lunes, 23 de marzo de 2015

Fragmento de "Escrita en tu nombre"



Capítulo 4 (Fragmento)

MALENA SALÍA PARA ROMA ESA TARDE. Le habría gustado acompañarla. Le había sorprendido encontrarse estos días recordando su sonrisa. Aunque de lo que más se había acordado era de sus caderas, mientras las aferraba con un ansia que no podía controlar, y se excitaba tan solo al imaginarlo. Pero no era eso. En realidad le provocaba una sensación extraña, una necesidad nueva de conocerla que lo aturdía. No era muy brillante en las relaciones con las mujeres. Lo intentaba, intentaba ser capaz de captar las señales de las que le hablaba su madre, con otras palabras, cuando su hermana salía corriendo de la habitación donde él le había dicho algo que le había provocado el llanto y entonces le tomaba de las manos y le explicaba que a las niñas había que hablarles con mimo, porque sus sentimientos eran delicados como el cristal y, si se rompían, derramaban su interior. Él no la entendía, pero debía de llevar razón porque Noor se ponía a llorar a menudo mientras jugaban. Se consolaba porque también solía llorar mientras jugaba con Zia, que ocupaba el segundo lugar en la jerarquía cuando los tres se peleaban entre risas por acomodarse en un sitio en la mesa al lado del padre e intentaban saltarse la prioridad que confería haber nacido antes. Y eso que, por alguna razón que no conocía, ella lo prefería.
     Tenía muchos recuerdos de su niñez. Quizás porque su vida se había truncado de repente y había conseguido congelarlos para mantenerlos intactos. Además, se fortalecían con el tiempo. Se acordaba sobre todo de su familia, pero también de sus amigos y de sus compañeros del colegio. Iban a uno donde además de persa se estudiaba francés; aún sonreía cuando se recordaba intentando pronunciar ese idioma extraño. Odiaba el uniforme azul con franjas blancas en el cuello, pero se lo ponía sin protestar porque no le gustaba ser el único que no lo llevara. Su madre había insistido en inscribirlos allí porque era de verdad laico. Aunque era religiosa, prefería seguir sus propios preceptos, los del minaísmo, su mezcla personal de otros muchos ismos. Una noche, Omid se había sentado en el salón para terminar de hacer los deberes, quedaba poco para las vacaciones y estaba ya cansado de trabajar, pero sabía que había obligaciones que no entendían de voluntades. Mina acababa de traerle un té verde helado con azúcar y menta para ayudarle a mitigar el intenso calor y aún podía escuchar el ventilador de aspas enormes que colgaba del techo zumbando por encima de sus cabezas. Su hermana Noor entró con un velo cubriéndole el pelo y la mayor parte de la cara. Su madre se quedó paralizada mirándola. Omid comenzó a reírse, le hacía gracia verla con el rostro envuelto en un trapo; sus ojos oscuros le resaltaban mucho más rodeados por la tela blanca. Pero Mina le fulminó con la mirada que significaba que debía dejar de hacerlo.
           ―Noor, ven aquí. Quiero hablar contigo un momento.
           La pequeña se acercó despacio, si la hubieran podido ver bajo el velo, habrían descubierto cómo la sonrisa de sus labios se había manchado con un frunce de cejas de recelo.
          ―Cariño, ¿por qué te has puesto este pañuelo? ¿No tienes calor?
          ―No, mamá, estoy bien así, y me gusta mucho, es muy bonito. La mamá de Parisa lo lleva también y me parece que está muy guapa, cuando estuve el otro día jugando en su casa me lo prestó.
          ―¿Y crees que te gustaría llevarlo siempre puesto? ¿Incluso cuando salieras de casa? Imagina las otras niñas, ellas llevarían el pelo suelto, con las trenzas o las coletas, como te gusta peinarte tanto, y a ti no se te vería el tuyo. ¿Crees de verdad que te gustaría bajar a jugar siempre con él?
           Noor se puso seria, no lo había visto de esa manera. En su colegio las niñas que le parecían más guapas tenían largas melenas y se hacían muchos peinados diferentes que ella intentaba imitar ante el espejo de su habitación o sobornando a su abuela con besos.
