jueves, 26 de enero de 2012

Escrita en tu nombre: capítulo I (II)


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Continuación

Creo que es en eso en lo que al hacernos adultos más cambiamos. Con diecisiete años yo creía en el amor platónico. Ahora sé que sin el otro, el amor real está incompleto. Y es posible que Rodrigo, el de mi instituto, hubiera podido enseñarme entonces ya esto, si le hubiera dejado. Porque en los cinco días que duró la excursión a las playas malagueñas ―y es que hay que ver lo pobres que éramos entonces― en los que no dejó de llover, hablamos, nos reímos y nos escapamos a ver el amanecer en la playa, tumbados sobre una manta y helados hasta las pestañas, aunque felices, quizá de estar juntos. Pero él era tímido y yo idiota. Y volvimos sin saber muy bien qué había pasado ni qué podría pasar. Hasta que, de nuevo en uno de esos bailes de música lenta en la discoteca de regreso en Madrid, me pidió salir. Aquello constituía el primer paso para llegar a mayores. Por fin. Pero yo tenía que pensarlo; ya saben, era mi amigo, y le rogué que me diera algún tiempo para contestarle. Justo el día que decidí anunciarle que sí, que quería ser suya para siempre, después de consultarlo con Laura ―que evaluó las ventajas y los inconvenientes en unos diez minutos más o menos―, apareció con una novia que tenía en no sé qué club de deporte para medio ricos del que su familia era socia. Sé disimular hasta llegar al histrionismo si me lo propongo, así que hablé durante horas con aquella chica maravillosa y repugnante a la vez, quien incluso se alegró mucho de conocerme después de tanto tiempo oyendo hablar de mí. No saben lo que me alegré yo de conocerla después de tanto tiempo de no haber oído ni una palabra sobre ella.
Rodrigo nunca llegó a averiguar que ese día mi intención era contestarle, que llevaba días imaginando cómo serían sus besos y que aquella niña casi mujer, tan dulce y repugnante al mismo tiempo, consiguió que mi corazón se llevara el gran chasco de mi corta vida. Sin embargo, a él no le dije nada. Solo se lo conté a Laura, quien gracias a dios le puso a parir, y nos pintamos para la ocasión, nos vestimos de gala y nos fuimos a bailar, ya que, según ella, así era como se arreglaban esos asuntos.
Días después me enteré de que Rodrigo había dejado a su acompañante y de que una tal Antonia, una amiga suya experta en amores ―o eso se creía ella porque se había acostado ya con unos cuantos― le había aconsejado que lo mejor que podía hacer para que saliera con él era darme celos y para ello usó a la niña casi mujer con quien salía de forma esporádica en el club y que andaba loca detrás de él. Pero la supuesta experta no contó con que yo no reaccionaría como ella suponía. En lugar de aferrarme a él, le dejé marchar. Me puse mi máscara encubridora de mí misma y se lo cedí a aquella niña de pelo castaño y sonrisa tímida que había perdido a su padre hacía poco y que me miraba como si supiera que iba a reaccionar como lo hice y que aquella era la única oportunidad que tenía de evitar perder a su novio.
¿Por qué lo hice? Ahora lo sé. Aquella fue la primera ocasión en la que conscientemente no pude anteponer mi placer o mi bienestar a los de los demás ―no saben cuánto deseaba que Rodrigo volviera a hacerme cosquillas en aquella zona de detrás del codo, ya saben, la de Internet― pero no sería la última. Entonces comenzó ya a manifestarse uno de los rasgos de mi carácter que más disgustos me han dado. Pero ahora Rodrigo está casado con aquella chica indefensa y muy inteligente, e incluso tienen tres hijos, así que no me arrepiento de aquello, aunque sí me arrepentí muchas veces de no haber abofeteado a Antonia. Para que se metiera en sus asuntos.


