lunes, 2 de julio de 2012

Primeros capítulos de "La pintora de estrellas"






CAPÍTULO 1


El lienzo se cubre de gesso para comenzar a dar cuerpo a la tela de lino que se extiende sobre los listones. Todo está listo: el caballete de madera, abierto y estirado; los pinceles, limpios y colocados; el lienzo, blanco y expectante; los óleos, ordenados según la gama.

 Los Molinos (Madrid), Sábado, 13 de Mayo de 2000 (16:10 h)


«Seguía lloviendo afuera. Ligeras gotas impregnadas del amargo sabor a ciudad lo empapaban todo con su apatía pegajosa y alquitranada. El sonido del agua al caer sobre las baldosas de la terraza se mezclaba con el murmullo urbano. Podían entenderse palabras, susurros en el aire a los que el calor y la humedad servían como medio de transmisión. A lo lejos, la llamada de un grillo batiendo sus alas en feroz canto, confuso y quizá ahogándose entre los charcos, era el acompañamiento perfecto en la noche en que sentí por primera vez que podía odiarte.»

Violeta sabía que no se podía comenzar así un relato. Lo había estudiado en las clases de escritura creativa a las que había asistido durante años hasta que conoció a Álvaro y todo pareció interrumpirse, para pasar el tiempo, sin otras expectativas más que saber cómo poner en orden sus ideas y conocer gente. Pero lo que ella debía escribir ahora tenía que empezar con una lluvia fina y copiosa, que lo impregnara todo con la minuciosidad con que se infiltraba en la tierra y la humedecía hasta encharcarla. Sin perdones, sin razones, sin remordimiento. Violeta quería poner por escrito por qué quería abandonarle, para no olvidarlo nunca y también para que nadie lo olvidara. Necesitaba dejar testamento en la muerte anunciada de su amor por él, en el suicidio consciente de su miedo real, en su odio infinito, en su llanto en silencio. Porque no quería volver a verle nunca más pero, cuando hubiera terminado de contarlo en un intento por resucitar de su propio sacrificio, le enviaría el manuscrito para que supiera por qué iba a terminar con su vida soñada de amor público y odio privado, de noches de fiesta y regresos malditos, de sexo por amor y de amor por sexo.
También para que se creyera que jamás volvería a verla, porque, aunque la buscara por el cielo y por la tierra, intentaría que él no volviera a saber de ella; si seguía llevando su melena siempre corta por encima de los hombros o se la había dejado crecer hasta tocar el suelo; si había teñido de rojo el rubio pajizo natural o si ahora, al mirarse al espejo, vería a una mujer de pelo negro; si sus vestidos eran ya más amplios y serios, o demasiado cortos y ceñidos a su cintura y a sus grandes pechos, con los que él, en público, solo disfrutaba si los contemplaba en otras; si llevaba zapatos de tacón o las sandalias bajas con varias tiras finas que a él le gustaban tanto; si se pintaba la cara o la llevaba lavada, porque podía permitírselo aunque prefiriera siempre dar un poco de color a su tez tan pálida; si iluminaba más sus gruesos labios con gloss o seguirían siendo rosados y mates. Debería imaginárselo porque jamás volvería a tenerla delante, pero debía decirle de alguna manera que quizás había cambiado todo eso para desendemoniarse de él incluso modificando lo que sabía que le gustaba más de su cara y de su cuerpo.
Compró un cuaderno, el más grande que encontró, tamaño DinA 4, con las tapas duras de color salmón y tacto suave, sin líneas ni recuadros que guiaran su escritura. Y luego se sentó ante el escritorio de su habitación, en la casa de su abuelo, la que siempre había ocupado hasta que se buscó la suya propia y, a pesar de él, se fue a vivir sola. Se detuvo a pensar qué había sido lo que le había llevado a tomar esa decisión y a intentar recordar con el bolígrafo entre las manos, dispuesta a repasar lo que necesitaba decirle cuando hubiera decidido dónde y cómo podría rehacer su vida, quizás, para no volver. Le vinieron a la memoria muchos momentos, muchos miedos, muchas razones, muchos lamentos, pero ninguno quizás tan grave por sí solo como para dejarle. Eso era en lo que llevaba pensando ya varias semanas, antes de huir al refugio donde él no la encontraría: que había sabido hacer que cada crisis y cada disculpa, si es que se producía, lo fueran solo lo suficiente como para seguir reteniéndola a su lado y que por eso ella debía juntarlo todo y sumarlo a la última angustia, la que tan solo restaba unas horas en su cuenta atrás. La que por fin le había llevado a tomar la decisión de abandonarle.

Madrid, Viernes, 12 de Mayo de 2000 (13:35 h)