          ―No sé, mamá…, pero no pasa nada, porque puedo ponérmelo en casa donde no me ve nadie y luego me lo quito ¿verdad?.. Entonces no importa. Cuando me apetezca me lo pondré, para ir a jugar con Parisa, porque en su casa, su madre y sus hermanas mayores lo sacan a veces, aunque lo guardan luego. Después, cuando vuelva, me lo quito y me peinas ¿no?
          ―¿Sabes, mi vida? no es tan fácil. Hace tiempo, cuando la abuela pequeña llevaba un velo como ese, era justo al revés que ahora. Cuando salía de su casa era cuando debía ponérselo, pero no porque quisiera, sino porque no le quedaba más remedio. Así que ten cuidado con lo que deseas.
          Llamaban abuela pequeña a su bisabuela, porque era muy mayor y los años le habían empequeñecido el cuerpo, aunque no la mente. Vivía también con ellos y asentía mientras su nieta hablaba. Sin embargo, Noor no había entendido sus palabras, ni Omid tampoco.
            Él ya estaba acostumbrado a no entender a su madre. Le resultaba muy complicada. Le hablaba de cosas intangibles, que se veían solo con el corazón, y él aún no había aprendido a distinguir en un sitio tan escondido. A veces creía que no llegaría a aprenderlo nunca. Eso podría explicar por qué no conseguía amar lo suficiente a ninguna mujer. Estaba solo, aunque no quería vivir así. Odiaba las noches solo, los días solo. La vida solo. Deseaba compartirla con alguien que le escuchara como había visto que hacía su madre con su padre siempre, porque ya se sentía demasiado apartado en un país que no era el suyo y que le fascinaba pero en el que no podía hacer lo que más necesitaba: disfrutar de su familia. Siempre llevaba la nostalgia aferrada. Encadenada y cautiva.
          A veces se encontraba sentado con un libro entre las manos sin distinguir las letras, intentando ponerle cara a su hermana, y se daba cuenta de que tenía que esforzarse por no mirar las fotografías repartidas por su casa para intentar burlar ese sentimiento de pérdida. Asfixia encaramada, pérfida asfixia. Le dolía tan dentro que se esforzaba por recordarlos y sentirlos más cerca, y no hacía nada más hasta que lo conseguía. Aun después de millones de días, no se había acostumbrado a superar esa congoja enroscada a sus sentidos como una serpiente viscosa, que no lograba desamarrar a veces más que encendiendo el ordenador y hablando con sus sobrinos o con su madre por el Skype. Él era el primogénito. Tenía un año más que Zia y enseguida lo adoptó como su protegido porque era más débil y casi nunca se defendía cuando se peleaba con otros niños. Omid sufría tanto por eso que prefería que le pegaran a él antes que verlo aporreado y dolorido. Y llevaba ocho años a Noor, y también decidió que cuidaría de ella desde el mismo instante en que apareció en su casa envuelta en algo parecido a una toalla y con la cara llena de unos granos blanquecinos. ―No tienen importancia, no le pasará nada―, le dijo su madre. Pero él no la creyó y tres décadas después podía verlos aún en aquel mínimo rostro, que lo miraba todo con la avaricia de fijarlo en su mente inmaculada de recuerdos aún, con mucha más nitidez de la que conseguía ahora al pretender visualizar la imagen de esa misma cara adulta.
         Siempre quiso protegerlos, incluso demasiado. Quizás por eso necesitara a una mujer a quien querer igual y se había esforzado por conseguirlo. Y si seguía solo, tal vez fuera porque aún no había encontrado a la que le estaba destinada o porque no había llegado el momento o porque no se había empeñado lo suficiente. Eso no podía saberlo. Pero desde que conoció a Malena, algo se le removía dentro. La veía tan frágil que quería también cuidar de ella, y a la vez era muy fuerte, irradiaba una vitalidad que lo deslumbraba. No hablaba alto ni recalcaba mucho las palabras, sino que su voz era como una caricia pausada y melodiosa, pero aún así le convencía. Y era afable, parecía pedir permiso para estar, como si sintiera que no tenía el derecho. Eso le hacía sentir más ganas de acercársele, porque lo miraba con dulzura pero con determinación y le atraía hacia ella como un tallo se desenrolla sobre sí mismo y repta a través de las rendijas que le dejan otros más altos a la búsqueda del sol, persiguiendo esa calidez sosegada que ella desprendía y que había visto en todas las mujeres de su familia y añoraba en su vida. Caminos hacia atrás, caminos que quería poder recorrer también de adulto.
