miércoles, 30 de julio de 2014

La marca de la luna: mi nueva novela a punto

«Un desafío al destino, una lucha por encontrar siempre la luz.»

Por fin puedo presentaros al menos una pequeña parte del dossier de prensa de mi nueva novela "La marca de la luna":

«Cuando el realismo mágico se acopla de manera poéticamente milimetrada al marco histórico donde se desarrolla la trama, y a unos personajes impactantes y emotivos, el resultado no  puede ser otro que una novela arrebatadora, preciosista y llena de magia como la de Amelia Noguera. Con un lenguaje estudiado, provocador y cargado de imágenes, La marca de la luna se convierte en una historia que logra algo ciertamente difícil: alcanzar ese poderoso y apreciado magnetismo capaz de atrapar al lector desde sus comienzos, en cada página, tras la profunda personalidad de cada personaje. Una vez embarcado en el fascinante viaje que la autora propone, ya solo será cuestión de dejarse llevar por su fuerza y luminosa armonía... atrapado quizás por los hilos de un sortilegio, por el influjo impetuoso de una atractiva y enigmática hechicera india...

«Mi abuela Asha me había repetido muchas veces, sin que yo hubiera sabido apenas de qué me hablaba, las limitaciones de mi magia: jamás debía ir contra las Leyes del Universo, tampoco actuar en mi propio beneficio ni emplear mi sabiduría en dañar de gravedad a nadie. Si transgredía esas normas inmutables de mi poder, tal vez sería castigada, empezaría a funcionarme al revés o dejaría de demostrar eficacia; nunca se podía saber bien hasta que ocurría».

Estará disponible en librerías a partir del 25 de septiembre, aunque en Amazon saldrá antes en preventa. Desconozco el precio aún. Ha sido un trabajo durísimo, aunque a mí ya me ha merecido la pena, me siento muy orgullosa de esta novela. Y el dossier de prensa ha sido una gratísima sorpresa. Espero que os guste.

sábado, 5 de julio de 2014

Primeros capítulos de «La marca de la luna»


A Elena y David; a David y Elena
 
Esta novela trata sobre la igualdad de los seres: hombres y mujeres, orientales y occidentales, creyentes y ateos, católicos e hindúes, pobres y ricos, ignorantes y sabios. Brujas y ángeles.
También trata sobre su única diferencia.

 
LA INDIA (C. 1920)
 