La luz entraba por la ventana de la cocina, naranja, toda naranja, el color que le había gustado a Álvaro y que al final fue el elegido para los azulejos. Los muebles, blancos. Las cortinas, estores italianos en crudo. La cenefa, de figuras geométricas de colores. La pequeña mesa y las cuatro sillas, lo único que consintió que ella eligiera, de madera decapada en claro. No sabía por qué le gustaba ese estilo, el de la campiña francesa, el que había visto tantas veces en sus entrañables hoteles, los que había recorrido con él en sus viajes a Perpiñán y a Toulouse donde había dirigido algunas obras para otro de sus innumerables conocidos. Zara mordisqueaba uno de esos cachivaches con olor a ternera, que a ella le repugnaban porque parecían de plástico. Álvaro se los traía para que le quitaran el sarro, decía, aunque ella no entendía que su pequeña perra pudiera sufrir tan pronto ese mal humano.
Caruso había aparecido muerto esa mañana y Violeta sentía una angustia parda y seca que se le había enganchado en la cabeza y se había quedado. Tenía agua y alpiste, y quizás fuera algo mayor; lo trajo antes de conocer a Álvaro, hacía poco más de cinco años. Pero ver a su canario tieso en el suelo de su preciosa jaula le había emocionado e incluso había gritado al entrar en la cocina y encontrarle allí tirado, tan pequeño, tan inmóvil, tan callado. Zara y ella le prepararon su entierro en una diminuta cajita de cartón que envolvió con papel de plata. Luego hicieron un agujero al fondo del jardín, debajo del desaprovechado arco de rosales que aún no estaban florecidos y se veía triste y pelado, junto a la reducida mesa y las dos sillas de hierro donde se sentaba a veces a merendar mientras su perra escarbaba bajo cualquier arbusto. Allí lo enterraron y ella recitó en alto una poesía sobre un pájaro libre. Después colocó la mesa sobre la tierra removida, por si luego la perra decidía por su cuenta seguir sola con su sepelio particular. Pero la angustia no se le había ido del todo. La revivía cada vez que recordaba su cuerpecito rígido y frío al entrar en la cocina y no oír su canto impetuoso.
El calor que salía de la vitrocerámica, más alargada que las normales también antojo de él, se le pegaba al cuerpo y le desagradaba sentirlo en la piel, como si tuviera manos para enganchársele. Se le había caído un vaso lleno de refresco sobre la ensalada y tuvo que volver a empezar. Al oír ruido en la puerta, se sobresaltó y se cortó el índice con la afilada punta del cuchillo con el que cortaba el tomate. La sangre le chorreaba por la muñeca y sentía como si mil avispas estuvieran picándola en la yema. Se lavó el dedo con agua muy fría y se puso una servilleta de papel con una tirita para presionar la herida. Pero Álvaro entró de la calle y fue directamente al baño. Le oyó tirar de la cadena y lavarse las manos. Luego se entretuvo en el salón. Ella aprovechó para dar los últimos toques a la mesa: la vajilla crema con el tulipán naranja en la base; los vasos de cristal de Baccarat; el mantel de hilo y el pan blanco, el que tenía que comprar de encargo porque solo lo hacían para clientes como ellos, que querían permitirse pagar dos euros por una barra de las de antes, las únicas que le gustaban a Álvaro. Pero él no se sentó. Puso sobre la encimera el regalo que ella había salido a buscar esa mañana, tras sepultar a su canario.
Vida, tenemos que hablar. Últimamente estás un poco despistada, no has comprado lo que te pedí para la mujer de Javier. Ese bolso no es lo que te había dicho que trajeras. Ya sabes que es muy importante para mí conseguir ese contrato, tenemos que aprovechar cualquier oportunidad para que se fijen en mí y que nos hayan invitado a la fiesta para celebrar el cumpleaños es un buen principio. Allí van a estar todos los mandamases, incluso vendrá gente de Toledo y de Segovia, peces gordos conocidos suyos que tienen mucha pasta y que van a comenzar obras grandes para los nuevos barrios. Tengo que aprovechar que Javier es amigo mío y quedar muy bien con todos.
Álvaro la llamaba Vida. Hasta su nombre se lo había quitado, como si al rebautizarla además le hubiera asignado su propia esencia y así le debiera una parte de sí misma; como si, al darle otro nombre, le hubiera despojado también de su identidad y le hubiera asignado otra, más a su manera. Al principio, Violeta no se había dado cuenta. No le importaba; hasta le gustaba. Él entonces tenía una voz tan plácida, una risa tan fresca, unas manos tan suavísimas que, cuando la llamaba Vida, ella pensaba en melocotones en almíbar, en mermelada de frambuesa, en bombones rellenos de licor.
Sí, pero no lo encontré. No tenían ya la pulsera que me habías dicho. Por eso le compré el bolso. Pensé que te daría igual.
Mintió. La pulsera seguía en el mismo escaparate de siempre esperando que alguien quisiera gastarse en ella los setecientos euros que costaba. Pero era demasiado cara y demasiado pequeña para que mereciera la pena intentar usarla como promesa de política de don contra don: tú me das, yo te doy más.
No cariño, no me da igual. Te dije que compraras la pulsera. Necesito conseguir ese contrato. Lo necesito. No sé si entiendes lo que estoy diciéndote, porque a veces creo que no me entiendes cuando te hablo. Pero un bolso no es lo mismo.
Pues yo creo que es muy bonito. Míralo. Está hecho de una piel muy fina y tiene adornos de plata. Me ha costado más que la pulsera. Y es más original. Estoy segura de que va a gustarle mucho más. No debes preocuparte.
Lo sostenía entre sus manos, con cuidado de no mancharlo con el papel que enrollaba su dedo y que se estaba tiñendo de sangre. El bolso era grande y suave y mucho más elegante de lo que Eva podría llegar a apreciar. Eso seguro. Lo llevaría unos días hasta que se cansara y se comprara otro. Igual que hacía con todo. Hasta con sus amigos. No entendía cómo él quería aproximarse más a ellos. Por muy ricos que fueran, por mucho contrato que quisiera conseguir. Pero a él no le importaba que le compraran; en absoluto. A Violeta no le gustaba Javier, ni mucho menos Eva. Se sorprendió un instante pensando que en realidad no le gustaba casi ninguno de los amigos de Álvaro. Esa camarilla que se había metido en su casa y en su vida y que se despellejaba a la mínima ocasión, en cuanto la víctima de turno desaparecía el tiempo suficiente. Aunque ya no tenía amigos con quién comparar. No sabía cómo, poco a poco los suyos habían ido desvaneciéndose entre las obligaciones, los ya nos veremos, las quedadas a las que hacía tiempo que había dejado de acudir porque él siempre encontraba algo mejor que hacer, un espectáculo más espléndido o un viaje más exótico. No sabía qué había sido de ellos durante los últimos cinco años: solo había vivido por Álvaro y para Álvaro.
No sé si me estás escuchando. No me importa que el bolso sea bonito o no. Te dije que compraras otra cosa y tú has hecho lo que te ha dado la gana. Siempre haces lo que te da la gana. Pero esto es muy importante. Ya te lo dije. Si no consigo ese contrato… Sabes que este año aún no he firmado ninguna obra importante y las cosas no están yendo muy bien con la de Capitán Haya. Pero no importa, aún estamos a tiempo. Ve a cambiarlo mañana y cómprale la pulsera.
Hasta ese momento, Violeta no había sido consciente de que él había abierto el paquete para poder ver el regalo. Lo habían envuelto en la tienda. La dependienta lo había hecho rodar sobre sí mismo superponiendo dobleces imposibles en un enorme pliego fucsia que brillaba, hasta que pareció una piruleta envuelta en celofán rosa. Y luego lo había atado con una cinta de raso ancha. Le había parecido demasiado pomposo pero Eva era de las mujeres a las que les gustaban las cosas grandes casa grande, coche grande, marido grande, así que estaba segura de que ese regalo le convenía mucho más que una minúscula pulsera. Y Álvaro había tenido la mala leche de desenvolverlo para saber qué era. Empezó a respirar deprisa. Sentía la vena de la frente llenándose de un líquido viscoso que corría rápido por sus vasos, el mismo que le caía aún del dedo abierto. Su cuerpo le avisaba de que debía callar, de que no siguiera, de que no debía discutir con él. Pensó en cambiar el bolso y comprar la porquería de pulsera. Pero algo dentro de ella no le dejó.
No te pongas así. De verdad, Álvaro, es un regalo mucho más elegante. Seguro que vas a quedar mejor que con la pulsera. Eva es una mujer con mucho estilo. Sabrá apreciarlo.
Vida, no me has entendido. He dicho que lo cambies y punto. Me importa una mierda si te gusta más, si te ha costado un riñón o lo que demonios te parezca. Lo devuelves y compras lo que te dije. Seguro que tienen más pulseras.
Pues no voy a ir. No voy a cambiar el bolso. Si quieres hacerlo tú, ve y compra lo que quieras.
Vida, no me provoques, solo te digo que cambies el regalo. Solo eso. Es fácil. Hasta tú puedes hacerlo. Solo tienes que coger la factura, volver a la tienda, ir a la cajera y que te devuelva el dinero. En esa tienda te lo cambian todo.
Álvaro había cogido el bolso y se lo estaba ofreciendo. La miraba sin parpadear, con la vista fija en sus ojos. Erguido, el pecho levantado, la frente enhiesta, los músculos contraídos, la boca medio abierta. Pero ella, otra vez más, no quiso ver el peligro en su talante, no veía más que a un hombre que le volvía a obligar a hacer algo que no quería. Y las señales seguían: sus dedos le temblaban; un nervio de la pierna se movía sin que pudiera pararlo, sin que casi lo percibiera más que como una débil molestia; la nariz y los labios se le habían resecado; y el aire entraba y salía de su cuerpo con prisa, como si deseara huir. Pero no quería rendirse de nuevo. No quería. Cogió el bolso y lo tiró al suelo, con mucha fuerza, como si hubiera arrojado también lejos de ella el ahogo que la acongojaba cuando él comenzaba a tratarla así, a imponerse con su mirada, con sus palabras o con sus actos.
He dicho que no voy a ir a cambiarlo. No me da la gana.
Le sostenía la mirada. Orgullosa, decidida, empeñada en no claudicar esta vez. El pollo a la cerveza humeaba sobre los tulipanes naranjas del fondo de los platos. Su pájaro ya no cantaría más. El ruido del bolso al caer asustó a Zara, que se había apartado corriendo y se enroscó en su cesta. Luego bajó la cabeza y solo se le veían los ovalados ojillos negros mirando hacia arriba a Violeta, previniéndola. Álvaro la agarró por el brazo. La apretaba fuerte. Sentía sus dedos aprisionando la carne blanca y blanda. Le hacía daño. La arrastró junto al bolso y le obligó a inclinarse.
Coge el bolso. Coge… el puto… bolso.
No. Cógelo tú, si quieres.
Álvaro abrió la otra mano antes de estrellarla contra su cara. El dolor la atravesó como una flecha y se expandió hacia los lados.
He dicho que cojas el bolso la sujetó por la espalda y la tiró al suelo. Violeta sentía el pecho paralizado y los pulmones llenos. Los ojos le lagrimeaban rápido. Sentía frío, un frío húmedo y áspero que no concordaba con el rubor de sus pómulos, con el calor del que había soportado el brusco impacto de la palma abierta. Coge el bolso. Ya.
Pero Violeta no lo cogió. Recostada a sus pies, con las dos manos puestas sobre la mejilla dolorida, solo se le ocurrió subir la vista y mirarle a los ojos, suplicándole que no lo hiciera, que dejara de hacerlo, que no acabara de matar lo que ya estaba extinguiéndose, con cada reproche, con cada grito, con cada golpe, con cada anhelo perdido en una nada de desilusiones. Pero él no la entendió y confundió su ruego con el desafío de una mujer que valía menos que él y que le estaba retando. Y con cada patada que la alcanzó en la espalda, en los riñones, en las piernas, fue aplacando su ira hasta que por fin se convenció de que la había doblegado y de que él ya mandaba otra vez. Salió de la cocina y cogió sus llaves. Abrió la puerta de la calle muy despacio y al marcharse dijo adiós, porque su esmerada educación no le permitía irse de una casa sin despedirse.
Violeta quedó tirada a los pies de la mesa puesta, respirando entrecortadamente, dolorida por dentro y por fuera, doblada sobre sí misma, encogida e indefensa como un bebé que duerme. Pero no quería dormir. Quería morirse y llevarse con ella su fracaso; y su amor por él, que a su pesar aún era grande aunque estaba herido y quería correr y esconderse; y su sentimiento de culpa por no haber sabido evitar llegar a eso, no haber sabido ayudarle a cambiar, a controlar su ira. Sus lágrimas caían sobre las baldosas mientras Zara le lamía las manos, intentando darle calor, aunque fuera el de una perra.
Se levantó muy despacio y examinó los lugares donde había recibido los golpes para comprobar que no tenía ninguna herida, pero le dolían mucho los riñones y el vientre y sintió un pánico punzante, gélido, nuevo. Se limpió las lágrimas con el paño de la cocina y se metió en el baño. Echó el cerrojo y enseguida abrió el paquete que esa mañana había comprado en la farmacia y que había dejado arrinconado en el armario con el resto de sus cosas que él nunca tocaba. Orinó recogiendo parte del líquido en un vaso y luego vertió unas gotas en el tubo de plástico. Se sentó en el suelo y esperó. Seca de lágrimas, casi paralizada por la angustia, ansiando con todo su ser que las últimas semanas de mucho trabajo y de discusiones hubieran hecho que su cuerpo retrasara el período como hacían las gatas con el celo si se veían en peligro o si no tenían para comer. Y, mientras esperaba, le imaginó golpeándola de nuevo. Nunca antes le había pegado con tanta furia o podía ser también que cada nuevo golpe caía sobre la huella del anterior y dolía el doble. Pero hasta entonces no había llegado a tanto y ella había tenido la certeza de que no llegaría. Podía insultarla y reírse de ella y humillarla y golpearla, pero Violeta jamás pensó que alguna vez podría hacerle sentir tanto miedo, el que le había provocado un temblor tan incontrolable en las manos que no había podido evitar mojarse los dedos con su propio pis. Sin embargo, se había equivocado. Y le dolía más tener que admitirlo que las marcas y el recuerdo de su brutalidad.
Dos rayas rosas cruzaban el agujero blanco en medio del artefacto de plástico alargado. Dos rayas. Sí. Eran dos rayas. Releyó el prospecto. No podía ser. Tenía que estar equivocado.
«Enhorabuena, está usted embarazada. Si aparecen dos líneas en la circunferencia central de Predictorando, acuda a su ginecólogo.»
Cogió la caja y todos los artilugios que pudieran servir de testigo de su descubrimiento y salió rápido del baño. Tenía que darse prisa. Reunió todos los papeles importantes y los metió en dos carpetas. Llamó al banco, sacó de las cuentas que compartía con él su parte del dinero y lo traspasó a una cuenta nueva que abrió solo a su nombre. Guardó el portátil en su maletín y metió unas cuantas prendas de vestir y algunos zapatos en una pequeña maleta. Luego, buscó un papel y un bolígrafo con el que escribirle:
«Álvaro, lo siento mucho. Tengo que pensar qué hacer con mi vida. Puedes quedarte en la casa hasta que vuelva, pero no me busques, solo regresaré cuando haya tenido tiempo de recapacitar. Te quiero, Violeta.»

Dejó la nota sobre su mesilla de noche. Miró alrededor. Esa habitación había sido su cómplice en tantas batallas, perdidas y ganadas, y ahora iba a abandonarla. Eligió una fotografía de los dos. Él la abrazaba por la espalda y ambos sonreían mirando a la cámara. Sentía el aire bajándole por la garganta reseca y se sorprendió de no estar llorando pero, al mirar la imagen, se le encogió el pecho: no era capaz de no amar ese rostro aunque tampoco podía evitar odiarlo. Pero ese odio reluciente y extraño no se debía al daño que le había hecho hacía menos de una hora, ni a las muchas veces que la había menospreciado, ni a que ella hubiera llegado a pensar que todo lo que pasaba era culpa suya. Le aborreció con un rencor acérrimo por no haber valorado el amor que se tenían y, sobre todo, porque él era inteligente y nada ni nadie le obligaba a ser así. Nadie, por mucho que él se esforzara en ocasiones en hacerle entender que necesitaba más cariño o más comprensión que los demás. Nadie le obligaba a maltratarla. Nadie era responsable de sus actos más que él mismo. Ninguna de sus razones le justificaban. Ni siquiera su propia cólera, que le invadía con facilidad y no sabía contener, era suficiente para disculpar su incapacidad de amar de otra manera.
Violeta volvió a sentir una punzada en el vientre y le repugnó mirarle, con un asco íntimo e impregnado de nostalgia y de una amarga sensación de pérdida de algo muy querido, aunque todavía no supo identificar bien lo que era. Solo supo que en ese mismo instante había llegado a convencerse por fin de que nada le otorgaba el derecho a no querer cambiar y superar su pasado y su propia historia para crearse un presente a su gusto y un futuro diferente. Y le había costado mucho verlo y decidirse a poner en peligro su acomodada vida junto a él, pero el rabioso miedo que se apoderó de ella cuando temió que sus patadas pudieran dañar algo que ni siquiera estaba segura aún de que existiera fue tan exacerbado, tan brutal, tan nítido, que le sirvió para tomar por fin la determinación de alejarse y poder así elegir ella sola cómo quería que fuera su vida y, sobre todo, poder pensar en ese niño que crecía dentro de ella sin haberlo buscado ni deseado. Soltó la fotografía sobre la cama y cerró la maleta de un golpe. Cogió una camisa que él había dejado en la butaca y se la acercó al rostro. Aún tenía su aroma, el perfume que se ponía siempre mezclado con el olor de su propio cuerpo, y quiso guardarlo dentro de sí, llevárselo consigo de algún modo, porque intuyó que nunca más volvería a aspirarlo.