Omid me acaricia el pelo, quizás piense que ya estoy dormida, no puede ni imaginar que no voy a volver a dormir jamás no vaya a ser que esta felicidad se duerma conmigo y no despierte nunca. Se levanta; está desnudo, completamente desnudo. Solo en el cine malo los actores se ponen una sábana por encima antes de levantarse de la cama para ir al baño. Son capaces de tirar al suelo a su amante haciéndole rodar por encima del colchón para cubrirse con algo. Siempre me reía con Mario cuando veíamos escenas similares en muchas películas, aunque no en las españolas; en esas, incluso se les ve meando. Pues claro, ¿es que los americanos nunca mean? Y todos son delgados, guapos y altos. Como Omid, es un milagro, guapo y alto. No puedo creer que esté en mi baño. Mario también lo era, pero él es tonto, siempre lo ha sido, aunque sus grandes ojos negros no lo demostraran y lograran deslumbrarte durante un tiempo. De otro modo, no habría hecho que perdiéramos parte de nuestra vida en un engaño.
Después de Rodrigo, al final me enamoré de Mario. Fueron sus ojos, estoy segura, sus ojos negros los que a él me ataron durante casi quince años.
Laura y yo habíamos quedado para dar una vuelta por el pueblo. Estábamos en fiestas y todos salían y entraban sin cesar en los bares, se subían y bajaban de los cacharros de la feria y se apretujaban en los chiringuitos que las peñas montaban en viejos locales o en la misma calle, donde se bailaba, se bebía y se comía sin parar. Y, además, se miraba. Allí nos reuníamos los jóvenes del pueblo y todos terminábamos conociéndonos antes o después. En aquella época solía hacer frío, pero esa noche había comenzado con una tibieza en el ambiente que parecía provenir de la gente, más que de un fenómeno atmosférico. No llovía, no hacía viento, no estaba nublado. Tan solo una turba de personas paseaba por las calles y se escuchaba la música y los gritos de los paseantes y de los que pretendían cantar. Las guirnaldas de luces iluminaban el agua gris, con pedazos de fiesta, en la fuente de la plaza. Nos acompañaban unos amigos de la hermana de Laura, mayores que nosotras, y no teníamos hora para llegar a casa. Ella se movía como pez en el agua entre miles de chicos que la rodeaban, siempre la rodeaban. A eso estábamos las dos acostumbradas. Yo bailaba con uno de mis amigos del instituto que se había acercado por allí con su grupo. Entonces le vi; me miraba persistentemente mientras con una mano sujetaba un mini de cerveza y con la otra me hacía señas para que me acercara.
―Laura ¿conoces a ese? ―pero Laura ni le miró, solo me sonrió y siguió jugueteando con otro de sus admiradores. Solté a mi acompañante y le dejé allí donde se quedó de pie. No era cuestión de no hacer caso a un chico como aquel, tan atractivo, cuyos ojos magos seguían sin apartarse de mí. Como si eso fuera a ocurrirme alguna otra vez en la vida. Así que me dirigí hacia él. Pero, en el trayecto, mi compañero de clase resbaló hasta caer a plomo sobre el suelo. Me desvié para recogerle y, cuando le hube vuelto a dejar en una posición medianamente decorosa, reanudé mi camino. Para mi desesperación, Mario ya había desaparecido. Por supuesto, me empeñé en olvidarle, pero mi subconsciente no me hizo caso. Aquella noche soñé que me besaba, que me enamoraba con locura de él y ―por qué no, era mi sueño― él hacía lo propio conmigo. Cuando desperté, sentí una mezcla de excitación, rabia y atontamiento, supongo que debido a la cerveza de la noche pasada. Laura se levantó un rato después y, mientras tomábamos leche con Colacao y muchas galletas para desayunar, se lo conté.
―Te apuesto una hamburguesa con patatas y tortitas con nata a que terminas saliendo con él ―me dijo, siempre tan optimista y tan glotona.
―Laura, estás como una cabra, no le conozco de nada y no creo que vuelva a verle.
―Ya veremos ―medio gritó, mientras se encaminaba hacia la ducha.
Al cabo de unas semanas me llevé la sorpresa de mi vida cuando el protagonista de mi sueño apareció en el instituto para ver a uno de mis compañeros de clase. Así que los milagros existen, al menos cuando se tienen dieciséis años y son tan nimios como ese.


