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Primeros capítulos de Escrita en tu nombre

                                      

"Escrita en tu nombre" lleva varios meses entre las novelas más vendidas de Amazon: GRACIAS. Porque esto ha sucedido en parte gracias a ti, al lector que busca una literatura que le emocione y le haga sentir. Así intento yo que sean mis escritos y por eso sigo esforzándome cada día más. Pero no me enrollo, aquí te dejo algunos capítulos de esta novela, por si te animas a descubrir a una autora independiente que ha vendido ya más de 7000 novelas en Amazon, sola, sin ayuda, solo gracias a las  recomendaciones de los lectores. Si pinchas aquí, puedes descargarla en ese océano virtual amazónico que es Amazon. No tiene DRM.


Cloto, Láquesis y Átropo eran hijas de Zeus y de Temis, o podía ser también que fueran hijas de la Noche y que hubieran tenido la suerte de engendrarse a sí mismas, o la mala suerte; ni siquiera ellas podían saberlo. Y, a pesar de la diferencia de edad, se llevaban muy bien; y es que, si ellas, que se suponía que decidían el destino, no se llevaban bien, ¿quién iba a hacerlo? A lo mejor congeniaban tanto porque habían pasado miles de años siendo el paño de lágrimas de esos irresponsables humanos y eso unía mucho.
No todos eran iguales, tenían que reconocerlo. Algunos eran más irresponsables que otros. Incluso hubo un tiempo en que fueron mucho peores. También había bajado la cantidad de ofrendas y de oraciones que les dedicaban y de vez en cuando las dejaban un poco en paz y, cada vez más, los seres humanos se iban dando cuenta de que aquello no daba resultado y se iban haciendo cargo de sus actos. Les costaba, y mucho, pero al menos ya casi nadie les rezaba ni les ofrecía sacrificios. Como si ellas pudieran hacer algo por llevarles por el buen camino o por el malo. Para eso ellos se bastaban solitos. Pero en ocasiones les venía bien tener a alguien a quien colgar sus propios muertos, tanto los debidos a muerte natural como los otros; lo habían hecho ya desde la Antigüedad, cuando apenas se mantenían erguidos y acababan de descubrir el fuego.
Antes que ellas ya había habido muchos otros. El hombre era un experto en eso. Primero se los colgaron a las ánimas, luego a la magia y después a los dioses del Olimpo. Las Moiras no entendían muy bien cómo al final habían terminado reduciendo el número de cabezas de turco a una por cada religión pero antes les era mucho más fácil hallar alguna divinidad libre a quien echarle el mochuelo y así las culpas siempre tocaban a menos. Muy listos se creían los hombres, sí, tan listos que pasaron de la sumisión animista al chantaje religioso en cuestión de solo miles de años. Yo te rezo si tú me das. O, perfeccionando un poco la técnica, si tú decides, yo me lavo las manos, porque no puedo elegir. Y si además me perdonas los pecados con tres avemarías y un padre nuestro, ya ni te cuento.
Ellas estaban un poco hartas de eso. Pero al menos iban mejorando: ya pocos creían en ellas y además habían tenido muchos sustitutos a lo largo de la historia y no tenían que cargar solas con la fatalidad de toda la humanidad, que lo cierto es que pesaba mucho. También les había tocado una parte del ingente pastel a los profetas, luego a sus representados; a las brujas malas y a los templarios buenos; a la libertad, la igualdad y la fraternidad; y ahora..., ahora había demasiado lío y no se sabía bien a quién cargarle los muertos. Quizás dentro de nada el fútbol tuviera también su templo, si es que no tenía muchos ya, porque ahora hasta era complicado reconocer a los dioses y sus moradas. Al menos ellas no conseguían ver bien la diferencia entre algunos estadios y el Oráculo de Delfos.
Pero de una cosa sí estaban seguras: ellas existían, no les quedaba otro remedio, aunque fuera en los cuadros, en las estatuas o en los sueños. Y es que, sin el destino, el hombre no sabía a quién culpar cuando no podía reaccionar a tiempo, sobreponerse, luchar, no resistirse a su capricho, dejarse salvar, adaptarse o resignarse; o cuando abandonaba, renunciaba, se rendía o no tenía otro remedio. Y además, seguirían existiendo siempre porque ellas no habían surgido por el azar sino que estaban en la esencia del hombre, de todos los hombres. Al fin y al cabo, si después de millones de años estos pobres aún no habían aprendido, sería por algo.
A veces ellas apostaban a ver quiénes de entre los simples mortales conseguirían ser felices. Átropo solía ganar, que para eso era la mayor y decidía si cortar o no el hilo, pero hacía muy poco había perdido, cuando decidió apostar en contra del guía del Prado, Antonio Bernabé. Habían estado años observándole mientras hablaba sobre ellas a los visitantes del museo, cada vez más resentido, dejando que otros decidieran por él. Hasta que un día por fin se dio cuenta de que podía hacer más, mucho más, y empezó a poner todo su empeño en llegar a conseguir su sueño: actuar ante el público. Algunos dirían que había tenido suerte. Ellas sabían que se lo había ganado. No siempre daba resultado pero, aunque tenían tantos años como la humanidad y habían observado ya a millones de seres, aún no habían podido hallar a nadie a quien la suerte no le hubiera encontrado trabajando.




Cuánto te quise, es cierto, como dijo el poeta; o mejor, cuánto te quiero: ¿cómo no querer tus grandes ojos negros?
Y sus pupilas me atisban, me persiguen, me acosan, me alcanzan y se sonroja entonces mi tez. Son tus ojos; me atan.
Y me esconden en sus brillos de matices callados, de cadenas rosáceas de perpetua calidez; casi hipnotizada por ellos, humedeces mis labios, como rosas de frágil hermosura, como agua que les da de beber en un juramento de deber inquebrantable.
Son tus ojos, me atan.

Por fin conseguí tocarle. Qué duro, hacía tiempo que no tocaba nada tan duro. Tal y como me lo había imaginado la primera vez que le vi aparecer con sus pantalones negros, deliciosamente ajustados, y su sudadera gris, ceñida de necesidad, por la destartalada puerta del gimnasio. Duro como una piedra pero con probabilidad homosexual, tan de moda en estos momentos. Eso pensé, aunque esa opinión no fuera propia de mí: Malena para quienes más me quieren, Magda para algunos durante demasiado tiempo, Magdalena según me bautizaron, solo yo para mí misma. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Más vale tarde que nunca: gracias por haberte encontrado. Sí, gracias por permitirte sentir, al fin.
Debe de ser la placidez que me invade después de haber sentido mi piel, la suya; mi alma, la suya; juntas y enredadas como si fueran una, por primera vez en mi vida. Por primera vez. Tiene que ser eso, la enajenación postcoito, la felicidad inmoral que transpira cada célula tras haber follado, como diría sin vacilar mi querida Laura. Aunque yo sigo casi sin poder contarlo como algo natural, como lo que es, como lo que llevaba tanto tiempo ansiando y por fin tuve; sin amor, pero menos da una piedra. Y es que siempre he preferido hacer el amor, a pesar de que ya no se lleve. Debo cambiar eso, debo cambiarlo, porque nunca antes me había sentido así. Como en otra galaxia donde yo soy el astro sol y todas las estrellas. Con él a mi lado.  
  