Al llegar a la estación del tren que subía a Los Molinos, respiró confiada. Entró en el vagón y se sentó sola en un compartimento grande, con la perra embutida en un artilugio de plástico a sus pies que la miraba inquisitiva y enfadada. Era una tarde de jueves y apenas nadie subía a la montaña. Se recostó sobre el sillón y se quedó dormida hasta que llegó al final del trayecto. Su abuelo la estaba esperando. Le disgustó tener la sensación de que había empequeñecido. Se le habían escondido hasta los ojos, que a Violeta siempre le habían parecido grandes y vivos. Ahora no eran más que dos bolitas negras rodeadas de un blanco apagado y fatigoso; tanto, que pensó que no se alegraba de verla, aunque su impresión cambió en cuanto lo abrazó y sintió que su cuerpo, mucho más frágil y enjuto que la última vez, la arropaba con el mismo calor de siempre y después la recubrieron sus estrepitosos besos.
Violeta, cómo me alegro de que estés aquí, te he echado mucho de menos. ¡Cuánto te has hecho rogar para venir a verme! Pero, ¡qué guapa estás!, ¡qué guapa! Eres igual que tu madre a tu edad, pareceríais dos gotas de agua.
No le gustaba que Diego la comparara siempre con su madre, su otra Violeta, su pajarito, como él la llamaba cuando le contaba historias de su niñez. Pero lo hacía casi siempre. Quizás porque así corroboraba que no la olvidaba, que seguía presente en su vida, aunque fuera en sus recuerdos y en la imagen de su nieta. En las historias que le relataba se refería a ella con ese mote y Violeta ya casi se había acostumbrado a asociar ese animalillo con su madre porque él solía contarle alguna batalla una vez al día, como poco. Y es que su abuelo tenía muchas cualidades y la de la locuacidad era una de las más desarrolladas. A ella le había encantado oírle siempre. Se sentaba con él y pasaba horas escuchándole mientras le narraba las peripecias de su madre y también las de él mismo, de cuando era un crío que no abultaba medio metro. No le ocurría lo que a otras niñas que conocía del pueblo, que cuando entraban en su casa huían a esconderse a su cuarto y se sumían en su propio mundo e incluso les molestaba que sus padres o sus hermanos intentaran internarse en él, al menos mientras no fueron adultas. A ella, sin embargo, le agradaba hablar con Diego, quizás porque se quedó sola demasiado pronto y tuvo que aferrarse a él, su única familia. Y ahora, al tenerlo delante, con el abundante pelo plata y el cuerpo mucho más menudo, que parecía que se le iba a quebrar entre sus brazos, sentía un retortijón de arrepentimiento por haber dejado que pasara tanto tiempo sin haber vuelto a verlo, entremezclado con la preocupación que la asaltó al encontrarlo tan desmejorado. Varios meses habían pasado desde que por fin consiguió que Álvaro la llevara de nuevo a la montaña. Pero en realidad era culpa suya. Ella se lo había permitido, ahora no entendía cómo, pero había sido ella misma la que había consentido esperar tanto para volver. Él nunca se lo prohibió. No con palabras porque, quizás, si lo hubiera hecho, no habría tardado tanto en reaccionar para romper ese hechizo invisible y poderoso que la mantuvo embrujada y sumisa durante años.
Yo también te he echado muchísimo de menos. Siento tanto no haber venido antes que estoy dispuesta a resarcirte: esta vez, vas a tener que echarme si quieres que me vaya, ya lo verás. Álvaro tiene otra obra en Perú, pero esta vez va a pasar allí más tiempo y me gustaría quedarme contigo mientras no está, si a ti no te importa, claro.
Violeta miró hacia otro lado. No quería que él le viera los ojos para que no la descubriera rompiendo su pacto, el que les impedía mentirse jamás el uno al otro. E intentó disimular esa chispa de pena agria que sentía cuando lo hacía y que le supo mal pero se diluyó enseguida al darse cuenta de que de veras no tenía intención de irse de su casa. Al menos hasta que hubiera decidido adónde.
¡Cómo iba a importarme! Sabes que siempre eres bienvenida, siempre. Álvaro puede estar tranquilo, te cuidaré lo mejor que sé. Me hace muy feliz tenerte en casa otra vez, ya lo sabes. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Pero vamos, empieza a hacer frío y vienes muy fresca, tú, para variar. ¿Nunca te acuerdas de que esto es la montaña?
Él le regaló la sonrisa de toda la vida, la que la calmaba después de una batalla campal de piedras en el cerro que había terminado con demasiados heridos entre los contendientes y con sus padres furiosos con ellos por haber sido tan estúpidos de haberse arriesgado a escalabrarse por jugar; la que la dedicaba antes de salir hacia la Universidad, a una hora intempestiva de la mañana, cuando tenía un examen y los nervios la reconcomían; la que siempre encontraba cuando le contaba sus cosas, hasta que dejó de hacerlo porque encontró a Álvaro y todo se paró. Y le abrió la puerta del coche, como siempre, como cuando se empeñaba en acompañarla a cualquier sitio donde no pudiera llegar en menos de diez minutos andando, empecinado siempre en protegerla. Se colocaba delante de ella y esperaba a que entrara y se acoplara en el asiento. Solo entonces cerraba despacio y se sentaba al volante. No le preguntó más sobre Álvaro. Violeta sabía que no le gustaba demasiado: le culpaba de haberle arrebatado su cariño, como si ella fuera una tarta que, al dividir entre más, tocara a menos. Pero también sabía que él no era el culpable de su desapego de los últimos años, de eso sí podía excusarle. Tenía que haber sido ella quien se hubiera dado cuenta de lo que importaba. Se alegró al pensar que aún estaba a tiempo. Mientras él conducía hasta la casa, se arrellanó sobre el respaldo, que seguía igual de blando, y disfrutó de su tacto suave y luego estiró las piernas hasta tocar el chasis delantero. Se sentía bien, protegida y tranquila. Aunque su abuelo no le pareciera el mismo, oír su voz la calmaba siempre y su mera presencia le anticipaba el cariño que ahora tanto necesitaba. Y se durmió pronto al acostarse en la misma cama de cuando era niña, la que se seguía recordando aunque hubieran pasado decenios sin usarla cada noche porque evocaba cuando todo era fácil y limpio y no existían Álvaros que importaran y que hubiera que olvidar
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CAPÍTULO 2


I

Los Molinos, Sábado, 13 de Mayo de 2000 (2:10 h)


No sé cómo aún conservas la magia que ella te insufló un día con los pinceles que te pintaron. Cuando me siento frente a ti puedo verla a ella, puedo hablarle y sé que me escucha, que las quejas que en mi corazón se elevan hasta atravesar mis pulmones, llegando a agitar el aire y gritar dentro de mi mente, ella las oye y me mira y me atiende, con sus pupilas titilando mientras no es capaz de fijarlas en ninguna parte de mi rostro. Si me mira a los ojos sé que jamás podré dejar de ver temblar los suyos como si fuera una niña asustada la que en ese momento estuviera frente a mí. Puedo sentir sus manos en mis manos, su voz tranquila que apacigua mi dolor y mi miedo, mi tremendo miedo, la inacabable angustia que hurga en mí hasta conseguir que me golpee con los puños para matar la alimaña que dentro de mi estómago está alimentándose. Puedo inhalar el perfume de su pelo que dulcifica aún más el que se desprende de su cuerpo. Sus manos pasan de mi nuca a mis hombros y me contagian la serenidad que habita en sus dedos. Apoyo mi frente en su pecho, que me hipnotiza con su calidez. Mi angustia se doblega.
No comprendo qué es lo que te hace conservar el secreto de mi sosiego pero, mujer, tu guitarra tiene un hechizo que perdura y del que ninguna bruja, buena o mala, podrá librarte si no es matándome primero.
Cuando ella ha conseguido que mi espíritu repose, aparto de ti mi pensamiento y veo a Violeta. Ha aparecido como siempre, sin avisar, sin darme tiempo a que prepare nada, casi ni llego a buscarla. Es igual que su madre. Tiene hasta sus mismos ojos, tan grises que parece que, si los miras lo suficiente, podrás verla por dentro. Aunque ella es mucho más fuerte. Aún no sé por qué ha venido. Ha llegado sola, sin Álvaro. Y no está bien, aunque no le pregunto, lo sé. Lo supe en cuanto la vi bajar del tren que viene de Madrid e invade con su ruido nuestro pequeño pueblo; pero ese también es un mal necesario. Ha adelgazado mucho, no come como debería, no se cuida, pero ya es adulta y no consentiría que un viejo como yo le diga cómo tiene que vivir. Hace bien, yo tampoco lo haría. Sin embargo, me cuesta no verla como cuando era mi niña, mi otro pajarito. Sigue teniendo esa mirada de cría lista como una ardilla, de las que lo pillan todo a la primera, pero ha cambiado. Ahora sus ojos están apagados. ¡Y cómo se parece a su abuela! La espalda ancha, las piernas finas, el pelo tan liso, la vista orgullosa. No se puede renegar de los orígenes. Pero está triste. Enseguida se abrazó fuerte a mí y sentí cómo su cuerpo temblaba igual que un conejillo asustado cuando le coges de las orejas. No es justo que yo también vaya a fallarla, pero ya no tengo fuerzas para servir de apoyo a nadie. Solo puedo darle mi cariño y no por mucho tiempo.
Ella me mira curiosa, medio escondida tras la puerta, cuando me siento enfrente de ti y me pierdo en tus colores. ¿Cómo podría explicarle que a través de tu guitarra consigo ver a aquella a quien únicamente amé más que a ellas? ¿Es esto una lágrima? No caigas, que ella no te vea rodar por mis mejillas, que no sepa que no quiero vivir, que no lo sepa. No quiero que conozca tu final, el principio del mío. No puede imaginar ni sabrá nunca cuál es tu historia. Tú debes callar, que no entienda por qué te necesito, qué ecos inaudibles produce tu guitarra que en sus notas oculta la canción de mi desgracia. Debes prometerme que no le dejarás sufrir por aquello que parece que solo yo recuerdo.
Sé que está angustiada, la he sentido entrando esta noche en mi habitación y tocarme la frente. Piensa que soy mayor, que tal vez esté enfermo. No se equivoca en todo: la enfermedad también la padece el alma. Qué pena desprendían sus manos cuando me acariciaban antes de salir para acurrucarse en su cama. Cuánto amor he percibido hasta en sus pisadas insonoras, volando sobre el suelo para no rozar siquiera el dibujo de las losas. No quiere despertarme ni que me preocupe por su preocupación. No imagina lo cruel que es el hombre. Cómo se siente un padre que ve morir a su hija en un lugar abandonado por todos; un marido que descubre que se llevaron a su compañera de vida en mitad de la noche y que no podrá ni llorarla en una tumba con nombre; un anciano que toma el periódico en una ciudad que se precia de tener juzgados y lee cada día la misma injusticia, la misma historia, el mismo odio, la crueldad repetida, la maldad desbordada. No imagina el dolor que me invade al pensar que los hombres caminan en un mundo obligado en el tiempo a elegir entre amar y morir y su decisión lleva milenios tomada. Ha elegido morir.
Pero sé que ella también sufre. Y desconozco por qué, pero no sé si puedo ayudarla. Ya no, estoy demasiado débil y muy cansado, demasiado cansado. La oigo al sentarse como entonces ante su escritorio, el que le compró su madre cuando apenas tenía siete años y ambas vinieron a vivir aquí. ¡Me devolvieron la vida! Tú lo sabes: nunca fui más feliz que aquellos días en los que tuve conmigo a las dos Violetas, mis dos pajaritos, la madre y la hija. Ella correteaba por el jardín y me perseguía para que la llevara a ver los nuevos pájaros que habían anidado en las encinas; a veces, se quedaba dormida sobre mis rodillas mientras le contaba leyendas de duendes, hadas y princesas peregrinas. Ahora vuelve a mí, quizás para que también la guíe, pero yo tan solo puedo acogerla. En su cuarto, sentada con la ventana abierta de par en par para que el aire fresco de la sierra le abra los pulmones, respira hondo y escribe sin levantar la vista del cuaderno como cuando era niña, con la luz del flexo bailándole en el pelo.
Y no sé por qué está tan angustiada. Sé que no ha querido contarme lo que le ocurre y yo ya no tengo la fuerza para ayudarle a que lo haga. Mi camino ya se ha hecho y no quiero seguir caminando. Hace mucho que dejé de ser el que era, que dejó de interesarme enseñar a nadie. Todos olvidan demasiado deprisa, la historia del hombre se repite, ni siquiera la cultura evita la masacre, ¿para qué seguir luchando? Ya no puedo enseñarles nada, no tengo fe en que aprendan, no creo que eso les ayude a no caer en la barbarie. No puedo seguir siendo un hipócrita. O mejor dicho, no quiero. No quiero seguir leyendo en el periódico que miles de personas huyen de otras tantas en algún país perdido de África mientras me tomo un té con leche sentado en la paz de mi jardín. No quiero volver a escuchar que otros miles de personas tan distintas y tan iguales mueren de hambre mientras me siento ante un plato rebosante de comida que sobrará y tiraré a la basura. Es un tópico. Es un tópico. Sí, y eso nos tranquiliza en Europa, donde pasa solo a muy pocos. Europa... cuando los que mueren son somalíes o indios o iraquíes, o para llegar a entenderlos hay que hablar en árabe o en algún dialecto del chino apenas conocido, los que vivimos entre algodones, visitando museos de objetos étnicos, cenando en restaurantes donde la irreconocible comida se sirve cruda o con exóticas salsas, comprando periódicos de un euro confiando en que con eso la persona que no sabe decir en español «tengo hambre» pueda de verdad comer; mientras son ellos los que se matan, se masacran o se mueren famélicos, respiramos porque sentimos que la civilización es una idea que nosotros utilizamos y sabemos hacerlo, aunque los demás no conozcan su significado. Somos prepotentes o estúpidos. Pero cuando los que se matan son blancos e ingenieros, historiadores, telefonistas, electricistas, panaderos, campesinos y profesores que cogen un fusil y se enzarzan en una lucha en la que asesinarán a su vecino, entonces, sí sentimos miedo. Además de crueles, somos hipócritas.
No me miras. No sabes cómo decirme que nunca fuimos mejores, ni jamás aprenderemos a serlo. No te atreves a mirarme porque tus ojos me dejarían ver todo tu dolor: lo que sufrimos se repite. Hoy volvería a suceder de la misma forma y con la misma impunidad. Como hombres que somos las piedras no nos hacen tropezar dos veces en el camino, nosotros mismos las dejamos caer delante del pie del que camina a nuestro lado. Si las piedras pudieran pensar, aprenderían a huir del ser humano.
Confío en ti. La cansina luz que entra por la ventana del cuarto que alberga el lienzo en el que residirás durante milenios iluminará con lucidez las sombras de Violeta. Necesito que ella te descubra, mi nieta pronto tendrá que conocerte. Y dejarás que tus latidos suenen paralelos a su dolor para que, al igualar su ritmo, su pena vaya disminuyendo hasta que su vida vuelva a tener sentido. No sé cuál de tus sortilegios usarás para que pueda utilizar tus ojos como yo lo hago y en ellos se encuentre de nuevo. Solo ella me importa ahora. Desde que su madre murió, su sonrisa ha sido mi único consuelo. Cuánto sufrí cuando se fue de casa. A cada paso que daba para llegar hasta la puerta que abriría para no volver veía en ella a mi otra Violeta, mi pequeño pajarito, y no podía evitar recrear la misma pesadilla: ella abandonada en un país teñido de sangre y odio, como otros miles, antes y ahora.
Pero ya me queda poco, lo sé, estoy muy cansado. No tengo ganas de seguir viviendo. Cuando yo me vaya, Violeta quedará huérfana. Y debe tener un origen, un principio. Yo se lo daré, aunque me guarde lo que no quiero que sepa nunca, necesita conocer al menos una parte de su pasado y hacerlo suyo. Y yo he de enseñárselo. Ha sido muy oportuna. Ayer recibí la carta que esperaba. De no haber venido ella, tendría que haberla llamado para que me acompañara en este último viaje. Ya puedo volver a Asturias, de donde hace miles de años salí; me siento ahora como si en realidad hubiera pasado ese tiempo: más de un millón de días. Allí, imaginará quién te pintó, por qué estás aquí, de dónde viene.
Ella tendrá que descubriros.