         Se entristeció cuando no quiso que la acompañara. Pero pronto decidió que de todos modos se presentaría en su hotel y al menos pasaría con ella el fin de semana. Si no quería verlo, entonces no merecería la pena insistir, pero aun pensando en esa posibilidad compró los billetes y la llamó para avisarle de que llegaría pronto. ¿Por qué iba a rechazarlo? Él necesitaba verla otra vez. Deseaba volver a tenerla, besarle cada centímetro de su piel escudriñando ese olor íntimo de lo femenino que le maravillaba desde que lo descubrió en su primera amante, aunque no supo identificarlo bien hasta que repitió lo suficiente y aprendió a disfrutar de las caricias calmadas y a aplacar su deseo para ralentizar su placer y así aumentarlo. Pero no solo deseaba eso, también quería conocerla, charlar con ella, llegar a entender de dónde procedía esa luminosidad que percibía en sus ojos, en sus palabras, en sus caricias.
           Comió pronto y salió hacia el aeropuerto. No se llevó los calmantes. Sabía que no le harían falta. El viaje no era a Irán sino a Roma, así que consiguió no temblar en el taxi y disfrutar por primera vez desde hacía mucho tiempo del trayecto hasta la terminal. En el camino, sonó su móvil. Era un número oculto. Quizás respondió por culpa de la relajación de su mente, pero al oír la voz, se le revolvió algo que le hizo arrepentirse.
          ―Omid, soy yo, ¿estás liado?
          ―No, no te preocupes, ahora no tengo nada mejor que hacer, creo. ¿Estás bien? Hacía mucho que no me llamabas.
           La conocida voz se disculpó con torpeza desde el otro lado de la línea.
          ―Sí, bueno, ya sabes que soy imprevisible. Pero me ha parecido que este era un buen momento. Quería decirte que voy a pasarme por Madrid y me apetece mucho verte.
           ―No sé qué decirte, estaba convencido de que no volveríamos a vernos. Y además en unas horas volaré a Irán, no sé si estarás en Madrid cuando regrese.
           No sabía por qué le había mentido, pero se sintió mejor así. El taxista lo miraba a través del espejo retrovisor. Apenas tenía pelo en la cabeza, tan solo el que poblaba una coronilla anticuada, pero el de la espalda le asomaba por encima del cuello de la camisa, casi le llegaba a la nuca. Omid veía su cara sonriéndole en el reflejo y se preguntaba por qué.
           ―Había pensado que podíamos vernos el sábado por la noche. Elige el sitio tú, si quieres. Cualquiera menos el garito de Juan. A él no tengo muchas ganas de verlo.
           ―Lo siento, de verdad, pero ese día aún no habré regresado..., si vuelves otra vez, llámame con más tiempo. Tal vez podríamos hablar.
        Colgó y sintió nostalgia y remordimiento. Tenía miedo de que se le impregnaran en la piel y se le quedaran adheridos como en una calcomanía, con la forma de una mancha borrosa y diluida entre las dudas. ¿Por qué lo llamaba ahora? ¿Qué querría? Sabía que nunca actuaba sin más y esa llamada, después de varios meses de silencios, no podía ser fortuita. El fuerte olor a limón del ambientador le desagradaba pero estaba acostumbrado: era un olor universal, el de casi todos los taxis que llegaban hasta el aeropuerto de casi todas las ciudades en las que había tomado alguno. El conductor subió el volumen de la radio. Comenzó a sonar una canción que hablaba sobre el querer. Se sorprendió pensando en Malena, necesitaba llegar a Roma cuanto antes y volver a verla. Buscó su nombre en la memoria del teléfono y la llamó. Y aunque no se dio cuenta, al colgar, dejó caer al suelo el papel arrugado al que daba vueltas en la mano al ritmo rápido que comenzó a imprimir su corazón cuando ella se alegró de que fuera a verla.