Tan duro como una roca; no logré sonrojarme cuando me dijo que quería pasar la noche conmigo porque lo había deseado tantas veces como las que me había preguntado a mí misma esta vez sí soy yo, y qué feliz me hace eso cómo semejante prodigio de la naturaleza iba siquiera a fijarse en mí. No estoy acostumbrada a tener que competir con mi físico: durante demasiado tiempo tuve amor o, mejor dicho, compañía segura. Y todo venía rodado. Pero tal vez su culo me haga olvidar aquello. Qué maravilla. Y está en mis manos. Si Laura pudiera verme ahora, seguro que diría algo así como ¡Ay que ver, Malena, qué puta te has vuelto!
Pero no era marica. Cuando ves a un hombre así, con ese cuerpo y esa cara y esos ojos y ese pelo y ese culo y ese culo, y treinta y tantos, o es marica o está casado. Y no piensen que empleo el término despectivamente: siempre he respetado, a secas, a los homosexuales; a todos, hasta a los que me han hecho volver a la lectura porque, a fuerza de repetirse en la televisión, la han convertido en algo aún menos soportable. Incluso digo “a secas” porque considero que no tenemos ningún derecho a usar otra expresión. Solo precisan nuestro respeto y no nuestra comprensión, ni mucho menos nuestra tolerancia. Creo que deben de pensar que toleremos a nuestra madre. Pero en ese momento estaba convencida de que algunas cosas no cambian. Con ese culo y esos hombros, o se es marica o se está casado. No existen más posibilidades. Así que cuando le veía llegar a las clases de yoga, el único hombre entre tanta fémina a esas horas de la tarde, observaba cada uno de sus movimientos perfectos, sinuosos, increíblemente acompasados siempre con mucho disimulo, para que no se me notara demasiado, pero sin perderme ni uno. Y esta situación de abstracción solía llevarme a abandonar mi estado normal de equilibrio y a torcerme un tobillo, que no era ni sigue siendo una de las partes con mayor estabilidad ni gracia de mi anatomía. O bien, si por el contrario resultaba ilesa, me iba a casa con una sensación libidinosa parecida a la que alguna vez disfruté con quince años, mucho antes de estar casada durante toda mi adolescencia y parte de mi madurez.
Y es que alguna vez no estuve casada. Eso me parece recordar. Me veo a mí misma con mis pantalones anchos y mi torera de tela vaquera, gris y nevada por más señas qué le vamos a hacer, era la moda, y con algunos kilos menos en la discoteca, esperando que alguno de esos chicos tan guapos se me acercara y me pidiera bailar las lentas las canciones lentas, toda una institución en aquella época. La de noviazgos que comenzaron escuchando de fondo una canción de George Michael, mientras apretábamos los codos con fuerza contra la cintura para que no hubiera forma humana ni divina de llegar a los pechos. O, más bien, mientras las otras apretaban sus codos; yo no, ni Magda ni Malena; en realidad, nosotras no disfrutamos de ese privilegio más que una vez en la que se me ocurrió besar al chico en cuestión, para experimentar la novedad, y resultó que el pobre estaba colado por mí, justo cuando a mí él no me interesaba demasiado. Así que, encima, aquel beso me costó un gran disgusto porque luego no supe bien cómo deshacerme de mi inesperado pretendiente.
No sé por qué, solía fijarme en los guapos. Aunque sin esperanzas, eran los guapos los que llamaban mi atención. Y no es que me considerara fea y pensara que no podía aspirar a que alguno reparara en mí. No era eso. Era solo que las demás siempre solían tener menos vergüenza y una ropa mucho más bonita; con quince años y en una discoteca, a menudo era todo lo que importaba. Lo mismo que con treinta, casi siempre. Por eso, en aquellos tugurios tan de moda entonces no estaba demasiado solicitada el culo de Omid vuelve a apabullar mis sentidos como demostración, quizá, de que las cosas sí cambian a veces y en el instituto sufrí peor suerte aún. Allí conseguí, les aseguro que sin proponérmelo, romper cuatro noviazgos pero sin que ninguno de los pretendientes me atrajera en realidad. Y es que no era muy avispada en eso de la seducción y les llevaba a confundir los sentimientos: para mí, ellos eran solo amigos; para ellos, yo enseguida me convertía en el objeto de su mendicante amor. Así que Magda se pasó parte de 2º y de 3º de B.U.P., allá por los 16 añitos, desfaciendo entuertos, como Don Quijote pero sin molinos.
Allí yo siempre era Magda. Con este nombre me llamaban todos en el instituto. Todos excepto Laura, mi mejor amiga desde que éramos unas crías, para quien siempre he sido Malena. También para una profesora de Filosofía de tercero, una mujer espigada y menuda que entonces me parecía viejísima aunque no alcanzaba la treintena. Ella, además de contarme el significado de mis otros nombres, me calificaba como “displicencia con patas” sin más razón que el que no demostrara demasiado interés en sus explicaciones sobre el ser o no ser, como muchos otros. Aquello es lo más curioso que me han llamado nunca, si exceptuamos lo que me debían de denominar las parejas de mis amigos-enamoriscados cuando, sin consultarme, les comunicaban formalmente que iban a salir conmigo y que las dejaban. Solo uno de ellos, que me conocía algo mejor que los demás, actuó con cierta inteligencia y en lugar de abandonar a su novia y volver con ella poco tiempo después, se bebió una botella entera de una de las bebidas más baratas y de mayor graduación alcohólica que encontró pueden creer que aún sigo sin explicarme dónde dejó el coma etílico para convencerse de que tenía que poner remedio a lo que comenzaba a sentir por mí y se impuso olvidarme. Cuando lo consiguió, intentó enseñarme a jugar al mus.
Ya que no vas a querer salir conmigo me dijo un día que hicimos pellas en la clase de Mates, por lo menos acepta ser mi compañera de timba.
Ya entonces me tocó a menudo ir contra corriente, como las truchas pero sin escamas lo que me faltaba, un par de aletas, al tener que soportar infinidad de chismes y desprecios, y descubrí también unos atributos de los que antes carecía: dos ovarios. Ahora puedo decirles que tendría que haberlos aprovechado más unos años después, pero entonces ya comencé a usarlos, aún con timidez, y pasé una gran parte del tiempo plantando cara a las dejadas y a su “camarilla”, curiosamente formada por aquellas amigas que se habían visto relegadas por la aparición del novio. A estas era a quienes más temía. Algunas incluso formaban parte de mi reducida pandilla, aunque en realidad yo prefería relacionarme con los chicos y de ellas no me fiaba demasiado. Y no sin razón. Nada más enterarse de lo que había pasado, me dejaban de hablar de forma implacable, sin ningún tipo de aviso ni de explicación, y empezaban su campaña “antimagda”: cuchicheos y mentiras de niñas tontas. El primer año lo pasé mal pero después comencé a usar esos nuevos atributos de los que les hablaba y adquirí una indiferencia indolente ante sus miradas malhumoradas. Y eso, paradójicamente, era lo que más les fastidiaba.
Pero en realidad nunca aprendí a manejar la situación, ni tampoco a jugar al mus, porque terminó el curso y al año siguiente nos asignaron turnos diferentes. Desde la distancia emocional que te proporciona la madurez, tengo que reconocer que el modo en que se olvidan las amistades juveniles resulta, cuando menos, curioso. Te pasabas un año compartiéndolo todo, llegando incluso a dormir en la misma casa para intentar preparar mejor los exámenes aunque acabaras haciendo cualquier cosa menos eso y no de índole sexual, como podría esperarse, te ibas de excursión a los sitios más aburridos que no podrían creer lo que une visitar museos cuando lo que te interesa de verdad es el fútbol, con frecuencia lo que más atrae a los chicos de quince, y, aunque empiece a no parecerlo, esto no va de las cosas que no cambian nunca y al año siguiente, por designios de la nueva distribución de las clases, te pasaban de segundo I a tercero J y dejabas de acordarte de nadie y nadie se acordaba ya de ti. Vuelta a empezar. De ese modo perdí yo a mis amigos más interesantes, aparte de por el insignificante detalle de que dejaran a sus novias para salir conmigo sin tener la gentileza de anunciármelo antes. Cuando el mal estaba hecho, ya no había marcha atrás: volver con la novia implicaba terminar de forma tajante la relación, aunque solo fuera de amistad, con Magda.
Y Magda tardó mucho en encontrar a alguien que le gustara de verdad, mucho en comparación con la media, que a los diecisiete años ya sabía todo lo que había que saber sobre sexo, condones, pastillas y revolcones en el parque. La media sabía todo eso, pero yo no. Yo solo fui precoz para las Matemáticas: a los cinco años ya había aprendido a dividir y a calcular reglas de tres. Pero el sexo tenía algo que no me cuadraba. En los números todo estaba escrito, había normas, métodos, procedimientos, teoremas, un mundo de paradigmas a los que recurrir y en los que me encontraba a mis anchas; sin embargo, el sexo era otra cosa. Para empezar, ni siquiera era capaz de llamarlo así. Omid ha hecho que le llame por su nombre, e incluso más, pero ahora tengo treinta y tres años y me han dejado, poco más o menos, así que puedo acostarme con quien me dé la gana. Entonces tenía la mitad, mucho miedo a lo que podría llegar y prácticamente solo chicos por amigos, por lo que, por culpa de mi filosofía de la vida y de la amistad, me resultaba aún más difícil encontrar a uno que fuera también amante o llegar siquiera a ofrecerle la oportunidad. Además, como ya les dije antes, las mujeres no me caían demasiado bien, a excepción de Laura, mi casi cuarta hermana.
Laura sí sabía de sexo o al menos sabía lo que era que un chico la besara e intentara meterle mano en la oscuridad de los pubs de los ochenta, pretensión a la que por aquel entonces aún no solía acceder. No mientras yo estuviera cerca. Pero ella es muy guapa. Sus ojos son grandes y de un color extraño imaginen, si les es posible, un topacio amarillo con incrustaciones verdes y su pelo es negro y muy lacio y abundante. Supongo que la profusión de cabellos los excita mucho. Nunca se lo ha cortado por encima de los hombros. La promesa. El juego de la adivinación. Laura me contaba luego lo que hacía con ellos, cómo la habían acariciado o qué nombre recibía cada beso. Siempre eran caricias superficiales, si es que una caricia puede serlo, y algunas zonas estaban prohibidas hasta un momento indeterminado en el tiempo, en la pasión o en la vida, que no teníamos nada claro cuándo ni cómo llegaría. A esos lugares no se podía llegar. Por eso los brazos bajaban sin vacilar a proteger los senos mientras bailábamos abrazados. Pero recuerden: mientras bailaban ellas, no yo. Aunque Malena deseaba seguir el ejemplo de Laura, Magda siempre reprimía ese sentimiento y me resignaba entonces a pasar la mayor parte de mi tiempo enfrascada en los estudios, porque no había forma de convencer a Magda y mis pretendientes tampoco llegaron a insistir lo suficiente como para conseguir que mi sexualidad se despertara.
En realidad hubo uno que podría haberla despertado de sopetón, cuyos ojos eran más profundos que los de los demás y conseguía que me pusiera muy nerviosa cada vez que se me acercaba. En el viaje de fin de curso, que no recuerdo por qué estúpida razón fue en el mes de marzo, Rodrigo y yo pasamos todo el camino en el autocar haciéndonos cosquillas. Primero yo le acariciaba la espalda, los hombros, el cuello, las orejas, el cuello, los hombros, los brazos, esa zona de delante del codo cuyo nombre buscaré algún día en Internet, se lo prometo y otra vez la espalda. Después, él me acariciaba a mí: los brazos, el cuello, las orejas… Con solo recordarlo se me eriza el cabello. Debería contarle esto a Omid, aunque hasta ahora no le ha hecho demasiada falta. Aún siento cada una de sus caricias. La piel tiene memoria; si cierro los ojos, repite con precisión el recorrido de sus manos, grandes pero extrañamente suaves. Qué poco podía imaginarme que pudieran serlo tanto. Nunca antes nadie se había tomado tanta molestia como para demostrármelo. Más bien al contrario, las caricias de Mario siempre habían sido secas, ausentes, frías, recelosas; era como si mi cuerpo le ahuyentara en lugar de atraerle. Al tocarme, apenas me miraba y sus besos eran calmados, huidizos, parecían divagar en otros besos, en otros labios. Y terminaban siempre antes de tiempo.
Pero no se despisten, que en breve les contaré quién es Mario. Casi toda la vida con él y al final tuvo que terminar así; sigo sin poder creerlo, menos mal que el daño que me ha hecho se diluye con el tiempo. Sin embargo, aún le veo en sueños: sus ojos negros, su cuerpo de atleta griego, su tez suave y morena; me temo que sigo amándole, es demasiado pronto quizá para olvidarle pero, aunque Magda jamás lo hará, Malena le abandonó hace mucho. Con Omid he descubierto una forma diferente de querer, más corpórea, más sensual. En ella, yo soy la protagonista, lo son mis pechos, lo son mis manos, lo son mis labios. Es mi cuerpo y es el suyo. Él hace que me se sienta nueva, inexplorada; como entonces, cuando Rodrigo y yo nos acariciábamos con picardía de viejos pero tosquedad e inexperiencia de chiquillos, y ambos sentíamos una mezcla de cosquilleo y excitación que durante aquel primer viaje de adultos incipientes se prolongó durante todo el trayecto, unas ocho horas de ida y otras ocho de vuelta, cuando, mientras los demás cantaban, fumaban, bebían y contaban estupideces en la parte de atrás del autobús, él y yo empezamos a darnos cuenta de que queríamos ser más que amigos.


El aire de la noche aún no se ha enfriado, las cortinas se mueven titubeando mientras una brizna se cuela por el hueco que, a regañadientes, le dejan los árboles, altos y puntiagudos; tanto, que invaden casi mi minúscula terraza. Mario siempre los odió, como se puede odiar a un árbol. Decía que eran los responsables de que apenas circulara corriente cuando las calurosas noches de agosto asediaban nuestro cuarto. Sus palabras vuelven de forma irremisible a mis recuerdos, Magda le trae aprovechando la menor ocasión. En mi imaginación se cuela su mirada pícara de niño mimado, su voz profunda, su altivez. También su sonrisa, amable de vez en cuando, esbozada por unos labios finos y, ahora me lo parecen, demasiado sonrosados. Pero Malena consigue expulsarle del rincón de la memoria en el que se nos hace visible y enseguida recobra el mando. No sé desde cuándo es ella quien nos dirige pero, al observar a Omid, agradezco que sea así. Nunca antes había sentido esta contradicción. Por primera vez, a Magda y a Malena las oigo con nitidez como si no fuéramos solo una o tres partes muy íntimas de mí que, aunque dispares, se complementan.
La exigua brisa parece buscarme, se deleita conmigo o al menos así lo siento, tal vez porque mi piel continúa en estado de excitación y percibo mil veces magnificado el roce más vaporoso. El calor tímido que la impregna y me envuelve provoca que se me erice el cabello. Aprovecho para volver a mirar al hombre que está a mi lado. Me resulta muy hermoso, aunque tal vez no lo sea tanto. Su pecho sube y baja en un vaivén acompasado que, para mi deleite, sigue el mismo ritmo de mi respiración. Sus pulmones y los míos se hinchan y vacían en sincronía; poco importa si es así o no en realidad. Puede que esa impresión se deba a la insensatez generalizada que me desborda en esta noche mágica y que todo lo que experimento no sea en verdad lo que parece. Pero de repente él se mueve y sus ojos se abren. En mi mente iluminan la noche. Como en el amor renacentista, que Garcilaso me perdone, se fijan en los míos, las partículas de amor entran por mis pupilas, mi alma se inflama. Y ahora Garcilaso sí que debe perdonarme porque hasta aquí dura la semejanza en nuestro sentimiento. Y es que yo pretendo amar carnalmente a mi Isabel, si él se deja.
¿Qué hora es? ¿Qué haces despierta? pregunta mi amado. No piensen mal, es puramente metafórico, para seguirle la broma al gran poeta, cuyos geniales versos releí hace muy poco; pero no soy tan ñoña, apenas le conozco y las flechas de Cupido solo han servido aún para meterle en mi cama. Mil gracias te doy por ello, dios de los enamorados.
No lo sé, pero debe de ser temprano, aún no ha amanecido. Solo estaba mirándote. Perdona si te he despertado.
El techo parece mucho más bajo cuando la sombra de los árboles, los odiados, se cimbrea contra él. Omid apoya el codo sobre la almohada, sostiene su cabeza con una mano, se reclina sobre mí y con la otra comienza a revisar mi oreja. Parece que le gusta lo que encuentra porque sonríe y, muy despacio, acerca su boca a la mía. Magda se resiste, no quiere que nadie la toque, como si aún fuera de Mario. No puede soportar ni tan siquiera el olor de otro, no puede dejar de sentir que le traiciona. Me aparto un poco pero Malena vence y al fin me relajo y consigo responder al beso que se infiltra en mí y ocupa uno a uno todos mis nombres.
No importa. Así podemos aprovechar un poco más el tiempo continúa al separar de mí sus labios. Creo que pocas veces antes he sentido esta atracción que me hace desearle tanto. Deseo abrazar su espalda inmensa, su torso abultado. La piel de Mario quizás era más suave, pero me sabía a poco. Omid sabe en cambio a arroz con leche, a vainilla y limón, a dulce de membrillo. Será que llevo años hambrienta y su cuerpo calma ese apetito. Sin duda, prefiero el amor carnal al del poeta y él me demuestra que también.