II

«En nuestras maravillosas tertulias de los domingos, se comenta, se critica, se experimenta. Pero estos días le toca el turno a la actitud de un importante núcleo derechista cuyo jefe ha declarado alegremente su disposición a "defender la República". Y del café, se ha pasado a la prensa, a las sobremesas y hasta a las mesas acompañando a la paella. Y algunos se enervan y otros se contienen, pero todos se apasionan como es inevitable característica de la idiosincrasia española. El tema, el centro, el núcleo de la cuestión es intrascendente: belmontistas y joselistas; aliadófilos y germanófilos; seguidores del E.F.C. del Recreativo de Montes del Castillo o del F.B.C. de Andurrianos de la Sierra… ¡lo importante es poder encontrar una razón para llevarle la contraria al contertulio en la rebotica, en el casino, en el banco al sol o en la bodega de la esquina!»

Villaviciosa (Asturias), 6 de Junio de 1934


En realidad nunca le había gustado esa casa tan grande y tan azul, por muy del estilo de Posada Noriega que fuera. Tampoco le gustaba vivir en ese pueblo tan apartado de todo y de todos en el que sus oscuros ojos, acostumbrados a la cegadora luz del sur, languidecían en espera de los raros días en los que salía el sol, para contemplar cómo las hasta entonces apagadas hortensias parecían, durante unas horas, borbotones de burbujas de colores rosáceas, blancas, lilas, azuladas; exultantes entre el verdor omnipresente y monótono de todo lo demás; imperturbables y señoronas ante el pasar de las viejas que iban a misa a la misma hora que ella, a la de maitines, llevando de la mano a alguna nieta somnolienta de deslavazados lacitos rosa. Ni le gustaba la casa, ni le gustaba el tiempo, ni le gustaba el lugar, ni le gustaba casi ninguno de sus vecinos. Milagros no se había acostumbrado a sus peculiaridades del norte ni aun diez años después de volver de una tierra tan parecida a veces a su Sevilla. Seguía sin soportar ese ambiente pueblerino de edulcoradas niñas casamenteras, rudos machos curtidos por el trabajo en el campo o en la mar y solo unos cuantos caballeros que mandurreaban escudados tras el dinero que habían traído de fuera como ellos pero, Dios nos guarde, salvando las distancias, en el que la mayor autoridad en música era ella. Sí, sabía tocar el piano y, sí, sabía hacerlo muy bien. Incluso podía haberse convertido en una fabulosa concertista si no hubiera conocido a Manuel y lo hubiera dejado todo para seguirle en su aventura en México. Pero de ahí a considerarse una autoridad musical distaba mucho. Sin embargo, en ese lugar ciego ante la cultura, el tuerto que sabía diferenciar un Do de un La era el rey. Por eso la idea de volver a vivir en una gran ciudad no le disgustaba del todo.
Milagros se intentó aplanar el rizo rebelde que se descolgaba demasiado por debajo de los ojos. Las campanadas del reloj de cuco resonaban a través de la madera de acacia como si en lugar de una avecilla cantara un mochuelo. ¿Por qué se llamaría así un artefacto que emitía semejante ruido? Su cucú se parecía al de verdad tan poco como el monigote que lo emitía al pájaro vivo. Jamás lo habría puesto en el salón si su marido no hubiera insistido tanto. Manuel, ¡ah, su Manuel!, siempre tan pendiente de la hora. Pero al menos tenía que reconocer que servía para marcar el ritmo del día en una casa donde le resultaba difícil marcar nada. Con su cuarta campanada se levantaron de la mesa y pasaron al salón de té. Qué endemoniadamente tarde se comía en España y qué pronto había asumido ella otras costumbres distintas a las de su niñez. Cerró el libro que le había traído de Madrid como regalo su amiga Clara, más desmejorada aún a la vuelta que cuando se fue, y que había ojeado mientras la sirvienta les preparaba el café, que no podía faltar en esa casa. Las tapas rígidas y pesadas hicieron un plof demasiado pervertido para la sobriedad de la conversación.
No sé, no sé, Manuel, la idea no me parece del todo mal, pero es que irnos así, ahora, después de todo lo que nos ha costado hacernos otra vez a la vida aquí en España, después de todo lo que te ha costado esta preciosa casa, con la de cosas que tendríamos que dejar y, sobre todo, con la Universidad de Diego a pocos meses de empezar. Aunque la verdad es que no puedo decirte que no me gustaría irme de Asturias, aunque fuera un tiempo. Eso no lo dudes. Y mucho más desde lo de ayer, que no os he contado aún. A la salida de la iglesia me encontré con la prima de la doncella, la que ha venido a veces a traernos la leche… Sí, no pongas esa cara, que la has visto alguna vez. Tiene las manos más delicadas que he visto nunca en una persona así. Parece que siempre lleve hecha la manicura. Pues su marido era uno de los mineros que tuvieron el fatal accidente de hace un par de semanas. El pobre sufrió la peor suerte. No pude más que acercarme a darle el pésame, a pesar de que las otras siguieron su camino. Pero yo sentí lástima y tuve que ir a hablarle; no paraba de llorar. Fue espantoso. Seguro que entraba en la iglesia para pedirle algo al párroco, porque la había visto pocas veces por allí. No me gusta este sitio, no me siento bien en este ambiente, somos bichos raros aquí. Ya sé que esta es tu tierra, pero yo no consigo habituarme. Y puede que Jaime tenga razón y que los problemas no hayan hecho más que empezar. Pero Londres no es justamente el sitio donde preferiría ir ahora, llueve más que aquí, que ya es decir. Y el inglés nunca ha sido mi fuerte. Es un idioma demasiado complicado para mí. Seguro que en Madrid estaríamos mejor.
Milagros hablaba rápido, tan rápido que a veces era imposible entenderla si miraba hacia otra parte y no se podía seguir el movimiento de sus labios. Se levantó y cerró la puerta. ¡Qué difícil era encontrar sirvientas tan leales como las de antes! Se miró la falda, tenía una pequeña mancha roja que no saldría fácilmente sin arruinar la tela. Se enderezó y puso una mano sobre ella; después miró con disimulo a un lado y al otro mientras intentaba sentarse recta. Se fijó en su amigo Jaime, no paraba de colocarse las gafas y de moverse sobre su silla mientras hablaba.
Pero no podéis imaginar cómo está Madrid; también es un hervidero. No queréis reconocerlo pero esto va a ir a peor. Solo hay que ver lo que le ha pasado a Azaña, a Lerroux y suma y sigue. Y mirad ahora la que tiene liada la derecha, deshaciendo lo andado, lo bueno y lo malo; y los comunistas…; ¡y los anarquistas! Ni ellos tienen claro lo que quieren. No se sabe de dónde van a venir los golpes. Todos van y vienen como las olas. El gobierno de Madrid es inestable. Y sus medidas, un desastre a cual mayor, un experimento tras otro. ¿Cómo se puede evitar que las viejas recen? Y discúlpame, Milagros, por supuesto que no lo digo por vosotras.
Jaime, si mi marido no ha impedido que crea en quien yo quiera, no lo va a hacer un gobierno que hoy opina una cosa y mañana la contraria. Y no te disculpes, entiendo perfectamente lo que quieres decir.
En verdad, es justo como tú lo pintas. A nadie en su sano juicio se le ocurre querer cambiar radicalmente las costumbres a golpe de prohibición. Y si antes no lo hicieron bien, peor lo van a hacer ahora estos volviendo atrás. Ya lo vimos con el susto del voto femenino que, como se ha podido comprobar, no llegó en el mejor momento, pero es seguro que aún nos esperan muchas sorpresas resultado de otras tantas ideas felices. A qué alma cándida se le ocurrió creer que quitándoselo todo y expulsando a los pobres jesuitas… ¡Jesús!, jamás pensé que alguna vez diría juntas esas dos palabras… por dónde iba…, sí…, pues eso, que no tienen que estar en su sano juicio para pensar que, aun así, iban los curas a bajarse de su púlpito. Son demasiados siglos de tradición que la gente tiene metidos en los entresijos. Y eso no se puede deshacer a fuerza de imponer leyes, por muy republicanos que se hubieran vuelto de repente muchos. Así luego pasa que a algunos les das la mano y se toman hasta el hombro, y enseguida van y se lían a quemar conventos. Esto no puede traer nada bueno en un país como este, en el que la mitad de las mujeres se llaman María y la otra mitad Concepción, Anunciación o Magdalena.
O Milagros, Jaime, o Milagros.
Milagros miraba cómo su hijo Diego dejaba caer un naipe tras otro sobre la mesa y cómo su amigo Martín le ganaba, siempre le ganaba. Ambos permanecían ajenos a la conversación, como si no fuera con ellos, cuando precisamente era a ellos a quienes más podría afectarlos. Pero la juventud es el pecado de soberbia más prolongado de todos, aunque también el más fácilmente purificable. Ojalá la gula estuviera clasificada también entre ese tipo de pecados. Entonces tal vez ella podría conseguir que las piernas dejaran de dolerle, porque, por mucho que intentaba comer menos, su rechoncho cuerpo lo era irremisiblemente cada día un poco más. Manuel le sirvió un par de cucharadas de azúcar más a Jaime, que las removió con fuerza antes de llevarse la taza a los labios, aunque siguió hablando.
Y además es mentira. Hay mucho republicano de boquilla pero a saber lo que harían si el rey y los suyos pudieran volver a coger las riendas. Y a saber lo que harán ahora con la derecha de nuevo al mando. Manuel, esto es una locura, te lo digo yo, convence a tu esposa. En España no estábamos preparados aún para haber dado este paso. Y encima se desdeña a la gente que sabe. Mira al menospreciado Ortega y Gasset. Colosal su artículo de El Sol. Pero ¿quién le hace caso? Cuatro iluminados a los que no se escucha y luego gente que, como nosotros, ha viajado y pensamos de otra forma. Por eso no me gusta lo que está pasando. Tanto ir y venir no puede traer nada bueno, estoy convencido.
Jaime volvió a dejar la taza sobre la mesa. Odiaba quemarse el paladar con el líquido caliente y, esta vez, la doncella había traído la gran cafetera hirviendo. Un hilillo de aroma y agua evaporada seguía saliendo serpenteante de la loza de La Cartuja, refinada y esbelta como la cucharilla de plata bruñida que había dejado sobre el platillo tildado de flores. Exquisitamente delicado y remilgado para un café tan amargo como aquel. Se fijó en su esposa, Clara seguía ensimismada en su cuaderno. Hubiera querido acercarse a ella y dar por zanjada la conversación que sabía que le estaba poniendo nerviosa, pero apreciaba demasiado a sus amigos como para no seguir insistiendo.