LA MALDICIÓN
 
Nací una noche en la que los búhos se quedaron ciegos dentro de sus nidos. En cuanto abrí los ojos, de caramelo y jengibre, mi madre cerró para siempre los suyos negros. Yo tampoco había sido concebida varón y el designio de Siva tenía que ser que no viera jamás un anochecer rojizo desvanecerse sobre las aguas de ningún río sagrado. Nadie en la aldea podía recordar cuándo había dejado de ser pecado matar a las recién nacidas hijas y por qué era ley que lo hiciera su propia madre. Pero la mía ya no podría. Después de cubrir con una tela blanca todas las figuras del altar de la casa, me sacrificaría Neeja que, envuelta en su kurtah de seda verde y plata, se afanaba por enderezar las flores para Aditi, la madre de los dioses, la favorita de nuestro hogar. El shraddha en honor de su difunta nuera empezaría enseguida y la atareada mujer sabía que debía darse prisa.
   El polvillo de la ceniza sagrada que el viudo le había esparcido por la frente a su esposa muerta le resbalaba por un lado de la cara y se la veía serena y clara como si la luz alumbradora de los Devas que la esperaban en el otro mundo trasluciese a través de su carne y de su piel. De la familia, solo mi abuela Asha y sus hijas deseaban que volviese a reencarnarse pronto en alguien muy cercano y casi nadie más rezó para que sucediera. Los hombres y las mujeres mayores oraban ya frente al altar y a los más jóvenes se los había hecho salir para que sus lloros inconscientes no impidieran que su alma partiese con alegría.
   ―No la matarás. ―Asha intentaba lavar las piernas de su hija desangrada mientras se dirigía en voz baja a su consuegra, que la observaba en silencio. Sabía que no debía hablarle así, pero ella casi nunca hacía lo que debía―. No la matarás ―repitió en voz más alta, sin mirarla a la cara―. Ha tenido la desgracia de nacer mujer y ha violado la ahimsa segando la vida de su madre al recibir la suya, pero ¿no te parece demasiado hermosa para morir ahora? El alma de mi amada Barathi aún no ha alcanzado la paz, está aquí todavía; y ya ha expiado su culpa, deja que sepa que su pequeña vivirá. Tal vez ahora sean la misma. Déjala vivir. ―Asha levantó por fin los ojos del cuerpo exánime y los clavó en Neeja. Podía verla por dentro: negra y añeja como el principio de los tiempos. Sintió con ella su estremecimiento―. Yo la cuidaré y no te verás obligada a alimentarla. Casi toda mi familia murió ya, bien lo sabes, y mis otras hijas han sido recibidas en sus nuevos hogares, junto a sus esposos, pero todas viven lejos. Estoy sola. Y eso no es bueno. El mundo entero es una familia. Debes cuidar de mí. Pero si permites que la niña se quede conmigo, me mantendré como hasta ahora. Puedo hacerlo. Ella no será una carga para ti, no tendrás que pagar su dote. Tu hijo se volverá a casar y tu nueva nuera te regalará un heredero varón, sano y devoto. Sabes que no miento. Lo dicen los astros.
   Neeja no contestó; también sabía que podía disponer de mi vida. Bastaría con hacerme tragar una cucharada de tabaco y mi cuerpo físico se apagaría pronto y mi alma podría reencarnarse en alguien más querido. No sería la primera vez. Si se daba prisa, la comadrona que había asistido al parto aseguraría incluso que había nacido sin aliento. Y el resto de las mujeres que habían tenido hijos varones como ella, las más respetadas en la aldea, la respaldarían. Yo debía morir, la cuarta hembra ya sin que su sacrílega nuera hubiera traído a la vida ningún varón que pudiera encender el fuego sagrado de su pira y la de su marido y permitirles así subir al cielo, un hombre que llevase el apellido de su familia y heredara sus valiosísimas posesiones: los dos bueyes, el carro, los dos acres de terreno donde se alzaba la casa cuyos muros habían sido construidos pensando en la música que crea el viento y, sobre todo, las herramientas y el taller del cuarto más grande, en el que todas las niñas y las jóvenes de la familia trabajaban puliendo y cortando las piedras preciosas con sus entrenados deditos. Neeja oyó croar a uno de los muchos sapos que las intensas lluvias traídas por el monzón habían obligado a huir a la zona alta del pueblo y se apresuró a enderezar la guirnalda de hojas de bambú colgada sobre la entrada para alejar el mal de ojo.