        En el aeropuerto la gente rebosaba, se salía por los ventanales y las escaleras mecánicas. O si no, lo parecía. Los avisos de salidas de vuelos parpadeaban en los carteles y en los oídos, si se lo permitían los ruidosos motores de los aviones blasfemos al despegar o aterrizar; y los abrazos se rompían entre sollozos cuando dos corazones se separaban o se reconstruían igualmente entre sollozos cuando volvían a reunirse. Las personas que estaban solas parecían una excepción sin reglas. Él era como ellos, pero iba a encontrarse con Malena. Se paró delante de una tienda. Detrás de los cristales, cientos de anillos, pulseras y brazaletes, collares, colgantes y pendientes, de oro o de plata, adornados con piedras de colores tintineantes y formas aleatorias esperaban una oportunidad. Dentro, varias personas elegían; algunas al azar, otras pensando quizás en alguien especial. Omid miró un collar de cuentas de cristal azul. Refulgía ante sus ojos. Los brillos oscilaban. Entró y se lo pidió al vendedor. Al tomarlo entre los dedos se imaginó junto a ella, le apartaba el pelo y le abrochaba el collar en la nuca. Lágrimas de cielo sobre su piel. Algo suyo sobre su piel. Algo que llevara porque él se lo había regalado. ¿Por qué le gustaba tanto esa idea? ¿Qué le había dado que no había tenido antes? Le gustaban sus ojos y sus caderas, le gustaba su risa, le gustaban sus caricias y sus besos; pero no era eso.
         Tenía que descubrir qué era. Quizás de nuevo el destino. Compró el collar y subió al avión. Por primera vez después de años no se drogó para bloquear los pensamientos, pero sí entornó los ojos mientras el gran efebo metálico se remontaba en busca de su galán de nubes. Sus sentidos vagaron lejos, entrenado como estaba para sumirse en un subconsciente inmune cada vez que volaba para volver a Irán.
         ―Nouri, ven, por favor. Ayúdame un momento con tu hermana.
         Su casa en Teherán estaba pintada de azul. Era el color favorito de su madre, el color que tenía casi todo allí, incluso el jardín, porque desde él miraban siempre el cielo. Su nombre significaba cristal azul y había hecho de él un emblema. Mina era transparente y, si algo suyo podía tener un color, era ese. Sostenía en brazos a Noor, tan solo un bebé de meses, que estaba desnuda y no dejaba de patalear.
        ―Ven, sujétala mientras voy a coger su ropa, puede caerse. Ya se mueve demasiado para dejarla sola encima de la cama.
        A Omid le encantaba su olor. Jabón de lilas mezclado con el aroma de su cuerpecito. Siempre que podía, pedía permiso para cogerla. Su madre le decía que a los bebés había que quererlos mucho para que guardaran muy dentro el cariño que les daban y luego ellos pudieran encontrarlo y dárselo también a sus hijos, así que le dejaba cogerla siempre que quería, pero dormía tanto que era difícil llegar a tiempo. No quería despertarla, le gustaba mirarla en su cuna mientras su pecho minúsculo subía y bajaba deprisa, al ritmo de su exigua pero acelerada respiración. Le parecía perfecta: ojos rasgados, nariz redonda, labios rojos, piel de algodón. A veces intentaba meter los dedos entre sus blandos puños para que Noor se aferrara a ellos como si quisiera colgarse de él. No existía nada más precioso. Pero Omid no se lo decía a nadie, temía que se burlaran. Sus primos, muchos de su misma edad, no miraban siquiera a sus hermanos pequeños; apenas les hacían caso.           Tampoco Zia entendía que pasara tanto tiempo mirándola y se enfadaba cuando dejaba de jugar con él para ir a su cuarto. Pero no podía evitarlo, quería estar cerca, ver cómo crecía, cómo le sonreía al despertar. Incluso se ponía nervioso con su llanto. Era él quien solía ir a buscar a su madre cuando la niña se despertaba y lo miraba tumbada en su cuna con los ojos muy abiertos, los mofletes colorados y una sonrisa cómplice, mientras movía agitada las piernas y los brazos para que alguien la rescatara.