Creo que es en eso en lo que al hacernos adultos más cambiamos. Con diecisiete años yo creía en el amor platónico. Ahora sé que sin el otro, el amor real está incompleto. Y es posible que Rodrigo, el de mi instituto, hubiera podido enseñarme entonces ya esto, si le hubiera dejado. Porque en los cinco días que duró la excursión a las playas malagueñas y es que hay que ver lo pobres que éramos entonces en los que no dejó de llover, hablamos, nos reímos y nos escapamos a ver el amanecer en la playa, tumbados sobre una manta y helados hasta las pestañas, aunque felices, quizá de estar juntos. Pero él era tímido y yo idiota. Y volvimos sin saber muy bien qué había pasado ni qué podría pasar. Hasta que, de nuevo en uno de esos bailes de música lenta en la discoteca de regreso en Madrid, me pidió salir. Aquello constituía el primer paso para llegar a mayores. Por fin. Pero yo tenía que pensarlo ya saben, era mi amigo y le rogué que me diera algún tiempo para contestarle. Justo el día que decidí anunciarle que sí, que quería ser suya para siempre, después de consultarlo con Laura quien evaluó las ventajas y los inconvenientes en unos diez minutos, más o menos, apareció con una novia que tenía en no sé qué club de deporte para medio ricos del que su familia era socia. Sé disimular hasta llegar al histrionismo si me lo propongo, así que hablé durante horas con aquella chica maravillosa y repugnante a la vez, quien incluso se alegró mucho de conocerme después de tanto tiempo oyendo hablar de mí. No saben lo que me alegré yo de conocerla después de tanto tiempo de no haber oído ni una palabra sobre ella.
Rodrigo nunca llegó a averiguar que ese día mi intención era contestarle, que llevaba días imaginando cómo serían sus besos y que aquella niña casi mujer consiguió que mi corazón se llevara el gran chasco de mi corta vida. Sin embargo, a él no le dije nada. Solo se lo conté a Laura, quien gracias a dios le puso a parir, y nos pintamos para la ocasión, nos vestimos de gala y nos fuimos a bailar, ya que, según ella, así era como se arreglaban esos asuntos.
Días después me enteré de que Rodrigo había dejado a su acompañante y de que una tal Antonia, una amiga suya experta en amores o eso se creía ella porque se había acostado ya con unos cuantos le había aconsejado que lo mejor que podía hacer para que saliera con él era darme celos y para ello usó a la niña casi mujer con quien salía de forma esporádica en el club y que andaba loca detrás de él. Pero la supuesta experta no contó con que yo no reaccionaría como ella suponía. En lugar de aferrarme a él, le dejé marchar. Me puse mi máscara encubridora de mí misma y se lo cedí a aquella niña de pelo castaño y sonrisa tímida que había perdido a su padre hacía poco y que me miraba como si supiera que iba a reaccionar como lo hice y que aquella era la única oportunidad que tenía de evitar perder a su novio.
¿Por qué lo hice? Ahora lo sé. Aquella fue la primera ocasión en la que conscientemente no pude anteponer mi placer o mi bienestar a los de los demás no saben cuánto deseaba que Rodrigo volviera a hacerme cosquillas en aquella zona de detrás del codo, ya saben, la de Internet pero no sería la última. Entonces comenzó ya a manifestarse uno de los rasgos de mi carácter que más disgustos me han dado. Pero ahora Rodrigo está casado con aquella chica indefensa y muy inteligente, e incluso tienen tres hijos, así que no me arrepiento de aquello, aunque sí me arrepentí muchas veces de no haber abofeteado a Antonia. Para que se metiera en sus asuntos.


Omid me acaricia el pelo, quizás piense que ya estoy dormida, no puede ni imaginar que no voy a volver a dormir jamás no vaya a ser que esta felicidad se duerma conmigo y no despierte nunca. Se levanta; está desnudo, completamente desnudo. Solo en el cine malo los actores se ponen una sábana por encima antes de levantarse de la cama para ir al baño. Son capaces de tirar al suelo a su amante haciéndole rodar por encima del colchón para cubrirse con algo. Siempre me reía con Mario cuando veíamos escenas similares en muchas películas, aunque no en las españolas; en estas, incluso se les ve meando. Pues claro, ¿es que los americanos nunca mean? Porque nadie lo diría por sus pelis. Y todos son delgados, guapos y altos. Como Omid, es un milagro, guapo y alto. No puedo creer que esté en mi baño. Mario también lo era, pero él es tonto, siempre lo ha sido, aunque sus grandes ojos negros no lo demostraran y lograran deslumbrarte durante un tiempo. De otro modo, no habría hecho que perdiéramos parte de nuestra vida en un engaño.
Después de Rodrigo, al final me enamoré de Mario. Fueron sus ojos, estoy segura, sus ojos negros los que a él me ataron durante casi quince años.
Laura y yo habíamos quedado para dar una vuelta por el pueblo. Estábamos en fiestas y todos salían y entraban sin cesar en los bares, se subían y bajaban de los cacharros de la feria y se apretujaban en los chiringuitos que las peñas montaban en viejos locales o en la misma calle, donde se bailaba, se bebía y se comía sin parar. Y, además, se miraba. Allí nos reuníamos los jóvenes del pueblo y todos terminábamos conociéndonos antes o después. En aquella época solía hacer frío, pero esa noche había comenzado con una tibieza en el ambiente que parecía provenir de la gente, más que de un fenómeno atmosférico. No llovía, no hacía viento, no estaba nublado. Tan solo una turba de personas paseaba por las calles y se escuchaba la música y los gritos de los paseantes y de los que pretendían cantar. Las guirnaldas de luces iluminaban el agua gris, con pedazos de fiesta, en la fuente de la plaza. Nos acompañaban unos amigos de la hermana de Laura, mayores que nosotras, y no teníamos hora para llegar a casa. Ella se movía como pez en el agua entre miles de chicos que la rodeaban, siempre la rodeaban. A eso estábamos las dos acostumbradas. Yo bailaba con uno de mis amigos del instituto que se había acercado por allí con su grupo. Entonces le vi; me miraba persistentemente mientras con una mano sujetaba un mini de cerveza y con la otra me hacía señas para que me acercara.
Laura ¿conoces a ese? pero Laura ni le miró, solo me sonrió y siguió jugueteando con otro de sus admiradores. Solté a mi acompañante y le dejé allí donde se quedó de pie. No era cuestión de no hacer caso a un chico como aquel, tan atractivo, cuyos ojos magos seguían sin apartarse de mí. Como si eso fuera a ocurrirme alguna otra vez en la vida. Así que me dirigí hacia él. Pero, en el trayecto, mi compañero de clase resbaló hasta caer a plomo sobre el suelo. Me desvié para recogerle y, cuando le hube vuelto a dejar en una posición medianamente decorosa, reanudé mi camino. Para mi desesperación, Mario ya había desaparecido. Por supuesto, me empeñé en olvidarle pero mi subconsciente no me hizo caso. Aquella noche soñé que me besaba, que me enamoraba con locura de él y por qué no, era mi sueño él hacía lo propio conmigo. Cuando desperté, sentí una mezcla de excitación, rabia y atontamiento, supongo que debido a la cerveza de la noche pasada. Laura se levantó un rato después y, mientras tomábamos leche con Colacao y muchas galletas para desayunar, se lo conté.
Te apuesto una hamburguesa con patatas y tortitas con nata a que terminas saliendo con él me dijo, siempre tan optimista y tan glotona.
Laura, estás como una cabra, no le conozco de nada y no creo que vuelva a verle.
Ya veremos medio gritó, mientras se encaminaba hacia la ducha.
Al cabo de unas semanas me llevé la sorpresa de mi vida cuando el protagonista de mi sueño apareció en el instituto para ver a uno de mis compañeros de clase. Así que los milagros existen, al menos cuando se tienen dieciséis años y son tan nimios como ese.


Pues claro que los milagros existen, Malena, o si no, levanta la cabeza y dime qué hace ese tío metiéndose en tu cama. Omid es más que un milagro, es casi una bendición y menos mal que no soy creyente porque si lo fuera podría proferir alguna que otra blasfemia. Se tiende a mi lado y se tapa con mis sábanas. Su pecho terso y todavía algo húmedo se pega en un lengüetazo a mi espalda. Sus brazos rodean mi alma. Mi vida se diluye, se deshace la sórdida pesadumbre de mis recuerdos. Gracias, amor mío, por no ser marica.
Pero, aunque tal vez los milagros existan, es segurísimo que no vienen en tandas. E incluso, a veces, no lo son más que en nuestra imaginación y lo que en un principio se suponía un deseo se termina convirtiendo en una realidad insoportable. Eso, más o menos, fue lo que sucedió con el milagro de Mario. Y aunque ahora creo que no fue sino la mala suerte la que se cebó conmigo, entonces pensé que debía agradecérselo a mi destino: solo eso podía explicar que mi recién estrenado amado jugara en el equipo de fútbol con una buena parte de mis amigos de clase. Así que, al final, mi fantasía podía llegar a materializarse.
Ya puedes ir ahorrando, Malena me soltó Laura cuando le conté que aquel chico con el que había soñado en las fiestas conocía a Regino, a Borja y a muchos otros de mi curso. Me voy a poner morada repetía. Entonces no teníamos ningún problema con el peso. Parecía que todo lo que comíamos servía para alimentar a otras cuatro o cinco personitas que vivían dentro de nuestros cuerpos y que se repartían los kilos. Delgadas, delgadas, delgadas. E ilusas, ilusas, ilusas porque creíamos que eso importaba algo como si la felicidad se pudiera medir alguna vez según el agujero en el que se abrocha uno el cinturón, pero, por ello, felices. Laura parecía una muñequita de porcelana, con los labios gruesos de color frambuesa, el culo prieto como una manzana o, mejor, como una pera y la vida encumbrada en su mirada. Y yo era menos muñequita pero tenía cierto encanto, que aún mantengo, aunque sea lo único que no ha cambiado en mi físico con el tiempo.
Malena, cariño, tienes que ir a ver cómo se entrena. Seguro que se fija en ti, hazme caso se empeñaba en repetir Laura por el día y por la noche. Y por si acaso no seguía su consejo y para no perder la apuesta, se aseguró de que todos los amigos de Mario se enteraran de que Malena estaba loca por él. Pero algo dentro de mí me impedía ir más allá, no fuera a rechazarme, y así, mientras ella se mantenía ocupada investigando con esmero a los hombres para después contármelo con profusión de detalles, yo seguía alimentando mi amor platónico por él, muy a escondidas, para que no se me notara nada, a pesar de que por el instituto corría la voz de que la inquebrantable Magda estaba muy enamorada. Para matar a Laura. Así que yo continuaba pensando en él, aunque procurando mantenerme a salvo. Intentaba cruzarme con su sombra cuando se acercaba a ver a alguno de sus compañeros de equipo, pero siempre conservando una capa de invisibilidad que pudiera ampararme ante posibles peligros. Qué le vamos a hacer, siempre he sido tímida y ya saben un poco idiota. Así que pasó mucho tiempo antes de que Mario, alentado cada día por un amigo distinto, empezara a fijarse en mí, porque él no se acordaba de haber llamado a una chica como yo en ninguna fiesta patronal y mucho menos de que ella no hubiera acudido a su llamada. Cómo iba él a haber sido ninguneado por una niña delgaducha y de pelo ondulado y sedoso, pero poco vistoso no se vayan a pensar, con la vista perdida en un universo de quásares y moléculas, integrales y silencio. Por suerte, al fin llegó el verano y pude olvidarme durante algún tiempo de sus ojos.
Con el calor sobrevenía la inactividad y Laura y yo podíamos dedicarnos a lo que más nos gustaba: pasear, charlar, hacer planes para cuando nos hiciéramos adultas y pudiéramos viajar, ver mundo, conocer otros lugares, otras gentes y, cómo no, algún chico más guapo y más tierno de lo que ese pueblo, tan insustancial y zafio, podía ofrecernos. ¿Ven ustedes?, acabo de encontrar algo que sí ha cambiado con el tiempo. Los niños han dejado de jugar unos con otros, sin maquinitas de por medio. Ya no saben hacerlo, sobre todo si tienen que mojarse y correr y sudar, o tal vez sea que no les dejan, no vaya a ser que sigan siendo unos críos demasiado tiempo. Nosotros corríamos unos tras otros durante las doce horas diarias que nuestras madres nos echaban, literalmente, a la calle. Después de plantearme en alguna ocasión tener un hijo y de observar el comportamiento de algunos de los de los demás mientras saltan con los zapatos puestos sobre mi sofá, no entiendo cómo nuestras madres, sufridas y siempre madres, podían soportar un promedio de cuatro o cinco mochuelos por casa y cómo las doce horas no eran dieciséis, más ocho horas de sueño, veinticuatro. Asunto arreglado. Ese tiempo era el que empleábamos nosotros en jugar al escondite, al rescate, al látigo o a la goma. Pero no se asusten porque mi historia no pretende llegar a una época tan lejana. Tan solo deseo retenerla porque, en el fondo, la añoro. Añoro su sencillez, la seguridad que da la dependencia de otros y, sobre todo, la simplicidad que implica la asexualidad de la infancia, que no te impulsa a buscar una pareja con el ansia con que se persigue en la madurez. También añoro la juventud, como la mayoría de ustedes, estoy segura, pero menos que aquella época de la que mi recuerdo más tierno evoca el baño de antes de la cena, conjunto con algunos de mis hermanos para ahorrar agua y gas, y cómo nos sentábamos después con mi padre a ver la película del miércoles, que era cuando él libraba, a veces.