Pues claro que los milagros existen, Malena, o si no, levanta la cabeza y dime qué hace ese tío metiéndose en tu cama. Omid es más que un milagro, es casi una bendición y menos mal que no soy creyente porque si lo fuera podría proferir alguna que otra blasfemia. Se tiende a mi lado y se tapa con mis sábanas. Su pecho terso y todavía algo húmedo se pega en un lengüetazo a mi espalda. Sus brazos rodean mi alma. Mi vida se diluye, se deshace la sórdida pesadumbre de mis recuerdos. Gracias, amor mío, por no ser marica.
Pero, aunque tal vez los milagros existan, es segurísimo que no vienen en tandas. E incluso, a veces, no lo son más que en nuestra imaginación y lo que en un principio se suponía un deseo se termina convirtiendo en una realidad insoportable. Eso, más o menos, fue lo que sucedió con el milagro de Mario. Y aunque ahora creo que no fue sino la mala suerte la que se cebó conmigo, entonces pensé que debía agradecérselo a mi destino: solo eso podía explicar que mi recién estrenado amado jugara en el equipo de fútbol con una buena parte de mis amigos de clase. Así que, al final, mi fantasía podía llegar a materializarse.
―Ya puedes ir ahorrando, Malena ―me soltó Laura cuando le conté que aquel chico con el que había soñado en las fiestas conocía a Regino, a Borja y a muchos otros de mi curso―. Me voy a poner morada ―repetía. Entonces no teníamos ningún problema con el peso. Parecía que todo lo que comíamos servía para alimentar a otras cuatro o cinco personitas que vivían dentro de nuestros cuerpos y que se repartían los kilos. Delgadas, delgadas, delgadas. E ilusas, ilusas, ilusas porque creíamos que eso importaba algo ―como si la felicidad se pudiera medir alguna vez según el agujero en el que se abrocha uno el cinturón―, pero, por ello, felices. Laura parecía una muñequita de porcelana, con los labios gruesos de color frambuesa, el culo prieto como una manzana o, mejor, como una pera y la vida encumbrada en su mirada. Y yo era menos muñequita pero tenía cierto encanto, que aún mantengo, aunque sea lo único que no ha cambiado en mi físico con el tiempo.
―Malena, cariño, tienes que ir a ver cómo se entrena. Seguro que se fija en ti, hazme caso ―se empeñaba en repetir Laura por el día y por la noche. Y por si acaso no seguía su consejo y para no perder la apuesta, se aseguró de que todos los amigos de Mario se enteraran de que Malena estaba loca por él. Pero algo dentro de mí me impedía ir más allá, no fuera a rechazarme, y así, mientras ella se mantenía ocupada investigando con esmero a los hombres para después contármelo con profusión de detalles, yo seguía alimentando mi amor platónico por él, muy a escondidas, para que no se me notara nada, a pesar de que por el instituto corría la voz de que la inquebrantable Magda estaba muy enamorada. Para matar a Laura. Así que yo continuaba pensando en él, aunque procurando mantenerme a salvo. Intentaba cruzarme con su sombra cuando se acercaba a ver a alguno de sus compañeros de equipo, pero siempre conservando una capa de invisibilidad que pudiera ampararme ante posibles peligros. Qué le vamos a hacer, siempre he sido tímida y, ya saben, un poco idiota. Así que pasó mucho tiempo antes de que Mario, alentado cada día por un amigo distinto, empezara a fijarse en mí, porque él no se acordaba de haber llamado a una chica como yo en ninguna fiesta patronal y mucho menos de que ella no hubiera acudido a su llamada. Cómo iba él a haber sido ninguneado por una niña delgaducha y de pelo ondulado y sedoso, pero poco vistoso ―no se vayan a pensar―, con la vista perdida en un universo de quásares y moléculas, integrales y silencio.
Por suerte, al fin llegó el verano y pude olvidarme durante algún tiempo de sus ojos. Con el calor sobrevenía la inactividad y Laura y yo podíamos dedicarnos a lo que más nos gustaba: pasear, charlar, hacer planes para cuando nos hiciéramos adultas y pudiéramos viajar, ver mundo, conocer otros lugares, otras gentes y, cómo no, algún chico más guapo y más tierno de lo que ese pueblo, tan insustancial y zafio, podía ofrecernos. ¿Ven ustedes?, acabo de encontrar algo que sí ha cambiado con el tiempo. Los niños han dejado de jugar unos con otros, sin maquinitas de por medio. Ya no saben hacerlo, sobre todo si tienen que mojarse y correr y sudar, o tal vez sea que no les dejan, no vaya a ser que sigan siendo unos críos demasiado tiempo. Nosotros corríamos unos tras otros durante las doce horas diarias que nuestras madres nos echaban, literalmente, a la calle. Después de plantearme en alguna ocasión tener un hijo y de observar el comportamiento de algunos de los de los demás mientras saltan con los zapatos puestos sobre mi sofá, no entiendo cómo nuestras madres, sufridas y siempre madres, podían soportar un promedio de cuatro o cinco mochuelos por casa y cómo las doce horas no eran dieciséis, más ocho horas de sueño, veinticuatro. Asunto arreglado. Ese tiempo era el que empleábamos nosotros en jugar al escondite, al rescate, al látigo o a la goma. Pero no se asusten porque mi historia no pretende llegar a una época tan lejana. Tan solo deseo retenerla porque, en el fondo, la añoro. Añoro su sencillez, la seguridad que da la dependencia de otros y, sobre todo, la simplicidad que implica la asexualidad de la infancia, que no te impulsa a buscar una pareja con el ansia con que se persigue en la madurez. También añoro la juventud, como la mayoría de ustedes, estoy segura, pero menos que aquella época de la que mi recuerdo más tierno evoca el baño de antes de la cena, conjunto con algunos de mis hermanos para ahorrar agua y gas, y cómo nos sentábamos después con mi padre a ver la película del miércoles, que era cuando él libraba, a veces.


Omid me sorprende con su placidez de niño mimoso y arrugado. Se ha quedado dormido. Qué poder hay en observar el sueño de otros, su descanso, a veces su inquietud. Sería tan fácil hacerle daño. Pero, ¿cómo podría? Él ha logrado que me resarza de muchos años en solo unos días o, para qué engañarme, en solo un minuto. Ignoro lo que sucederá de aquí en adelante, pero no puedo ignorar lo que me hizo sentir hace unas horas: la dulce sensación que se contagia aún con el recuerdo. Besos de lluvia, húmeda y profunda, caricias de plata que siguen fundidas con mi alma. Sexo sin amor. Qué poco importa cuando sirve para olvidar amor sin sexo. Sin embargo, aunque no le ame, me siento muy cerca de él, mucho más de lo que nunca estuve de Mario. Y se me hace muy extraño descubrirme tan próxima a un hombre al que apenas conozco, pero lo cierto es que me duele pensar que dentro de unas horas ya no podré espiarle así, indefenso y tan ajeno.
El ruido insolente del autobús que pasa por mi calle se estampa contra el cabecero de la cama. Pero a él no parece importarle. Duerme como un bebé de pecho, con la quietud de saber que nada le perturbará. No te preocupes, amor mío, que yo estoy aquí para que nada te ocurra, para que nadie te haga daño. Como en una lección recién aprendida en un subconsciente nuevo, me levanto y cierro la ventana; he de impedir que el ruido obsceno consiga entrar y malograr su sueño. Desde este rincón, la luna se ve como un círculo cerrado que desafía soberbio mi guardia e introduce su destello hasta el fondo de la habitación. Él se estremece en ese instante y la mitad de su cuerpo queda iluminada por una luz blanca y brillante que lo resalta mucho más, al contraponerse con la penumbra que esconde el resto. Instintivamente, Malena necesita verle desnudo; confirmar, como un macho recién estrenado en las lides del amor, que su conquista es la más espléndida. Y Magda llora, se resiste a seguir traicionando a Mario, pero Malena la aparta y me acerco por tanto a retirar la sábana que tapa su figura esbelta de perfiles difuminados. Con la luz como cómplice la observo completa. Jamás vi así a Mario; jamás pensé que vería así a nadie.
En un segundo, una nube maldita se apodera de mi aliada y la imagen que escruto se desvanece entre las sombras. Pero no puedo consentirlo y me convierto en pagana para invocar a cualquier dios que quiera escucharme y le ofrezco mi vida a cambio de volver a contemplar ese vientre magnífico. Aun sabiendo que no ha sido obra suya, le atribuyo la victoria cuando la nube odiosa deja de tapar la luna y la desnudez de Omid vuelve a desparramarse sobre las sábanas. Su pecho es ancho, sus muslos esbeltos, sus hombros torneados. La punzada de vergüenza por observar así a un hombre del que no sé nada llega por fin. Magda la aprovecha para intentar convencerme de que baje la persiana, le tape y me duerma, aunque sea a su lado. Pero Malena vence. Me acerco en silencio a por la cámara y el trípode; hace poco que he aprendido a hacer fotos sin luz y los coloco en el mejor ángulo para poder acaparar en un instante la esencia de mi amado. Su cuerpo entre sombras y claros es lo más bello que he visto nunca. Si lo atrapo en un negativo, será mío para siempre.