       ―Cógela. No te preocupes, no va a romperse.
       ―Mamá, ya sé que no va a romperse. Pero puede tener frío. Espera.
      Omid fue a buscar la manta de lana virgen que siempre estaba apoyada sobre la cuna. La envolvió con ella y la levantó. Mina rebuscó en los cajones hasta encontrar la ropa que necesitaba. En ese momento, Aref entró desde la calle. Se acercó a ellos y los besó. Noor hacía pompas con la boca, mientras emitía ruiditos como gorjeos. Y sonreía, siempre sonreía.
       ―Se te da fenomenal cuidar de Noor. Mírala, parece encantada de estar contigo.
       En la mano llevaba unas flores. Omid no sabía cuáles eran pero parecían campanillas de seda. El azul se columpiaba entre el verde tintineante de las hojas. Mina se unió a ellos. Recostó a la bebé sobre el colchón y comenzó a vestirla. Aref le dio un beso y se reclinó para achuchar a Noor.
      ―Espera, déjame que termine, va a coger frío.
      Siguió abrochándole los botoncitos de nácar. Cuando acabó, le pasó la niña a Aref. Ella parecía disfrutar con tanto vuelo por el aire y tantos gigantes distintos manoseándola.
      ―Cuando te canses de besarla, dásela a Nouri y que se siente un rato con ella mientras termino de prepararle la papilla ―cogió las campanillas que Aref había dejado sobre la cómoda―. ¡Qué bonitas son! Muchas gracias. A ver si esta vez consigo que broten algunas semillas y puedo plantarlas en el jardín. Me encantan estas flores, seguro que crecerían muy bien al lado del rosal amarillo ―le dio un beso leve en los labios.
     ―El patio de la Universidad está repleto. Son como suspiros, se abren y el mismo día ya desaparecen, pero hay miles. Cubren toda la valla de la entrada. Y se extienden sin que las plante nadie. Ya se ven también en el otro lado del recinto. Son las únicas flores azules que he visto por aquí.
      ―Las flores azules son igual de raras que los buenos amigos o incluso que las buenas personas. Por eso hay que cuidarlas mucho cuando se encuentra alguna.
       Mina miraba a Omid, que tenía recostada a la pequeña encima de sus muslos, con las piernecitas apoyadas sobre su pecho, y jugaba a hacerle dibujos en la tripa. La niña se reía a carcajadas cada vez que él le soplaba encima o le hacía demasiadas cosquillas.
        ―No le digas eso al chico. Tú estás rodeada de gente buena. Hay mucha, más de la que podría parecer. Solo hay que tener paciencia y también saber valorar lo que importa para poder encontrarla.
         Las explicaciones de la azafata le trajeron de vuelta. Quedaba poco para aterrizar. Miró hacia abajo, las casas se veían como pájaros volando en un cielo de nubes verdes y grises, enmarañadas y alargadas, que se entrecruzaban de vez en cuando. Veía su nostalgia suspendida entre ellas, flotaba bajo él, casi podía tocarla. Pero había querido acostumbrarse a eso, a acercárseles a través de sus recuerdos, aunque estuviera lejos. El malestar le duraba poco y luego tan solo quedaba una picadura de resquemor amargo, que se compensaba de sobra por haberse sentido a su lado durante un momento. Al entrar en el hotel no pudo evitar comprar flores. No eran azules, pero valían. Solo por ver la cara de la vendedora, que por fin podría irse a casa, había merecido la pena.