   Pero Asha era una enemiga poderosa si así lo decidía. Neeja la observaba en la penumbra: su consuegra ya se había puesto el velo y el kurtah blancos, como si hubiera intuido antes de entrar allí que tendría que vestirse de luto, y con sus manos insultantemente claras lavaba aún a la única nuera laboriosa que los dioses habían concedido a Neeja. Los espíritus danzaban trazando mantras sobre las paredes desoladas. A su lado, las salamandras se contoneaban a la busca de una mosca. Muchas volaban cerca, pero ninguna lo suficiente. Asha mojaba el paño en el agua consagrada que había traído como inestimable tesoro en una vasija de cerámica azul y lo pasaba con suavidad por la piel de su hija muerta. Barathi no debió haber violado la Ley Universal, la inquebrantable hasta para una bruja de la luna plateada, pero ella lo sabía y, aun así, se puso del lado del amor. Asha le juntó los dos pulgares y se los besó. Sus manos hermosas aún conservaban el sudor del esfuerzo de dar la vida a un nuevo ser mezclado con el sudor del esfuerzo de despedirse de la suya. Neeja abrió bien los ojos para distinguirlas mejor, a la madre y a la hija, mientras la vieja intentaba cubrir el cuerpo desnudo antes de que los otros entraran. Le habría correspondido hacerlo a Neeja, pero no se atrevía, Asha todavía la atemorizaba; ahora cantaba en voz baja al oído derecho de Barathi mientras tomaba con amor sus manos y, con los dedos, trazaba extraños dibujos sobre sus palmas. El pelo le caía suelto tras la espalda en varios mechones, unos blancos y otros oscuros, y las arrugas de su rostro se adentraban en la carne flácida. Sus labios despellejados parecían de papel.
   En otro tiempo, las dos mujeres incluso se quisieron. Por eso concertaron la boda de sus hijos y los casaron a los pocos días de nacer. Sus horóscopos cuadraban, sus castas eran semejantes, su posición y su fortuna en aquellos tiempos también. Ninguna de las familias tenía que mendigar. Con la ayuda de Siva, podrían llegar a poseer su propia tierra. No es posible tener el mundo entero. Luego ya no hubo marcha atrás, ni siquiera cuando se conoció la verdad. Ahora, de aquel afecto solo quedaban cenizas de recuerdos. Neeja sintió clavada en ella la mirada de Asha; la enjuta india no podía soportar que esos ojos la escudriñaran. Debían haberla echado de la aldea hacía mucho, haberla convencido de que siguiera a su marido en su peregrinaje a la Ciudad Santa para purificarse en las aguas de la madre Ganges o, mejor, haberla quemado viva como había ocurrido hacía pocas lunas con esa desgraciada de la aldea de Shivdaspura, a tres días de carro, que, al igual que ella, solo había sabido parir hijas, hasta ocho, y probó así no servir para nada a su nueva familia, en cuyo hogar la habían acogido sin imaginar que les traería esa ruina.
   Pero Asha tenía los favores de los dioses; lo había demostrado muchas veces; la última, en el Jantar Mantar, el observatorio astrológico en el que los maharajás, los yoguis y los extranjeros se adentraban a menudo, cuando vio con los ojos de la sabiduría y supo a tiempo que el gran astrolabio de piedra se desplomaría sobre los curiosos. También conocía el poder de las especias, de los mantras y de las piedras, y tal vez otros que pocos se atrevían siquiera a nombrar.
Neeja se aproximó despacio a la puerta y, antes de franquearla, se volteó hacia mí. Yo seguía acurrucada y envuelta en gasa junto al cuerpo de mi madre, mirándola con los ojos muy abiertos, embelesada por la luz que antecedía a los Devas guardianes. Ellos la guiarían en su nuevo camino hacia el universo invisible de los muertos, en su paso a través de la abertura que comunica una morada astral con otra. Neeja me señaló con el dedo índice de la mano derecha, que concentraba energía suficiente para mover las fuerzas del mundo; infringiendo de nuevo el principio de ahimsa, removió sus recuerdos perdidos entre el tiempo y me maldijo ante los ojos rotundos de Siva:
   ―Jamás amarás. El rostro del hombre al que empieces a mirar con amor será desfigurado por las cuchilladas atroces de la muerte.
   Neeja salió de la casa. Un pañuelo violeta le cubría el moño encanecido y parte de la cara ajada, pero Asha le había visto una sonrisa por debajo de la seda. El olor a jazmines se superpuso al hedor de la putrefacción; el cadáver de un perro se descomponía al fondo del patio, sobre las caléndulas aplastadas. Me revolví junto a mi madre y comencé a sollozar entre chillidos. Ya era hora de separarnos en este mundo. Asha me tomó en brazos. Sabía que mi desconcertado cuerpo astral podía haber salido de mi cuerpo físico y tal vez no sabría volver a entrar. Me acunó largo rato y luego acarició mis mejillas. Me parecía a Barathi y tenía la misma mancha clara en forma de media luna encima del vientre. Una hermosa marca plateada. Quizás en ese momento nos habríamos reunido unos instantes; la entrada al mundo interno también se habría vuelto a abrir. Asha sonrió. No debía llorar. Así, su hija conseguiría cerrar antes las puertas del universo material que tal vez tenía que abandonar. Se llevó los dedos a la boca, a la frente y al pecho y recitó mentalmente el mantra para vencer el maleficio. Luego, con una mano me tomó por los pies y, empapando con la otra un paño limpio en lo que quedaba del agua consagrada, me los ungió mientras deseaba para mí otro futuro, tortuoso para una hindú, pero el único posible:
   ―La esperanza florecerá en un país extraño, al darte en vida a un forastero que consiga reflejarse en el espejo de tu alma.