Omid me sorprende con su placidez de niño mimoso y arrugado. Se ha quedado dormido. Qué poder hay en observar el sueño de otros, su descanso, a veces su inquietud. Sería tan fácil hacerle daño. Pero, ¿cómo podría? Él ha logrado que me resarza de muchos años en solo unos días o, para qué engañarme, en solo un minuto. Ignoro lo que sucederá de aquí en adelante, pero no puedo ignorar lo que me hizo sentir hace unas horas: la dulce sensación que se contagia aún con el recuerdo. Besos de lluvia, húmeda y profunda, caricias de plata que siguen fundidas con mi alma. Sexo sin amor. Qué poco importa cuando sirve para olvidar amor sin sexo. Sin embargo, aunque no le ame, me siento muy cerca de él, mucho más de lo que nunca estuve de Mario. Y se me hace muy extraño descubrirme tan próxima a un hombre al que apenas conozco, pero lo cierto es que me duele pensar que dentro de unas horas ya no podré espiarle así, indefenso y tan ajeno.
El ruido insolente del autobús que pasa por mi calle se estampa contra el cabecero de la cama. Pero a él no parece importarle. Duerme como un bebé de pecho, con la quietud de saber que nada le perturbará. No te preocupes, amor mío, que yo estoy aquí para que nada te ocurra, para que nadie te haga daño. Como en una lección recién aprendida en un subconsciente nuevo, me levanto y cierro la ventana; he de impedir que el ruido obsceno consiga entrar y malograr su sueño. Desde este rincón, la luna se ve como un círculo cerrado que desafía soberbio mi guardia e introduce su destello hasta el fondo de la habitación. Él se estremece en ese instante y la mitad de su cuerpo queda iluminada por una luz blanca y brillante que lo resalta mucho más, al contraponerse con la penumbra que esconde el resto. Instintivamente, Malena necesita verle desnudo; confirmar, como un macho recién estrenado en las lides del amor, que su conquista es la más espléndida. Y Magda llora, se resiste a seguir traicionando a Mario, pero Malena la aparta y me acerco por tanto a retirar la sábana que tapa su figura esbelta de perfiles difuminados. Con la luz como cómplice la observo completa. Jamás vi así a Mario; jamás pensé que vería así a nadie.
En un segundo, una nube maldita se apodera de mi aliada y la imagen que escruto se desvanece entre las sombras. Pero no puedo consentirlo y me convierto en pagana para invocar a cualquier dios que quiera escucharme y le ofrezco mi vida a cambio de volver a contemplar ese vientre magnífico. Aun sabiendo que no ha sido obra suya, le atribuyo la victoria cuando la nube odiosa deja de tapar la luna y la desnudez de Omid vuelve a desparramarse sobre las sábanas. Su pecho es ancho, sus muslos esbeltos, sus hombros torneados. La punzada de vergüenza por observar así a un hombre del que no sé nada llega por fin. Magda la aprovecha para intentar convencerme de que baje la persiana, le tape y me duerma, aunque sea a su lado. Pero Malena vence. Me acerco en silencio a por la cámara y el trípode; hace poco que he aprendido a hacer fotos sin luz y los coloco en el mejor ángulo para poder acaparar en un instante la esencia de mi amado. Su cuerpo entre sombras y claros es lo más bello que he visto nunca. Si lo atrapo en un negativo, será mío para siempre.


Ojalá me hubiera apropiado así de una parte de mi pasado, al menos del que compartí con Laura, de quien no conservo ni una sola foto. Quizás porque al final jamás viajamos juntas como habíamos imaginado tantas veces y también porque, con quince años, nadie te avisa de que no hay nada que dure siempre y de que, si quieres conservar un recuerdo, no basta con almacenarlo en tu corazón, cuya memoria es efímera y va borrándose con cada uno de sus latidos.
En los largos veranos de aquella época, Laura y yo pasamos mucho tiempo juntas planeando los exóticos viajes que emprenderíamos cuando llegáramos a adultas quizá aún estemos a tiempo porque no he llegado a averiguar cuál es la edad que te confiere ese grado en la existencia. También hablábamos de cómo sería nuestra vida, dónde trabajaríamos, qué coche tendríamos… las cosas más importantes para dos niñas sin demasiadas aspiraciones más allá de vivir y ver y soñar. Y, cómo no, el tema más importante, alrededor del que rondaban las palabras cual caballos de cartón amarrados a un palo de feria, era el amor. En torno a él giraba nuestra conversación preferida pero, para llegar a tratarlo con toda la relevancia que requería, debíamos estar relajadas, tumbadas en la misma cama, con los ojos mirando hacia la oscuridad quebradiza del techo, un vaso de agua helada preparado en la mesita de noche y sin padres ni hermanos cerca que pudieran interrumpirnos. Había muchos fines de semana en que podíamos disfrutar de esa soledad compartida porque los padres de Laura solían irse a una casita de campo que tenían en un pueblo a pocos kilómetros de Madrid, a la que llamábamos “la parcela”, y a veces nos quedábamos las dos en su piso a cargo de su hermana mayor que, gracias a dios o a cualquiera de sus numerosos amigos, desaparecía la mayor parte del tiempo y nos dejaba pasar así las noches y gran parte de las mañanas enfrascadas en charlas sobre lo trascendental.
Qué intuición tiene este hombre. Le basta con oír que pienso en sexo y se gira para abrazarme. Podría volver a enredarme en él, una y cuatro veces más, sin abandonar la cama ni siquiera para comer. Ya como todos los días pero el amor no lo hago nunca. Y mis jugos pueden esperar, los del estómago; los otros están alteradísimos. Jamás lo han estado tanto. Su mirada me ablanda, sus manos me perfilan, sus besos me moldean. Está hecho para abrazarme o tal vez sea yo la que está hecha para sus abrazos. Poco importa en este sueño tan maravilloso… porque esto es un sueño. Seguro y, Malena, en él destilas una obscenidad insospechada. Y es que le deseo, deseo que siga acariciándome, que sus manos me modelen como barro frío y pringoso, que me humedezcan y me amasen, deseo que no cese nunca ese hormigueo que sale de mi vientre, el palpitar de mi cerebro, la convulsión de mis entrañas. Pero se paran:
Malena vaya, ha elegido a la más tierna. Seguro que quiere irse. ¿Otra vez despierta? ¿Qué te sucede ahora? ¿Estás mirándome de nuevo? sus ojos se entreabren formando una expresión burlona aunque simpática. Me acerco y le doy un beso en cada párpado, qué le voy a hacer, siempre me ha gustado hacer de hermana.
No me pasa nada. Soy muy feliz; solo quería que esta noche no terminara nunca y si hubiera dormido mucho, habría sido más corta, tenía que soltarle la chorrada, me apetece y, total, si en un par de horas se habrá desvanecido igualmente de mi cama. Me mira, su sonrisa inunda de brisa el cuarto, voy a tener que abrir la ventana para que no desborde. Se recuesta sobre mí y juguetea con mis rizos, ahora aplastados de tanto trote. Sus dedos calientes se enredan en mi pelo. Si sigue mirándome de esta forma, tendré que desaparecer. Desapareceré hasta que tenga dónde esconderme o hasta que sepa cómo responderle. Pero él no me concede tanto tiempo; una vez se ha aburrido de su juego, lo abandona para concentrarse en mi cuello y sube su mano hasta mi sien dejando una huella de estremecimiento en cada poro que recorre. Llega detrás de la oreja y continúa camino de la clavícula, que rastrea con minuciosidad de amante virgen sin descansar ni un instante, y me hace cosquillas, unas cosquillas nuevas, atrevidas, libidinosas. Por último, sus dedos sutiles deshacen el camino y se instalan cómodos en mi boca. Apenas la rozan de un lado a otro con calma, con ternura, con voluntad, recreándose en cada minúsculo pliegue, siguiendo con mimo su línea superior, deteniéndose en la comisura de los labios, que se abren. Mi piel se eriza, mi vientre se estremece, mis pechos se yerguen.
De nuevo, Magda quiere correr a ocultarse y Malena se resiste; se siente a sus anchas en este papel desconocido y fascinante. Permanezco inmóvil mirándole mientras decidimos qué hacer. Pero él decide por nosotras y las tres recibimos el beso: dulce, lento, profundo, espléndido, jugoso, ardiente, inmenso. Un beso que permanecerá allí para siempre, absorto entre mi deseo.
Eres preciosa susurra mientras vuelve a mirarme desde lo alto, y tienes una habitación muy original sonríe de nuevo a la vez que busca confirmación a sus palabras escudriñando el cuarto. Salgo de viaje esta semana pero me gustaría volver a verte.
Pronuncia cada frase con una seguridad que me desarma, como si supiera de antemano cuál será mi contestación o como si estuviera preparado para recibir cualquiera. Me cuesta asimilar lo que dice pero Malena está atenta:
A mí también me gustaría. Y mucho contesto enseguida, no quiero que Magda me estropee el momento; sé que le encantaría, te agradezco muchísimo esta noche. Ha sido fantástica, no puedes imaginarte cuánto.
Sigue sonriendo y, como respuesta, reposa su cabeza en mi pecho. Durante unos segundos puedo imaginar que se quedará allí. Pero no es así y, aunque me resisto, se levanta de la cama y continúa:
¿Te gusta el zumo de naranja? veo salir de la habitación a Desmayo y guiñarme un ojo. Tengo hambre. ¿Tienes naranjas? Me gustaría preparar algo para desayunar. Dime, ¿te apetece un zumo? Desmayo vuelve a asomarse y me guiña el otro ojo.
Sí, claro. En algún armario de la cocina tiene que haber un cachivache de esos para exprimir. También creo que hay queso y pan de molde. No encontrarás mucho más, pero coge lo que te apetezca.
Mientras su culo y él salen de la habitación no sé debido a qué milagro no chocan con Desmayo, intento recuperarme. No es para menos. De nuevo yo creía que esto solo pasaba en las películas americanas; las españolas son más realistas y, por lo general, en ellas el tío se da la vuelta y se queda esperando incómodo por estar en la misma cama que una desconocida a que ella, más incómoda que él e intentando cubrirse como puede su desnudez acusadora, se levante para ir al baño. Es en ese instante fugaz cuando él aprovecha para vestirse y espera en la puerta pensando qué excusa aducir cuando desaparezca para siempre. La vida misma. Los americanos o, mejor dicho, los estadounidenses, que aunque lo pretendan no es lo mismo, deben de vivir de otra manera y Omid debe de ser de alguna parte de Madison, Wisconsin, o quizás de California, y seguro que su teléfono empieza por 555.
Quizás fue tras ver una de esas películas malas que me hacen desvariar cuando volví a encontrarme a Mario a quien había visto por última vez rondando por el instituto antes de concluir las clases, porque el plan de Laura no había funcionado. Todas las actividades deportivas municipales cesaban durante el verano. Y en un pueblucho como el nuestro no iba a ser menos. No cerraban la piscina porque en algo teníamos que gastar el tiempo los pobres en la época estival para que no se nos ocurrieran otras acciones más subversivas. Mejor ocupados, que podíamos pensar menos. Aquel verano pasó con más pena que gloria, ya que Laura sí salía y con ella se iba una parte de mí. Yo me dedicaba entonces a leer, porque, por alguna razón oculta y perversa, también mantenían abierta la biblioteca, y de esa forma conseguía acortar el tiempo que pasábamos separadas. Además, ese año me consideraba afortunada porque solo me quedaba un curso para ir a la universidad, con beca, por supuesto. Pero eso nadie tenía por qué saberlo; podía ser una de tantas raras con pinta de progre de las que veía pasar hacia la Renfe cuando yo me dirigía al instituto. Seguro que eran tan pobres como yo pero estaban igual de ilusionadas por aprender y por llegar a ser algo en la vida.
Lo de pobre habría que matizarlo. En la práctica no lo era, en mi casa nunca faltó de comer e incluso comíamos bien, íbamos bien vestidos y calzados y todos estudiamos hasta lo que nos dio la inteligencia o la aplicación, pero mi madre sopesaba cada peseta que se gastaba y en qué la invertía. Por eso casi nunca salíamos a restaurantes, aparte de los diversos búrgueres que por aquel entonces comenzaron su invasión pacífica para no desaparecer jamás, y muy poco al cine o a ningún otro espectáculo; la ropa pasaba temporada tras temporada de los mayores a los pequeños, a no ser que se diera alguna causa de fuerza mayor y entiendan por ello a mi hermana menor cortando con unas tijeras las mangas de una camisa heredada que no quería ponerse; y jamás fuimos a un hotel a pasar ni una mísera semana en agosto, ni aun en septiembre, en algo que se pudiera haber considerado de algún modo veraneo. Aquello tampoco era raro en esa época. Muy pocos eran tan afortunados como para disfrutar de esos lujos sin los que ahora no podemos vivir; entonces era normal y, al menos en nuestro entorno, era un exceso incluso salir de viaje, a la playa o a cualquier otro sitio que no fuera el pueblo de los abuelos.
Mis padres trabajaban, trabajaban, no libraban casi nunca y las vacaciones ese año se nos terminaron antes de empezar al aparecer un día mi madre y anunciar, mientras mi padre miraba hacia otro lado, que el regalo de los Reyes Magos ese año iba a ser otro hermanito, el quinto, cuando yo ya podía hacerles de canguro. Y además no había mentido: el regalo, el único, fue el que había anunciado mi madre. Y es que los pocos juguetes que les habían encargado y que se habían dignado a traer se habían adelantado y, para que no los descubriéramos antes de tiempo, los habían guardado en el maletero de nuestro coche, que no funcionaba demasiado bien y que, en el colmo de la mala leche, nos robaron la víspera de Reyes supongo que utilizando para arrancarlo la misma técnica que empleaba mi padre: dejarlo caer con la marcha metida por la cuesta del parque. No volvimos a verle ni la matrícula y los ladrones ni siquiera tuvieron la decencia de dejarnos al menos un caballito de madera que había pedido mi hermana pequeña y que en el sillín tenía grabado su nombre. Así que, cuando en lugar de un bebé aparecieron dos, todos lo tomamos como un regalo más grande de lo esperado y no abrimos la boca el día seis, al comprobar que no había más que dulces y algunos libros en los zapatos, los cuales, eso sí, estaban lustrosísimos; incluso demasiado, teniendo en cuenta su deslucido y patético contenido. Por eso, no éramos lo que se dice pobres pero no teníamos demasiadas alegrías.
El día a día era duro; con seis hijos, mi madre no daba abasto y menos mal que éramos cuatro chicas y entre todas nos repartíamos las tareas y cuidábamos unas de otras mientras mis padres apenas tenían un día libre a la semana para descansar. La imagen que veo impresa, en blanco y negro como era de esperar, de aquella época es la de un hombre con el pelo que empieza a ser canoso antes de tiempo, muy rizado y abundante, la nariz larga y afilada, los ojos oscuros y la vida cansada que mete los pies en un barreño de plástico rojo, con agua ardiendo y sal en abundancia. Eso le permitía embutirse los zapatos y permanecer de pie otras catorce horas. Él era camarero y, aunque por aquel entonces el bar era un pub y el negocio ya era suyo, que no el local, no daba para muchos despilfarros.