Y, Milagros, quien dice Londres, dice París. ¿No es allí donde vive tu hermana Amalia?
Sí, eso es. Y hace mucho tiempo que no los vemos. Seguro que estaría encantada de que le hiciéramos una visita de una vez y nos ayudaría de mil amores a encontrar un buen sitio donde instalarnos. Amalia vive en Francia desde hace muchos años, cuando se casó con Gérard. Mi sobrina Anna nació allí, es francesa y, por las últimas fotos que me han mandado, muy guapa, por cierto.
¿Muy guapa?, entonces nosotros también nos apuntamos. ¿Verdad, Martín?
Hijo, no seas tan frívolo, que lo que estamos hablando no es precisamente motivo de broma.
Diego se acercó a su madre y le dio dos besos en la frente. Se había hecho mayor tan aprisa que ella apenas podía recordar en qué momento dejó de subírsele a sus rodillas para que le interpretara alguna pieza al piano, a duras penas manteniéndole en su regazo, y cómo la escuchaba siempre con una mirada limpia y nueva, como si todo lo descubriera en ese mismo momento.
Perdóname, madre, no tengo intención de perseguir a mi prima, si no es estrictamente necesario. Y sé que lo que estáis hablando es importante. Pero yo no veo el peligro, la verdad. A pesar de que está claro que os habéis americanizado un poco y a veces parece que hayáis renegado de vuestras raíces, tenéis que creer que los españoles somos perfectamente capaces de solucionar nuestras diferencias sin crear más problemas de los habituales. Vivimos en una época difícil para muchos, pero no creo que sea como para tener que irnos. Yo no quiero irme. Ya lo sabéis.
Sí, ya lo sabemos, pero tus razones no son lógicas, eso también lo sabemos.
Milagros le acarició el pelo, tenía sus mismos rizos, castaños y brillantes, y se empeñaba en dejárselos así, peinados al aire como cualquier labriego. Él volvió a sentarse junto a Martín, pero ambos parecían haber perdido ya el interés por el juego. Sonó la campanilla de la calle y la doncella tan solo tardó unos segundos en hacer entrar a una joven. Con ella entró la brisa.
Elisa, dichosos los ojos. ¡Cómo te haces de rogar últimamente!
Hola, Milagros, hola a todos, disculpen la interrupción. Y, por favor, no piense eso, venir a verles siempre es un placer. Mis padres me dijeron que también iban a pasar aquí la tarde y me he acercado en cuanto he podido.
La joven fue a saludar a su madre. Clara se había sentado frente al gran ventanal de cuarterones que volaba sobre el jardín de los magnolios y escuchaba la conversación sin intervenir, como casi siempre. Era sorprendente lo que ambas se parecían y más sorprendente aún que se parecieran en lo físico solamente.
¿Qué tal, cielo mío? ¿Cómo te fue con el cuadro? ¿Ya terminaste?
La misma voz resonó en la sala. Si todos hubieran cerrado los ojos en ese momento, no habrían podido distinguir si la que hablaba era la madre o la hija.
Así que es por eso por lo que no hemos disfrutado de tu presencia en la comida, ¿no? ¿Sigues pintando todos los días? Milagros se sirvió un poco más de café, mientras no quitaba ojo a su hijo. Haces bien, ya sabes que creo que eres muy buena, he visto pocas pinturas con el alma de las tuyas. Y te aseguro que he visto la obra de muchos pintores. Nueva York tenía unos museos fabulosos. Cómo los echo de menos.
Su marido la interrumpió. Con los brazos pegados al cuerpo, Manuel apretaba los puños inconscientemente. Casi daba un poco de risa.
No empecemos otra vez, Milagros. Si de verdad te sientes como dices, vámonos entonces a Londres, a París o adonde quieras. Así no podrás quejarte de no tener a tu alcance pintores, músicos o cualquier otro tipo de bohemio o chiriflauta que prefieras, como te quejas de que te pasa aquí. Y francés sí que hablamos, mal, pero lo hablamos. Me niego a ponerme ahora a aprender inglés, por mucho que a ti te guste tanto la escritora tan fabulosa esa. Y a mí me da igual seguir llevando mis asuntos con mis socios americanos desde aquí que desde París, incluso allí seguro que las comunicaciones funcionan mejor. Supongo que también habrá sitios a los que pueda ir de caza. Y mi primo el médico vive allí ahora. Creo recordar que se fue a principios de año, con su esposa y mis sobrinas. Le están yendo muy bien las cosas.
Jane Austen, Manuel, la escritora esa se llama Jane Austen. Y no es eso, no es eso. No quiero que penséis que soy una frívola ni que España no me agrada, solo que me gustaría vivir más cerca de una gran ciudad. En los tiempos que corren, acercarme a Oviedo o a Gijón cada vez que quiero ir al teatro o asistir a un concierto es una aventura. Se te quitan las ganas. Y además, Jaime puede tener razón. La situación aquí está más embrollada cada día. Irnos una temporada puede ser buena idea.
Pero, ¿entonces están pensando en hacer caso a mis padres? Ellos ya llevan meses dándole vueltas, pero creí que no se atreverían a irse. Yo me iría encantada a casi cualquier ciudad de Europa, mañana mismo.
Martín dio un respingo en el sillón pero su amigo Diego se le adelantó.
¿Tú vas a ir con ellos?
Por supuesto. En cuanto se decidan. Tengo estudiadas ya todas las universidades candidatas. He enviado cartas a algunas de ellas, las de las ciudades a las que más probabilidad tendríamos de irnos en las que se ofrecen carreras de Bellas Artes. En París podría estudiar en la École Nationale Supérieure des Beaux Arts, nada menos. Tiene una de las mejores escuelas de pintura de Europa Elisa miró con el rabillo del ojo a Milagros. No podría dejar de agradecerle nunca que le hubiera ayudado a convencer a su padre de que le permitiera estudiar, de que en otros países lo hacían muchas mujeres y ninguna se había muerto por ello, ni tan siquiera se había quedado ciega. Solo me falta que tomen la decisión de una vez, pero no hay forma. La verdad es que no quieren irse si no os vais vosotros también. Ya veis, somos una familia de muchos. Y, Martín, tú estás incluido en el lote, supongo.
El muchacho la miró por primera vez desde que había entrado. Sus ojos violetas le ponían nervioso. Esa chica era como los gatos. Y se movía igual.
Pues no sé, seguro que mi padre no querrá dejar el bufete en manos de mi tío. Pero yo creo que Jaime tiene razón. Al menos está claro que por aquí los mineros cada día están más revolucionados. Viven mejor que los labradores, su jornal es el más alto de Europa y su jornada la más breve, pero están muy unidos en sindicatos y no paran de convocar huelgas, ya me diréis qué más quieren. Pero mis padres no se irán de ningún modo, tampoco dejarán las tierras sin vigilancia, y mucho menos si puede haber problemas. Tampoco se sabe por dónde saldrá la Reforma Agraria tan cacareada. No es momento de abandonar los campos. Además ellos nacieron aquí, no añoran la gran ciudad en absoluto. Les gusta esta forma de vivir y la tranquilidad que hay en este sitio, bueno, que había hasta hace poco.
Martín se levantó y se puso en la taza otro terrón de azúcar. Movía continuamente la cabeza para apartarse el flequillo, un mechón oscuro le bailaba de un lado a otro por encima de los ojos. Después fue a sentarse más cerca de Elisa.
Pero yo sí estaría dispuesto a irme una temporada, a mí el bullicio de París no me disgusta en absoluto y supongo que tenemos que aprovechar que Elisa se conoce todas las universidades de miles de kilómetros a la redonda, ¿verdad, Elisa?
Ella no le contestó, solo arrimó una silla a la de su madre y le tomó de la mano. Hacía un rato que Clara había cerrado su cuaderno y lo había dejado apoyado sobre la mesa para volver a mirar por la ventana y seguía con la vista fija en algún punto afuera, mientras su hija le acariciaba los huecos entre los dedos. Parecía que Elisa lo hacía sin darse cuenta, como si se hubiera acostumbrado a cuidar de ella desde siempre y tuviera interiorizados ya los gestos que conseguían transmitirle paz. Una paz que nadie sabía cuándo había perdido, pero que se vislumbraba muy muy al fondo de sus ojos. Al verlas juntas, todos pensaron, como otras tantas veces, cómo era posible que dos personas tan iguales pudieran parecerse en realidad tan poco.
Afuera hacía frío todavía. Las grandes hojas verdes de los magnolios brillaban y las nuevas yemas púrpuras parecían a punto de explotar en colosales flores blancas. Un soplo de viento se llevó la hojarasca amontonada a los pies de sus troncos agrietados. El gris nubloso lo manchaba todo, hasta la propia montaña gris. Una ardilla de ojos vivos tomó del suelo un fruto seco y lo estampó contra una piedra. El resto del café ya no olía en la enorme cafetera, todos se habían acostumbrado a su aroma y solo el delicioso perfume de Elisa se abría paso en sus sensaciones como si flotara. Martín la siguió mirando, pero ella seguía sin contestarle.
No creo que mi padre vea ningún inconveniente en que me vaya a estudiar a París o a donde sea, siempre que siga estudiando Derecho, eso no tiene discusión posible. Así que yo me apunto a la locura, si me lo permitís. Siempre habrá tiempo de volver a su despacho cuando termine de estudiar allí, si no me queda más remedio. Y estoy seguro de que un abogado formado en la Sorbona o en cualquier otra universidad parisina donde me admitan no tendrá competidores en todo Gijón y alrededores.
Pues nos alegraría mucho que os unierais a nosotros. A pesar de lo que cree Elisa, Clara y yo hemos decidido irnos como muy tarde en un par de meses. Nos da igual París, Londres o Ámsterdam. No quería decíroslo así, pero mi cuñado, el que está destacado en Sevilla, siguió muy de cerca el levantamiento de Sanjurjo que no deja de ser un advenedizo pero vete tú a saber cuántos hay como él y que, además, así, a lo tonto, se ha cargado hasta a Lerroux y nos lleva avisando desde entonces, asustando, diría yo. No sé si será un loco o un alienado, pero él lo tiene muy claro: la República ha perjudicado mucho a los militares, ha dejado a demasiados mandos sin poder mandar y les ha intentado quitar poder pero en realidad siguen teniendo demasiado. Lo de Sevilla puede repetirse y nadie puede imaginar las consecuencias. Nosotros no vamos a quedarnos. Clara no está para muchos sobresaltos y yo, si os digo la verdad, tampoco. Y si resulta que nos hemos alarmado por nada, volveremos pronto.