(Continuará)

domingo, 8 de enero de 2012

Escrita en tu nombre: capítulo I (I)


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LAS QUE REDIMEN

Cloto, Láquesis y Átropo eran hijas de Zeus y de Temis, o podía ser también que fueran hijas de la Noche y que hubieran tenido la suerte de engendrarse a sí mismas, o la mala suerte; ni siquiera ellas podían saberlo. Y a pesar de la diferencia de edad, se llevaban muy bien, porque si ellas, que se suponía que decidían el destino, no se llevaban bien ¿quién iba a hacerlo? A lo mejor congeniaban tanto porque habían pasado miles de años siendo el paño de lágrimas de esos irresponsables humanos y eso unía mucho. No todos eran iguales, tenían que reconocerlo. Algunos eran más irresponsables que otros. Incluso hubo un tiempo en que fueron mucho peores. También había bajado la cantidad de ofrendas y de oraciones que les dedicaban y de vez en cuando las dejaban un poco en paz, porque, cada vez más, los seres humanos se iban dando cuenta de que aquello no daba resultado y se iban haciendo cargo de sus actos. Les costaba, y mucho, pero al menos ya casi nadie les rezaba ni les ofrecía sacrificios. Como si ellas pudieran hacer algo por llevarles por el buen camino o por el malo. Para eso ellos se bastaban solitos. Pero en ocasiones les venía bien tener a alguien a quien colgar sus propios muertos, tanto los debidos a muerte natural como los otros; lo habían hecho ya desde la antigüedad, cuando apenas se mantenían erguidos y acababan de descubrir el fuego.
Antes que ellas ya había habido muchos otros. El hombre era un experto en eso. Primero se los colgaron a las ánimas, luego a la magia y después a los dioses del Olimpo. Las Moiras no entendían muy bien cómo al final habían terminado reduciendo el número de cabezas de turco a una por cada religión porque antes les era mucho más fácil hallar alguna divinidad libre a quien echarle el mochuelo y así las culpas siempre tocaban a menos. Muy listos se creían los hombres, sí, porque pasaron de la sumisión animista al chantaje religioso en cuestión de tan solo miles de años. Yo te rezo si tú me das. Y, perfeccionando un poco la técnica, si tú decides, yo me lavo las manos, porque no puedo elegir. Y si además me perdonas los pecados con tres avemarías y un padre nuestro, ya ni te cuento. Ellas estaban un poco hartas de eso. Pero al menos iban mejorando, porque ya pocos creían en ellas y también porque habían tenido muchos sustitutos a lo largo de la historia y no tenían que cargar solas con la fatalidad de toda la humanidad, que lo cierto es que pesaba mucho. También les había tocado una parte del ingente pastel a los profetas, luego a sus representados; a las brujas malas y a los templarios buenos; a la libertad, la igualdad y la fraternidad; y ahora..., ahora había demasiado lío y no se sabía bien a quién cargarle los muertos. Quizás dentro de nada el fútbol tuviera también su templo, si es que no tenía muchos ya, porque ahora hasta era complicado reconocer a los dioses y sus moradas. Al menos ellas no conseguían ver bien la diferencia entre algunos estadios y el Oráculo de Delfos.
Pero de una cosa sí estaban seguras: ellas existían, no les quedaba otro remedio, aunque fuera en los cuadros, en las estatuas o en los sueños. Porque, sin el destino, el hombre no sabía a quién culpar cuando no podía reaccionar a tiempo, sobreponerse, luchar, no resistirse a su capricho, dejarse salvar, adaptarse o resignarse; o cuando abandonaba, renunciaba, se rendía o no tenía otro remedio. Y además, seguirían existiendo siempre, porque no habían surgido porque sí, sino porque estaban en la esencia del hombre, de todos los hombres. Al fin y al cabo, si después de millones de años, aún no habían aprendido, sería por algo.
A veces ellas apostaban a ver quiénes de entre los pobres mortales conseguirían ser felices. Átropo solía ganar, que para eso era la mayor y decidía si cortar o no el hilo, pero hacía muy poco había perdido, cuando decidió apostar en contra del guía del Prado, Antonio Bernabé. Habían estado años observándole mientras hablaba sobre ellas a los visitantes del museo, cada vez más resentido, dejando que otros decidieran por él. Hasta que un día por fin se dio cuenta de que podía hacer más, mucho más, y empezó a poner todo su empeño en llegar a conseguir su sueño: actuar ante el público. Algunos dirían que había tenido suerte. Pero ellas sabían que se lo había ganado. No siempre daba resultado pero, aunque tenían tantos años como la humanidad y habían observado ya a millones de seres, aún no habían podido hallar a nadie a quien la suerte no le hubiera encontrado trabajando.


