miércoles, 25 de febrero de 2015

El amor deconstruido en La pintora de estrellas


Ayer estuve en Agencia Efe, donde una amable periodista (no la cito mientras no sepa si el artículo se publicará firmado) me entrevistó por la publicación de "La pintora de estrellas". No podéis imaginar lo que te hacen pensar las preguntas de una persona que investiga sobre ti y sobre tu escritura. Salí de allí reflexionando sobre un montón de matices de la novela que ya casi había olvidado; empecé a escribirla en el instituto y la terminé en 2011, aprovechando un parón en mi trabajo como traductora. Al hablar de nuevo de mi novela después de tanto tiempo, han vuelto a mí sus pequeñas mentiras y verdades. Nuestra conversación me ha servido para psicoanalizarme, un poco al menos.

Una de las preguntas que ella me planteó fue sobre Diego y Martín. Los amores de estos dos personajes son uno de los ingredientes más importantes de la trama. Son amores con mayúsculas, amores eternos, desbordantes. Pero no había pensado antes en ello. Contesté mal a Carmen, hablé sobre Diego y la culpa tan grande que lo martiriza. Y hablé sobre Martín y su amor no correspondido que le hizo sufrir durante tanto tiempo. Pero pasé por alto otro amor igual de importante en la trama. En "La pintora de estrellas" se habla de las relaciones de dominación; el maltrato o la violencia machista no son las únicas, los modos de imponer la voluntad a otros son variados y continuamente nos inventamos otros nuevos. Por eso esta novela transcurre en el París invadido por los nazis: en la Historia reciente, no encontré otro entorno más apropiado para que vivieran personajes que desearan imponerse a otros o que sufrieran esa dominación. Por eso, el amor en esta novela aparece magnificado, todos los amores. Y todos los personajes aman a alguien: Diego, sus padres, Martín, Anna, Clara, Elisa, Violeta, Danielle  y su duque prusiano. Entre tanto sufrimiento, la magnitud de esos sentimientos se ve ampliada con lupa, son pasiones violentas, inconmensurables, eternas. Se produce con ellas el mismo efecto que si observáramos un Renoir en un estercolero. 

Pero, para mí, el amor más grande de todos ellos es el que lleva a Elisa a la destrucción, el que siente por su madre, ese que no es carnal, el profundo y, a veces, desamparado sentimiento de una hija. Su amor por Clara explica el personaje de Elisa. ¿Por qué? Creo que la razón es el motivo por el que yo empecé a escribir esta novela. La mejor literatura, la que a mí me apasiona, surge siempre de una herida abierta. Hace más de veinte años, el padre de una de mis mejores amigas falleció. Era un hombre extraordinario y su hija se rompió por dentro por su pérdida. Nos costó recuperarla. Yo estaba allí, yo la vi sufrir y yo sufrí con ella, y surgió un relato del amor entre ellos. Luego la historia se metamorfoseó y creció, y se hilaron otros amores y aparecieron otros temas (la pintura, el expolio nazi del arte en Europa, Asturias y la belleza de nuestro magnífico norte, el maltrato), pero la esencia sigue estando en esa relación entre padres e hijos. En el fondo, Elisa es un poco mi mejor amiga de hace veinte años y su amor por Clara es el que ella sentía por su padre, y explica la locura que la lleva a poner en riesgo su vida para no fallarla, para intentar acercarse más a ella, para recuperar un instante de aquella mirada lánguida. Ese es el verdadero amor con mayúsculas que actúa de eje de esta novela. Los demás son amores desgarrados o desgarradores, sí, pero menos.

(La fotografía de cabecera es del fotógrafo maravillosos Nick Kenrick y está sometida a derechos de autor de atribución, si la usas, por favor, menciónalo).

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