sábado, 17 de enero de 2015

Mi despedida




Todo lo que no te dije
I
Ya sé que nunca podré dejar de llorar cuando escuche esa canción. Es un mantra. La oigo y lo veo a él. Es la que sonaba cuando nos lo llevamos de vuelta a casa. Veo su rostro a través de un cristal duplicado, el de su coche y el del mío. Yo iba delante y a él lo llevaba un chico guapo, a veces creo que es mi marido. Él ya no podía conducir. Y no puedo sentir que soy afortunada porque ese dios esquivo que todos queremos que exista de verdad para poder rogarle por nosotros me ha permitido saber que esa será la última vez que él venga de visita. Que se siente en mi sillón, mire mi televisión y coma mi comida. La última cena, con copas que no llené y turrón que no comí; se suponía que tenía que haberla disfrutado. Yo aplasté las uvas en el almirel, con saña, mientras el resto de mi familia me llamaba a gritos desde el salón. ¡Mamá, ven! ¡Ven! Que empiezan las campanadas. Me tomé su jugo para purificarme de una mierda de año y entré en la habitación de mi hijo; en su cama, a oscuras, él resoplaba. Papá, ¿estás bien? Sí, hija, sí. Estoy bien. Y se subió el edredón de estrellas un poco más arriba, hasta taparse el cráneo. Yo oía a todos desde el salón, enorme y adornado de fiesta, gritar nerviosos los números malditos que nos llevaban al año nuevo. Le acaricié el rostro y le tomé de la mano. Está siempre suave, demasiado suave para ser de un hombre recio. Los demás, casi todos, brindaron. Aunque también sienten dentro el pozo que siento yo. Lloré. En silencio. Nunca lloro delante de él. Pero, cuando conduzco, ahora sí lloro siempre que suena esa canción; aunque las cosas pierden su sentido a fuerza de repetirse, se decoloran y se pudren, creo que dentro de poco podré escucharla sin que las lágrimas me hagan estamparme contra el coche que va delante. O no, esa hermosa canción es ya la de mi despedida.


(Fotografía de Nick Kenrick, con copyright de atribución)

miércoles, 7 de enero de 2015

Para no olvidar: Tocqueville

Cito del artículo de la profesora María José Villaverde, profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, La democracia en América: bicentenario de Tocqueville, publicado en El País, fácilmente localizable en Internet (no copio link por obra y gracia de la nueva ley que cobra por remitir a otros sitios Web):

"Su mirada [de Tocqueville] se fija en uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo, el individualismo, que repliega a los ciudadanos en la esfera familiar y les aparta de lo público y, por negligencia o comodidad, les induce a hacer dejación de sus derechos en manos del Estado. Ese Estado benefactor, al que se otorga más y más poder y al que se exige que resuelva todos los problemas, alcanza así con sus largos tentáculos los últimos reductos de la vida humana, hasta controlar toda su existencia. Nos creemos cándidamente que la soberanía del pueblo conjura la amenaza del despotismo. Pero la soberanía popular puede convertirse en la tapadera que lo esconde, en la farsa que convierte al pueblo en actor durante el tiempo necesario para elegir a los nuevos amos a los que unos ciudadanos negligentes, incapaces de asumir responsabilidades, se encomiendan en cuerpo y alma. El despotismo democrático convierte de este modo a la nación en un rebaño de animales pastoreado por el Gobierno. Tocqueville no sólo alerta del peligro, sino que propone soluciones para prevenir las desviaciones de la democracia: se necesita una sociedad civil alerta y fuerte, estructurada en asociaciones múltiples que fijen frenos a los poderes públicos, una prensa libre, una justicia independiente y una gran descentralización administrativa.

Pero tal vez el mayor peligro que acecha a las sociedades democráticas sea la pasión por la igualdad, que reduce al mismo rasero a todos los individuos, que descabeza lo que sobresale, lo que destaca, lo excéntrico y lo diferente, que la mayoría de los ciudadanos no tolera. Vivimos en una época en la que la opinión de la mayoría y el poder arrollador de la opinión pública amenazan gravemente la libertad. Modela sutilmente nuestras mentes, nos oprime y nos coarta sin que nos demos cuenta. La voz de Tocqueville, como la de Stuart Mill o la de Acton, nos anima a luchar contra esa opresión silenciosa que nos hace dependientes de lo que nos dictan los demás, a asumir sin miedos nuestras opiniones y creencias, y a tomar las riendas de nuestras vidas en nuestras manos. De toda su valiosa obra tal vez sea ése el mensaje que más le hubiera gustado legarnos. "

Tocqueville dijo esto en el XVIII. Sirve para el XXI.

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