Capítulo 1

Cuánto te quise, es cierto, como dijo el poeta; o mejor, cuánto te quiero: ¿cómo no querer tus grandes ojos negros?
Y sus pupilas me atisban, me persiguen, me acosan, me alcanzan y se sonroja entonces mi tez. Son tus ojos; me atan.
Y me esconden en sus brillos de matices callados, de cadenas rosáceas de perpetua calidez; casi hipnotizada por ellos, humedeces mis labios, como rosas de frágil hermosura, como agua que les da de beber en un juramento de deber inquebrantable.
Son tus ojos, me atan.

Por fin conseguí tocarle. Qué duro, hacía tiempo que no tocaba nada tan duro. Tal y como me lo había imaginado la primera vez que le vi aparecer con sus pantalones negros, deliciosamente ajustados, y su sudadera gris, ceñida de necesidad, por la destartalada puerta del gimnasio. Duro como una piedra pero con probabilidad homosexual, tan de moda en estos momentos. Eso pensé, aunque esa opinión no fuera propia de mí: Malena para quienes más me quieren, Magda para algunos durante demasiado tiempo, Magdalena según me bautizaron, solo yo para mí misma. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Más vale tarde que nunca: gracias por haberte encontrado. Sí, gracias por permitirte sentir, al fin.
Debe de ser la placidez que me invade después de haberme acostado con él. Tiene que ser eso, la enajenación postcoito, la felicidad inmoral que transpira cada célula tras haber follado, como diría sin vacilar mi querida Laura. Hasta escritoras con premios Planeta emplean la palabreja en entrevistas para dominicales y yo sigo sin acostumbrarme a ella: siempre he preferido hacer el amor, aunque ya no se lleve. Pero eso debe de serlo, porque nunca antes me había sentido así. Como en una nube. Con él a mi lado.
Tan duro como una piedra; no logré sonrojarme cuando me dijo que quería pasar la noche conmigo porque lo había deseado tantas veces como las que me había preguntado a mí misma ―esta vez sí soy yo, y qué feliz me hace eso― cómo semejante prodigio de la naturaleza iba siquiera a fijarse en mí. No estoy acostumbrada a tener que competir con mi físico: durante demasiado tiempo tuve amor o, mejor dicho, compañía segura. Y todo venía rodado. Pero tal vez su culo me haga olvidar aquello. Qué maravilla. Y está en mis manos. Si Laura pudiera verme ahora, seguro que diría algo así como ¡Ay que ver, Malena, qué puta te has vuelto!
Pero no era marica. Cuando ves a un hombre así, con ese cuerpo y esa cara y esos ojos y ese pelo y ese culo y ese culo, y treinta y tantos, o es marica o está casado. Y no piensen que empleo el término despectivamente: siempre he respetado, a secas, a los homosexuales; a todos, hasta a los que me han hecho volver a la lectura porque, a fuerza de repetirse en la televisión, la han convertido en algo aún menos soportable. Incluso digo “a secas” porque considero que no tenemos ningún derecho a usar otra expresión. Solo precisan nuestro respeto y no nuestra comprensión, ni mucho menos nuestra tolerancia. Creo que deben de pensar que toleremos a nuestra madre. Pero en ese momento estaba convencida de que algunas cosas no cambian. Con ese culo y esos hombros, o se es marica o se está casado. No existen más posibilidades. Así que cuando le veía llegar a las clases de yoga, el único hombre entre tanta fémina a esas horas de la tarde, observaba cada uno de sus movimientos ―perfectos, sinuosos, increíblemente acompasados― siempre con mucho disimulo, para que no se me notara demasiado, pero sin perderme ni uno. Y esta situación de abstracción solía llevarme a abandonar mi estado normal de equilibrio y a torcerme un tobillo, que no era ni sigue siendo una de las partes con mayor estabilidad ni gracia de mi anatomía. O bien, si por el contrario resultaba ilesa, me iba a casa con una sensación libidinosa parecida a la que alguna vez disfruté con quince años, mucho antes de estar casada durante toda mi adolescencia y parte de mi madurez.
Y es que alguna vez no estuve casada. Eso me parece recordar. Me veo a mí misma con mis pantalones anchos y mi torera de tela vaquera, gris y nevada por más señas ―qué le vamos a hacer, era la moda―, y con algunos kilos menos en la discoteca, esperando que alguno de esos chicos tan guapos se me acercara y me pidiera bailar las lentas ―las canciones lentas, toda una institución en aquella época. La de noviazgos que comenzaron escuchando de fondo una canción de George Michael, mientras apretábamos los codos con fuerza contra la cintura para que no hubiera forma humana ni divina de llegar a los pechos. O, más bien, mientras las otras apretaban sus codos; yo no, ni Magda ni Malena; en realidad, yo no disfruté de ese privilegio más que una vez en la que se me ocurrió besar al chico en cuestión, para experimentar la novedad, y resultó que el pobre estaba colado por mí, justo cuando a mí él no me interesaba demasiado. Así que, encima, aquel beso me costó un gran disgusto porque luego no supe bien cómo deshacerme de mi inesperado pretendiente.