Y ME LLAMARON LILA
 
Yo no obtuve mi nombre hasta el primer aniversario de mi nacimiento, porque mi namakaran no se llevó a cabo mientras los mayores no se reunieron otra vez para la shraad, cuando el espíritu de mi madre ya había llegado al siguiente nivel de su existencia. Pero a cambio conservé la vida. Mi abuela Asha me llevó consigo y me alimentó con shubat, la sabrosa leche de camella que intercambiaba por sus frutas y sus verduras, las mejores de Jaipur. Al principio, ella misma se ocupaba de plantarlas y arrancarlas y las llevaba luego al mercado, pero enseguida empezó a comprárselas a otros. Sabía bien quiénes conocían el secreto de la tierra para cuidarlas de forma que crecieran hermosísimas de los retoños reventones, asomándose desde el suelo o descolgándose de las alturas, y en qué época debía ir a buscarlas. Los campesinos que las cultivaban preferían ofrecérselas a ella porque era quien mejor se las pagaba: seis annas por una calabaza y cuatro por una docena de berenjenas. Los chiles verdes se vendían mejor que los rojos, nunca a menos de un anna.
   Después, las exponía en el Gran Bazar, acompañada de los mil olores a cielo, entre los que sobresalían los de la pimienta, el azafrán y el cilantro; de los mil olores a infierno: el del sudor y la suciedad de los infinitos cuerpos arrastrados por el suelo, el de la carne putrefacta de los cadáveres de las ratas entre los puestos, el del combustible de los autos de los sahibs que se metían tan adentro que parecían desear subirse sobre los tenderetes; de los mil colores de las mercancías; de las mil texturas y tintes impetuosos de los saris, los turbantes, las chogas, los cholis, los kurtas y los dhotis de los paseantes o de los que esperaban una seña para ofrecerles mil y una noches; de los mil gritos de todos, que terminaban entendiéndose mejor por gestos. Casi siempre se las compraban los extranjeros que vivían en la ciudad rosa, la visitaban o la atravesaban. En los últimos tiempos, eran muy numerosos.
   Asha dejó de ofrecerme solo leche cuando llegó el momento de celebrar mi annaprashan, en mi séptimo mes de vida y, tras celebrar la puja a la diosa Nirrti, me dio de comer arroz dulce, que tragué sin reparos ante su regocijo. Así, yo probé mi primera comida sólida antes de ser Lila. El día de la asignación de mi nombre, Neeja había pasado ya dos noches expulsando de su cuerpo restos de comida por arriba y por abajo, y su rostro se veía lívido y su cabeza parecía ida, pero su marido decidió continuar con la ceremonia porque el namakaran no podía posponerse más: un alma anónima durante tanto tiempo podía perderse y enredar en lo que no debía. No querían que la murmuración pasara de corriente revoltosa a océano endemoniado. Mi carta astral con la posición de las estrellas y los planetas, elaborada al duodécimo día de mi nacimiento, había sido muy incierta y ni el astrólogo, ni los más sabios, ni los más viejos pudieron desentrañar algunas de sus señales, pero el panchangam indicaba que esa fecha era propicia y casi todos los invitados habían llegado ya. Sin embargo, nadie trajo granos de arroz ni dulces que regalar para mostrar su felicidad y proveerme de buen augurio, y ninguna de las hijas de Neeja tomaron las esquinas de mi sari y simularon olas de las que yo emergía, ni tampoco resonaron cánticos con mi nombre ni quiso nadie llenar de flores los altares de las diosas de la casa, ante la ausencia de mi madre Barathi. Solo su espíritu mirándome de cerca. Y a mí me bastaba eso para sonreír, pero a Asha no.
   ―¿Dónde está tu compasión y la de los tuyos, Neeja? ¿No cumplirás con tu dharma? Es tan solo una niña. No ha pecado conscientemente. Si alguien pecó a sabiendas, no fue ella.
Asha ignoró la mirada reprobatoria de los hombres. No se atreverían a echarla ni a recriminarle, también ellos la temían. El miedo hacía que el respeto fluyera de su pecho y de sus manos. Y sabía que Neeja la estaba oyendo, aunque se mantuviera en un rincón, alejada. Al estar enferma, no tenía que asistir a la ceremonia, pero habría podido permitir que alguna de sus hijas solteras ocupara el lugar de Barathi. Asha se dispuso a prepararme. Prolongó el baño un poco más de lo habitual para disolver en él mi falta y me secó con energía. Entonces, sin mostrar mi cuerpecito desnudo, me envolvió con rapidez en una pequeña túnica nueva de un vivo verde esmeralda. Parecía una maharaní. Aplicó kohl en mis ojos y en el dorso de mis manos, y en mis pies trazó con henna una hermosa flor de alargados pistilos. Yo sonreía. Mis pestañas de color canela subían y bajaban como colas de pavo real. Luego me mojó la frente y la nuca, me levantó por el aire y me recostó sobre las rodillas del que había sido su yerno. El aroma del incienso revoloteaba entre las cabezas. El sacerdote tomó el pliego con el horóscopo y lo dejó ante las figuras de Siva y de Nirrti, y les dedicó a ellas sus plegarias. También a Agni, el dios del fuego sagrado y de la purificación; a los elementos; a los espíritus y a sus antepasados, en especial a mi madre muerta. Y a todos ellos rezó para que me protegieran.
   Aunque sabía que no debía, Asha se alegró de que Neeja estuviera sufriendo. Su magia había surtido efecto de nuevo: bastaron unos trozos de corteza de neem; la brisa del árbol de la margosa daba la salud pero el jugo de su cáscara la sustraía. Y su karma se resentiría por ello o quizás incluso algún día sería castigada, pero había caminos que todavía no había conseguido enderezar. También sabía que no lo haría nunca. Logró dominarse y no se rio de su pensamiento mientras el sacerdote bendecía a la cuarta hija de su Barathi añorada. El nombre elegido para la primera había sido Bhuvi, cielo; el de la segunda Bhumika, tierra; y Chandrika, luna, el de la tercera. Todas ellas observaban mientras su padre me elevaba por encima de su frente y me cantaba al oído derecho mi nombre, susurrándolo a través de una hoja de betel: el que Asha había soñado para mí y que el sacerdote completó entonces con mi apodo nakshatra, secreto para que mis enemigos no pudieran encontrarme; el de la diosa de la familia; y el del mes y el día en que nací. Su nieta, de la casta de los guerreros, de los rajputas como ella, ya tenía nombre en esta vida: Rohini Aditi Lila.
BARATHI INCUMPLE SU PACTO ASTRAL