Pero, volviendo a aquel verano, pasó como muchos otros, con un calor asfixiante y mi cuerpo tostado por el sol infame de Madrid que caía irreverente y amarillo pollito sobre mí y mis cinco hermanos mientras matábamos el tiempo en las piscinas municipales. Y por fin, al llegar septiembre, Laura llegó con él y con ella mis ganas de salir. El primer martes del mes, lo recuerdo como si fuera a ser mañana, quedamos para ir al Museo del Prado. Tenía que entregar un último trabajo que me había mandado mi profesora de latín para subirme la nota a sobresaliente y debía estudiar un cuadro de Goya que estaba expuesto allí y relacionarlo con cierta experiencia vital valiosísima, según ella, y que, si les soy sincera, no he entendido bien hasta hace muy poco. No me apetecía ir sola y Laura se ofreció a acompañarme. La pintura no nos gustó, era demasiado tenebrosa, pero el guía la explicaba entusiasmado:
Miren..., la mujer de la izquierda, que podría personificar a Cloto, enrolla con el hilo una pequeña figura humana envuelta en lo que parece un paño. Según la mitología griega, teje el hilo de la vida de cada persona y simboliza su destino. La que lleva el espejo, al fondo, es Láquesis. Hace que todos los acontecimientos que teje su hermana ocurran de manera fortuita. La figura de la derecha, la que está de espaldas y sostiene unas tijeras, representa a Átropo. Ella es la que corta el hilo y es tan caprichosa que ni siquiera se molesta en mirar la escena. Es la responsable de que los acontecimientos sean inexorables a pesar de su aparente casualidad y arbitrariedad.
El guía era un hombre de unos treinta años, con el pelo muy oscuro para lo blanca que tenía la piel. Se parecía un poco a alguno de los bustos que habíamos visto de pasada al buscar la sala donde estábamos, quizás porque demostraba la misma indolencia. Aunque, de vez en cuando, se detenía y nos miraba con seriedad, de uno en uno, como queriendo confirmar que le estábamos atendiendo, enseguida continuaba con su discurso sin apartar los ojos del lienzo. Apenas me daba tiempo a levantar el bolígrafo del cuaderno en el que tomaba apuntes.
La interpretación de este cuadro ha sido muy dificultosa desde el principio porque Goya cambió los símbolos míticos a su antojo. Según la que más me gusta, se supone que representa a las tres Moiras, para algunos, las hijas de Zeus y de Temis. Pero en la Teogonía de Hesiodo eran las hijas de la Noche y se engendraron a sí mismas, lo que podría entenderse como una alegoría de la oscuridad insondable de la suerte de cada uno. En la mitología romana se convirtieron en las Parcas y hay quien piensa que de su otra denominación, fata, que significa también destino u oráculo, procede la palabra hada. De esta concepción derivarían las famosas hadas de los cuentos actuales no pude dejar de visualizar a las tres regordetas haditas del cuento de Disney y compararlas con los tres monigotes maléficos que tenía delante, con todos mis respetos para Goya. Los ojos del guía se clavaron en mí; pensé que tal vez sería capaz también de leer la mente y las hadas desaparecieron por arte de magia.
No se preocupen, que ya termino... La palabra moira significa en griego parte o fase: la parte de existencia que nos toca vivir o también las tres fases de la vida o de la luna que reconocían los antiguos. En resumidas cuentas, al interpretar este cuadro, piensen ustedes como se pensaba en algún momento lejano de la historia: el hombre está limitado por su humanidad y, por tanto, por su Moira. Y somos tontos cuando olvidamos que la vida termina y no vivimos con intensidad todo lo que nos ofrece el presente: carpe diem, que diría Horacio; todo lo bueno de la vida, que diría mi padre.
Había muchos jóvenes en la sala y todos debíamos de haber visto “El Club de los Poetas Muertos” porque una risa estrepitosa retumbó en el recinto. No sé por qué, me quedé pensando en lo que el guía nos estaba diciendo. Recuerdo sus palabras y el cuadro con una minuciosidad extraña para los años que han pasado desde entonces. Quizás la razón fuera que aquella tarde iba a comenzar el resto de mi vida. Como podrán comprobar si siguen leyendo, no le hice el suficiente caso.
La Moira nos recuerda nuestra fragilidad. Y esa idea nos debería llevar a la búsqueda de lo que es disfrutar la vida para cada uno. Los griegos ya le daban valor a la existencia en sí misma y aceptaban su capricho, y reconocían que el único modo de escapar del tiempo, de ignorar a las Moiras, es disfrutar de cada instante. Señores, piensen ustedes si somos o no hipócritas, como lo entendían los griegos, que llamaban así a las máscaras que usaban en su inigualable teatro, al no hacer nada para guiar nuestro destino. Y cuando salgan de aquí, tal vez puedan preguntarse si ya es hora de quitarse o no la máscara para hacer caso a su Moira o para ignorarla.
Hablaba tan ensimismado que Laura y yo temimos que no fuera a terminar nunca y no dejábamos de mirarnos, impacientes ya por acabar. Y aunque gracias a él conseguí la matrícula, en cuanto vimos la oportunidad nos escabullimos del grupo y salimos del museo sin detenernos a ver ni una sola más de sus maravillas qué puedo decirles, teníamos demasiadas ganas de vivir la realidad y tanta cultura en una sola tarde nos había dejado exhaustas. Así que, al llegar al barrio, invité a mi amiga a tomar un helado junto al único cine que había en el pueblo y de allí salió Mario. Y Mario, para mi sorpresa, se acordaba de mí o eso me dijeron sus ojos cuando, estando Laura delante morenísima y más alta que nunca, se quedó mirándome.
Hola miré para atrás. No había nadie. Esperé a que Laura le contestara. No lo hizo. Debí de poner cara de tonta porque él sonrió y continuó. Cualquiera diría que no sabes hablar sus párpados se entrecerraron en un guiño que repetiría después millones de veces y que solo pretendía encandilar. ¿No te acuerdas de mí? Nos presentaron en el insti ni muerta podría haber olvidado que su amigo pasó delante de mí con él y, aun sabiendo por Laura que Magda le adoraba, siguió su camino sin detenerse. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. ¿Has estado de vacaciones?
Mis neuronas trataron de ponerse en marcha en muchas conexiones a la vez, axón, dendrita derecha, axón, dendrita izquierda… ¿Estará burlándose? ¿Dónde están los demás? Porque estas burlas suelen hacerse en grupo. ¿Le contesto?
Una de ellas de las dendritas, no se pierdan activó la conexión adecuada antes que las otras y superó el umbral que se requería para que mis labios se abrieran y una hebra de voz escapara por ellos.
Sí, no, bueno, quiero decir que estoy de vacaciones pero que no he salido. ¿Y tú? no sé lo que me contestó porque todas las neuronas debieron de colapsarse a la vez. Solo podía mirarle y parpadear. Menos mal, porque si hubiera dejado de hacerlo a lo peor me habría quedado ciega.
Lo siguiente que puedo recordar es que Laura me pellizcaba con disimulo y al mismo tiempo nos decía que se iba a casa a estudiar para un examen de inglés, que no existía, y me quedaba a solas con Mario.