No sé por qué solía fijarme en los guapos. Aunque sin esperanzas, eran los guapos los que llamaban mi atención. Y no es que me considerara fea y pensara que no podía aspirar a que alguno reparara en mí. No era eso. Era solo que las demás siempre solían tener menos vergüenza y una ropa mucho más bonita; con quince años y en una discoteca, a menudo era todo lo que importaba. Lo mismo que con treinta, casi siempre. Por eso, en aquellos tugurios tan de moda entonces no estaba demasiado solicitada ―el culo de Omid vuelve a apabullar mis sentidos como demostración, quizá, de que las cosas sí cambian a veces― y en el instituto sufrí peor suerte aún. Allí conseguí, les aseguro que sin proponérmelo, romper cuatro noviazgos pero sin que ninguno de los pretendientes me atrajera en realidad. Y es que no era muy avispada en eso de la seducción y les llevaba a confundir los sentimientos: para mí, ellos eran solo amigos; para ellos, yo enseguida me convertía en el objeto de su mendicante amor. Así que Magda se pasó parte de 2º y de 3º de B.U.P., allá por los 16 añitos, desfaciendo entuertos, como Don Quijote pero sin molinos.
Allí yo siempre era Magda. Con este nombre me llamaban todos en el instituto. Todos excepto Laura, mi mejor amiga desde que éramos unas crías, para quien siempre he sido Malena. También para una profesora de Filosofía de tercero, una mujer espigada y menuda que entonces me parecía viejísima aunque no alcanzaba la treintena. Ella, además de contarme el significado de mis otros nombres, me calificaba como “displicencia con patas” sin más razón que el que no demostrara demasiado interés en sus explicaciones sobre el ser o no ser, como muchos otros. Aquello es lo más curioso que me han llamado nunca, si exceptuamos lo que me debían de denominar las parejas de mis amigos-enamoriscados cuando, sin consultarme, les comunicaban formalmente que iban a salir conmigo y que las dejaban. Solo uno de ellos, que me conocía algo mejor que los demás, actuó con cierta inteligencia y en lugar de abandonar a su novia y volver con ella poco tiempo después, se bebió una botella entera de una de las bebidas más baratas y de mayor graduación alcohólica que encontró ―pueden creer que aún sigo sin explicarme dónde dejó el coma etílico― para convencerse de que tenía que poner remedio a lo que comenzaba a sentir por mí y se impuso olvidarme. Cuando lo consiguió, intentó enseñarme a jugar al mus.
―Ya que no vas a querer salir conmigo ―me dijo un día que hicimos pellas en la clase de Mates―, por lo menos acepta ser mi compañera de timba.
Ya entonces me tocó a menudo ir contra corriente, como las truchas pero sin escamas ―lo que me faltaba, un par de aletas―, al tener que soportar infinidad de chismes y desprecios, y descubrí también unos atributos de los que antes carecía: dos ovarios. Ahora puedo decirles que tendría que haberlos aprovechado más unos años después, pero entonces ya comencé a usarlos, aún con timidez, y pasé una gran parte del tiempo plantando cara a las dejadas y a su “camarilla”, curiosamente formada por aquellas amigas que se habían visto relegadas por la aparición del novio. A estas era a quienes más temía. Algunas incluso formaban parte de mi reducida pandilla, aunque en realidad yo prefería relacionarme con los chicos y de ellas no me fiaba demasiado. Y no sin razón. Nada más enterarse de lo que había pasado, me dejaban de hablar de forma implacable, sin ningún tipo de aviso ni de explicación, y empezaban su campaña “antimagda”: cuchicheos y mentiras de niñas tontas. El primer año lo pasé mal pero después comencé a usar esos nuevos atributos de los que les hablaba y adquirí una indiferencia indolente ante sus miradas malhumoradas. Y eso, paradójicamente, era lo que más les fastidiaba.
Pero en realidad nunca aprendí a manejar la situación, ni tampoco a jugar al mus, porque terminó el curso y al año siguiente nos asignaron turnos diferentes. Desde la distancia emocional que te proporciona la madurez, tengo que reconocer que el modo en que se olvidan las amistades juveniles resulta, cuando menos, curioso. Te pasabas un año compartiéndolo todo, llegando incluso a dormir en la misma casa para intentar preparar mejor los exámenes ―aunque acabaras haciendo cualquier cosa menos eso y no de índole sexual, como podría esperarse―, te ibas de excursión a los sitios más aburridos ―que no podrían creer lo que une visitar museos cuando lo que te interesa de verdad es el fútbol, con frecuencia lo que más atrae a los chicos de quince, y, aunque empiece a no parecerlo, esto no va de las cosas que no cambian nunca― y al año siguiente, por designios de la nueva distribución de las clases, te pasaban de segundo I a tercero J y dejabas de acordarte de nadie y nadie se acordaba ya de ti. Vuelta a empezar. De ese modo perdí yo a mis amigos más interesantes, aparte de por el insignificante detalle de que dejaran a sus novias para salir conmigo sin tener la gentileza de anunciármelo antes. Cuando el mal estaba hecho, ya no había marcha atrás: volver con la novia implicaba terminar de forma tajante la relación, aunque solo fuera de amistad, con Magda.
