfica más potente, el procesador top, etc, pero que en realidad sabe menos que tú de la “informática real”. Lo malo es que aunque él sepa menos que tú, da la impresión, al jefe, de que sabe más, y en el mundo de la informática la apariencia que des lo es todo. Da igual que seas un programador en C++ de la ostia y quites el sentio con tus bucles while, ¡da lo mismo! si no pareces un “friki” de la informática no se te va a valorar.

» Más cosas de trabajar como informático. Es un trabajo que esta muy mal visto. Dices que eres informático y la gente casi que te da el pésame y te acompaña en el sentimiento. La sabiduría popular es muy grande, se huele que trabajar de informático no es ningún chollo, independientemente del sueldo. Se hacen horas extraordinarias que nunca se pagan, y si no te gusta a la calle. Lo peor de todo, según mi punto de vista, es que tienes que estar siempre actualizándote, es decir, después de haber aprendido un puto leguaje de programación que a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido aprendérselo, ahora parece que ya no sirve y te tienes que aprender otro que hace lo mismo, pero que es totalmente diferente del anterior. Es decir, el informático siempre tiene la cabeza llena de cosas que NO LE IMPORTAN A NADIE y eso al final se nota. El trabajo mental del informático equivale al trabajo mental que realizan 50 fontaneros, o 200 barrenderos, etc, es decir, la mente del informático es explotada sin piedad y además te pagan cuatro duros.

» Un ejemplo, lunes 9 AM, llega mi jefe: “Mira, te tienes que estudiar está bonita API de 500 páginas, creo que una semana podrás, y después me haces un programa en leguaje x2r4 que extraiga la retribución incremental de los registros impares al cuadrado, lo compilas, me haces una librería dinámica, lo documentas todo, y me hace una interfaz de usuario ¿lo has entendido? Ok. Tiene que estar en dos semanas ehh. No te duermas”.

» Y yo pienso: “¿Que cojones hago yo aquí aprendiéndome una puta API de los cojones, para hacer un puto programa sin sentido, por cuatro duros y además aguantar que mi jefe se lleve todo el mérito, ¿Qué cojones hago aquí si cualquiera con menos estudios cobra más que yo, y además, en su trabajo, no se tiene que aprender putas APIs, ni gilipolleces que a nadie le importan? En resumen, ¿Qué cojones hago yo aquí?”

» Bueno, ¡como veis no me gusta la informática! Me gustaba, pero ahora sé lo que es, ¡y la odio!

» Odio saber que he sido engañado desde pequeño, por mi mismo y por la sociedad, diciéndome lo bonita que era la informática y su gran futuro, TODO ERA MENTIRA. Odio que la informática sea una PUTA MIERDA y que yo no me haya dado cuenta antes. Odio los putos errores de los ordenadores, compiladores, interpretes, y demás mierda, que tantas horas me han hecho pasar en vela sin saber que hacer. Odio estar horas y horas frente al ordenador programando cosas que ¡NO LE IMPORTAN A NADIE! Odio llegar a casa y estar pensando horas y horas en problemas que NO ME IMPORTAN NI A MI, ¡NI A NADIE! Odio que mi profesión no se valoré pues NADIE tiene ni puta idea del trabajo que hay detrás de lo que yo hago. Odio que mi trabajo no se pueda ver, pues nadie que no sea informático tiene ni puta idea de lo que significa un proyecto informático, una línea de código fuente, un compilador, una instrucción for, o un puto puntero a char. Odio trabajar sentado todo el puto día delante de un ordenador escribiendo gilipolleces en una pantalla, escritas en un lenguaje que no significa nada, que no sirve para nada y que no le importa a nadie. Odio haber estudiado 6 años de mi vida una puta carrera que NO SIRVE PARA NADA más que para poder hacer oposiciones de grupo A. Odio estar horas y horas programando y levantarme y tener la sensación de que todo lo que he estado haciendo durante ese tiempo es una PUTA GILIPOLLEZ SIN SENTIDO ALGUNO.

» Tengo que decir que no estoy alterado y que todo esto lo digo desde la frialdad más absoluta. Es mi experiencia y así la cuento, cada uno puede interpretar o intuir la verdad que pueda haber detrás de mis palabras. Muchos me entenderán e incluso les habré quitado las palabras de la boca. La informática es una profesión muy dura y desagradecida, solo valdría la pena si estuviera extremadamente bien remunerada, y aún así, yo no volvería nunca. Prefiero barrer un suelo a escribir una línea más de código fuente. Por lo menos así la gente sabría cual es mi trabajo y mi mente no estaría inundada de palabras clave sin sentido, de punteros a ninguna parte, de bytes incompletos o de bits desesperados. Quiero que mi mente no este, nunca más, llena de esa basura informática que nadie entiende, que nadie comprende ni desea, que no sirve para nada y que es absolutamente agotadora.

» A los que os estéis planteando estudiar informática, lo único que os puedo decir, es: ¿Habéis sentido alguna vez esa frustración que se siente cuando no eres dueño de la situación y no puedes hacer nada para arreglar el problema? Pues esa sensación tan abominablemente desgarradora es la que tendréis a lo largo de vuestra “vida informática”. Una sensación de estar haciendo cosas que no tienen sentido, que no valen para nada y que no importan a nadie. Dependeréis de una máquina falible, que fallará cuando menos te lo esperes. Cuando creas que nada puede ir mal, el compilador te dará un error inexplicable que nadie sabrá lo que significa. Cuando después de días enteros sin dormir, creas que lo has hecho todo bien y que nada puede fallar, el sistema operativo se borrará a sí mismo entrando en un bucle de formateo de todo el disco duro y no podrás hacer nada para evitarlo. Cuando creas que tu trabajo será valorado, te darás cuenta de que a nadie le importa. Cuando creas que la informática puede llenar tu vida, te darás cuenta de que la informática no tiene ningún sentido.

» Tenemos tanto intrusismo profesional porque nuestro trabajo es una MIERDA y la mierda atrae a las moscas».

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viernes, 2 de septiembre de 2011

Kamala Markandaya


La belleza unas veces es dulce y otras agria.

Al documentarme para mi próxima novela, he redescubierto a Kamala Markandaya. La leí hace años, pero la había olvidado, como a otros tantos. He devorado la primera de sus novelas que he conseguido, Néctar en un tamiz (o Como agua sobre la arena), y estoy a la busca y captura de más. Su escritura y su espíritu te ejercitan en la humildad. Los occidentales somos muy prepotentes, muy ego y euro céntricos, y sus historias te hacen bajar del pedestal en un solo capítulo. No viene mal en estos días.

Pero no hay que acercarse a esta autora con la mente cerrada. Algunas de las costumbres de la India que refleja tan nítidamente no son peores que muchas de las nuestras. No existe el bien absoluto. Pero el mal absoluto sí y está dentro de cada uno. No depende de la latitud.

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