jueves, 23 de junio de 2016

"Sostiene Pereira": literatura que hay que leer


Pereira es un viejo periodista que siempre está pensando en la muerte y le parece que todo el mundo está muerto o a punto de morirse, como hizo su esposa, con cuyo retrato él habla todos los días. Se encuentra muy solo: ellos no tuvieron hijos porque ella era una mujer débil y enfermiza. A través de esa obsesión con la muerte, al leer una tesis sobre ella escrita por el estudiante de filosofía Monteiro Rossi como conclusión de su carrera, Pereira lo conoce y lo contrata para que le escriba anticipadamente las necrológicas de algunos escritores. Y es sobre todo mediante la relación con este joven y con la chica de la que está enamorada, Marta, cómo el apático periodista comienza a mirar a su alrededor de otra forma hasta sufrir el cambio interior en ese calurosísimo mes de agosto de 1938 que narra la novela.
            Pereira había colaborado antes en un prestigioso diario de Portugal pero ahora es el redactor de la sección de cultura, de una página, en un periódico nuevo y modesto, el Lisboa. Es un hombre reflexivo y sencillo, come tortilla francesa y toma limonada, le gusta la literatura francesa y, como decíamos, está obsesionado con la muerte; en realidad, parece también desearla y vive ya su vida como esperándola; se declara "apolítico" y lo que ocurre a su alrededor, el régimen de Salazar, no le interesa. Pero resulta que tanto Monteiro como su joven amiga Marta son "subversivos" y están implicados en acciones subversivas contra el dictador. Además, la enfermedad de Pereira le lleva a conocer al doctor Cardoso que le expone algunas teorías maravillosas sobre la multiplicidad de almas de los seres humanos, y esto junto con sus charlas con el Padre Antonio, su amigo confesor y otros de los personajes secundarios, hacen que este viejo solitario empiece su transformación. Por otro lado, el joven filósofo, en lugar de escribir las crónicas necrológicas de los autores que le solicitan, le presenta las de otros como García Lorca, en las que subyace siempre una crítica al poder fascista y, finalmente, solicita al periodista ayuda para esconder a su primo que está buscando voluntarios para luchar en la Guerra Civil española. Allí mismo, en casa de Pereira, Monteiro es asesinado por dos miembros de la policía política y ese trance es lo que termina haciendo que Pereira reaccione y escriba el relato de su asesinato, señalando a sus asesinos con nombres y descripciones. Además se las ingenia para que esa necrológica sea publicada en su periódico al hacer pasar al doctor Cardoso por el censor, el mayor Lourenço, ante el impresor. Quizás, además Pereira vea en Monteiro ese hijo que no tuvo y al que echará de menos en su soledad tan aparente, y el final no solo nos muestre su cambio ideológico, sino también una venganza ante el regreso obligado a su soledad. Sin embargo, esto no es lo más relevante de la novela, ni tampoco saber si Pereira consigue finalmente huir a Francia o, como indica el "sostiene Pereira" reiterado en el relato, lo que se nos narra es su declaración ante la policía que lo detiene.
            Así, en esta novela posmoderna —creemos que a su pesar—, lo más relevante es tanto el narrador como su humanidad y su transformación, como explicaremos a continuación. Porque ¿qué es lo que hizo de esta novela una de las más representativas del siglo XX? No es solo la crítica a los fascismos que ejercen muchos de sus personajes ni la transformación que Pereira experimenta que le hace pasar de la apatía a la necesidad de reaccionar en contra de la violencia y la injusticia, no se sabe bien si porque el asesinado bien podría haber sido su único hijo o porque en realidad entre unos y otros le hacen despertar esa conciencia dormida; también la magia de esta novela se basa en el clima de profunda melancolía que despierta su lectura, desde las primeras líneas, y que los continuos "sostiene" y "Pereira" acrecientan por cuanto nos ponen ante nosotros la posibilidad de que esa ficción no sea tal, en un juego literario extraño que al hacer patente su artificio, nos suscita dudas. Así, dudamos de si realmente lo que estamos leyendo sea incluso la declaración del propio espíritu de Pereira, su conciencia, que se rebela hasta el punto de llevarle a intervenir a pesar del riesgo.
            Como se ha mencionado ya, la narración en tercera persona señala que todo el tiempo se cuenta en nombre del protagonista, y esta voz nos persigue, como en el tono de una declaración dicha ante un juez de un policía que habla en nombre del acusado:
"Sostiene Pereira que en aquel momento pensó una vez más en su vida pasada, en los hijos que nunca había tenido, pero sobre este tema no desea efectuar ulteriores declaraciones" (pág. 4).