Y Magda tardó mucho en encontrar a alguien que le gustara de verdad, mucho en comparación con la media, que a los diecisiete años ya sabía todo lo que había que saber sobre sexo, condones, pastillas y revolcones en el parque. La media sabía todo eso, pero yo no. Yo solo fui precoz para las Matemáticas: a los cinco años ya había aprendido a dividir y a calcular reglas de tres. Pero el sexo tenía algo que no me cuadraba. En los números todo estaba escrito, había normas, métodos, procedimientos, teoremas, un mundo de paradigmas a los que recurrir y en los que me encontraba a mis anchas; sin embargo, el sexo era otra cosa. Para empezar, ni siquiera era capaz de llamarlo así. Omid ha hecho que le llame por su nombre, e incluso más, pero ahora tengo treinta y tres años y me han dejado, poco más o menos, así que puedo acostarme con quien me dé la gana. Entonces tenía la mitad, mucho miedo a lo que podría llegar y prácticamente solo chicos por amigos, por lo que, por culpa de mi filosofía de la vida y de la amistad, me resultaba aún más difícil encontrar a uno que fuera también amante o llegar siquiera a ofrecerle la oportunidad. Además, como ya les dije antes, las mujeres no me caían demasiado bien, a excepción de Laura, mi casi cuarta hermana.
Laura sí sabía de sexo o al menos sabía lo que era que un chico la besara e intentara meterle mano en la oscuridad de los pubs de los ochenta, pretensión a la que por aquel entonces aún no solía acceder. No mientras yo estuviera cerca. Pero ella es muy guapa. Sus ojos son grandes y de un color extraño ―imaginen, si les es posible, un topacio amarillo con incrustaciones verdes― y su pelo es negro y muy lacio y abundante. Supongo que la profusión de cabellos los excita mucho. Nunca se lo ha cortado por encima de los hombros. La promesa. El juego de la adivinación. Laura me contaba luego lo que hacía con ellos, cómo la habían acariciado o qué nombre recibía cada beso. Siempre eran caricias superficiales, si es que una caricia puede serlo, y algunas zonas estaban prohibidas hasta un momento indeterminado en el tiempo, en la pasión o en la vida, que no teníamos nada claro cuándo ni cómo llegaría. A esos lugares no se podía llegar. Por eso los brazos bajaban sin vacilar a proteger los senos mientras bailábamos abrazados. Pero recuerden: mientras bailaban ellas, no yo. Aunque Malena deseaba seguir el ejemplo de Laura, Magda siempre reprimía ese sentimiento y me resignaba entonces a pasar la mayor parte de mi tiempo enfrascada en los estudios, porque no había forma de convencer a Magda y mis pretendientes tampoco llegaron a insistir lo suficiente como para conseguir que mi sexualidad se despertara.
En realidad hubo uno que podría haberla despertado de sopetón, cuyos ojos eran más profundos que los de los demás y conseguía que me pusiera muy nerviosa cada vez que se me acercaba. En el viaje de fin de curso, que no recuerdo por qué estúpida razón fue en el mes de marzo, Rodrigo y yo pasamos todo el camino en el autocar haciéndonos cosquillas. Primero yo le acariciaba la espalda, los hombros, el cuello, las orejas, el cuello, los hombros, los brazos, esa zona de delante del codo ―cuyo nombre buscaré algún día en Internet, se lo prometo― y otra vez la espalda. Después, él me acariciaba a mí: los brazos, el cuello, las orejas… Con solo recordarlo se me eriza el cabello. Debería contarle esto a Omid, aunque hasta ahora no le ha hecho demasiada falta. Aún siento cada una de sus caricias. La piel tiene memoria. Si cierro los ojos, repite con precisión el recorrido de sus manos, grandes pero extrañamente suaves. Qué poco podía imaginarme que pudieran serlo tanto. Nunca antes nadie se había tomado tanta molestia como para demostrármelo. Más bien al contrario, las caricias de Mario siempre habían sido secas, ausentes, frías, recelosas; era como si mi cuerpo le ahuyentara en lugar de atraerle. Al tocarme, apenas me miraba y sus besos eran calmados, huidizos, parecían divagar en otros besos, en otros labios. Y terminaban siempre antes de tiempo.
Pero no se despisten, que en breve les contaré quién es Mario. Casi toda la vida con él y al final tuvo que terminar así; sigo sin poder creerlo, menos mal que el daño que me ha hecho se diluye con el tiempo. Sin embargo, aún le veo en sueños: sus ojos negros, su cuerpo de atleta griego, su tez suave y morena; me temo que sigo amándole, es demasiado pronto quizá para olvidarle pero, aunque Magda jamás lo hará, Malena le abandonó hace mucho. Con Omid he descubierto una forma diferente de querer, más corpórea, más sensual. En ella, yo soy la protagonista. Lo son mis pechos, lo son mis manos, lo son mis labios. Es mi cuerpo y es el suyo. Él hace que me se sienta nueva, inexplorada; como entonces, cuando Rodrigo y yo nos acariciábamos con picardía de viejos pero tosquedad e inexperiencia de chiquillos, y ambos sentíamos una mezcla de cosquilleo y excitación que durante aquel primer viaje de adultos incipientes se prolongó durante todo el trayecto, unas ocho horas de ida y otras ocho de vuelta, cuando, mientras los demás cantaban, fumaban, bebían y contaban estupideces en la parte de atrás del autobús, él y yo empezamos a darnos cuenta de que queríamos ser más que amigos.