Cada mañana, Asha se despertaba antes de que saliera el sol y pasaba al menos una hora de vigilia cantando, con la voz de Dios, los mantras de los Upanishads, los textos filosóficos, o del Atharva Veda, los textos mágicos y los encantamientos. Antiguos y bellos como mi inmaduro espíritu aún no podía llegar a comprender. Después se purificaba con un paño mojado en agua limpia, se vestía con la ropa que había lavado la noche anterior y esperaba un rato a que me despertara. Le gustaba mirarme mientras dormía. A través de mis párpados cerrados veía el bien: tenía siempre buen humor, pecho blanco de paloma y manos de mujer. Yo intentaba abrir los ojos a la vez que Asha y, al acostarme, con la cabeza mirando al este, le pedía que me despertara para poder cantar con ella. Pero mi abuela prefería dejarme dormir: aún le parecía demasiado niña.
   Solo en algunas ocasiones, si no soplaba el monzón, me avisaba antes del alba, cantábamos juntas y luego bajábamos hasta el río. Allí nos sumergíamos en el agua y me enseñaba a controlar la respiración, el primer peldaño de la gran escalera del yoga que, si lograba ascender, me llevaría a dominar los poderes extraordinarios del alma, los siddhi. Pero eso me resultaba muy difícil. Siempre me ponía muy roja antes de abandonar el intento y empezar a insuflar el aire a borbotones por la boca, como había visto hacer en los arrozales a los peces que los campesinos salaban cuando estaban suficientemente crecidos para comerlos si las cosechas no eran prósperas.
   Después del baño, íbamos a buscar algunas flores y se las ofrecíamos a nuestra diosa favorita; al dios de la aldea, Surya; y a los genios protectores. Y cada paso hacia la orilla, cada roce del agua fresca sobre mi acalorado cuerpo, cada gota de sudor, cada aspiración del olor de una caléndula, cada pellizco que las piedras me propinaban al deslizarse dentro de mis viejas alpargatas los sentía yo al lado de mi abuela como si, de no poder repetirse nunca más, me fuera a ahogar igual que los peces de plata lejos de su arrozal.
   Asha a menudo se sentaba a mi lado y me hablaba de los libros sagrados. Ella no necesitaba un gurú que la comunicara con Dios: ya había entrado en el estado de la existencia en el que era consejera y sabia.
   ―Los que aman a Siva buscan la armonía. Yo solo debo guiarte en tu educación espiritual, en el respeto y en el amor. También en las cinco prácticas de pureza, devoción, caridad, humildad y buena conducta: pensamiento correcto, palabra correcta y acción correcta. Pero debes levantarte para que pueda cumplir con mi deber. Si sigues durmiendo, jamás aprenderás ni siquiera a andar bien, pequeña perezosa como mona vieja.
   Y mi dadi me enseñó enseguida que no todo lo que se veía era real ni todo lo real se veía. Me hablaba a menudo de la fe, de la rueda de mi karma, del samsara y del nirvana. Yo no siempre la comprendía: ¿cómo podía haber vivido antes mil veces, cientos de miles quizás, y no acordarme de nada de lo que me había sucedido? Pero entonces escuchaba una risa o una voz que no había oído nunca o descubría un color que no sabía que existía y me parecía recordar de qué rostro habían surgido o en qué flor desconocida lo había visto brillar. Y soñaba mucho, con mujeres y hombres que no vivían en mi aldea, vestidos con ropas diferentes y que, a veces, me hablaban. Aunque yo no los entendía o los oía lejos y me entristecía, porque siempre quería contestarlos. Y me cuidaba mucho de lo que pensaba, hablaba o hacía, porque mi abuela me había explicado que todo quedaba incrustado en la semilla de mi karma, el de esta y el de otras vidas, y más tarde o más temprano tendría que responder por ello. Debía seguir la línea recta, la que marcaba la bondad. Entre risas, ambas aprendíamos. Mi abuela era mi guía e iba abriendo mis ojos inexpertos a un mundo nuevo y maravilloso, que inventaba a medias para mí.