III

Los Molinos, Sábado, 13 de Mayo de 2000 (8:36 h)


En dos meses, mi eficiente madre había conseguido organizarlo todo para dejar aparcada nuestra vida en Asturias. Suspendida en el tiempo, como si fuera posible recuperar un instante. Como si pudiéramos dar marcha atrás y reanudar nuestra historia en el punto en el que deseáramos. Qué prepotentes, qué humanos. Nos creemos dioses y solo llegamos, si acaso, a gusanos. Unos gusanos devastadores con nosotros mismos. Tus padres y tú nos animasteis a salir a tiempo de una España a punto de parir dolor y miedo, sufrimiento y hambre pero llegamos a una Francia desunida, en la que los enemigos se confundían y los amigos eran cobardes. No podíamos saberlo, qué íbamos a saber. Y, menos, nosotros, tú y yo. Yo tan solo pensaba en ti, en tus manos y en tu voz, en tus caricias entre dos luces que me erizaban la piel somnolienta hasta despertar cada poro a tu mañana. Todo lo demás, ¡qué poco me importaba! La juventud es egoísta, inmediata, impaciente, cada siglo un poco más, y a mí, entonces, ya solo me importaba volver a tenerte. Hasta en mis sueños te deseaba. Elisa.

Elisa, las luces del día doblan a muerto entre los fantasmas de mis recuerdos y se hinchan de voces ahogadas que suspiran para hacerse oír. Me llaman, me llaman, me ahogan, me buscan desde hace días, desde que Ángela, la abogada, me anunció que debía regresar. Ni el alba con su luz vivificadora consigue reanimarme para que pueda salir de mi nicho forrado de dolor. Elisa, mi dulce Elisa, pero sé que tengo que volver a ti. La sepultura de mi memoria ha sido profanada y ahora todo es negro, todo es negro. Y me da tanto miedo que, si no fuera por ella, por mi nieta, lo dejaría pasar y solo esperaría sin más hasta que llegara el dulce letargo de la muerte. Por mi nieta. Parece que duerme todavía, en un sueño placentero de joven flemática e irreverente ante las penurias de la vida que aún no le han llegado y que ni imagina que le llegarán. Déjala, déjala dormir. Déjala que pase el tiempo sin que le agobie esa losa de cemento que siempre termina tapándolo todo. Hasta mi cama es una tumba, fría y solitaria, de la que consigo zafarme tan solo cuando pienso en ti. Ya han llegado los cuadros, Elisa, ya están allí. Y tengo que regresar. Pero sigo siendo un cobarde. No temo la muerte, temo rememorar la vida. Aunque debí haber vuelto mucho antes. Y no pude, no tuve fuerzas. No me atreví. No pude volver donde sabía que te habría gustado tanto vivir.
Abuelo…, abuelo… ¿estás despierto? ¿Vas a bajar a desayunar?
Sí, pajarito, sí, estoy vistiéndome ya. No te he oído levantarte. Pensé que aún estabas dormida y quería dejarte descansar un poco más ahora es ella quien me vigila; se han invertido los papeles, ahora ella hace de madre y yo de hijo. Enseguida termino, pero no me esperes. Empieza sin mí.
No te preocupes, voy a sacar a Zara un momento y desayunamos juntos.
Mi pajarito, creí que dormía y es ella la que me espera. Tengo que aprovechar su visita para pedirle que me acompañe; yo solo, no tendría fuerza para hacer este amargo viaje de vuelta a donde hace lustros salí y, además, ella también debe ir. Tendrá que conocerse. Aunque me pese. Cuando me fui de Asturias, qué poco podía imaginarme que no volvería jamás a vivir entre las paredes de esa casa mágica. La casa azul que te encantaba, tal vez porque parecía salida de la fértil imaginación de un pintor. Sus ventanales de cuarterones blancos parecían dejarse caer sobre el mar profundísimo y cercano solo en apariencia. Las brácteas anaranjadas de las buganvillas se descolgaban en anchas telas amargas sobre las dos columnas de piedra del portalón. Parecía que, en cualquier momento, tras ellas saldrían dos xanas, con largos cabellos y túnicas doradas. Pero eso nunca pasó. Sus siete habitaciones, sus dos salones, su mármol rosa, sus hermosas vidrieras, sus nobles maderas, todo eso se quedó, como si nunca hubiera tenido nada que ver con nuestra vida.
Desde que nos instalamos en ella, nunca antes la habíamos abandonado más que unos días, en los viajes que mi madre organizaba siempre que el tiempo o el humor de mi padre se lo permitían. Pero, cuando partimos hacia París, no fuimos conscientes de que ya no volveríamos hasta muchos lustros después y menos de que muchos de nosotros no lo haríamos nunca. Si lo hubiéramos sabido, habríamos recorrido cada rincón en busca de algo que anclarnos al alma para reconocernos luego en ello, para no olvidar nuestros orígenes, para sentirnos de alguna parte. Eso era lo peor de ser extranjero en una tierra extraña que, aun después de años, jamás te pertenecería, el no sentirte parte de ella, el que todo transcurriera ajeno a ti, que pareciera ocurrir sin ti, como en dos líneas paralelas condenadas al aislamiento, sin que realmente nada de lo que te rodeaba pareciera atañerte o afectarte.
Yo no me di cuenta de eso ni siquiera cuando la comitiva con los coches llenos de maletas comenzó a andar y, trastabillando sobre los caminos pedregosos, llegamos a la carretera que nos llevaría a Barcelona, ni siquiera entonces fui consciente de lo que dejaba. Ni miré atrás, tan solo podía pensar que tú viajabas a mi lado, tan próxima a mí, y que poco después te tendría aún más cerca. Dos desconocidos para gente nueva entre la que ya no tendríamos que escondernos, dos incipientes amantes anónimos en las calles parisinas. Iba tan excitado que no recuerdo ni el tiempo que tardamos en llegar a Barcelona, si fue mucho o muy poco, solo sé que miraba embobado por la ventana pensando que tú ibas tan cerca y que solo dejé de pensar en ello cuando, ya desde varios kilómetros antes de llegar, me asaltaron los dos medios pechos de diosa suprema que formaban las arcadas de la Estación de Francia. Me quedé mudo de la impresión y seguí también sin hablar cuando todos entramos en el inmenso vestíbulo, de extraña geometría, rematado hacia el cielo con tres descomunales cúpulas sostenidas entre incontables bóvedas y pilares, poblada de mármol blanco, bronce y madera de roble, alumbrada por triples faroles de forja negra y cristalería y gigantescas vidrieras en forma de medio arco. El lujo y la grandeza hechos estación. Para construir maravillas así quería hacerme yo arquitecto. Qué pueriles son en ocasiones los deseos de juventud. En un momento en que nadie nos miraba, me cogiste de la mano. «Impresiona, ¡eh¡». Y sí, impresionaba. ¡Y qué hermosa era! Pero más hermosa me parecías tú. En la pared del fondo, entre las dos bolas gigantescas de metal suspendidas de sendas estructuras de hilos anclados al techo, miré la hora a la que al fin partimos hacia nuestro futuro en ese nuevo país en el que todos habíamos puesto alguna esperanza. Eran las cinco y diez y la mía era descubrirte.




IV

«Hermanos de armas, hermanos todos, seguid así, estoicos, imperturbables, solemnes. Seguid así, inconmovibles, con vuestros baluartes elevados al cielo, aguantando la lluvia y las pasiones, seguid así, porque en estos tiempos en que la femenina decadencia invade los pueblos y los sentimentalismos se extienden como la peste devorándolo todo, el único orden y equilibrio son posibles si vosotros, el Ejército, se mantiene al margen y siente el llanto como síntoma de cobardes y las agitaciones como vergüenzas. Las muchedumbres gentiles se dejan llevar por las pasiones y explotan en griterío ante las buenas nuevas y lloran amargamente ante las penurias, pero dejadle ese pobrerío de espíritu a los cobardes, porque, a Dios gracias, el Ejército sabe mirar siempre hacia el futuro.»