Roma le sorprendió. No había estado nunca, pero le resultaba familiar, tal vez porque se parecía a Madrid. En ambos lugares se había sentido mejor nada más pisar la calle y percibir el aire que impregnaba el ambiente, tibio y cargado de designios y de olores de forasteros como él. Madrid era una ciudad cosmopolita que le cautivaba. En ella no se sentía extranjero y tenía amigos, buenos amigos que aspiraba a conocer más porque se abrían incluso a él, que, al principio, hasta dominar el idioma, solo decía “Bueeeeenaaaaaas” como si supiera seguir hablando en español después de saludar así al incorporarse a los corros que se formaban para charlar. Siempre agradecía que hubiera alguien que estuviera deseando hacerle de intérprete: por alguna extraña razón, pocos dominaban el inglés, pero casi todos lo querían aprender y veían en él una oportunidad de practicarlo.
             Al pisar las aceras por las que callejeaba abrazando fuerte a Malena, se había sentido igual de bienvenido que cuando llegó a la ciudad de los museos más famosos y los escritores más notables. Quizás fuera porque hacía ya mucho que se había acostumbrado a su olor y a su color, tan diferentes de los de Irán; a la anarquía de las construcciones madrileñas; al equilibrio de los paseos que se alineaban con una simetría meditada, que contrastaba con la aleatoriedad de las personas que los transitaban ―cada una de una región, una ciudad o un barrio; vestidas, peinadas y ataviadas de formas diferentes―; a los abundantes bares y restaurantes que esperaban en cada esquina, hasta cuatro en su misma calle, siempre llenos de gente que charlaba con pasión a veces, contando historias y relatando miedos; pero también a sus elegantes barriadas, donde los niños parecían distintos o mayores porque les vestían como de revista de moda, con lazos y volantes que a él le resultaban irrisorios pero que a ellos no les molestaban para rebozarse en los parques del Paseo del Prado o de Velázquez; a sus jardines inmensos, cuajados de historia y de especies autóctonas, como el Retiro que tanto le gustó al descubrirlo y que le había atraído porque podía encontrarse con gente que, como él, parecía perdida pero a salvo en ese mundo pequeño y hermoso de árboles, caminos y fuentes, y visitantes haciendo equilibrio sobre patines o remando en barcas que parecían de juguete o haciendo retumbar los ecos de los tambores con un código de significados que no entendía nadie aparte de sus heterogéneos intérpretes; a sus pueblos recónditos y pequeños, o cercanos y grandes, ciudades dormitorio o residenciales, con una mezcla de formas de vivir y de soñar que a él le reconfortaba porque no sabía aún dónde y cómo encontraría su sitio.
            Esta ciudad se parecía mucho más al Teherán, alegre, hospitalario y familiar ―al menos para un niño que no sabía de idealismos ni de libertades y que vivía protegido y a salvo junto a sus padres― de hacía treinta años que él se esforzaba por desenterrar en sus recuerdos más lejanos, el de antes de la guerra e incluso de la Revolución que lo habían trastocado todo, que al que se encontraba cuando tenía que regresar para reunirse con su familia y le producía un rechazo instintivo que no le quedaba más remedio que vencer si quería volver a verles.
           Puede que también fuera por eso, por esa sensación de hospitalidad con la que se había sentido recibido, por lo que le apeteció contarle que era iraní. El alivio le acariciaba la cara. Era un alivio gris, pero reconfortaba. Pocas veces hablaba de su vida, no le gustaba volver la vista atrás. Se sentía mucho mejor no moldeando con palabras los recuerdos. Aunque hacía mucho que creía haberse reconciliado un poco con ellos, tanto tiempo sin dejarlos aflorar había provocado que se convirtiera en un hombre reservado. Y Malena le parecía a veces ingenua, pero su ingenuidad era espontánea y fresca, y le hacía reír. Sonrió cuando ella se ruborizó al preguntarle si era iraní de Irán.            En realidad su pregunta tenía lógica: había iraníes de casi todas las partes del mundo, de Grecia, de Alemania, de Francia, de Gran Bretaña. Todos los que se habían visto obligados a renegar de su tierra, pero la habían rescatado un poco intentando ponerla a salvo en algún lugar no muy recóndito de su esencia. Él no era de esos. De la ciudad en la que había crecido solo echaba de menos la amabilidad de sus gentes, hospitalarias y espléndidas; y también sus escarpadas cordilleras, sobre todo los montes Elburz, que envolvían Irán de norte a sur, y tanto le recordaban a su padre. Allí muchos los llamaban la Estrella del Norte porque los coronaba la estrella Polar y había que mirar al norte para verlos. Aref amaba esas montañas. Les llevaba de excursión a menudo para intentar subir por su parte menos abrupta cada vez un poco más alto, cada vez un poco más lejos, empeñado en transmitirles su pasión. Pero, por encima de todo, Omid añoraba a sus seres queridos, aunque sabía que jamás volvería a vivir en Irán, ni quería ni podía, y ya se consideraba un iraní de España.