   Asha había vivido siempre rodeada de mujeres. Desde que era capaz de recordar, solo había conocido tías y primas; también tuvo solo hermanas y todas menos una, a su vez, habían alumbrado hijas de las que aún no había nacido varón. Ella misma era madre de cinco niñas que, estando casadas hacía mucho, todavía no habían traído a la vida más que hembras. No sabía si esa maldición se debía a que, en sus anteriores vidas, hubiera acumulado mal karma; si la diosa Urvashi, la del amor, o Visnú o Siva lo habían querido; si era resultado del mal de ojo sobre los suyos que ella no había sido capaz de neutralizar; o si, simplemente, en su familia no podían o no querían nacer varones. Pero Asha había encontrado dentro de sí una fortaleza tal que le había hecho aceptar con alegría su desgracia y luchar por todas y por sí misma.
   La primera vez que sintió esa fuerza suprema fue cuando trajo al mundo físico a su tercera hija. Su suegra y las abuelas y bisabuelas vivas de su marido, e incluso alguna muerta, le habían intentado convencer de que debía deshacerse de ella y de que, si así lo hacía, por fin conocería la inmensa alegría de dar la vida a un hijo varón. Asha se levantó de la tabla cubierta de lienzos de algodón en la que se había recostado tras alumbrar a su pequeña, se enrolló despacio el sari amarillo de recién parida, tomó a su minúscula hija en brazos, la envolvió en un paño limpio y, a pasos cortos, sintiendo aún pinchazos en el vientre y resbalar el líquido sanguinolento por el interior de sus muslos doloridos, fue a colocarse delante del altar de la casa de su suegra. La llama del fuego sagrado titilaba a su espalda y el incienso le picaba en la nariz. El calor emanaba del barro reseco de los muros. Un escarabajo rojo los recorrió de un lado a otro. Asha levantó la cabeza y miró a las mujeres de una en una.
   ―Ella vivirá, así como cualquier otra alma que me elija como madre y se reencarne en hija mía. Y si me hacéis daño a mí o a cualesquiera de ellas, la rueda de mi karma me traerá de nuevo a vuestra familia y mi misma maldición caerá sobre todas vosotras y sobre vuestros hijos e hijas, nietos y nietas, biznietos y biznietas en todas mis muertes y en cada una de las suyas.
A partir de entonces fue también cuando mi dadi comenzó a ser maestra.
   ―Asha, ahora ya estás preparada. Puedo guiarte en el camino de la sabiduría. El cuarto Veda, el de los encantamientos y la magia, no tendrá secretos para ti, como no los tiene para mí.
Su abuela la vieja Kamala, temida y amada, la que conocía la magia de los magos atharvanas escrita en el Atharva Veda, pero también la de los nudos y de las ligaduras, la de los mudras y hasta la de las especias, llevaba esperando que saliera de la casa varios días con sus noches, porque su media luna clara por encima del vientre la predestinaba a seguir sus enseñanzas. Cuando por fin vio a Asha cruzar la puerta, Kamala le besó los pies. Luego ―porque no todas las brujas de la luna plateada aprenden de niñas― la instruyó y, cuando terminó su cometido, murió. Asha comenzó a ver a sus brujas también desde ese momento. Cada una empezaba a vislumbrar el otro mundo en un tiempo diferente, no había reglas inquebrantables y perfectas en el hogar de los muertos como no las había en el de los vivos.