Antonio Bernabé caminaba deprisa. Llegaba tarde al museo. Hoy tenía un grupo concertado. Serían como siempre jóvenes que no tenían ganas de que les contara nada sobre arte. Los martes eran los peores. Hacía mucho que se había percatado de que el día de la semana marcaba las características de sus visitantes. Los martes por la tarde tocaban los que no tenían nada mejor que hacer y se dejaban caer por allí para pasar el rato, junto con algún despistado al que le daba corte mostrar el mismo desinterés y al menos le prestaba atención cuando hablaba. Pero la mayoría no tenía ni idea de lo que estaba viendo, ni siquiera se habían molestado antes en mirar alguna información sobre lo que iban a visitar. ¿Para qué?, si ya se molestaba él en contárselo y lo olvidarían en cuanto salieran por la puerta del oeste, la que estaba más cerca del metro. Día tras día veía lo mismo, día tras día las mismas caras de "tú di lo que quieras que nosotros estamos deseando largarnos ya, pesado".
Los grupos que más le gustaban eran los de los sábados y los domingos si alguien iba a un museo el fin de semana era porque de verdad le apetecía estar allí. A veces, le sorprendían también algunos visitantes de las mañanas, los de los estudiantes mayores de arte o humanidades; o de los días de entrada gratuita, los miércoles, porque siempre recibía a alguien que hacía alguna pregunta inteligente o se paraba mucho en alguna de las esculturas o las pinturas que les iba enseñando, como si le interesara lo que había venido a ver. También adoraba a los extranjeros, sobre todo a los japoneses. Lo querían saber todo, lo miraban todo y lo apuntaban todo. Pero los martes llegaba a casa con la sensación de haber hecho el imbécil, de que su trabajo no le importaba a nadie y de que estaba desperdiciando el tiempo memorizando todos esos datos y ensayando su discurso frente al espejo para que nadie lo apreciara luego. Lo que más le exasperaba eran las risas de los visitantes de los jueves por la tarde. Eran los peores: casi todos rebotados de asignaturas de letras en carreras de ciencias que intentaban aprobar como fuera, no tenían ni idea de la materia y se jactaban de ello, incluso haciendo chistes tontos para el cuello de su chaqueta de los que sus compañeros se reían en alto para asegurarse la misma atención cuando les tocara el turno. No sabía por qué leches no se iban a pasar la tarde a otro lado, al cine o al parque, quizás; o mejor..., al cuerno.
Para Antonio, todos los días eran iguales: incoloros, insípidos, necios. Vacíos de todo lo que hacía que la vida no se pasara en gris. Él querría haber estudiado para ser actor, era su ilusión, su obsesión. Se sabía de memoria muchas de las tragedias de Shakespeare Hamlet, Otelo y también alguna comedia como El sueño de una noche de verano. Pero también amaba a Lope, su Castigo sin venganza o El alcalde de Zalamea eran grandiosas. Aunque su preferida era Don Carlos, porque Schiller le parecía el superhombre adelantado en busca de la libertad que a él le habría encantado ser. Había dramatizado tantas veces en su cuarto los lances del Marqués de Poza que conocía cada palabra en cada acto, cada expresión en el rostro y cada rima en los labios. Pero su padre se había negado a permitirle que intentara dedicarse a ello.
Todo tenía que ser serio en esa casa: las sábanas se planchaban de arriba abajo, de los encajes a los vivos, en perpendicular a los laterales; las mantelerías se compraban de algodón y vainica en blanco; los domingos se iba a misa de diez y los lunes y miércoles, a las cinco, al mercado de la Latina, porque era cuando recibían los mejores pescados; se decía buenas noches al irse a la cama, buenos días al levantarse y a partir de las doce buenas tardes; y nadie se iba de la mesa sin que todos hubieran terminado el postre. Hasta los platos de cada comida estaban sujetos a una norma: los de diario eran de loza blanca y sin dibujos, mientras que el sábado y el domingo se sacaba la vajilla de Santa Cecilia y la cubertería de plata vieja, bruñida con esmero cada seis de abril, que su padre había heredado de la abuela.
Antonio no había conseguido convencerle de ninguna manera de que le dejara estudiar Arte Dramático y se tuvo que conformar con matricularse en Filología. Pero no le había dado para mucho. Cuando terminó la carrera, no encontró trabajo, aunque tampoco lo buscó demasiado porque su arte no era escribir las obras sino conseguir que revivieran. Y prefirió pedirle que le ayudara a conseguir ese puesto en el museo a costa de pelotear mucho en su elegante despacho de Nuevos Ministerios, porque sus estudios no estaban tampoco entre los más valorados allí, pero así, al menos, su padre sabría de algún modo que su elección por sí sola no le había llevado a convertirse en un hombre de provecho.
No era el dinero lo que le molestaba: con su sueldo y con los viajes que hacía en verano de guía para jubilados que temían perderse en Praga vivía incluso bien, solo, sin verse obligado a acercarse al mercado a comprar el cochinillo que le servía su madre todos los domingos y que a él le había repugnado desde que, al encaramar su pequeño cuerpo sobre la silla para saber lo que había de comer, lo vio por primera vez sobre su mesa, recostado en la bandeja de plata de la abuela, con ese hocico respingón, redondo y pringoso apuntándole a los ojos. Lo que le roía por dentro no era eso: le molestaba sobre todo tener que dedicar su vida a tratar con personas a quienes les importaban una mierda las maravillas que él intentaba mostrarles. Al teatro va gente que quiere disfrutar de los milagros de la interpretación, ¿por qué a los museos iban muchos solo a pasar el rato? El arte era sublime; cualquiera lo era: la danza, la pintura, la escultura, la música, el teatro... su amado teatro. Mientras les iba soltando el mismo discurso de siempre sobre el cuadro de Goya, uno de sus favoritos, se encontró pensando que su Moira debía de estar muy enfadada con él, porque su destino no podía ser ese; se resistía a creer que tendría que pasar toda la vida haciendo un trabajo que odiaba solo porque su padre fuera un retrógrado aislado en un presente que le había abandonado. Ya era mayorcito, ¿por qué seguía permitiendo que le dirigiera? ¿Acaso no podía decidir él su destino? ¿Acaso debía seguir siendo guía hasta que se jubilara? Y... ¿dónde estaba escrito?
Para su padre, lo bueno de la vida era tener un trabajo decente y una mujer decente y una casa decente y unos hijos decentes. Para él, lo bueno de la vida era el teatro, ya fuera decente o no. Mientras miraba al grupo de los martes, que hoy le había prestado un poco más de atención de lo que le tenía acostumbrado, se fijó en dos chicas que venían juntas, las más jóvenes de la sala. Ambas tenían los ojos de un color extraño y le miraban sin parpadear. Pero una de ellas, la que haría de una Isabel de Valois fabulosa, parecía como si supiera lo que estaba pensando y le animara: "adelante, hazlo, haz lo que siempre has querido, no dejes que te marquen tu destino". Pero no podía ser. Eso solo pasaba en las películas o en el teatro. Sin embargo, le hizo pensar. Lo cierto es que las dos acababan de empezar a vivir. ¿Perderían como él el tiempo existiendo en los designios de otro o se atreverían a soñar? Y se le ocurrió que él mismo tampoco podía pasar su existencia sin haberlo intentado al menos. No podía seguir así, amargado, imaginando siempre lo que hubiera sucedido si se hubiera atrevido a llevar la contraria y a hacer lo que él quería y no lo que su padre le dictaba, como hacía su madre, como habían hecho incluso su tía y su abuela. Así que iba a ponérselo difícil a su Moira: o se ponía de su parte o se quitaba de en medio. Al llegar a su casa, de noche ya, charló por teléfono con su padre, como casi todas las noches. Él le contó que le dolía un poco el hombro, como siempre, y le recordó que le esperaban el domingo para comer cochinillo asado en la perpetua vajilla de su abuela. Pero esa vez, Antonio le explicó que ese día iba a estar ocupado. Y después de colgar, buscó en las Páginas amarillas las escuelas de Arte Dramático de Madrid y apuntó los nombres y los teléfonos, y se durmió pensando en que quizás aún estaba a tiempo.




Ella era diferente, lo supo la primera vez que la vio en su clase de yoga. Tampoco es que conociera a suficientes mujeres como para poder juzgar, pero esta le desconcertaba más que ninguna. Aparecía en el gimnasio con la cara lavada lo que constituía una singularidad porque, a pesar de lo que sería de esperar, pocas entraban allí sin maquillar y se ponía detrás. Él notaba que le miraba mucho pero que no se atrevía a acercársele. Estaba un poco harto de que su físico las echara para atrás: a veces le parecía más un obstáculo que una ayuda para conocerlas. Pero, por otro lado, tampoco estaba tan mal: levantaba un muro que conseguía evitarle escenas como las que había sufrido con chicas que creían que podían llevarse a la cama a quien desearan. Aunque en algún momento no le había importado que llevaran razón, cuando era mucho más joven y vivía en Londres. Sin embargo, ahora ya no quería perder el tiempo y ni siquiera el sexo fácil compensaba el tedio que le suponía tener que desembarazarse luego de cualquier forma de alguien de quien ni se había aprendido el nombre. Así que hacía muchos años ya que había decidido no verse obligado a eso y elegía bien con quién se acostaba.
 Y la había elegido a ella. Le había resultado difícil, porque, aunque podría parecerlo, Omid no era precisamente un conquistador. Su amigo Juan le animaba a que lo intentara como terapia, pero él no había encontrado aún la chispa a eso de tirarse a todo bicho viviente. Tampoco le había dado tiempo a probarlo lo suficiente. Solo se había intentado desenamorar de una mujer y de eso hacía muy poco. El amor no era su fuerte, ni tampoco su debilidad. Miradas lejanas, caricias anodinas. Hastío de lo no vital. La piel cansada de no ser escuchada. Tenía que acostumbrarse a ello. Así que quizás debía empezar a probar la variedad. Sin embargo, ni siquiera tenía interés en cuidar su cuerpo. Corría de vez en cuando e iba con frecuencia al gimnasio pero no entraba más que a las clases de yoga, porque la espiritualidad y el autocontrol que le exigía le permitían pensar en lo que necesitaba y desterrar de su cabeza lo que había decidido olvidar. Y no era fácil, porque Omid seguía experimentando a veces la sensación de estar ocupando un lugar indebido en la vida de otro.
Malena le había gustado casi desde el instante en que la conoció. Entró tarde y pidió disculpas con un susurro. Y luego pareció esfumarse parapetada tras la música ambiente que pretendía transportarles a algún lugar lejano perdido entre montañas donde el aire era puro y sano, y de las rocas resbalaban manantiales de agua helada. El incienso le picaba en el paladar y no conseguía inspirar lo suficiente para que le relajara. Ella se puso cerca y no volvió a hablar hasta que se despidió al finalizar la clase. Pero él la había visto muy bien. Y siguió viéndola. Vio que sus ojos cambiaban de color como cuando se tuesta el azúcar: con la luz se tornaban más claros, como si estuvieran incrustados en ámbar, y al volver a la oscuridad adquirían el matiz del caramelo, meloso y cristalino; y los abría mucho, como si quisiera verlo todo y mostrársele entera. Era menuda y más baja que él pero sus caderas le fascinaban: en cuanto las tuvo entre sus manos supo que le costaría olvidarlas. Siempre le habían atraído las mujeres con formas. Redondeadas, deliciosas. Además, a medida que fueron pasando los días, empezó a reír. Cuando no podía evitar perder el equilibrio con las posturas imposibles que intentaban imitar o solo por culpa de un chiste de alguno de los compañeros. Se reía a menudo, tanto que en ocasiones llegaba a molestarle porque su risa le impedía concentrarse en los ejercicios, pero se sorprendía al comprobar que el reproche se le pasaba deprisa y muy pronto se encontraba disfrutándola.
Quizás era porque deseaba llevársela a la cama desde que la vio hacer aquel bendito movimiento que había dejado al descubierto su estrecha cintura y su silueta sinuosa, y también una parte de las tiras de su ropa interior, que podía estar de moda pero no siempre favorecía. A ella sí. A Malena las dos cintas minúsculas no se le clavaban sino que se ajustaban a la parte superior de los glúteos lo justo para permitirle deleitarse imaginando cómo sería tocarlos. Y lo hacía, sí que lo hacía. Y también, en cuanto podía, la observaba. Con una mirada virgen de recuerdos y de alcobas gastadas, de silencios fatigosos y de gritos que hastiaban. La miraba y le gustaba hacerlo. Era fácil y cómodo y excitante. Y creía que ya no tenía a nadie mejor a quien mirar.
De algún modo, le parecía especial. Cuando se quedaban un rato en la cafetería del gimnasio, rodeados de gente que, como ellos, casi no se conocía, le hablaba de sí misma a duras penas y le escuchaba con interés mientras su mirada no vagaba en otras direcciones sino que se detenía en él como si su conversación la hipnotizara, mientras dejaba las manos apoyadas sobre la mesa y se acariciaba sus dedos largos y finos, de pianista olvidada. Eran pequeños matices como esos de ella los que le fascinaban. Le gustaba incluso cómo vestía. Omid no solía fijarse en la ropa de las mujeres ni tampoco en la de los hombres. Para él, no tenía importancia más allá de la necesidad de llevar algo que le cubriera o le abrigara; y además era demasiado despistado hasta para recordar lo que se había puesto él mismo el día anterior. Pero a Malena procuraba observarla cuando se iba del gimnasio, al salir del vestuario y perderse a lo lejos en la calle. Se sabía de memoria hasta cómo eran sus collares, del mismo color que los bolsos que solía colgarse en bandolera, a juego con los largos vestidos que rozaban el suelo y sus anchas camisolas que se ceñían bajo los pechos con amplios cinturones que le marcaban la exigua cintura. Bendita cintura. Esa expresión de los españoles tan curiosa para un musulmán casi venido a ateo era justo la que más le iba tanto a su cintura como a algunas otras partes de su cuerpo. Bendito cuerpo. Empezaba a pensar que llevaba demasiado tiempo solo, deseando desenamorarse pero solo, porque nunca antes se había fijado en tantos detalles. 
Sin embargo, de no haber sido por esa sensación libidinosa que no podía dominar al contemplarla, habría deseado más cuidar de ella que tenerla, porque su forma de moverse y de hablar y de mirar no parecían los de una mujer madura, sino los de una niña, precoz, pero insegura y cándida. A veces llevaba el cabello recogido. A Omid le gustaban las mujeres con el pelo largo y suelto, aunque no prefería ningún color. Era como comer tarta de chocolate o de frambuesas: si te tentaba el dulce y tenía los ingredientes precisos, lo mismo daba. Pero cuando en la clase ella usaba un gran pasador para enrollarse su melena, sus rasgos se le dulcificaban como los de las bailarinas de ballet, delicadas e irreales, y le agradaba imaginarla así, como salida de un gran escenario clásico; quizás le habían cansado ya las mujeres de mirada maliciosa y gestos salvajes y necesitaba endulzar su vida.
Así que fue él quien dio el paso. La calle estaba saturada de voces y silencios; los autobuses giraban en la rotonda de enfrente para cambiar de dirección hacia General Yagüe y veía las caras cansadas de los viajeros. Cada uno una mirada perdida en una historia, un pasado, un destino, un tiempo.
Me gustaría que me dejaras invitarte a cenar.
Se atrevió. No lo pensó demasiado y se atrevió. Calma en los pensamientos, calma sin culpas ni rencores. Los coches zumbaban a su lado mientras recorrían las calles hinchadas de luces de Capitán Haya. Habían salido juntos del gimnasio e iban camino del metro de Cuzco. Muchos hombres con maletines y ya sin gomina andaban en la misma dirección. Menos mujeres; la mayoría esperaban a que su perro, minúsculo y señorial, terminara de manchar el suelo mientras le miraban incómodas. De un bar art déco salía una música melodiosa que se esfumaba por encima de las farolas vigilantes. La noche era inmensa. Podía ser toda para ellos.
La verdad es que me gustas mucho y me gustaría conocerte más. Llevo días pensando en invitarte a salir. Mira, en este restaurante sirven unos carpaccios fabulosos. Dime que sí.
Sí.
Malena le sonreía. Le había cogido del brazo y le atrajo hacia ella. Le puso las manos en las mejillas y le besó en los labios. Dulce y húmedo. El beso. Duró un minuto. Durante un minuto se besaron en mitad de la calle, mientras ya solo podía pensar en ella y en que por fin podía aferrarla por la cintura y subir la mano hasta su nuca y seguir besándola. El sabor de su boca le bastó para desearla aún más pero al separarse de su cuerpo sintió una alegría extraña, de primer beso en la vida, de labios inmaculados y lenguas castas. Y susurró entonces su nombre, cuidando de que ella no le oyera, para confirmar en su imagen en el aire que su deseo había conseguido cambiar de destinataria.
Perdona. No suelo abalanzarme así sobre todos los hombres que me invitan a cenar. Bueno, en realidad hacía mucho que ningún hombre me invitaba a cenar y mucho más aún que no me abalanzaba sobre ninguno. Pero tú también me gustas mucho. Llevo persiguiéndote por el gimnasio desde que te vi. No he podido evitarlo. Seguro que te has dado cuenta. Y tengo mucha hambre. Vamos.
Rojo sangre en sus mejillas. Se había ruborizado como una niña a pesar de la disculpa. Cómo le gustaba eso. Habría querido seguir besándola. Pero ella comenzó a andar y entraron en el restaurante. En el pequeño local, solo cuatro mesas alojaban a otros comensales y la luz era tenue y cálida. Olía a carne asada al horno y a miel y romero, los que se habían esparcido sobre la humeante ternera que un camarero les pasó a la altura de la nariz antes de dejarla sobre el mantel, dos espaldas más allá. Su carpaccio también estaba suculento y él habló durante toda la cena. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde que no se sentía tan a gusto al lado de alguien. Las palabras le brotaban en los labios. Ella lo oía y comía como picoteando. En la mesa de al lado, la mujer se levantó de golpe y dejó plantado a su acompañante, que había cogido un pico del mantel y lo estaba estrujando a falta de otra materia más apropiada a la que destinar su ira. Él se había quedado con la palabra en la boca y parecía que eso le había hecho menguar. Se le veía enjuto tras la luz de la lamparita que adornaba la mesa, ridícula con un solo ocupante.
Vaya corte, ¿no? Si alguien me dejara así, en mitad de un sitio lleno de gente, me moriría de vergüenza.
Tiene cara de habérselo merecido, ¿no crees? Mírale, está tan enfadado que va a romper la tela.
Malena no quería girarse para hacer lo que Omid le sugería. El hombre supuestamente vil estaba detrás de ella. Solo podía verle si volvía un poco la cabeza y no quería que se diera cuenta de que estaban hablando de él.
¿Te imaginas qué puede haberla hecho? ¿Le habrá puesto los cuernos? ¿Le habrá dicho que ya no la quería?... no, no creo. Si hubiera sido algo así, yo le habría tirado el vaso de vino por encima. Y cuando ella se ha ido me ha parecido ver las copas llenas.
Se le escapó una carcajada y se tapó la boca con la mano como si toda ella pudiera esconderse allí, pero continuó riendo. Momentos insustanciales que no significan nada, que no importan, que pasan y no marcan; se disfrutan sin más. La risa se le escapaba por los huecos de los dedos y en ella flotaba la tranquilidad de quien se sabe acompañado en ese instante. Era un placer nuevo, cómodo, de complicidad rara.
No, yo creo que le ha dicho que no quiere tener hijos aún. No está preparado y piensa que debían esperar. Mírale, debe tener unos treinta y tantos, va bien vestido, lleva anillo de casado. Le brilla en el dedo mientras rebusca en la cartera la tarjeta para pagar la cuenta. Y la cartera es de marca, no sé cuál, no me preguntes porque no tengo ni idea, pero es buena, de las de más de 100 euros. Hace tiempo alguien me regaló una parecida. Te apuesto lo que quieras a que es eso. Él no quiere y ella sí.
¿Qué te apostarías?
Omid la miró a los ojos. Dos estrellas de color improbable. A punto estuvo de decirle lo que realmente deseaba apostarse.
¿Qué más da? No vamos a saberlo nunca. ¿O serías capaz de acercarte y preguntarle por qué le han dejado ahí tirado?
¿Y si lo hiciera? ¿Qué te apostarías? Yo creo que se ha enterado de que tenía una amante, pero que ya no le importa.
Te veo muy lanzada, ¿qué te gustaría apostar a ti?
Eso no vale. Yo he preguntado primero; como los niños, tienes que responderme tú antes.
Vale. Tú te lo has buscado. Si gano yo, me gustaría pasar la noche contigo. Esta noche. Al salir de aquí. Si aceptas la apuesta, me levanto a averiguar por qué le ha dejado plantado. Aunque me suelte un puñetazo, el riesgo merece la pena.
Malena se vio en los ojos de él. Parecían pedirle disculpas. Pero no tenía nada que disculpar. Llevaba tanto tiempo anhelando saber lo que era ser deseada de verdad que habría podido gritar de alegría. Pero no lo hizo. No quería asustarle. Solo elevó el torso por encima de los platos vacíos y se acercó a su boca. Estrepitoso corazón que late sin control y pecho que se sofoca al ansiar el roce de unos labios nuevos. El abandonado pasó junto a ellos mirando sus cabezas enredadas y pensó que la farsa del amor era infinita, porque en el mismo instante en que el deseo de mil millones de amantes moría, el de otros mil estaba naciendo.