         Le gustaba acariciarle las manos mientras charlaban, la luz de su piel suave se anclaba a la retina de sus dedos. Las abandonó con remordimiento cuando el camarero le trajo el postre, pero se prometió recuperarlas. Y luego, mientras volvían al hotel, se sintió bien hablando con ella: podía ser sincero, no tenía la necesidad de impresionarla, ni de mentirle, ni de adecuarse a ella para que no le reprochara nada. Le aliviaba abrazarla mientras andaban y sentía que podía contarle cosas de las que no podía hablar con nadie.
          Aquella noche descubrió que Malena también se ruborizaba mientras dormía. Se sonrosaban sus mejillas como manzanas de Blancanieves y sus labios se encarnaban con decoro al separarse para respirar. Se había descubierto espiándola de ese modo ya varias veces. Disfrutaba observando su cuerpo expuesto a su lado, incluso pensó en acariciarlo y si no lo había hecho aún solo había sido porque no la conocía lo suficiente y tenía miedo de que le sorprendiera y no le agradara. Así que se conformaba con observarla como un cándido voyeur mientras esperaba alcanzar con ella ese grado de complicidad que concedía el derecho a tocar al otro sin necesitar más permiso que el de saber que recibiría las caricias sin reparos, incluso con complacencia. Ella arrugaba la nariz cuando parecía que soñaba. Le gustaba verla así, le hacía gracia. Pero más le gustaba al despertar, cuando sus ojos se abrían y parecía extrañarse de que estuviera allí, tan cerca de ella, como si no recordara que la noche anterior se habían acostado en la misma cama, y se le aproximaba para besarla. Pocas mujeres lo habían atraído de ese modo, provocando en él una mezcla de sed de ella y de capricho de protegerla que no podía dominar, ni la una ni el otro, y que le hacían buscarla.
          Las habitaciones del hotel eran muy grandes. Mucho más si las comparaba con su piso, pero él se encontraba muy a gusto allí, rodeado de luz y de plantas. En ocasiones pasaba un rato mirando cómo habían crecido; si sabía observar, siempre veía algo nuevo: una flor recién abierta o un tallo que había crecido demasiado y que había que recortar. Solo tenía esa afición calmada, ni siquiera con el yoga había aprendido a relajarse del todo, pero cuidar de las plantas le transportaba a otro lugar y a otro momento, cuando no era más que un niño y su madre lo llamaba para que la acompañara mientras plantaba algo nuevo en su jardín. Intentaba no estar tan adherido a sus recuerdos, pero era difícil. Cuanto más tiempo pasaba, más fuerte era su apego a ellos. Tenía montones de fotografías expuestas en su casa, como búnkeres indestructibles de su memoria. Había descubierto que al recopilarlas, clasificarlas y mostrarlas, las imágenes se unían unas con otras y se hacían fuertes en su cerebro, tanto, que al mirarlas podía recordar hasta un olor, una canción o unas palabras. Por eso, cuando entraba en una casa que no era la suya, miraba las paredes y los muebles sin darse cuenta, buscando en ellos la historia de sus moradores.