   Además de maestra, Asha se hizo lista y junto a su marido, un buen hombre que llegó a amarla más que a nada, buscaron medios de reunir las dotes que necesitarían para casar a sus hijas. Y trabajó mucho a su lado, sin abandonar jamás sus deberes como esposa, madre y educadora en los preceptos, silenciosa reina de su hogar, y en la casa de su suegra la respetaron como en los libros sagrados, en los Upanishads y en el Rig Veda estaba escrito. Las diosas de su casa. Así consiguió vivir esa vida en paz. Ahora ella solo quería lo mismo para su nueva nieta. Por eso me daba todo su amor y me explicaba con palabras dulces y sencillas su forma de vivir y de rezar y de querer. Yo le hacía siempre muchas preguntas, cantaba con ella entusiasmada y ambas reíamos cuando había que reír y llorábamos cuando había que llorar, pero lo hacíamos juntas.
   Asha me enseñó pronto a realizar el ritual diario ante Nirrti, la Hechicera. Su altar, que nos afanábamos por cuidar en un rincón del cuarto en el que cocinábamos, era muy sencillo, aunque en él no debía faltar ninguno de los cuatro elementos: fuego, aire, tierra y agua ―una pequeña vela encendida, incienso, una piedra y agua fresca―; una campana para hacerla resonar; y su akasha: el éter, el quinto elemento que residía en cada ser vivo y era la entrada al conocimiento del círculo de tiempo: al pasado, al presente y al futuro. Siempre debía permanecer pulcro y adornado, listo para las visitas de los alientos de sus seres amados y de los agregados y, sobre todo, de los innumerables dioses, que eran muchos y eran uno.
   Mi madre a menudo nos visitaba. Nosotras la percibíamos. A pesar de que algunos dijeran que los ancestros no se sentían bienvenidos en altares tan humildes y que, como invitados de honor, había que ofrecerles estancias más amplias y embellecidas, yo sabía que mi madre recibía allí mi amor con dicha y yo absorbía con entusiasmo el que ella me enviaba. Sus besos de espíritu sobre la mejilla me dejaban durante muchas horas el moflete esponjoso, que no me lavaba en días, sin que mi abuela se enterara. Me gustaba llevar conmigo un beso etéreo de mi madre muerta.
   Y aun siendo una niña, ya era capaz de verme por dentro, de detener un momento el fluir de la vida y concentrarme en mi alma interior. Podía apreciar lo mucho que amaba a mi abuela y a mi madre, y también a mis hermanas, aunque no viviéramos en la misma casa. Incluso amaba a Neeja, tan diferente de Asha, siempre tan solícita con sus nietos y tan severa con sus nietas; más aún con las mayores, las que ya no se dormían sobre el suelo al pasar horas sujetando las gemas con sus pequeños dedos para cortarlas al cabojón y habían comenzado a aprender el arte del tallado y el pulido de las piedras. Yo deseaba ir a ayudarlas, pero Asha me había pedido que me quedara a su lado porque mis hermanas eran muchas y tenían también a sus primas, pero ella solo me tenía a mí. Y yo, incluso no habiendo depositado una lamparilla encendida en la corriente del río sagrado nada más que en cuatro Diwali, el Festival de las Luces que celebraba el Año Nuevo, ya entendía lo que quería decirme. Porque era tan tierna aún que no era capaz de dormirme si no tocaba la mano blanda de mi abuela, pero ya podía apreciar lo mucho que me gustaba mi vida y que esta era así gracias a ella.
   Aunque me gustó incluso más cuando por fin conocí por mí misma lo guapa que era mi madre. Ya la conocía de las historias que Asha me contaba de cuando era tan pequeña como yo y me la había imaginado con unos ojos parecidos a los míos, como el agua del río que pasa bailando sobre las piedras amarillas; una boca grande y roja; el pelo largo y oscuro; y la piel clara, aunque menos que la mía. Mi abuela siempre me decía que era así porque alguno de los bisabuelos de mis bisabuelos había venido de muy lejos, de tan lejos que hasta allá la risa no alcanzaba y aquellos hombres tristes habían llegado a la India buscándola. En algún momento, los dioses se habían confundido al asignarles la casta y la nuestra debía haber sido la de los brahmanes amos de tez blanca, pero ese era nuestro destino y también había que aceptarlo. Una noche mientras yo dormía, sentí hormigas paseándose por mi nariz y el cuerpo astral de Barathi se me presentó por primera vez.