El aire de la noche aún no se ha enfriado, las cortinas se mueven titubeando mientras una brizna se cuela por el hueco que a regañadientes le dejan los árboles, altos y puntiagudos; tanto, que invaden casi mi minúscula terraza. Mario siempre los odió, como se puede odiar a un árbol. Decía que eran los responsables de que apenas circulara corriente cuando las calurosas noches de agosto asediaban nuestro cuarto. Sus palabras vuelven de forma irremisible a mis recuerdos, Magda le trae aprovechando la menor ocasión. En mi imaginación se cuela su mirada pícara de niño mimado, su voz profunda, su altivez. También su sonrisa, amable de vez en cuando, esbozada por unos labios finos y, ahora me lo parecen, demasiado sonrosados. Pero Malena consigue expulsarle del rincón de la memoria en el que se nos hace visible y enseguida recobra el mando. No sé desde cuándo es ella quien nos dirige pero, al observar a Omid, agradezco que sea así. Nunca antes había sentido esta contradicción. Por primera vez, a Magda y a Malena las oigo con nitidez como si no fuéramos solo una o tres partes muy íntimas de mí que, aunque dispares, se complementan.
La exigua brisa parece buscarme, se deleita conmigo o al menos así lo siento, tal vez porque mi piel continúa en estado de excitación y percibo mil veces magnificado el roce más vaporoso. El calor tímido que la impregna y me envuelve provoca que se me erice el cabello. Aprovecho para volver a mirar al hombre que está a mi lado. Me resulta muy hermoso, aunque tal vez no lo sea tanto. Su pecho sube y baja en un vaivén acompasado que, para mi deleite, sigue el mismo ritmo de mi respiración. Sus pulmones y los míos se hinchan y vacían en sincronía; poco importa si es así o no en realidad. Puede que esa impresión se deba a la insensatez generalizada que me desborda en esta noche mágica y que todo lo que experimento no sea en verdad lo que parece. Pero de repente él se mueve y sus ojos se abren. En mi mente iluminan la noche. Como en el amor renacentista, que Garcilaso me perdone, se fijan en los míos, las partículas de amor entran por mis pupilas, mi alma se inflama. Y ahora Garcilaso sí que debe perdonarme porque hasta aquí dura la semejanza en nuestro sentimiento. Y es que yo pretendo amar carnalmente a mi Isabel, si él se deja.
―¿Qué hora es? ¿Qué haces despierta? ―pregunta mi amado. No piensen mal, es puramente metafórico, para seguirle la broma al gran poeta, cuyos geniales versos releí hace muy poco; pero no soy tan ñoña, apenas le conozco y las flechas de Cupido solo han servido aún para meterle en mi cama. Mil gracias te doy por ello, dios de los enamorados.
―No lo sé, pero debe de ser temprano, aún no ha amanecido. Solo estaba mirándote. Perdona si te he despertado.
El techo parece mucho más bajo cuando la sombra de los árboles, los odiados, se cimbrea contra él. Omid apoya el codo sobre la almohada, sostiene su cabeza con una mano, se reclina sobre mí y con la otra comienza a revisar mi oreja. Parece que le gusta lo que encuentra porque sonríe y, muy despacio, acerca su boca a la mía. Magda se resiste, no quiere que nadie la toque, como si aún fuera de Mario, no puede soportar ni tan siquiera el olor de otro, no puede evitar sentir que le traiciona. Me aparto un poco pero Malena vence y al fin me relajo y consigo responder al beso que se infiltra en mí y ocupa uno a uno todos mis nombres.
―No importa. Así podemos aprovechar un poco más el tiempo ―continúa al separar de mí sus labios. Creo que pocas veces antes he sentido esta atracción que me hace desearle tanto. Deseo abrazar su espalda inmensa, su torso abultado. La piel de Mario quizás era más suave, pero me sabía a poco. Omid sabe en cambio a arroz con leche, a vainilla y limón, a dulce de membrillo. Será que llevo años hambrienta y su cuerpo calma ese apetito. Sin duda, prefiero el amor carnal al del poeta y él me demuestra que también.

(Leer fragmento II)

(La fotografía de cabecera es de mi amigo José de Miguel, que puedes ver en su blog de magníficas fotos)

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