París, 6 de Septiembre de 1934


Milagros nunca antes se había parado a pensar por qué su hijo se parecía tan poco a su marido. Vistos así, sentados uno frente al otro, nadie podría haber imaginado entre ellos un parentesco más cercano del que podía haber unido a cualesquiera de los viajeros del zarandeante artefacto del demonio, en el que al menos habían tenido la suerte de poder sentarse todos juntos. Hacía ya horas que había corrido del todo las cortinas de terciopelo marrón para dejar de mirar el horizonte en busca de algún vestigio del paisaje español. Tras aquellas ventanillas oscuras, la rapidez con que la locomotora tiraba de los vagones provocaba que los árboles se juntaran entre sí en un flujo de materia en movimiento vertiginoso. Y los mareos habían sido tales que había tenido que levantarse varias veces para ir a vomitar. Pero, ahora, ya más tranquila y sin nada dentro que poder expulsar para encontrarse mejor, había descubierto un entretenimiento más mirando de hito en hito a sus compañeros de viaje. Recostados en los sillones de ruda tela beige, algunos dormían, los mayores, jóvenes aún pero necesariamente envejecidos por oposición a los tres pipiolos que no habían dejado de hablar en todo el viaje en voz tan baja que ella, aunque había querido, no había podido participar en su conversación. Esa juventud estaba perdiendo los modales; Milagros jamás se hubiera atrevido a hablar así delante de su madre. Y sonreía pensando en esto, en cómo su encorsetada madre la habría reprendido por eso cuando a ella su insolencia simplemente le suscitaba curiosidad.
Pero la verdad era que Diego no se parecía a su padre. Quizás la manía de tocarse la nariz con la punta de los dedos cuando se concentraban demasiado, el hoyuelo del mentón que tenuemente se les marcaba tan solo cuando reían, la manera en que se acariciaban las manos mientras escuchaban en alguna conversación u otros ademanes similares, casi nunca estrictamente físicos y perceptibles solo para aquellos que les quisieran tanto a ambos como para percatarse de su existencia, fueran lo único que permitía rastrear el invisible vínculo que existía entre ambos. Aparte del cariño que se tenían el uno al otro. Manuel adoraba a su hijo, incluso a veces creía que más que a sus dos amores confesados ella misma y la caza, y él le correspondía con mayor intensidad, si es que eso era posible. Había sido de ese modo desde que Diego apenas levantaba cuatro palmos del suelo y ella se exasperaba porque buscaba a todas horas la compañía de su padre y su manita siempre rechazaba con un ademán de altivez muy poco apropiado para un crío la ayuda que ella le brindaba y no la aceptaba nunca más que como segundo plato. Siempre fue así hasta que se hizo lo suficientemente mayor como para entender que los afectos también debían seguir unas normas de cortesía.
A veces se preguntaba si habría ocurrido de otra forma si ella hubiera estado mucho más pendiente de él. Se empeñó en amamantarlo y criarlo sin ayuda de nadie, que para eso la naturaleza la había dotado a ella, y muy bien dotada, y jamás se había enfrentado a nada tan duro y a la vez tan hermoso. Pero salió tan agotada de la experiencia que decidió no tener más hijos y enseguida reanudó sus misas de cada día; las tertulias con sus amigas, mucho más animadas en México de lo que jamás serían en España, seguro que sí; y las visitas a los museos y al teatro, acompañada de Manuel o no, según se diera. Incluso participó más que antes en cualquier evento o celebración que le pareciera interesante o ameno. Y quizás el pequeño se había aferrado a su padre en lugar de a ella porque podía elegir en igualdad de condiciones: ambos llevaban una vida ajetreada y solo reservaban para él algunos ratos de las tardes, cuando terminaban su jornada dedicada a diferentes y variadas ocupaciones, pero en ambos casos apartadas del niño. Y además ella era mucho más exigente que su marido y quería que su hijo tuviera todas las oportunidades que le ofrecía una buena educación, que lo aprendiera todo, pero sin descuidar nunca sus emociones. Quería que fuera un hombre feliz y que pudiera hacer feliz también a los demás. Eligió escrupulosamente a su institutriz, lo que le costó un mundo, y luego la persiguió con sus teorías sobre la enseñanza de la oratoria, la gramática, el francés, la música y las matemáticas, y ella misma se encargaba de repasar con él aquello a lo que no había llegado en el día con su maestra. Y más tarde, cuando tuvieron que buscar colegio en Asturias, buscó y rebuscó hasta encontrar el mejor de la zona. Así que Diego eligió enseguida lo más fácil: su padre jugaba y su madre le exigía y le hablaba sin cesar de sentimientos y sensaciones. Y eso, quizá, no era tan divertido como revolcarse por el suelo con Manuel. Y entre los cachitos de amor que el niño había repartido cada día y que ella rememoraba cada noche al acostarse, su parte siempre era mucho menor, o al menos se lo parecía. Pero se había acostumbrado a esa forma de querer. El amor de su hijo se quedaba en su círculo íntimo y ella sabía incluirse dentro de él y aprovechar y guardar cada una de las sonrisas con que ese mocoso de pícaros ojos negros y sonrisa cautivadora le hacía sentirse la más feliz de las madres. Sin embargo, también sabía que eso tendría que cambiar. Quizá ya lo había hecho sin que, como otras tantas veces en los últimos años, ella se hubiera percatado.
Era extraño ese triángulo. Dos hombres y una mujer. Demasiado juntos y demasiado separados. Milagros habría preferido que Martín o Elisa no les acompañasen. No se lo había confesado a nadie, tampoco a su marido. Era demasiado ingenuo para entender sus razones, pero algo dentro de ella le hacía sentir un picor extraño en la mano derecha mientras lo pensaba y eso siempre terminaba significando que había acertado en sus intuiciones, aunque muchas veces no se demostrara hasta mucho tiempo después. Recordaba, por ejemplo, la que tuvo con su amiga Clara. Todos se empeñaban en decir, a sus espaldas, que era una loca, pobrecilla, que había nacido así y que bastante tenía Jaime con haberla querido siempre y haberla consentido sus extrañezas desde antes incluso de haberla pretendido. Era muy hermosa, sí, y si no hubiera sido ella, podría haberse casado incluso con aquel marqués que la cortejó brevemente, hasta que se retiró, quién sabe si alertado por los mismos que decían quererla tanto. Pero había algo turbio en ella, algo que muchos achacaban a la locura o, conmovidos por la dulzura incuestionable de su mirada, a la extravagancia. Y pocos entendían cómo esa mujer de bellísimos ojos violetas podía ser la madre de alguien como Elisa, porque, para su fortuna, solo le había transmitido su piel delicada y su pelo suave y sus finos rasgos, incluidos sus preciosos ojos, pero ni un ápice de su opacidad ni de su tristeza. Sin embargo, siempre que Milagros se acercaba a Clara, sabía que no podría evitar sentir un cosquilleo en las palmas e intuía que no estaba loca y se convirtió en su mejor amiga desde el mismo día en que pudo conversar con ella a solas, sin ningún varón demasiado cerca, aunque solo años después llegó a saber de muy mala manera que su olfato no le había fallado tampoco esa vez. Y su hija tuvo la suerte de heredar su físico pero no tuvo que repetir su historia y por eso era un cielo de mujer y nada le habría gustado más a Milagros que saber que se convertiría en un cielo de nuera. La suya. Por eso, para su gusto, alguno de los dos habría sobrado ahora en el vagón.
¿Por qué no dejáis ya de decir tonterías? ¿Es que no tenéis otra cosa mejor que hacer que bromear todo el rato? Parecéis críos, de verdad, críos atontados. No habéis dicho una cosa interesante en todo el viaje y mira que llevamos horas aquí metidos. ¡Qué ganas tengo de llegar y de ver París! ¡Cómo me alegro de que os hayáis decidido por fin! Será una experiencia fabulosa, ya lo veréis.
A veces me recuerdas a mi madre, Elisa. Siempre regañándome cuando me porto mal. No hagas que me arrepienta de haberme apuntado a esta locura. Mírala, no deja de controlarme. No he conocido a nadie como ella, siempre detrás aunque no lo parezca.
Locura…, ¿por qué locura? Locura era quedarse en España pudiendo aprovechar el miedo de los retrógrados de mis padres para vivir una aventura aquí, en la ciudad de la luz. O mejor, en la ciudad del amor. ¿No crees, Elisa?
Martín, no empecemos, que ya somos mayorcitos y hace tiempo que las cosas están claras. Al menos yo las tengo muy claras.
Elisa miró a través de las ventanas ovaladas. Hacía mucho rato que las luces de la ciudad se veían a lo lejos. Eran como chiribitas voladoras que chisporroteaban, encendiéndose y apagándose al ritmo infernal de los monstruosos ejes que movían las ruedas del tren en un traqueteo insoportable.
No sufras, mi niña, que se te pone una cara muy fea. Mírala, si va a enfadarse y todo.
Martín, déjala ya. Ella tiene razón, parecemos críos. Acabamos de comenzar un viaje que nadie puede imaginar dónde nos llevará y solo sabemos volver a lo mismo. Lo que tenga que pasar, pasará, no se pueden poner muros a la vida.
Diego había cogido la mano de Elisa y se la llevó a los labios. Pero ella enseguida la volvió a dejar apoyada sobre sus rodillas. Miró de reojo a Martín, pero no les había visto el gesto.
No, en eso tienes razón, Diego. Siempre hay que vivir como si hubiera esperanza. La vida siempre decide por ti. No puedes imaginarte hasta qué punto. O si no, mira los idiotas de mis hermanos, se morían de ganas de venir también pero mis padres no se lo han permitido. Solo yo puedo estudiar en París, solo yo podré pegarme la gran vida aquí, mientras ellos siguen la tradición familiar. Sobre todo Herminia, la pobre, nunca saldrá de casa si no es con un compromiso por delante con cualquiera que le cuadre a mi padre. Qué pánfila.
No puedo creer lo que te oigo, Martín. Que tengas la suerte de poder ser el que tenga esa oportunidad y te burles de lo que tiene que vivir tu hermana… Eres un idiota, un egoísta o un inconsciente, y no sé qué es peor.
No soy ninguna de las tres cosas. Solo me alegro de poder estar aquí, contigo. Y con Diego. Yo no puedo evitar que mis padres piensen como lo hacen, ¿qué quieres que haga? ¿Que me quede con ella? Tengo que aprovechar mi suerte, ¿no crees? Cada uno tiene la suya. Y ¿quién sabe?, quizás la tuya y la mía estén más unidas de lo que ahora puedes imaginarte, así que no me juzgues, mi niña.
No me llames así, no me gusta, ya lo sabes. Ya no soy ninguna niña.
Dejad de discutir y venid a ver esto. ¡Estamos entrando en la ciudad! ¡No puedo creérmelo! ¡Qué hermoso! Sabía que este río era fabuloso, pero… esto… esto es increíble.
Diego había abierto un poco la ventanilla y el aire de París les daba en la cara. Era una corriente fresca de voces nuevas, de colores vivos, de ruidos deliciosos, de momentos indefinibles, de vida por descubrir que les estaba esperando. Sumergidos en ella, cualquier río les habría parecido extraordinario. Incluso uno mucho menos asombroso que el serpenteante y verdoso Sena.
Pues no parece que no has visto un río en tu vida…
Venga, déjalo ya de una vez y disfruta de lo que estamos empezando a vivir. Dime de verdad que sí has visto algo parecido. Esto es París…, París. Por fin estamos aquí.
El tren fue aminorando la marcha hasta que les recibió un inmenso triángulo cristalino que parecía desgarrarse en millones de astillas metálicas. Su división en forma de malla trenzada con miles de cuadrados, rectángulos y triángulos en su parte superior y de alargados poliedros terminados en semicircunferencias por debajo le hacía parecer una tela de araña meticulosamente trazada. Pero en realidad se trataba de la vidriera del tamaño de una plaza de toros que soportaba la cubierta de la Gare d´Orléans, su destino. Diego no pudo evitar sacar la cabeza por la ventanilla antes de que el tren se detuviera del todo para ver el imponente entramado de acero y vidrio que se elevaba a más de doce metros del suelo. Las tres filas de lucernarios atravesados por barrotillos de hierro se entreveraban con cuatro tiras iguales de planchas opacas. A los lados, otros ventanales excesivos dejaban pasar la luz de París y, por efecto de sus miles de cristales, conseguían incluso multiplicarla. El volumen de la estructura imponía respeto, pero se disipaba entre la barahúnda de gritos, chirridos metálicos y silbidos; y el olor de la estación, un conglomerado de polvo, grasa, vapor y humo.
Cuando el hombre vestido con un uniforme impecable y gorra negra hizo la señal desde fuera, todos los pasajeros comenzaron a bajar despacio. Milagros y su amiga Clara iban cogidas del brazo mientras Elisa saltaba al andén, Martín y Diego la seguían a pocos pasos y Manuel y Jaime continuaban discutiendo sobre lo mismo de las anteriores dos horas y media. Los mozos recogieron sus maletas y las subieron a los carros, y todos echaron a andar hacia el vestíbulo que se veía varios metros más allá, al otro lado de los raíles que, como marañas de hilos estirados, se prolongaban hasta donde la vista daba de sí. A lo lejos, entre las incontables siluetas que se agolpaban en busca de alguien, una figura achaparrada agitaba los brazos y no paraba de hacer aspavientos y de gritar:
¡Milagros! ¡Milagros! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Dios mío! ¡Milagros!
Otros trenes atravesaban las vías, promesas de otros destinos, y el vapor sacrílego de las calderas se escapaba por debajo de las ruedas y envilecía el aire. Un hombre con un ridículo sombrero blanco en forma de hongo se había parado en medio del pasillo central y miraba a los dos lados mientras sujetaba un ramo de rosas amarillas. El clavel rojo carmesí que lucía en la solapa hacía horas que se había marchitado. Milagros encomendó su amiga a su acostumbrado marido, dejó en el suelo su maletín de mano de piel de cocodrilo y salió corriendo. Aún tuvo tiempo de agarrarse el sombrero al ver otro igual que el suyo volar por encima de sus cabezas y aterrizar en las vías de enfrente, pero continuó corriendo hasta llegar a la única persona en todo el andén que vociferaba entre la multitud. Manuel la seguía con la vista, entre divertido y escandalizado, y se acercó a Jaime antes de hablarle en bajo.
 No pueden negar que son españolas.
Sí, las únicas. Son las únicas españolas, eso podemos jurarlo.
Diego recogió el bolso del suelo y todos siguieron la estela de la adelantada Milagros, que seguía abrazada a su hermana como si fueran a quitársela, y llegaron a ellas abriéndose paso entre la multitud.
Dios mío, Amalia, ¡qué guapa estás! ¡Pareces una actriz de cine!
No exageres, no es para tanto. Solo voy un poco a la moda.
Entre los pitidos y el murmullo de los saludos, su voz sonaba como una mezcla entre el Bolero de Ravel y las sevillanas rocieras, y eso que ya habían transcurrido más de dos décadas desde que abandonara España para seguir de vuelta a casa al rubio profesor de francés del colegio de la Santísima, entre el beneplácito de sus padres y el alborozo de las vecinas.
¡Tu pelo! ¡Qué has hecho con tu pelo! Si te viera madre, se moriría ahora mismo, estoy segura.
Bueno, solo he aprovechado que ella no va a verme, ¿no crees? Es lo que se lleva aquí, todas las mujeres en el Club llevan el pelo corto y una boina así, al lado, aunque yo me la pongo un poco más enderezada. Ya ves, para darle un toque mío, más del sur. Pero suéltame ya, mujer, que Gérard va a tener razón cuando dice que las españolas somos unas histéricas.
Pues Gérard que piense lo que quiera, que a mucha honra.
Pero Gérard no pensaba nada, solo se había acercado a su cuñado y todos estaban saludándose, presentándose o besándose, según el gusto, la edad o el interés. El ovillo de personas y maletas iba deshaciéndose poco a poco al tirar del hilo sujeto a las puntiagudas agujas del reloj de dos metros de diámetro que colgaba de la pared del sur. Marcaban las cinco y un niño flacucho se puso a llorar al oír las estruendosas campanadas que sonaban a las en punto. El tiempo se paraba apenas mientras los amantes se despedían, los enemigos se reconciliaban o los desconocidos dejaban de serlo. Clara se había agarrado a su marido y temblaba. Un desconocido con un bigotito insigne y un traje verde botella se la quedó mirando y ella bajó la vista.
Tía, soy Anna. ¿No se acuerda de mí?
Anna, mi preciosa Anna. ¿Cómo no iba a acordarme? Pero ¿cómo puede haber pasado tanto tiempo? Tú sí que estás guapa. Qué digo guapa, espectacular. Por Dios, ¡cómo has crecido!
Todos la miraron. No era posible imaginársela siendo de otra forma, ni tampoco estando en otro lugar. Al menos por Villaviciosa jamás podría haberse paseado con ese vestido. No sin que alguien se hubiera santiguado en cada esquina. La minúscula cintura dividía en dos un cuerpo sinuoso, de pechos y caderas en perfecta sintonía, demasiado armónicas para una prima o, incluso, para una sobrina. Y la mezcla de las raíces sevillanas con el glamour parisino se demostraba explosiva: dos grandes ojos negros asaltaban al observador desde el pequeño óvalo de exquisita piel blanca y los labios rojos parecían dos perlas de cerezas almibaradas. Apetecía probarlas. Anna no era guapa, era sensualmente escandalosa.
Hola Anna, soy Diego. Me alegro muchísimo de verte.
Los modales franceses eran en exceso atrevidos. De eso no había duda. Anna dio a su primo un beso profundo cuya sonoridad se disfrazó entre los ruidos eclécticos de la estación, pero se percibió como si se lo hubiera dado a cámara lenta y con él hubiera querido absorber algo más que el aire.
Diego, eres mucho más guapo de lo que recordaba. Vaya con mi primito, vaya.
Madre, creo que hemos hecho muy bien en venir a París. Estoy deseando instalarme.
En la calle, el sol iba perdiéndose entre los contornos de una ciudad hermosa y su belleza se quedaba a su lado escuálida. Las luces de la estación se encendieron todas a la vez por encima de sus sombras, hastiadas de regresar a la misma sucia horizontal. Los focos alumbraban los raíles que se extendían hacia lo remoto, hacia otros paisajes, otras ciudades, otras estaciones en las que unos pasajeros que siempre parecían ser los mismos protagonizaban escenas similares, aunque en realidad cada uno era siempre irrepetible.