Salieron del restaurante cogidos de la mano. Omid no entendía cómo había podido ser tan sincero. Aunque le sorprendió aún más que ella le siguiera y la facilidad con que había pasado todo. Pero no lo pensó mucho porque cuando le invitó después a subir a su piso, tenía tantas ganas de ella que podría haber pasado la noche entera despierto, acariciándola.
Cuando Malena intentó abrir la puerta, se le cayeron las llaves. Omid se agachó a recogerlas pero se quedó allí, inclinado, mirándola desde el suelo.
¿Qué haces? Levántate. Pareces un niño pequeño.
¿Alguna vez han comenzado a amarte desde los pies? miró a los lados. En el descansillo solo había una puerta más. ¿Tienes vecinos?
Mientras hablaba, ya la había descalzado. Se arrodilló sobre el felpudo y le cogió un pie con una mano. Con la otra fue recalando en cada intersticio de su piel novata. En la planta, en cada dedo y en cada hueco entre los dedos, en el empeine, en el gemelo estremecido. Supo que esos lugares eran vírgenes de ese deseo, que esas partículas de ella nunca habían sido de ningún otro y quiso besarlas para hacerlas de él antes que ninguna otra parte de su cuerpo. Malena se había dejado caer contra la puerta y tenía los ojos cerrados. Tal vez querría decirle que parara. Pero sabía que no podía hablar. Ansia, egoísmo, avidez, codicia, sed de sus besos. De pronto, él se detuvo. Quería tenerla entera.
Abre la puerta. No puedo continuar aquí. Si alguien nos viera, me parece que tendrías que mudarte de piso. Te necesito desnuda. Aquí, no puedo.
 Fueron directamente a la habitación, azuzados por la urgencia de seguir. Ella encendió la luz y el rojo demasiado fuerte de las paredes ocupó el cuarto. A Omid le extrañó. Chocaba con la suavidad de su dueña. Ese color le habría pegado más a Anabel, con su obsesión por la sexualidad más salvaje, pero a Malena le iba más el azul, que dejaba fluir los sentimientos y transmitía equilibrio, como sus ojos. La cama desvió ese pensamiento, tan ajeno a él. Era de las grandes, pero en el cuarto no había fotografías de ningún hombre y prefirió no preguntar. La desnudó enseguida, sobre una alfombra blanca con flores rojas que se extendía también debajo del canapé. Su ropa se quedó esparcida sobre ella. Delicia de suave flor que espera.
Por favor, quédate de pie y mírame. No cierres los ojos y no dejes de pensar en lo que te estoy haciendo. Sigue con tu imaginación cada una de mis caricias. Imagina el modo en que te gustaría que continuaran mientras las sientes.
Ella le obedeció. Se quedó mirando cómo Omid se empeñaba en que percibiera su piel mutando de un vacío incoloro de impresiones al hartazgo de estremecimientos con que los pigmentos de sus roces y sus besos la iban tiñendo. Y él continuó pintando así en el lienzo de su cuerpo hasta que supo que ya se había embadurnado de él lo suficiente. Y entonces ella tuvo que cerrar otra vez los ojos.


Cuando se quedó dormida, Omid la tapó y se durmió a su lado. Como siempre, se despertó varias veces en la noche, aunque muchas menos de las habituales. Escalofríos en la sien, hiel en la médula. Horror a despertar y a seguir durmiendo. Le asombró comprobar que ella tampoco durmiera y la intensidad con que volvía a responder a sus caricias, con qué afán se aferraba a su espalda y el modo en que le estremecían sus besos, con los que él no se cansaba de explorar su cuerpo plácido. Y a pesar de que ese deseo no le abandonó ni cuando cayeron otra vez exhaustos después de abrazarse y acariciarse con la codicia con que se abraza y se acaricia lo imaginado largo tiempo y al fin revelado, se durmió rendido de cansancio y pasó con ella toda la noche contraviniendo sus normas, porque jamás había compartido la cama con ninguna de sus amantes, aunque las pocas que lo fueron de un modo esporádico se lo habían pedido siempre. Huía del embarazo que al despertar sentía frente a una extraña que le miraba atenta y a quien no tenía nada que decirle. Pero esa noche lo hizo y descansó mucho más de lo que solía, y al abrir los ojos se dio cuenta de que seguía junto a ella sin sentirse incómodo; incluso deseaba poder quedarse más tiempo.
Malena, ¿otra vez despierta? ¿Qué te sucede ahora? ¿Estás mirándome de nuevo?
No me pasa nada. Soy muy feliz; solo quería que esta noche no terminara nunca y, si hubiera dormido mucho, habría sido más corta.
Omid se entretuvo un momento en rozar su piel y oler su pelo. Podía sentir su estremecimiento. Y quería besarla otra vez y otras muchas más, pero consiguió contenerse después del primer beso.
Eres preciosa y tienes una habitación muy original. Salgo de viaje esta semana, pero me gustaría volver a verte.
A mí también me gustaría. Y mucho, te agradezco muchísimo esta noche. Ha sido fantástica, no puedes imaginarte cuánto.
Al apoyar su cabeza sobre el pecho de ella, Omid notó los movimientos acompasados de su corazón y le pareció que se paraba un instante el tiempo. Como si le esperara, como si estuviera al acecho de lo que iría a hacer después.
¿Te gusta el zumo de naranja? Tengo hambre. ¿Tienes naranjas? Me gustaría preparar algo para desayunar. Dime, ¿te apetece algo?
Sí, claro. En algún armario de la cocina tiene que haber un cachivache de esos para exprimir. También creo que hay queso y pan de molde. No encontrarás mucho más, pero coge lo que te apetezca.
Se sintió extraño al darse cuenta de que había deseado pasar toda la noche a su lado y que ahora le apetecía cuidarla. Y se levantó a hacerle el desayuno, asustado un poco de su impulso novedoso pero complacido por despertar en ella un interés palpable, que distinguía en su extrañeza al seguirle con la vista hasta que salió de la habitación. Quizás esta vez se había quedado porque Malena no se lo había pedido, pero es que lo deseaba, se sentía bien a su lado. Ella conseguía suscitarle una seguridad que no sabía de dónde le provenía, tan menudo y tan frágil le había parecido su cuerpo al recorrerlo con sus manos, que siempre habían sido grandes, incluso cuando era un crío y en el colegio los niños mayores se burlaban de él por ello. "Todo tiene una explicación", le decía su madre mientras se pintaba los ojos con khôl. Luego, sin prisas, se colocaba el velo alrededor de la cabeza dejando a la vista la mayor parte posible de su rostro. "Tus hermosas manos te servirán algún día, ya lo verás". Y él se iba tranquilo, convencido de que ella tenía razón, porque en el discernimiento de un niño su madre siempre acierta. Pero además era verdad. Ahora le habían servido bien y le habría gustado que hubieran sido incluso más grandes para abarcar más convexidades de ella y hacerle sentir hasta dejarla saciada de él esa noche. Y, aunque no podía precisar por qué, lo cierto es que le resultaba insólita y muy dulce y quería volver a verla.