            La voz nos muestra las pensamientos de Pereira, sus obsesiones, sus acciones, que, si bien a veces resultan demasiado personales para formar parte de una declaración ante la policía por la gravísima acusación que ocasiona el desenlace, cuando podrían empezar a tomar ese cariz se elude conscientemente entrar en una intimidad demasiado evidente, como si en realidad el relato estuviera dando testimonio de lo que Pereira ha vivido a ese otro que ahora nos relata lo ocurrido. Sin embargo, esta narración a la vez intimista y oficial tiene algo que embruja: el estilo que Tabucchi despliega aquí es por eso fabuloso.
            Sin embargo hay algo más que nos llama la atención de esta novela. Tabucchi la publica en 1995, se supone que en el auge de la posmodernidad, cuando la literatura y el arte se han pasado al escepticismo y se han desvinculado en parte de la ideología o la crítica al sistema, pero en Sostiene Pereira sin embargo se hace patente un compromiso político en contra de los fascismos, y no solo en su protagonista sino también en una gran parte del elenco de secundarios: la señora Delgado, judía que huye del nazismo, el doctor Cardoso, el camarero Manuel que le pone ante los ojos lo que ocurre en las calles, el sacerdote, el estudiante, su primo y su novia… Pereira y todos estos otros personajes constituyen claros ejemplos de "terceras figuras" ante la praxis del mal, en la que además de la víctima y el victimario debe existir necesariamente un tercero que contemple y consienta la violencia, la brutalidad y la falta de libertades. En el ejercicio de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX una gran parte de la población asistía impávida como testigo de la actuación de los nuevos poderes y Tabucchi nos pone ante nuestros ojos a muchos de ellos, gente que toleraba los desmanes, que miraba para otro lado mientras se producía, que se conformó con vivir y dejar vivir, pero también gente que, poco a poco, fue dándose cuenta de que, como Pereira, debían intervenir. Algo en ellos les hacía mostrarse disconformes y reaccionar. Así, lo que más nos gusta también de esta novela es ese cambio interior del protagonista, ese paso de vivir alejado de la vida real, apático y sin esperanzas en el que el personaje se nos presenta inicialmente hacia la toma de conciencia de que el régimen todo lo atrapa y su compromiso ideológico para hacer justicia.
            En realidad, nos gustan demasiado los quijotes y quizás esta novela nos llegue tanto por mostrarnos cuál podría haber sido el proceso que muchas de aquellas "terceras figuras" testigos de las crueldades de las dictaduras europeas sufrieron para llegar a romper las construcciones culturales que habían convertido el dolor, la censura, las injusticias, las torturas, la violencia y la arbitrariedad en los ejes del sistema admitido y sostenido imperante. Pereira por eso se nos antoja tan humano, tan entrañable, tan tierno, porque consigue reaccionar y despertar su apática conciencia. Y esto, sorprendentemente, lo hace Tabucchi en un momento en el que la literatura parecía dormida en su vertiente crítica, vestida de posmodernidad descreída de los grandes relatos, de las grandes causas. Pero la causa de Pereira es la de todos los hombres de buena fe, de aquellos que ante el mal terminan reaccionando y oponiéndose a sus perpetradores cada uno en su medida y con sus posibilidades. Quizás el doctor Cardoso tuviera razón y a Pereira solo le ocurriera, sostiene el doctor, que el yo hegemónico de su confederación de almas fuera el capaz de sentir empatía por quienes sufren la tiranía de quienes atacan el alma humana con su iniquidad.
            Como afirma el mismo Tabucchi al final de la novela: " En portugués Pereira significa peral y, como todos los nombres de árboles frutales, es un apellido de origen judío, al igual que en Italia los apellidos de origen judío son nombres de ciudades. Con ello quise rendir homenaje a un pueblo que ha dejado una gran huella en la civilización portuguesa y que ha sufrido las grandes injusticias de la Historia". Creemos que el autor no solo rindió homenaje a los judíos, también a otros muchos que sufrieron grandes injusticias de la Historia, españoles, portugueses, alemanes, franceses, soviéticos que se opusieron de un modo u otro a quienes les sometieron a la sinrazón de los totalitarismos.

Bibliografía
Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi, traducido por Carlos Gumpert y Xavier González Rovira, Anagrama, Barcelona, 1995

 La fotografía es de © Tagi Muhammad 

1 comentario:

  1. Me has convencido. Va para mi lista de pendientes sin dudar.
    Besotes!!!

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