 

4 comentarios:

  1. Hola Amelia

    No conocía tu obra y gracias a un post de Laky acabo de descubrirte, tengo un blog en el que hago reseñas y otras cosas no relacionadas con la literatura, me apasiona leer y acabo de enamorarme de "la pintora de estrellas", sé que ofreces una de tus dos novelas gratuitamente en e-book y me gustaría leerla para poder reseñarla.
    mi correo es dsdmona76@gmail.com

    Muchas gracias por el ofrecimiento, seguiré por aquí para seguir tus avances

    D.

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  2. Yo también llego desde el blog de Laky. A mi me apetece mucho leer esta novela, no he leído ninguna tuya aunque ya conocía la Escrita en tu nombre de verla por los blogs, estaría encantada en leer esta de La pintora de las estrellas, te dejo mi email.- cartafoldelibros@gmail.com

    Muchas gracias y saludos

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  3. Terminado “La Pintora de Estrellas”, de Amelia Noguera.

    La historia es intrigante, bien narrada, llena de descriciones y detalles, que son una característica de las obras de Amelia. Los sentimientos y pensamientos de los protagonistas te hipnotizan, te roban el corazón, hacen que te adentres en la historia más y más, y que disfrutes con la manera de plasmar tanta sensibilidad, tanta tristeza, tanta alegria, según cada momento.

    Felicitar a Amelia, sin palabras, para decirle que “La Pintora de Estrellas” es una historia fascinante, que nos transporta a los años de la Segunda Guerra Mundial, en la Francia ocupada por Alemania, donde el miedo, injusticias, luchas clandestinas y sobretodo los ciudadanos que luchaban en la Resistencia , hiceron que se escribiera el futuro de muchas familias. Y lo mejor, el final, sorprendente, un giro inesperado que no se espera y dejando la puerta abierta a una continuación. Me ha gustado mucho y he disfrutado de la lectura en cada página!!!!!!!!!!!!!!!!!.

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  4. TENGA CUIDADO AQUÍ NADIE PUEDE AYUDARTE aquí o incluso sugerir COMO USTED PUEDE TENER SU EX O amor de nuevo, CUALQUIER TESTIMONIOS DE MÁS hechicero aquí debe ser IGNORE.BECAUSE mayoría de ellos son SCAM QUIERO DECIR SCAM reales que yo era una víctima y me dieron RIPPED de miles de dólares porque estaba tan ansioso por llegar a mi esposa después de salir mE HACE MÁS DE 2 AÑOS CON MIS 7 años de edad hijo de JERRY, hE SOLICITADO 7 hechicero DIFERENTE AQUÍ Y todo fue en vano TODOS ELLOS PIDEN MISMO COSA ENVIAR TU NOMBRE TU EX NOMBRE DIRECCIÓN Y TELÉFONO DE IMAGEN ETC qUE HICE UNA Y OTRA VEZ Y la mayoría de ellos eran de ÁFRICA OCCIDENTAL HASTA ISAW un post sobre drokojiehealinghome y yo decidimos DIO SU MIS ÚLTIMAS TRAIL.SHE ASK mE CUATRO COSAS MI NOMBRE REAL, MI EX Y MI EX MADRE NOMBRE Y $ 180 Y DIJO MI EX volverá EN 24 HORAS, he pagado más de $ 3,000 EN CASTING HECHIZO Y MENSAJERÍA Y NADA tiene trabajo para mí después de 3 días que estuve pensando en lo mucho que he perdido Hasta aquí todo DIJE LET ME Dale una TRY así que llamé de nuevo y enviar mi verdadero nombre, mi ex y mi ex MADRE NOMBRE Y LA $ 180 porque te juro que era mi último intento, así que estaba esperando a que ELLA mE DIJO qUE ESPERAR HASTA EL DÍA SIGUIENTE Y no pude dormir esa noche porque realmente amo a mi esposa y quiero de vuelta a las 9 pm Ese día me vi a mi mujer ON LINE EN EL LIBRO CARA Y ella dijo HI Al principio estaba CHOQUE porque nunca HABLAR cONMIGO PARA EL PASADO UN AÑO Y 9 MESES AHORA no respondió de nuevo Ella dijo ¿estás ahí? Rápidamente contestar Sí y ella dijo PODEMOS VER MAÑANA le dije que sí y ella se fue OFF-LINE Yo estaba confundido TRATO DE CHAT ella otra vez, pero ella no era más de compactos no pude dormir esa noche, mientras me preguntaba qué va DECIR, POR 7.AM A la mañana siguiente me dio UNA LLAMADA SRTA decidí no llamo yo, todavía estaba en SHOCK nuevo ella llamada y recojo ELLA DIJO PODEMOS VER hoy después del trabajo me dijo que sí así que finalizar la llamada Inmediatamente me saliera del trabajo ELLA mE LLAMA Y qUE CUMPLA Y AHORA ESTAMOS OTRA VEZ LOS INVITO MAMA ANITA LA SIGUIENTE DIA dándole las gracias por lo que ha hecho en realidad yo TODAVÍA llamarla y darle las gracias COMO MI VIDA NO ERA COMPLETA SIN MI ESPOSA POR FAVOR TENGA CUIDADO AQUÍ hE SIDO MILES DE DÓLARES SCAM SI QUIERES UN ENCANTO VERDADERO AMOR ENTONCES CONTACTO (drokojiehealinghome@gmail.com)

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