La dejó terminando de vestirse y salió a la calle. La excitación y la tranquilidad le asaltaban por tandas. Le parecía que tenía el pecho y las piernas más hinchadas. No le extrañaba. Esa noche había creído a veces que le faltaban las fuerzas y hasta sentía sus manos más suaves. La piel de Malena las había afinado. Hacía tiempo que había notado que sus caricias eran diferentes según a quién acariciara. Las yemas de sus dedos eran las mismas, su maña también, pero su deseo cambiaba según la mujer a la que estuviera destinado. Por eso los roces se acomodaban a la piel pretendida como se adecuaba la voz a la persona que la escuchara: cuando le hablaba a sus alumnos, su voz bajaba, era apenas un murmullo; si charlaba con su amigo Juan, resonaba fuerte y grave; al jugar con sus sobrinos se volvía dulce y afectuosa; si le hablaba a su vecina Ángela, subía de tono para que pudiera oírle. Lo mismo ocurría con sus caricias y se había encontrado recorriendo el cuerpo de Malena como si fuera a romperse, con una delicadeza inusitada para la codicia con la que deseaba abrazarla.
Durante la mañana debía prepararse para el viaje. Esta vez había metido en la maleta azafrán, azúcar, pistachos y varios juguetes pequeños porque, desde la última vez que había vuelto a su país, la situación había empeorado. Y no había comprado más cosas porque podían descubrirle más fácilmente y no quería arriesgarse a que se lo quitaran y no consiguiera llevarles nada. Las grandes ciudades sobre todo, las más industrializadas y pobladas del norte y del este, estaban pagando cara la osadía de su gobierno y los castigos de Europa y Estados Unidos estaban dejándoles en una situación que podía provocar una reacción muy peligrosa de la gente. Ellos poco podían hacer para derrocar el régimen que había promulgado la República, cuando hasta la oposición más tibia era perseguida y sofocada con extrema dureza, pero eran ellos, las personas sencillas como su hermana o sus sobrinos, los que pasaban hambre. Aunque su madre intentaba evitar el tema y las noticias verídicas de lo que ocurría en la calle no abundaban, cada vez que hablaba con alguno de los niños, intentaba sonsacarles, a pesar de sentirse luego mal por estar utilizándoles. Pero su información era muy útil y podía estar seguro de que no le mentían, no al menos cuando le contaban que la abuela ya no les hacía gaz porque hacía tiempo que no podían comprar azúcar ni tampoco otras muchas cosas que a ellos tanto les gustaban. Por eso, esta vez Omid estaba impaciente por regresar, para cerciorarse por sí mismo de adónde les estaban llevando tantos años de oposición a Occidente y tanta Revolución.
Pero ya le quedaba poco, al día siguiente tomaba el avión, aunque antes tenía que ir a ver a Juan. Cuando le llamó para preguntarle si quería que le trajera algo como la última vez, le había notado extraño, no bromeó ni le preguntó nada y le había colgado demasiado pronto. Después del trabajo, casi de noche, fue a su casa. Su amigo tardó en abrirle.
Perdona, pasa al salón, saldré enseguida.
Omid le vio irse deprisa por el pasillo. Tuvo que apartar varios juguetes del suelo para no pisarlos y también algunas cajas. Había facturas y otros papeles amontonados encima de la mesa, como siempre; y en el sillón, la ropa sin planchar se acumulaba con montones de arrugas y más juguetes. Juan tardaba; Omid fue a la cocina a servirse algo de beber. Los cacharros se apilaban en el fregadero y en la pequeña mesa redonda de mármol blanco, similar a las de algunos cafés del centro, aún quedaban los platos con los restos de la cena. Le extrañó la paridad: solo había dos de todo.
 Por fin... David se ha dormido ya. Le ha costado, estaba muy nervioso. Lleva todo el día alborotado, preguntando por su madre. Berta se fue el lunes.
Las bolsas de sus ojeras eran abultadas y blandas, parecían querer hacer de cama de sus ojos, de un blanco vidrioso y recorridos por venillas encarnadas. Parpadeaba mucho y sus manos buscaban algo que no consiguieron encontrar. Se levantó y abrió el mueble de madera oscura que ocupaba toda la pared del fondo. En casa de Juan, los tabiques estaban desocupados, no había cuadros, ni fotos, ni láminas deslucidas o nuevas. Eso no encajaba con él, con su cantidad de amigos, con la forma en que cuidaba de todos; pero el pensamiento sobrevivió en Omid solo un segundo. Juan se sirvió un güisqui, sin hielo ni nada más que le acompañara. No le ofreció, sabía que su amigo no bebía alcohol y apenas refrescos, solo los que no tuvieran gas. Dio un trago largo y cerró los ojos. Estuvo así un rato, de pie, sin decir nada. Omid tan solo le miraba.
Se ha vuelto a ir. Me ha vuelto a dejar. No sé si voy a poder soportarlo esta vez. Estoy cansado. Soy un gilipollas.
Lo siento. Lo siento mucho.
No podía decirle más, ella no le había gustado nunca. Omid sabía que, si seguía hablando, él lo notaría y no quería hacerle más daño. Así que se quedó callado, esperando algo. David tosió con arrebato al otro lado del pasillo. Juan se levantó enseguida y fue a la cocina a por un vaso de agua. Después se perdió un momento en la oscuridad. Cuando regresó, parecía que aún seguía dentro.
No sé qué voy a hacer, me ha dejado al niño. Dice que ella no puede cuidarlo, que estará mejor conmigo. Pero no sé si seré capaz de quererle como se merece. No sé si puedo cuidar de un niño, y menos de un niño como él. Es muy especial, demasiado maduro para tener solo cinco años, quizás porque siempre daba la sensación de que él cuidaba más de ella que ella de él. Y la echa mucho de menos, parece que sabe que no va a volver, a pesar de que yo le he mentido y le he dicho que solo se iba unos días. Desde que ella se fue, se levanta por las noches gritando. Sueña que quiere hablar con su madre pero que no puede decir nada, que abre la boca para hablarle y no le salen las palabras, y se despierta sudoroso, con las manos frías y los ojos desorbitados, tan chiquitillo y tan menudo que me da grima hasta tocarlo. Casi ni me reconoce cuando le cojo y tengo que encender la luz para que deje de llorar. ¡Se me cae el alma a los pies al verle así!
Omid siguió mirándole; durante un instante, solo pudo hacer eso. Aunque no le extrañaba, Juan se sentía peor por el niño que por sí mismo, la ausencia de ella le importaba más por la personita que dormía en la habitación de invitados que por su propia angustia. Era como si hubiera sopesado ambos dolores y hubiera decidido que la balanza de amargura se inclinaba hacia el lado del pequeño y entonces hubiera aparcado el sufrimiento que debía de sofocarle porque la mujer con la que quería estar había vuelto a irse. Era un tormento doble, por haber querido olvidar la primera traición y por el abandono reiterado. Pero él era capaz de pensar en el niño antes que en sí mismo.
Me cuesta mucho calmarle y que vuelva a dormirse, tengo que cogerlo y sentarme con él acurrucado entre mis brazos hasta que poco a poco se tranquiliza y el sueño le puede. Pero no sé cómo explicarle que su madre se ha ido y no va a regresar, al menos pronto.
¿Por qué crees que no va a volver esta vez? ¿Cómo puedes estar tan seguro?
Porque ahora el tenorio es hispanoamericano y sé que han viajado a Argentina, pagó los billetes con mi tarjeta. Y me ha dejado todos los papeles del niño, incluso la cartilla del médico, y todas sus cosas. No hay muchas, pero era todo lo que tenía. Sé que no vamos a volver a verla en mucho tiempo.
Omid no sabía lo que era un tenorio pero se lo imaginó. Aunque ya hacía tiempo que había dejado de tener que traducir al persa en su cabeza para entender lo que le decían y su acento podría haberse confundido con un modo melodioso y muy personal de pronunciar las palabras, aún había muchas que desconocía. Pero no se lo dijo.
Juan, estoy seguro de que tú sí sabes lo que debes hacer. No necesitas que te diga nada. Solo voy a advertirte de lo que nadie te previno la primera vez, aunque estoy seguro de que tú ya lo sabes: ella no te conviene. No se me ocurre ninguna razón para abandonar a un hijo; a un hombre sí, puede haber muchas, pero a un hijo… Piensa en eso y reacciona. Una vez me dijiste esto mismo y me ayudaste mucho. Ahora es tu turno. Y si necesitas ayuda con David, cuenta conmigo. Me gusta ese niño.
Pero, ¿tú crees que voy a poder cuidarle? Si no soy capaz siquiera de cuidar de mí mismo. Mira mi casa, no consigo ni poner orden en mis trastos, ¿cómo voy a poder ponerlo en su vida? Él necesita algo mejor que yo.
Él no necesita orden, sino armonía. La que parece haberle faltado desde que nació. Yo creo que ha tenido mucha suerte después de todo, por encontrarte, y que su madre sabía lo que hacía al menos en esto. No necesita un lugar arreglado y limpio para vivir, aunque creo que harías bien en buscar a alguien que te echara una mano con eso. Lo que necesita es que le quieran mucho. Y tú tienes cariño de sobra para darle. ¿De verdad no lo sabes? Además, es inútil empeñarse en luchar contra el destino y el del niño parece que está a tu lado. Haz la prueba: intenta devolvérselo a Berta, verás como no puedes.
Juan dejó el tubo sobre la mesa. Estaba a medio terminar. Se limpió los labios con el dorso de la mano. Luego lo volvió a coger y fue al baño a tirar el líquido ambarino por el desagüe del lavabo. Una parte de su angustia lo siguió. Cuando regresó al salón, Omid miraba por el cristal. Desde allí se veían las ventanas del patio de luces y ropa colgada en los tendederos que tejían redes de cuerda de unas a otras. Se oían cucharas batiendo huevos en boles de cristal y bisbiseos de personas hablando en el mundo interior de cada hogar. Y, de cuando en cuando, un grito o un plato estrellándose contra el suelo. Una cometa perdida se había enganchado en la antena del tejado, se movía frenética pero el aire no soplaba lo suficiente como para que pudiera huir. Las cosas eran así y había muchos tejados con antenas en las que se enredaban otros hilos de cometas pero en este había además un niño cuya madre sí había conseguido huir, aunque Omid se temía que no conseguiría escaparse de sí misma.




EL QUE SE SOBREPONE POR NATURALEZA

Juan Heredia conoció a Omid justo cuando Berta acababa de dejarle la primera vez. Él la amaba con toda el alma. Le venía de familia: los Heredia amaban así, con el alma llena, con el corazón henchido, con las manos abiertas. No podían amar de otra forma. Y ella, Berta, lo sabía. Por eso regresó un tiempo y luego se volvió a ir cuando se lió con otro, aquel jerezano que tocaba como un demonio y la miraba como a una diosa, aunque no por mucho tiempo; y entonces volvió de nuevo. Y, como en todas sus idas y venidas, se trajo con ella al hijo que había tenido la primera vez que buscó el amor en otro y que era un pedazo de cielo y de estrellas, aunque su madre no se fijara demasiado.
Pero a Juan no le importaba que ella se hubiera ido y hubiera regresado sin decir nada más que aquí estoy otra vez contigo, porque la había amado tanto y su amor era tan puro y tan estrepitoso que podía perdonarle eso y mucho más; ni siquiera tenía que perdonárselo, solo dejaba de recordar que durante un tiempo no había estado junto a él y cuando ella regresaba, la recibía de nuevo lleno de deseo y de esperanzas de retenerla, y volvía a hacerle el amor como si sus manos fueran las únicas que hubieran tocado su cuerpo moreno y torneado por el sol y el baile, y su espíritu era tan libre que recibió a aquel niño como si él mismo lo hubiera albergado en su vientre. Porque Juan era así y no quería ser de otra forma.
Y, durante unos meses, cada noche la amaba en cuerpo o en alma, con sus jugos o con sus palabras, para que ella quisiera quedarse con él siempre. Y aunque Berta sabía que no podía ser, se dejaba hacer porque le gustaba que le hiciera sentirse como una reina. Hasta que se encontró con otro que la hizo sentirse como una emperatriz y decidió volver a seguirle para aumentar de jerarquía y esta vez, junto con el alma rota de Juan, dejó a su hijo porque no sabía de ningún hombre que pudiera ser mejor padre y casi mejor madre que él. Pero tampoco le importó entonces, porque ya amaba a aquel niño igual que quería a su madre y desde ese momento fue suyo, como si lo hubiera concebido, y jamás permitió que nadie le reprochara nada porque él decidía cómo quería querer y él había decidido quererle como se quiere a lo que nace de ti. Berta no volvió más y él nunca supo si terminó pudiendo ser solo de un hombre, pero la veía en los ojos de su hijo y seguía amándola a través de él, sin importarle que ya no fuera solo suya. Porque había tantas razones y tantas personas y tantas ilusiones por las que seguir queriendo, viviendo y luchando, que su amor no podía ni quería contenerse cada vez que perdía alguna de ellas.
Y cuando Omid necesitó que le enseñara a olvidarse de esa manía suya del destino durante algún tiempo para dejar de sentirse atado por alguien que no podía ser feliz junto a él y a abrir sus brazos para empezar a recuperarse del dolor que le angustiaba tan adentro, él estuvo a su lado, porque era su amigo y Juan estaba también para sus amigos. Y es que los Heredia amaban así, con el alma abierta, el corazón henchido y las manos llenas.

Comentarios

  1. Hola, Amalia

    Acabo de responder un comentario que me dejaste hace días en una entrada y que no había visto. Creí que merecía que lo respondiera.

    Un abrazo

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  2. Lo prometido es deuda y por fin terminé la novela el otro día. En el transcurso de esta tarde o mañana a más tardar, publicaré la reseña. Un beso... ;)

    ResponderEliminar
  3. Hecho. Aquí tienes el enlace:

    http://lacasadesanjamas.blogspot.com.es/2012/08/escrita-en-tu-nombre-de-amielia-noguera.html

    ResponderEliminar

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