   ―Lila, no te despiertes. Soy tu madre. Vengo a estar contigo solo un momento. Tengo algo que decirte. Pero si despiertas, no podré hacerlo. Es muy importante.
Seguí con los ojos cerrados. No sabía si estaba soñando o si oía a mi madre de verdad hablando en voz alta y mi abuela se despertaría enseguida. No me notaba los brazos ni las piernas, aunque tampoco sentía la frialdad de estar ya muerta. Pero no quise moverme por si Barathi desaparecía, así que le respondí como si estuviera haciendo yoga, con el alma que pervive solo en el espacio de los sueños.
   ―¿Por qué no has venido antes a verme? Ya tengo cinco años o más. Hace mucho que quería conocerte.
   ―Ya me conoces, me ves con tu corazón. Y me sientes siempre en el altar. Cada mañana te doy un beso en la mejilla y no te lavas en días. Ya me has visto antes, aunque no querías hablarme.
   ―Nunca te había visto así. Eres muy guapa. Aunque no tienes la piel tan clara como yo. Eso no me gusta. Los otros niños se ríen, aunque la dadi dice que es porque ellos son oscuros como la noche escondida en el bosque del tigre blanco y son ignorantes: no saben que sus ancestros eran esclavos de los nuestros. Pero tus ojos son grandes y tus manos parecen tan suaves como el mármol de las figuras que venden en la ciudad.
   ―Lila, no salgáis mañana hacia el bazar a la hora de siempre. Dile a Asha que te duele la barriga. Ella está ahora ocupada en otras cosas y no ve. Y si insiste en ir, tírate al suelo y llora mucho. Al menos hasta que el patio de atrás se cubra de sombra. Luego podéis iros. Tengo que dejarte. Pero volveré a menudo.
   ―¿Y por qué no se lo dices a ella?
   ―Porque he venido a verte a ti. Es contigo con quien quiero hablar ahora. A quien más necesito. Con quien tengo mi deuda. No me fui por estar a tu lado; te debo algo, Lila, algo que renuncié a darte de forma consciente y que no podrás saber hasta que crezcas y entiendas. Pero seguiré aquí mientras tú lo desees.
   Dejé de sentir a mi madre y me removí sobre las hojas de palma. Llevé la mano hacia el lado en el que dormía mi abuela y la toqué. Resoplaba. Salí y oriné. Los grillos chirriaban. Yo estaba feliz. Ya nunca tendría miedo de los espíritus. Me volví a acurrucar junto a Asha y continué durmiendo.
   Cuando me desperté a la mañana siguiente, recordé las palabras de mi madre. Tuve que hacer lo que ella me había dicho porque mi abuela me dio una bebida con polvo de raíz de jengibre, me aplicó con las manos el mudra para pinchazos en el vientre y a punto estuvo de obligarme a marchar, aunque yo seguía asegurándole que me dolía. Solo al verme tirada sobre el suelo chillando, me miró a los ojos y esperó. No sé si me descubrió. Pero ni las brujas de la luna plateada más antiguas podían saberlo todo.
   Cuando llegamos a mediodía al bazar, la gente gritaba y corría en todas direcciones. Un grupo de musulmanes había hecho estallar una bomba, justo a la hora en la que más público y comerciantes se reunían allí, y habían matado a muchas personas, entre ellas un embajador francés que visitaba Jaipur de camino a la nueva curtiduría y varios de sus acompañantes, también extranjeros. Toda la India estaba sacudida por el odio entre las religiones, y ni el ayuno ni los esfuerzos de ese loco demacrado y vestido de campesino que ponía la otra mejilla y que millones de hindúes adoraban como a un Dios ―esa alma grande― se mostraban eficaces para evitar sus enfrentamientos. El sitio donde nosotras ofrecíamos cada día nuestra mercancía quedó cubierto de sangre.
 
 
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