            En su habitación no había fotos; en eso era en lo que más se percibía que no tenía un solo dueño, sino uno o varios cada noche. Pero aún así la encontraba original. Del techo colgaba una lámpara de largos brazos terminados en cristalitos de ámbar que tintineaban al ritmo de las hebras de aire que se colaban bailando desde la calle; el cabecero de la cama era gigantesco, de forja pintada en blanco y matizada con pan de oro de una brillantez inexplicable; las mesillas, de madera clara decapada en marfil, macizas como no se podían encontrar ya, ahora que los muebles se hacían casi todos con contrachapados poco más consistentes que el papel de fumar. Los muros se habían coloreado con un estucado anaranjado en forma de aguas que danzaban y solo los adornaban algunos óleos no muy grandes de paisajes italianos que Omid no sabía identificar. El olor que pululaba en el aire le recordaba el de la hierbabuena con la que su madre le aliñaba los tés.
               Indiscretos ventanales recorrían toda la pared sur. La luz que los atravesaba se había inmiscuido en sus pesadillas, expiándolas, y llevaba un rato esperando que Malena abriera los ojos. Deseaba volver a sentir sus besos. Había tenido que hacer un gran esfuerzo para no despertarla y se asombraba de haber velado con paciencia su sueño: él que era impetuoso e impaciente siempre.                    Cuando por fin se desperezó, sentía avaricia de su cuerpo, pero también el impulso de taparla para que no sintiera frío.
         ―Malena. Eres una dormilona. Llevo un rato esperando a que te despiertes.
Omid recibió su beso. Cálido, leve, minúsculo. Pero él no quería eso. Continuó enrevesándose en sus labios.
         ―Malena... Malena...
Quiso acariciarla como si no hubiera habido ninguna otra, como si sus manos no hubieran sabido antes de ningún cuerpo; y ella recibió esas caricias como si con ellas estuviera descubriendo un mundo nuevo. Pero de repente, dejó de hacerlo.
        ―Ven, quiero enseñarte algo.
Ella tiró de la sábana y se la enrolló sobre su cuerpo. Al abrir las puertas para salir a la terraza, el aire tibio la envolvió también. Se asomó al balcón.
         ―Mira lo que se ve desde aquí. Es alucinante.
         Omid la persiguió de mala gana. No podía imaginar nada más fascinante que su cuerpo recostado sobre el colchón. Ella miraba lejos, estaba absorta. Él la sentía cerca, le pinchaba el deseo. Se aproximó y olió su pelo. Era todavía un olor que no reconocía, pero que le hacía pensar en pan recién hecho. Metió sus manos debajo de la sábana y continuó besándola, comenzando por el cabello. Siguió despacio por la nuca y llegó después a sus pechos. Pero ella le levantó y se besaron entonces muy cerca del cielo. Ese debía de ser el cielo real, el que perseguían todos los que creían en él, pero el pensamiento se vio desalojado por otros que le llevaban a seguir descubriéndola. La tela pulcra cayó al suelo. Y Omid siguió insistiendo hasta que sus senos se endurecieron, su boca se asalvajó y sus manos le buscaron con la misma ansia con que él la había esperado.
       No supo en qué momento pasaron dentro.
       ―Voy a ducharme.
       Pero Malena no le oía, se había metido debajo del edredón. Un arrebujo de piel. Su piel. Omid pensaba en ella mientras el agua de la ducha le caía encima. El sabor de la piel no se olvida, él aún no había olvidado otro sabor diferente. Durante un instante intentó compararlos. Pero no pudo. Solo llegó a la conclusión de que Malena sabía mejor, más dulce. Mientras se secaba el pelo con energía, oyó la música de su móvil. Las palabras atravesando fronteras y muros y sentimientos. "Me he equivocado. No debí irme. Me reprochaste que no te hubiera dicho que te quería. Fui una idiota. Ya he aprendido a decirlo. ¿Me darás otra oportunidad?". La otra piel.
         Tuvo que comprobar el número para cerciorarse de que el mensaje no era un error. No, no lo era. Pero no pensaba creerla. No quería creerla. Cogió una toalla y limpió el espejo lleno de vaho que le impedía verse. Ojalá todos los vapores se despejaran igual. Los de sus sentimientos se impregnaban en un cristal ensartado en las paredes del corazón y no tenía ninguna toalla a mano con que pudiera alcanzar un lugar tan intrincado. O tal vez sí. Se sentó sobre la tapa de la taza del retrete y se puso los zapatos. El vapor se estaba disolviendo sin más. Él también esperaría sin más."

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